miércoles

Mirando una mesa

Sobre la mesa restos de nada, pan, un periódico de 2002, el cubo de Londres de mi primo muerto, la memoria de una PS2, una matrícula en la que pone Asturias y mi nombre, mi reloj (Casio), un Edding 850, mi monedero en cuyo interior hay 16 euros, mi móvil silenciado, papel de plata, la pantalla del ordenador y sus altavoces mirando hacia mí. En mi cerebro una hormiga rueda con una miga de pan de izquierda a derecha. Hacía mucho tiempo que no tomaba cocaína. Es una sustancia de lo más inocente que como que hace que te encuentres más despierto y nada más. Concibo a mi amor de los quince años destripada bajo el sol de agosto. Abro su estómago con una cheira y sale una mariposa que se sube a uno de mis dedos, luego se va, como un día se fue la vida y como un día se fue la muerte hacia ese sitio que no es ni una cosa ni otra y que forma parte de las cosas que no pueden ponerse encima ni debajo de la mesa.

He intentado vencer al sueño, pero he fallado. Una tumba de juguete me ha metido dentro de sí y ha sido cerrada con una llave de juguete. Después los enterradores de juguete han echado tierra de juguete encima y la gente, congregada, ha llorado lágrimas de juguete que caían sobre el suelo del cementerio de juguete. El resto de almas estaban roncando. Yo tenía frío y encendí el móvil. Llamé a la funeraria. Les pregunté cómo se abría la tumba pero sólo se oían risitas al otro lado. Luego se acabó la batería y cerré mis ojos de juguete. Por fin era independiente, sonreí. En el más allá se oía la gran tormenta. Algunas gotas de agua se colaban en mi pieza y era muy agradecido. Cuando abrieron yo estaba en un sanatorio confortable, uno de los de ahora, de los que he descrito tantas veces como agradables parques de atracciones con animadores en bata. Mi padre está esperando para ver el derbi. Ha puesto en la quiniela que ganaba el atleti. Yo tengo una bruma en mi bolsa de los pensamientos, allá la tierra se ha abierto en rodajas, la memoria se ha dispersado por diferentes cañerías que conducen a la verdad. La verdad es un espejo compartimentado. En uno de sus vagones está el hígado, por ejemplo, que es una vulgar piedrecita expulsada por un volcán.

El sol se pone bajo mi frente y aquella hormiga que rueda con una miga de pan en mi cerebro encuentra su casa. Yo estoy en el hospital tomando zumo de tomate. Lo único que hago durante el día es bajar y subir persianas. A veces las enfermeras vienen y me ponen el termómetro. A veces oigo una voz que dice que la merienda está puesta.
Un mosquito se interpone en cada escena. Al principio iba a dejarlo vivir pero he dado una palmada al aire y dejado una estampa de sangre fijarse en mis manos. El calor del verano precedería al cierre de la tumba del frío y los diciembres, donde me encuentro ahora, igual que antes, mirando una mesa.
.

martes

La llegada al poder de Miliquito

Miliquito y sus socios de Médico de familia ya gobiernan el país, y han empezado su política de recortes por las tetas de María José Cantudo.
Yo les voté cuando sus sonrisas representaban a la nueva Logse de España.

Él y ella, yo creo, tenían buenas intenciones, aunque la chica les salió rana. A los 12 tuvo su primer aborto. Se lo había hecho un idiota con dos años de edad mentales. La familia de Miliquito lo encubrió y todos nos fuimos con ellos por España a la gira 15-M, que consistía en repartir panfletos que contuviesen la palabra Indignación por los bares de la plaza de San Ildefonso.
Yo, por un momento, pensé (ya sé que era mucho pensar), pero no podía imaginar que, por mucho que fueran mal las cosas, Emilio Aragón pudiera terminar como Gaddafi.

La familia se separó. Corrían rumores de que ella se había operado los glúteos y que había un inversor coreano de por medio. Los dos chicos medianos seguían con la cara con la que salían en la serie aunque ya se habían presentado a la selectividad. El mayor, mientras, escuchaba la canción de Me pongo calentito cuando voy con la moto y recorría la noche de farola en farola. Cortaba cocaína que robaba al abuelo Miliqui en los rincones para sus profesores de instituto a cambio de cromos de basket. No aprobó, ni pasó la primera selección para el acceso al examen de idiomas.
Miliquito volvió a presentarse en marzo. Tras pasar unas diapositivas del horror de Atocha puso una del trío de las Azores comiendo caviar juntos de la misma cuchara y dijo que España iba a dejar de ser un escaparate de subnormales. Y luego sonrió. La gente no sabía qué hacer, si aplaudir o rajarle. La separación de Lidia le había dejado muy afectado. Había mañanas en las que se quedaba en la cama, dejando la consulta vacía.
La consulta de Miliquito vacía era una exportación del Sahara a la Gran Vía. Pero la gente quería el Sahara en el Sahara y que, en la Gran Vía, las tiendas tuviesen cosas a buen precio. Joder, yo hacía dos años que no iba al Fnac ese. Tarjetas de crédito como la mía sirven para que el mayor de los Miliquito conserve su puesto de vigía en Afganistán. Lo dice Willy Toledo en su último libro, leche, no es que lo diga yo.

Médico de familia era una rodilla que dejaba de doler porque Miliquito te hacía un levanta y vuelve a sentarte y se te curaba la ceguera. Entonces, salías de la consulta y le votabas. Él decía España, con el tiempo, agradecerá esto, buen ciudadano.

Así, por lo pronto, no creo que Miliquito vaya a volver a dejar fumar en los bares. Es una cosa que me da a mí. Fumar no es de centro, se ha convertido en algo muy radical. Extorsión, camellos, trena y el 80% en. Tiemblo cuando enciendo un Ducados Rubio. Un holograma de Emilio Aragón sale en mi mente y me dice que, ya puestos a joder, me pase al mentolado.
Recuerdo vagamente lo que era comer caliente. Aquellos guisos. Miliquito... yo creo que Miliquito piensa en mí por las noches o algo.

¿Para qué tanta España si mandas en La sexta? 
Algo habrá detrás.
.

viernes

Los signos eternos

Uno empieza a leerse de corrido, de izquierda a derecha y de arriba abajo, recorre su cuerpo con los ojos y, delante de estos, el mundo se expone en pequeños jeroglíficos de tinta. La persona se toca esos brotes que, combinados con nuevos, dan pie a nuevas lecturas. Así, a una edad temprana, más o menos de niños, empezamos a leer las cosas. Poco a poco ya no reconocemos el árbol sin palabras, caen de la copa y se deslizan por el tronco hasta llegar a este modo de vida que, por alguna extraña razón, hemos elegido. Al llegar a casa abro el grifo de las palabras y me coloco debajo para refrescarme, las letras salen lo suficientemente frías y yo bebo primero de esas letras y después me preparo un whisky. Mis padres no pueden soportar las letras que brotan de mi placer, que es el whisky, como otros tienen otros. Mientras vierto el contenido en el vaso leo el sabor amargo de las flores escurriéndose por entre los cubitos de hielo que previamente he echado al vaso. El sonido al encontrarse es un cloc. Lo acompaño del café, que expulsa las letras hacia arriba, corriendo lentas, en su vapor de microondas. No vayan a pensarse por lo del whisky, cuido mucho mi ebriedad, pues es la que me permite seguir leyendo. En las noches, leo a animales, pequeños insectos que vienen a la cama a dormir conmigo. También hay batracios. Al día siguiente ya no están nunca, pues se van a vivir al mundo de los sueños que he dormido, y la habitación se encuentra perfumada. Yo me ducho y de ese milagro de agua vuelven a salir gotas de tinta que, al caer al suelo y desaparecer por el desagüe, me dicen cosas, haikús, poemas de niño. En las tardes de los jueves me encamino hacia mis clases de lectura. Yo soy profesor en el corralón de los locos. Regalo mi palabra a la vida, que poco o nada tiene que ver con el placer de estar ahora en pijama leyéndome en lo que escribo. Cada vez me cuesta menos y más dirimir si una lectura de Armonía Somers puede resumir a Proust, así como si Paradiso de Lezama limita con el Ulises en los bordes de los mendrugos de pan que sus personajes guardan en los bolsillos. Cada vez sé que los últimos escritos de Beckett embriagan al lector, que anonadado responde: eso no lo quiero para mí (para mi tarea de lector, entiéndase), pero entre sus espacios, entre sus rupturas, se encuentran también ellos, respirando, en esa parte que no quieren para su tarea del lector. Reciben el milagro de verla. Y verla es el milagro de leer. Por eso seguimos viendo distintas lecturas sin importarnos que pocos temas haya además de la vida y de la muerte. La vida somos nosotros leyendo la muerte. La muerte es una señora que ha entrado entre la primera y la segunda página. Su cadáver es el fin del libro (Anna Karenina por ej.). Cerramos las puertas del aula. Me despido de todos y de cada uno y pienso en tres gotas de sangre, las que recuerda Bobin en su último libro, dedicadas al siglo XII, que sucede ahora, en el caballero llamado Perceval. Él las observa, absorto, sobre un lienzo de nieve, en ese siglo XII que es ahora, a muchísimos kilómetros de distancia. De mi corazón caen copos al pasarme la mano y girarla rápido, bajo ellos una sinfonía de hormigas late este discurso en el que se ha filtrado una imagen que descubrí ayer en un libro. Perceval muerto, Perceval vivo. El libro de Christian Bobin se llama Un simple vestido de fiesta y yo lo he abierto como he abierto cada vestido de fiesta que ha caído en mis brazos, encontrando bajo sus faldones renglones de palabras que apenas se descolocan de su origen aún cuando el vestido da vueltas en la lavadora. Algunas frases se mueven y podemos retomarlas otorgando nuevas razones al vestido, al mundo, al libro. El libro es un puñal guardado detrás de la luna (ese biombo) mientras el mundo y el vestido se miran el uno al otro, desenfadados. En medio está el lector sosteniéndoles en ambas manos y qué otra cosa habría de hacer mientras sino leer. Leemos juntos una mosca que sube por la pernera de un pantalón vaquero. Demasiado papel incendiado. Demasiadas agendas cubiertas de ausencias de recados, demasiados trabajos venidos de llamadas telefónicas, demasiados aviones de papel chocándose contra los rascacielos de Norteamérica. Y un vecino, que está a punto de pertenecer a la vida de los relatos, intenta torpemente poner pinzas a una camisa enfrente mía, para secarla. Sus gotas de agua, lo he visto, son también palabras, palabras sobre las que se refleja el cielo blanco, las nubes. Y caen irremisiblemente a una acera, donde serán barridas de la faz de este continente por las cerdas de un cepillo de tamaño DIN A4 que, a las tres de la madrugada, se encuentra paseando sobre signos eternos.
.

domingo

Domingo en Connética

“Y la gente volverá
del baile de caridad
y nunca se volverá a sentir como en casa”

(L. Cohen)

Hoy he visto una película donde todas las esquinas de una ciudad eran perfectas. Había una chica y había un chico. Ella tenía el pelo liso rubio y muy delicado. Él era un chico musculoso. Se conocieron y comenzaron a dar paseos por la ciudad perfecta donde cada vecino estaba dispuesto a ayudarse. No salía yo vomitando tierra en una de las aceras nada más salir del bar al que me acaban de prohibir la entrada, ni tampoco enfrente de un psiquiatra de cara larga subiendo o bajando las tomas de haloperidol. Yo una vez e incluso dos veces estuve enamorado. Una vez de una extraña y la otra de una amiga. Ambas se marcharon y he perdido sus números y he tirado sus cartas y también sus fotografías. De vez en cuando pienso en alguna de ellas y luego tengo que tomarme un vodka.
Hoy he visto una película donde la policía ayudaba a sus conciudadanos y las sonrisas eran repartidas para todos y por todos, y no había nadie que perdiese a la ruleta. Cada persona era un hada del bien que conducía su pontiac camino del trabajo en la fábrica de conservas. Un chico musculoso y una chica rubia se querían. No salía yo haciendo jeroglíficos con los teléfonos inéditos de la guía amarilla, metido hasta los tobillos en un charco de sangre y semen propios mezclados y resbaladizos sobre la moqueta de mi cuarto. No salían los cortes en la muñeca de mi chica. No había este árbol inmenso enfrente que me impide la vista al cementerio del pueblo.
Hoy he visto una película donde para todo el mundo lo más importante era el amor. Esto lo sabían los carteros y los repartidores de tartas y los lecheros. Los aviones daban la vuelta si la chica así lo decidía y las cordilleras se percibían de un azul pálido bajo el inmenso cielo blanco. No estábamos, amor. A veces te telefoneo y tú me dices que te van a largar del trabajo. Yo intento calmarte y apenas nos oímos el uno al otro cuando descubrimos que estamos hablando a la vez. Tú estás muy caída y, debajo, quizás, estoy yo de nuevo inconsciente porque he vuelto a meterme en una pelea que no podía ni tenía intención de ganar. Tengo sangre en el codo y en la frente. Con el tiempo ni siquiera queda la señal.
He comido las sopas de ajo que quedaban, me he puesto un café y he encendido el televisor. La chica y el chico se besaban tiernamente. Por la ventana de mi cocina no entraba el sol. Ha hecho un día de perros este domingo. Después de un primer café me he servido otro y luego otro hasta que se ha terminado. La película no podía ser más ñoña. Sin embargo he llorado un poco. Porque yo me he destruido en una ciudad llena de protagonistas.

Todavía faltaba lo mejor, el chico musculoso volvía a decirle a la chica rubia que la amaba. Ella sonreía. Estaban en el parque de atracciones comiendo cada uno de su helado de nata y él ha ganado un osito peluche para ella en el tiro al blanco. Yo también he medido dos palmos de estatura antes de ver morirse a los míos echando esputos de sangre y trocitos de pulmón a una palangana en lo que se agarraban lo más fuerte que podían a una sudorosa almohada.
También he vuelto a recordar sus nombres. Están bordados con balas en mi cerebro y, por cuyos agujeros, sólo salen sombras de animales moribundos. Oigo sus quejidos. A su manera lo que quieren es recuperar los miembros cercenados que les faltan. El resto del seso es un frondoso bosque que rodea a un desierto. En el desierto un escorpión busca un aro de fuego y, a veces, por allí para un circo ambulante. Ese circo representa la felicidad. Vienen tragasables, enanos, leones, elefantes y trapecistas y monos tocando la pandereta... este oscuro día no podía haber sido mejor. Después he visto anochecer y también he apagado la tele. Hoy voy a cenar una pizza cuatro estaciones, y también habrá cocacola. Sonríe, pequeño, no estamos solos. Ni de coña estamos solos.
.

el santo café de madrugada, con whisky

Un acólito loco me pregunta por mi relación con la realidad, al parecer es un estudioso de mi célebre blog que no tiene nada que ganar ni nada que perder. Mientras me sirvo leche y whisky contesto a sus preguntas que, según asegura, van a ir a parar a una feria muy prestigiosa. La pregunta del millón, asegura, es sobre la relación de mis obras con la realidad. Yo me limito a contestar cualquier cosa como por ejemplo:
De hecho mi trabajo con lo único que guarda relación es con la realidad. Almaceno pequeñas y grandes palabras y las esparzo por el papel, sueltas y libres, luego voy dándoles una forma a través de varias. Todas ellas terminan aglutinándose en un montón de polvo que vuela a poco que le acerques un ventilador en marcha. Esas motas de polvo, tras el efecto ventilador, quedan esparcidas a su vez al azar en mi lugar de trabajo. Cada una de ellas es la realidad. Por eso las fotografío, para iniciar a través de cada mota otro nuevo montón con el cual repetir de nuevo la jugada. Lo que quiero decir es que a raíz del primer montón de realidad el trabajo está hecho solo.
En esta descripción a petición de hoy he introducido el milagro de la fotografía del cual no soy excesivamente fan. Sólo lo fui en los quinces de agosto en Valseca, donde fotografiaba los puñados de cosas que no habían cambiado desde que yo los recordaba por primera vez. Eran muchos y seguro que seguirán siéndolo cada nuevo 15 de agosto. Un 15 de agosto fui a enterrar a mi primo pequeño y me dejé de fotos. La realidad supera a las fotografías. Poco antes mi abuela había cedido también a la muerte y, con ella, Valseca, en lo que se refiere a mi interacción y verdad allí. He hecho, desde entonces, alguna visita esporádica. He adentrado mis pertenencias en una realidad mordida por un perro tuerto y he encontrado restos míos bien en el bar bien en la piscina, flotando, como trozos de corcho.
Entre medias los hospitales han ocupado mi atención. Sus camas mojadas en parte por orín mío. Sus enfermeras medio monjas y otra que venía a dar charla a moribundos con su sonrisa de veinticinco pesetas la hora.
Ahora estoy aquí, encerrado en un disco de John Cale y a expensas de una mariposa que revolotea la habitación, al posarse en mi mano dejo de teclear y mis pensamientos se dirigen hacia nada. La nada es muy productiva y, mientras la mariposa descansa, palmea sus alas en un aplauso sordo que me hace. Salen de los armarios cada dos o tres días. El resto son mis huesos muertos de frío, mi leche con café y mi whisky. Juntos llegaremos al final del escrito y este no tendrá por qué desvelar nada de nosotros.
De Valseca recuerdo el olor a pintura reciente en la ropa de Gloria y su comisura rodeada de mora en los septiembres. Me dijo que no cuando yo dije que sí, que venga. Y luego las nubes se pusieron sobre mi palabra no permitiendo que el sol las contemplase, y allí se quedaron, en una mala borrasca entre medias del cielo y el camino que ella emprendió hacia seguramente su casa o donde coño fuera. He estado tan pocas veces enamorado.
Pero estaba hablando de la realidad. Aparte de dar mis clases para el ayuntamiento también presentaré un libro este miércoles, Cristo en Uyuni de Javier Palencia. Lo he leído esta tarde y me hubiera gustado escribirlo a mí. Unos desgraciados sacan del hueco de sus uñas las historias y a ellas acude Cristo, que es una estrella de la televisión privada. La lástima es que sea un poemario. No sabré qué decir el miércoles en la Marabunta. Afuera huele a una lluvia que no ha habido, yo hablo con amores de todas las especies. Sin ir más lejos, hoy he seguido los rastros de sangre de un perro que había sido atacado por otros perros, una vez dado con él lo he traído en brazos hasta casa y le he puesto algodones con agua oxigenada en el morro. Le he dado galletas y le he dejado marchar. Creo que sigue adormilado a la entrada de mi casa, pero no es mi problema. No quiero encariñarme. Conocerá el mal de hoy y la caridad. Y conocerá la nada llena de nada que viene después. El cielo se volverá a cerrar y las palabras no habrá quién coño las vea, consumidas de ya por los rayos de un sol que no perdona. Eso es lo que he querido añadir a mi redacción acerca de la realidad. Pero no lo he hecho. Estoy con mi whisky, mi café y mis palabras y pronto llegará la cama, húmeda y con una buena manta y, detrás suyo, sueños que no sé de quién son hasta el día siguiente en el mismo momento en que repito este día, paso por paso.
.

miércoles

Mi vida con el fantasma, también llamado Locura, desde que nos conocimos hasta su desaparición

A menudo recuerdo mi visita a Malabo, pues poco después de mi regreso yo acabé loco, maldiciendo en el interior de mi catatonía dolencias venidas de no podía saber dónde. Mi recuerdo de la dolencia viene acompañado de un trayecto en el que me llevaron en la parte de atrás de una ambulancia metido yo en una camisa de fuerza. Encima de mis hombros apenas cabían demonios, estaban sentados hablando y, a través de sus voces, me oía hablar yo hacia adentro. En la mañana había pisoteado una postal de Jesús y luego había caminado sin rumbo, como poseído por esa droga que son las manijas de un reloj moviéndose. Encontré amigos y hablé sin parar con ellos acerca de nuestro equipo de fútbol, cogí un autobús y fui a ver a otro amigo. Desde ese día no volví a verle, las pocas veces que di con ese animal, despejado de odios hacia mí y hacia mi locura, que para él como, descubrí, para tantos otros, eran una misma cosa.
A mi llegada a Malabo nos recibían montañas de gente, pues era ese aeropuerto de negros y blancos un sustitutivo del vermú en aquella zona. Al llegar a la caracola donde vivía mi tía dormí y no me levanté hasta que había caído la tarde. En la ducha un mosquito Anopheles, de la familia Culicidae, que yo había estudiado como transmisor del paludismo, emitía su vuelo a sus anchas, en lo que yo, mientras me enjabonaba el pelo, observaba esos extravíos y virajes acometidos por sus alas entre el vapor del agua caliente y la ventana abierta, en espera de que saliese. Siguió allí, medio hipnotizándome, en lo que me puse la ropa. Luego llamé a mi tía y le dije que era ese un mosquito del que yo había visto muchas fotos en los libros de texto del colegio. Sí, dijo, es un Anopheles, de la familia de los Culicidae.
Al salir me llamaron los negros que se sentaban en los poyetes de un pozo y fui a verlos. Nos presentamos y me estuvieron hablando sobre los fantasmas, los entendían de manera diferente a mí. Al parecer en la ceiba que moraba nada más abrir la puerta de la caracola de mi tía, vivía uno y, en las noches, decía sus oraciones. Me dijeron que seguramente lo oiría. Aún guardo alguna foto donde aparezco subido a los ramajes de esa ceiba. Nunca oí al fantasma. Extraje de la conversación que ellos miraban a los fantasmas como muertos en descomposición y con la indumentaria acabada en torno a animales vivos que, en ocasiones, servían al fantasma para comunicarse o, incluso, alimentarse.
No deja de ser curioso que yo no oyese en las noches las oraciones de ese fantasma, pues, sin duda, me eligió, y esto se lo he contado a muchos egregios de la mente humana ante su del todo fingida estupefacción.
Si bien mi viaje fue la navidad del 92 mis encuentros con el otro mundo ya se dieron en mi casa de Madrid, y luego en las consultas psiquiátricas. Algunos psicólogos ponían en su cuaderno que todo mi trastorno venía del coqueteo con las drogas. Todo eso, sólo eran hermanos pequeños de mi versión. Los encargados de la Psicología no escuchan, ni siquiera interpretan, dan por hecho un historial venido de medio minuto de observación de algún colega suyo al que no van a rebatir, y esto es así antes y después de que hables. Yo me podría haber ahorrado, la verdad, todas aquellas explicaciones.
El fantasma me habitó hasta 2003, año en que cedió mi locura y empecé a abandonar tratamientos y cosas. Allí vivió, en el interior de mi cuerpo en el tiempo que en mi biografía fue de los 16 hasta los 23 años, compartía sus orugas con mi hígado, sus ponzoñosos sapos con mis intestinos etc... y no soy quién para decir que se trataba de un fantasma malo. Sólo se trataba de algo / alguien que, como tantos otros -y esto nos convierte en humanos- quería lo imposible, en este caso, vivir después de haberse muerto.
Durante nuestra convivencia juntos, antes de que él se fuese junto con mi locura, llamada brotes por algunos expertos en el campo de la psiquiatría, no nos tratamos mal el uno al otro, incluso procurábamos ayudarnos en el día a día. Quiero decir que él aprendía de mí como yo de él. A veces, cuando dormía, mis sueños se mezclaban con los suyos, pero yo seguía haciendo vida al despertar, bien en el colegio público y, antes, en uno privado, bien luego en mis oficios y posteriormente en la universidad, e igualmente antes aún, cuando permanecí un mes encerrado en una habitación de hospital acusado de delirio andante, cuando no de deshecho humano. Se daba algo curioso además, pues el hecho de que mi fantasma fuera algo apestoso, daba a entender a mis contertulios que ese hedor procedía de mí que, sin embargo, me duchaba y perfumaba casi todos los días, al igual que hago ahora mañanas o noches.
Y luego está que sé el día exacto en que este fantasma proveniente de la ceiba decidió seguirme. Fue un día en que viajamos a un pueblo dejado de la mano del hombre de hoy, habitado por la etnia bubi. En una de sus casas vivía una señora muy anciana, ciega y que, sin embargo, miraba a los ojos al dirigirse a ti. La llevamos un regalo y ella a cambio nos dijo bendiciones a nuestros espíritus, que son esas cosas que, sin saber lo que son, a veces interceden en nosotros a la hora de encaminarnos a la panadería a comprar.
En una fotografía aparecemos mi prima pequeña y yo al lado de la sabia anciana ciega, nos rodean moscas y salamandras y fijándome, veo que la habitación ha sido levantada con una madera sobre otra a la manera en que, de niños, hacíamos nuestras cabañas en mi pueblo (Valseca) y donde permanecían antes de ser destruidas u ocupadas por los mayores. Me veo en un sitio y en otro al recordar. Las revistas de amor de la cabaña del pueblo pasando de uno a otro y luego la anciana, consciente, al parecer, del mundo de acá y el de allá en un tiempo. Pero también me veo encerrado, no sólo en mi fantasma, también en una habitación de hospital. Las drogas no me permitieron entender ni una sola página de la utopía Un mundo feliz.
Al salir visité peluquerías, secciones de ropa de los grandes almacenes, estancos... mi fantasma vio, a través de las aberturas de mis ojos, orejas y narices, otra vida o, al menos, otra manera de hacerla, y no sólo eso, me atrevería a decir que también la vivió, al menos en el sentido en que yo creo haberla vivido. Mi fantasma estudió conmigo símbolos e idiomas y quién sabe si, a diferencia de mí, recuerda algo de todo aquello. Vivía en y conmigo, sí, creo que incluso se enamoraba de las mismas idiotas. Hasta se estrenó conmigo. Y eyaculó ese día conmigo, agregando más suciedad, si posible fuera, como fue, a los asientos de atrás de un coche abandonado y sonriéndole luego idiotamente a la chavala y, quién sabe, al fantasma de la chavala, caso de que, como yo, tuviera uno, que no creo, pues estaba muy vacía para llamar la atención de fantasma alguno.
A la salida de la habitación de la anciana sabia y ciega, abrí una lata de cocacola caliente y bebí dos tragos. Unos chicos negros me seguían para ver si les daba algo y finalmente les di la mitad de mi bote, que se turnaron. El cielo parecía de un mediodía cualquiera y yo, en ese día, caminaba por la línea del ecuador como un trapecista agarrado a mi fantasma que, a lo mejor, servía de equilibrio.
Desde que se fue, en 2003, mi vida no ha cambiado. Sigo acá, bien parado o bien de un lado para otro. Y muchos días escribo cartas dirigidas a él. Nunca recibo respuesta por su parte y pienso si quizá ha muerto de verdad, de manera definitiva. El mundo es algo muy espacioso y tanto alguien vivo como alguien muerto se puede entretener en un simple matorral con escasa facilidad. El caso es que es otra gente quien termina leyendo mis cartas. Mi habitación e internet están llenas de ellas. El desorden abunda tanto aquí como en Malabo, así como en los cementerios y la red. Yo procuro ordenarme en cada carta al fantasma y no es que no lo consiga. Claro, me dirás, poco dice esto del orden que doy o no doy al mundo que, al fin y al cabo, es ese sitio por donde, quietos o parados, andamos de un lado a otro. Y yo me quedaré sin respuesta, y no tengo ya al fantasma conmigo para pedirle una prestada.
.

martes

Locus solus, 7:28 h

No puedo conciliar ni una migaja de sueño. Están repartidas por el suelo de la habitación y conducen a una casa donde, de noche, todo el mundo, que está compuesto de muñequitos, baja y sube escaleras. La botella del whisky está vacía y del vaso llega el hedor del par de chupitos de las dos y tres de la mañana. Todos los hielos del mundo se han deshecho bajo la lámpara eléctrica y yo sé que debería dormir, abandonar la luz para adentrarme en los palacios con vistas a la ciudad de Las Vegas que hay debajo de los corredores que uno trasiega cuando está sentado, mirando una pantalla, despierto en la hora en que los segunderos de los relojes parecen congelados en el interior de una batalla donde todos los caballos de las películas galopan hasta caer relinchando o chirriando en un charco donde descansa un muñón de mano abierta al lado de una flecha que ha encontrado su sitio en otro trozo y que parece muy difícil de desclavar. Antes de regresar a la habitación he abierto el frigorífico para comprobar que había una pera. La he dejado ahí. Durante el día bajé a Madrid y charlé y paseé. Ahora reordeno algunos libros, muchos tienen las páginas gastadas. En un lado narrativa americana, junto con la francesa, pizcas de italiana, los rusos, la estantería dedicada a la poesía, con sus ensayos de poetas sobre poetas y sus cartas de poetas a veces también a poetas. También están las cartas desde la cárcel de Céline. Genet está cerca, sentado encima de la mesa-camilla. Todos bailan de un lugar a otro. La zona de filosofía (ya pedí perdón hace dos años por la presencia de la obra de Deleuze) reside la parte derecha de la pared frontal. La mayoría son libros para entendidos que no sé cómo he logrado juntar. Apoyados sobre estas grandes obras tengo El manifiesto comunista rozándose con el Tao te king. De vez en cuando se enciende una llama en el bocadillo que sale de la cabeza, después cierras el libro y comienzas a saborear la viñeta entera. Recolocas a Derrida en su lugar (también pedí perdón por la presencia de Derrida en mis estanterías) y vuelves a cruzar los brazos. En esta postura, en los días donde el ruido no permite el sueño, es fácil dejarse llevar por la noción de un triste pan de ayer acompañado por una loncha de mortadela con aceitunas y, si es posible, los restos que hayan sobrado de una ensalada. Las confesiones de San Agustín las tengo, al contrario que las que he dicho antes, a mano, pero es sólo un detalle. Los adentrados en La caverna de Platón sólo ven sombras y, luego, a falta de otra cosa, viven en ellas. También está aquí, entre Onfray y los Errores vulgares de sir Thomas Browne. Reseñas de Pavese, crónicas de Chesterton, retratos de Truman Capote, La rama dorada de Frazer... Tampoco es que fuera esta la vida que yo quería, entre otras cosas, porque yo sólo quería dormir y punto. En mis sueños sale una vaca cuyos pensamientos aparecen subtitulados en la parte de abajo del visionado. Dice cosas que llegan enseguida como: Estoy cansada. A veces soy yo el que ordeña, pero no le doy palique (si lo hiciese los subtítulos no me permitirían observar el ordeñado como merece, pues salen justo encima y conviene almacenar leche de cara a sueños posteriores). Por debajo del panorama, al lado de la pila provisional, se escurre una melodía compuesta por John Zorn para niños que en lugar de la excusa de los niños podría tener como principio-fin una miniatura de John Cage abriendo máquinas de vapor en la portada. Está llena de silencios en los que aprovecho a encender algún que otro cigarro. En los momentos en que decido prepararme las clases mi cerebro empieza a comportarse como una máquina de granizado de limón, naranja o café. Visualizo el gran puzzle que se forma en el interior de la frente tras seguir unas cuantas huellas y el perro que piensa configura en pantalla grande todas las acciones de ese puzzle convirtiéndolas en una fotografía donde no podría caber mayor número de píxeles y donde, en definitiva de la buena, los trazos de cada pieza de puzzle se han borrado. A partir de ahí toca, comprendo, elaborar un discurso. Pero he comprobado, por otra parte, que el discurso es siempre, en concepto, el mismo. Es decir, descripciones sobre la imagen definitiva que, claro, es una copia de muchas otras imágenes definitivas. Como aparecen superpuestas hay lugar para el manejo de la anécdota, que es una artimaña rodeada de súperguay que funciona bien. Lo siguiente es encender otro cigarro y, tras un par de caladas, volver a la tecla. Tecleo para dormir. Emprendo una sinfonía hipnótica de tac y tac, a veces consigo parpadeos y la luna llena de ambos ojos, por un momento, queda a oscuras durante los dos segundos que los muñequitos de dentro de los adosados mentales (aquellos que bajaban y subían las escaleras de la casa del principio) tardan en encender una vela (no quieren tropezarse). He probado a soplar para adentro con el fin de apagarla, pero es inútil. Por lo demás, afuera siguen bailando libros y libros. El Murphy de Beckett está emparejado, por ejemplo, con el libro de un tal Hofmann llamado Conversaciones con Thomas Bernhard, en el que Bernhard está sentado en una silla hablando solo, igual que en casi todas sus novelas, a la luz de una nube doradita por el sol que tapa. Son los primeros del estante del abajo / izquierda de la pared frontal donde los acompañan autores tan dispares como Queneau, Raymond Williams, Gianni Celati, Macedonio Fernández o Leopold von Sacher-Masoch, cuya autobiografía me aburre indefinidamente y que, sin embargo, ay, no sirve para coger el vuelo rasante del sueño.
Es el sueño una cometa varada en el tejado de esta habitación de libros y polvo. Por mucho que saque los brazos a través de la ventana para palpar no doy con el hilo y, por otra parte, quién sabe si tiene hilo. No se ven estrellas, han regresado a casa mientras yo jugueteaba con una manga del pijama, pero regresarán en cuanto, tras abrir mañana la nevera, recoja la pera que se encuentra en medio y, en mi camino hacia el metro, comience a dar ruidosas y alegres zancadas mientras mordisqueo y... eso sí, al fin.   
.

domingo

It´s all over now, baby blue

Me acuerdo de los veinte segundos que yo contaba desde la única curva que había en la carretera hasta dar al botón de parado del autobús, después me bajaba y caminaba, entre arenas e irregulares verdes, hasta la casa. Me abría abuela y yo comía siempre huevos fritos con un filete empanado y patatas. Luego ella se quedaba viendo su novela y yo me encontraba con mis sueños de antes, una bicicleta de montaña (30.000 ptas) a la que ya no le funcionaban las marchas y la guitarra eléctrica (imitación a strato made in Japón, 35.000 ptas) a la que le quedaba una pastilla viva, con las cuerdas oxidadas llenas de mugre tumbada sobre el pequeño amplificador Marshall (35.000 ptas también) que había quedado para emitir sonidos como provenientes de un conjunto de esparadrapos, al menos cuando lograba encenderse. La humedad en la bodega era notoria. Yo había sido feliz y ahora descansaba las tardes sobre esos aparatos rotos venidos de sueños también rotos. Se puede vivir sin pensar, me decía. La casa era relativamente nueva y yo había hecho de su idea una tumba dividida en distintos compartimentos con el fin de que cupiesen en ella bastantes cuerpos. De todos ellos el mío lo intuía. Cuando me cansaba de intuir (también) lo que quedaba de mis sueños en objetos que bien pudieran formar ya parte de un estercolero entre medias de dos pueblos pequeños, subía a mi habitación de los libros adornada con un póster de Las meninas arrugado y me masturbaba hasta que oía cómo algo se rompía dentro del sable dejando alguna que otra mota de sangre entre tanta fiesta de la espuma, bien en los cojines o el parqué. Pensaba, de morir así, qué ventajas acudirían a mi tumba, pero no morí de momento. Muchas cosas, de hecho, siguen igual. Abuela murió y las tardes de estos días en que ya soy un verdadero acaparador de las conversaciones sobre terrenos a explotar continúan sucediéndose, aunque con la televisión apagada y el silencio de las voces de esos héroes de quienes ella gustaba cuando había terminado sus trabajos de la casa. A veces la veo, pues viene a visitarme. La recibo en pijama y le digo que las cosas, vayan como vayan, me van bien. Luego se marcha y no faltan las veces en que yo percibo su cuerpo ya comido por el célebre sótano que mora dentro del ataúd y una calavera joven presidiendo restos de polvo bajo los alegres cánticos de los pájaros y las flores que, de cuando en cuando, van a cambiar mis tías o mi madre.
Espera, me digo. Me voy a servir otro aguardiente.
En la casa que dejamos en Aluche nos dijeron que ahora vivía una pareja. Allí, donde viví con ella 20 años, ya ni siquiera hay huellas mías, se las llevan las corrientes de aire poquito a poquito por cada día que pasa, y ha pasado tanto, tanto y tan poco. Mi vida allí se componía del colegio, de cuando nos dieron el vídeo, de jugar al fútbol y pegarme, de alguna raya de coca y de amigos, o algo así. También bajaba a por el pan y a tirar la basura. Entonces, recuerdo, existía esa extrañeza denominada familia con sus visitas los domingos a la hora del vermú y también durante la tarde. Existían los primos. Hermanos nunca he tenido. Quizás, por otra parte, lo único que he sido en mi vida han sido hermanos míos yendo y viniendo de mi cuerpo hacia fuera y al revés, sustituyéndose unos y otros, resueltos finalmente en una cara a la que sólo veo cambiada en las fotografías. La cartera de papá está llena de caras mías a edades distintas. Bien podrían ser las caras de otras personas, claro, porque la vida gasta muchas bromas. De hecho lo son. Una persona es una bombilla llena de motas de polvo, y cada diferente intensidad reflejada en el espacio de una habitación es otra y otra persona. La mosca que gira en torno a ella sólo es una anécdota (la vida misma). Nos alternan esos pegotes de luz y terminamos brillando en el metal de un cubo de basura normal que abrimos con el pie para vaciar ceniceros, creo.
Sólo quedan ya unas gotas en el vidrio de aguardiente. Llueven sobre el capó del coche y una sola gota se va ligando a las demás para ganar volumen y velocidad. Finalmente el parabrisas la aplaca junto a otras y yo le digo a mi padre, al volante, cosas, alternamos conversaciones sobre lo que hemos hecho o lo que vamos a hacer y, al llegar a nuestro destino, yo siempre saco el paquete de tabaco del bolsillo, lo abro, cojo un cigarro y lo enciendo. A veces le acompaño y otras me disperso. Entro en librerías y salgo. Entro en bares y salgo. Echo vistazos, mientras, a lo que queda en el monedero. Dentro también se encuentra mi carné de identidad. Faltan todavía unos años para renovarlo. En la foto que lo acompaña, por supuesto, no me reconozco. Ahora molo mucho más. Lanzo filtros de cigarro a los charcos de las aceras, me atuso el pelo, largo como cuando joven, me acaricio una barba que vuelve a estar ahí, igual que cuando era feliz, ahora alguna cana la define de distinta forma. Mi inocencia es evidente. Camino hacia la parada del autobús. Por el camino llamo a mamá, le digo que todo ha ido bien en el trabajo.
Y en breve volveré a contar veinte segundos, mentalmente, exactos, a partir de una curva que tiene  un centro de flores en uno de sus límites con una banda cruzada de tela en la que pone: no os olvidamos.
.

sábado

El interior de la casa

Despierto como cada día con la sensación de haber olvidado mi corazón en uno de los bidones que la química utiliza para pasar de un sueño a otro. Noto la ausencia de sangre bullendo sostenida durante el primer y el segundo suspiro de la tarde. Pongo un disco y cojo un libro al azar. Leo una batalla y regreso a mi cuerpo. Los sueños han fabricado un yo que aún no se ha despertado. Me convenzo de bajar a la cocina. Charly, mi loro, me saluda desde su jaula, pero yo no sé qué consulta hacerle, así que terminamos hablando de la partida de Oca que dejamos a medias durante la mañana, cuando yo era un hombre más completo que ahora. Bebo del vaso que me he preparado y noto la leche calentada atravesar la garganta y diluirse, dispersarse, en los siguientes conductos. Más tarde, al visitar el baño, orinaría, intercalados con sangre, hombrecitos de 1 cm. Luego tiraría de la cadena y desaparecerían para siempre. Aunque primero, he de decir, comprobé que no habían aprendido a hablar y, efectivamente, no lo habían hecho.

Mis pulmones están metidos en una jarra de la cocina. Los he llenado de agua hasta rebosar la jarra y he visto cómo, al principio, se despegaban algunas costras de entre sus raíces y cómo después, simplemente, han flotado hacia la parte de arriba. Últimamente permanezco demasiado tiempo sentado. Fumo mucho mientras introduzco el dedo por mi agujero de la cabeza y me masajeo el cráneo. A veces, como este mediodía, me quedo dormido, otras me disparo y noto la irracional verdad de todos mis órganos funcionando al unísono, siguiendo el compás como en una función de música y danza, cada uno a su movimiento y con sus notas elaborando el estribillo que me compone unas veces y me descompone la mayoría en que decido que es hora de introducirme en la paranoica catedral de los sueños, siempre rellenos de monstruos comiendo a mi vera y animales muertos llorando dentro de mi boca porque no pueden volver. Y me veo allí indefenso, desde afuera, en el lugar que sólo pertenece al sueño, sin poder hacer nada por mí ni por ellos.

Me cuesta mucho teclear hoy que tengo la muñeca de la mano derecha algo destrozada. Ayer visité el hospital y, después de hacerme un par de radiografías, el médico me dijo que no me veía nada. Aún así me he puesto una muñequera para inmovilizar la mano y tomo ibupofreno cada cinco o seis horas, y whisky. Alguien tira de la cadena cuando duermo y desaparezco junto a los hombrecillos que orino. Sólo estoy contando unas cuantas sensaciones acaecidas en los últimos días. Mi muñeca se queja y yo continúo hasta que la respuesta a este crucigrama se complete, dejándome una pista sobre alguna vivencia, alguna constancia sobre lo que es real.

Entre un párrafo y otro de lo que escribo vuelvo a tocarme, a través de mi agujero cabezal, el cráneo. He notado una especie de grano sentado encima de él e intentado explotarlo. Necesitaría de unas fotos interiores para comprobar si tengo acné juvenil en el cerebro pero, sobre todo, necesito que los ruidos desaparezcan, tanto los que salen del agujero como los que entran por él. Y es que hace tanto tiempo que no puedo escuchar los latidos de mi corazón.
En mis sueños late sobre el plato donde cena un simio. Después de probarlo escupe pequeños trozos de ello porque no le gusta y estos pequeños trozos laten por el suelo como si siguieran formando parte de una sola máquina. Los sueños, aunque lo parezca, tampoco es que me interesen demasiado. No distingo mi cara de otras y entiendo que mis huesos están en medio esperando que nos sentemos alrededor de ellos como si fueran una fogata en un campamento a los que me enviaban de niño los veranos y donde cantábamos a dios y a Jesús y a la virgen.

Después de vomitar ese recuerdo recojo mi nuez del fregadero y la devuelvo a su sitio. Tiene la pobre consistencia de la yema de un huevo cocido y sin embargo acompaña a las voces que salen de la minicadena y conversa con ellas y habla con mi loro Charly y ahí sigue como pomo de la puerta que hay en mi cuello y que no giro para que no entren en mi cuerpo las ratas de la calle y se pongan a alborotar las labores que se llevan a cabo dentro. Una maquinaria infernal sobre una casa cuyas intermitentes luces se sostienen al aparecer, sobre el ruinoso escenario, otro ser humano, sonriente, enfrente mío y con la mano abierta como un ala. En verdad son horribles. Yo diré que lo siento, que apenas tengo tiempo para mí ni nada y que me están esperando y, mientras desaparece, regresaré a mi vida contento del sonido de sus pasos alejándose y deletreando en su marcha el sonido de mi pulso, que regresa de nuevo mientras afuera anochece y caen tormentas de sudor, cuando la fiebre viene.

La nieve está loca, pero sucede, cuando sucede, afuera de la casa.  
.

jueves

Supusimos entonces que la nada estaba rodeada por ella

A Cecilia


Durante los últimos días no me había pasado nada. Yo bajaba del sobre y me preparaba un Nesquik en la cocina, recordaba vagamente el sueño inmediatamente anterior mientras removía el vaso con una cuchara, encendía un pitillo y finalmente tomaba el desayuno mientras veía el noticiario por la televisión. Uno de los días permanecí atento a las noticias sobre economía mientras otro recordaba de manera bastante nostálgica mi trabajo como repartidor de cajas de vino y salchichón en diciembre de 2009. Las noticias se alternaban rápidamente: ataques sobre Gaza, un juicio a un terrorista, la última hazaña de Messi y el tiempo, con sus soles y esas cosas tan simpáticas, los chubascos, repartidos a lo largo y ancho de un mapa de la península ibérica. Eran días de no hacer nada y eran días de esperar. Uno cuando espera lo hace a la muerte, por el camino podía contemplar cadáveres de otros que ocuparon la casa antes que yo. Hermanos desangrados en la bañera en la que, aproximadamente una hora después, me daría un duchado. Mascotas a las que han ido sustituyendo otras. Mamá y papá, ausentes también. En ocasiones sonaba el teléfono y voces venidas del más allá me hablaban sobre ofertas en algunas tarifas. Otras veces era ella. Decía vaguedades y yo las repetía. Volveríamos a vernos, quizá. En esas horas yo fregaba el vaso donde me había servido el desayuno y en uno de los días se iba la luz, inmediatamente después recordaba mis conversaciones con el conductor de la furgoneta con la que repartía. Piso ocho, piso once. Hablábamos sobre la nada. Me costó convencerle de que yo tenía que fumarme mis buenos cigarros diarios. Él decía que no soportaba que se le metiera el humo en los ojos. Llegamos al acuerdo de que fumaría en las autopistas abriendo la ventana. A veces me daban propina y yo la compartía a la vuelta a la furgo. Siempre las calculé en whiskies. El whisky es caro. Por aquel entonces yo bebía una botella diaria. Cuando llegaba a casa comía y después me sentaba al ordenador con mi botella de Irish -las solía comprar de dos en dos- e iba rellenando el vaso de una a otra mitad. Sobre las ocho de la tarde caía dormido y mamá, al llegar de trabajar, me despertaba para preguntarme si había cenado, para después procurar de adivinar si la botella que se encontraba en la basura era o no la misma que la del día anterior. Al día siguiente me despertaba como nuevo e iba al trabajo, me acercaba a la chica rubia que se encargaba de darme la lista de las localizaciones y yo procuraba decir algo agradable como algún comentario sobre el tiempo o algo así. Todos esos días que hoy miro con nostalgia también eran iguales unos a otros, al igual que los últimos del año 2011. En estos días yo me encontraba tomando una medicación que me curaba del alcohol y también de las mujeres y, por otro lado, apenas veía a nadie en el día a día, imaginaba a espectros, como siempre he hecho y leía indiferentemente qué. Raras veces me dedicaba a la limpieza, y también estaban los recuerdos de finales del año 2010, cuando yo aún fumaba en los bares y cuando vivía en un zulo de Lavapiés donde me sentía dios y su madre y en el que escribía casi siempre que llegaba de Alcohólicos anónimos. Sobre todo me gustaba la conversación de ellas. Procuraba, durante esos ratos, acercarme a sus secretos de poco en poco hasta, a poder ser, formar parte de ellos, cosa que nunca ocurrió. El resto de los días iba de aquí para allá, a pie, en una de mis ciudades favoritas. Cuando me fallan los recuerdos acudo a tal fecha del blog y entonces, a través de lo que he ido escribiendo, me sitúo con mejor facilidad en ese pasado, trasladándolo a un lugar donde casi no hago nada más que lo que voy contando con el propósito de poder recordarlo un año después, siempre caso de no cruzarse un rayo por el medio o similar.
Hoy, llegadas las horas en que las noticias de la mañana ya se me han olvidado, he esperado que ella llamase mientras dudaba si marcar yo y adelantarme. Finalmente no lo he hecho, he cogido el móvil sólo y lo he tenido en la mano esperando que fuera ella para darle a la tecla de descolgado. En la otra mano tenía abierto el libro de Leonard Cohen La energía de los esclavos (Trad. Antonio Resines) por una página en particular. Al descolgar, fuera o no fuera ella quien estuviese al otro lado, yo quería leer en voz alta:


Cada vez que te veo
olvido por un momento
que soy feo a mis propios ojos
por no haberte conseguido.

Yo quería que me eligieras
por encima de todos los hombres que conoces,
porque yo me destruyo
cuando estoy con ellos.

He rezado por ti a menudo
así:
Déjame que la consiga
.”
.