sábado

Lejos de Illinois

Paso horas frente a la ventana viendo salir autobuses. Sé que no nos atropellaremos cuando la única pelea que tengo iniciada es con el pijama que lleva 30 horas sin salir de mi cuerpo. Cualquier insecto puede entrar en la casa y pisarme por accidente. Y, mientras, no tengo más remedio que preparar clases. Sería de agradecer que la cabeza volviese a su sitio en estos casos. Y, claro, mientras unos autobuses salen, otros llegan. Es una ley que funciona como un reloj nuevo.
Nada más llegar a casa en los días que tengo que salir me lo saco de la muñeca al instante y lo dejo en cualquiera de los apartados de la cocina o la habitación, lo que impide que lo encuentre en un primer vistazo en el siguiente momento que deba salir. Hace tres días me propuse encontrar heroína y fui a preguntar a los que pasan perica deformada. Uno dijo Sí, sí... pero no he vuelto. Yo esperaba que supieran de qué estaba hablando y no vi indicios por ninguna parte. Los disimulos demasiado histriónicos me fastidian. Después de eso acudí muy puntual a una cita con mi trabajo de intelectual. Todo estaba preparado para empezar mis charlas de los jueves. Fueron muy amables conmigo, he de añadir. Para celebrarlo me tomé una caña en el bar de al lado del bar donde me denunciaron hace un año por conducta lasciva o algo así. Pasé por la puerta del homoerótico que me denunció, en el marco de la puerta, con los brazos cruzados. Se me ocurrió si decirle algo que le tocara sus partes, pero no lo hice. En el paseo noté cómo su mirada funcionaba con mis pasos y desaparecí en el bar de al lado, donde me atendieron todo lo amablemente que sabían. Al llegar a casa mezclé algunas pastillas para la tensión y he debido de dormir bastante. Hoy amanecí en el mismo sofá. Cuando me desperté fui a ver a mamá y dormía como un angelito en su habitación. Decidí que las horas sólo serían importantes para cuando se diera mi trabajo de intelectual, en el que todo el mundo me quería muchísimo, y escribí una nota que dejé en su mesilla donde se lo expresaba para que lo viese al despertar.
Han llegado tres autobuses y han salido cuatro desde mi última visita a los sueños. Cuando era menor comía estrellas de la noche y luego sabía de la oscuridad mientras en mi estómago ardían fierecillas meditando.
Entre el segundo autobús de salida y el segundo de llegada noté cómo los cajones de mi sesera se abrían y de ellos salían voces que me decían lo horrible profesor que yo era. Luego una estrella que se había caído al suelo durante mi niñez los cerraba y yo me concentraba en cosas como prepararme un café caliente. El humo, al salir del micro, salía en una viñeta de tebeo directo a mis narices que, apenas detectaban el calor, provocaban en mí una especie de estertor que repetía que era la vida algo así como maravilloso etc. Ahora bebía poco, pero con regularidad. Serví un whisky en un vaso y, a pesar de la pereza que me daba vaciar la hielera, lo terminé haciendo. Hube incluso de rellenarla después. La vida, con excepción de mi clase de los jueves, podía reducirse a eso. Leí varias veces la descripción de La casa tomada de Cortázar e hice posibles planos del lugar, señalando las zonas tomadas y la salida al exterior. Finalmente hice un dibujo de una llave, que hice dorada, en el fondo de un alcantarillado y a un chico y una chica emprendiendo el camino hacia el horizonte. Bien, me dije, esta será la excusa de mi próxima clase. Planearemos hacia dónde avanzan exactamente ese par de jóvenes -¿Jóvenes?- etc. Encuentro el reloj, miro la hora, calculo que el tiempo de la lectura supere los siete minutos y, a partir de ahí, me acierto a ser bueno en lo mío. Al menos en lo que es mío algunas tardes de jueves. Los viernes: pastillas. Los sábados: whisky y café. Los domingos: fútbol. El siguiente lunes el intento de otra clase de lectura. Sacar de debajo de mi cama un intelectual despellejado y pedirle a su ombligo muerto que me cuente cuentos... Mariposas de Koch de Antonio di Benedetto, la imagen literaria, etc.
Hoy hubiera salido si no fuera por aquella ley que prohibió fumar en bares. Un par de whiskies, invitar a otro a una perdida, follar con ella en el garaje de la casa de mamá, obligarla a vestirse rápido y echarla. Es una opción. Antes mis planes semanales funcionaban así. Ahora, la verdad, tampoco es que tenga interés. Ni libido.
Oigo salir otro autobús. Sé que es el último de la noche. Al arrancar emiten el ruido de un saxo tenor. Lo reproduzco en Spotify antes de guiñar por primera vez los ojos en señal de flojera. Odio que se acabe el whisky, pero en lugar de quejarme salgo al pozo que hay en mi jardín y miro a través de él como quien intentase ver allí la luna reflejada. Todo está oscuro, huele a naturaleza. Por un momento da la impresión de que todos los relojes del mundo anduvieran a la misma hora. Hace frío también, esa es otra. Mi pijama es verde oscuro con un par de líneas, una blanca y otra azul. Sobre él a veces cabe un albornoz de algodón gordo amarillo. Me siento enfrente de la televisión y observo los anuncios de la teletienda. Mi ser de intelectual se regodea en la noche, cambio de canal y vuelvo sobre el mismo. ¿A quién no le vendría bien un tonificador de músculos por doce pavos?

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miércoles

Meses posteriores a otra muerte

Normalmente atábamos a un poste a la víctima, cortábamos de ella lo que podíamos comer sin necesidad de utilizar la lumbre y observábamos sus ojos mientras engullíamos la carne.
Este es un resumen somero de la historia de mi vida cuando había amigos en ella.
La hora de defunción nos era indiferente. Aquellas escorias colaboracionistas y anti-revolucionarias morían desangradas y nosotros, como todo el mundo, necesitábamos nuestro tiempo de sueño, con mayor motivo después de una cena copiosa.
Años después me sirvo 1/5 de whisky (a ser posible irlandés), enciendo algunos cigarrillos, hojeo periódicos, invento chistes para mis estados de facebook y follo una vez al mes. Entretanto no me hago pajas, sonrío a papá y a mamá cuando vienen de trabajar y leo, aproximadamente, cien páginas diarias de libros escogidos al azar. Mi biblioteca es inmensa. La mayor cara del pueblo donde vivo.
Recuerdo con morriña mi vida entre amigos. Por ejemplo: coger a un poeta / cortarle la oreja que mejor rabia dé / echarla en una sartén cuando el aceite ha comenzado a hervir / dar cuatro vueltas / tranquilizar los llantos del poeta mientras se saca la oreja de la sartén y se la echa sal gorda y rodea en un plato con un par de rodajitas de limón / repartir el manjar / decirle al poeta “no, para ti no hay” / cenar / cortar la cabeza del poeta y meterla en el congelador junto al cuerpo para experimentar al estilo Ferrán Adriá en días postreros.

Mi melancolía es grande como una montaña llena de pobres. Son las 5:13, madrugada, mañana tengo el día libre, los hielos se han derretido en el vaso hasta la mitad de lleno de whisky. No es una de mis marcas favoritas. Durante la tarde noche telefoneé a mi novia para ver si conseguía conocerla un poco más. No conozco a nadie. Guardo mi imagen del metro de Moscú hace un tiempo. Stalin, ese hombre de paz, hasta entonces asesino de todo lo que bordease su nombre, da una conferencia y los nuestros se alegran de que esté allí. Aquellos que no habíamos visto propaganda alguna le creíamos preso del nazismo. Nos restregamos los ojos y pocos años más tarde (1953) lo vimos morir tras dos días de agonía en que ningún doctor quería acercarse por miedo a una orden de fusilamiento. Al tercer día nuestras mujeres lloraban junto al féretro mientras algunos deportados hincaban sus rodillas en la nieve y veían un sentido a su vida en la muerte del gran mariscal. Decían: el bigotes ha muerto, y saltaban, y la nieve saltaba con ellos. Luego volvían a caer por eso de la gravedad, al igual que la nieve, y volvían a saltar... después pensaban en trenes que les llevasen hacia hogares suyos comidos hace tiempo por mí y por todos mis compañeros. La primera vez que vi a Stalin fue paseando el féretro, junto con posteriores víctimas suyas, de Lenin (aquí llamado Sr. Ulianov), a los que se unía una apenada muchedumbre.

No saqué los papeles a la calle. Nunca lo hago. La policía me cogió. Mala suerte. Pero hoy me encuentro en pijama delante del ordenador, está a punto de amanecer y procuraba hablar sobre mi melancolía, grande como un banco de peces moribundos, eso es.

Desde que dejé de comer carne humana me he dedicado a escribir. Tengo un blog muy bueno. Lo leen mis vecinos y mis padres. Se llama La semejante criatura y va sobre la nada (Mongolia), mi alegría (Valseca), la muerte (Valseca también) y personas, y animales (Charly y Trasgu). Me estoy haciendo muy mayor, porque mayor ya era. Tuve que volver a aprender a hablar cuando todo se fue al garete. Lo hice. Luego vino el silencio de los demás y yo me presté a ayudar. Lo anterior habían sido fiestas caníbales así que, ahora ¿Qué podía hacer? Y así fue como en los descansos  durante los cuales soy una persona leo a mis antiguos amigos (gente que me pedía ayuda para sacar la edición a su nombre y, cuando salía el libro, me firmaban un ejemplar con un “para mi hermanito”). Hacen escritos horribles. Espero que no pasen la criba del tiempo. Mi visión es apenas la de una tumba cada vez más larga y más estrecha. El día en que mi estómago de muerto explotó salieron de él varios ojos. Cerrados son los relatos de mis antiguos compañeros y abiertos, hoy, son los míos. En los míos no sucede nada obligatoriamente. Tan sólo una persona pensando. Si se restan las demás el cadáver riñe. Y el resultado es un esparadrapo. Los gestos de las cejas, sin embargo, no dejan lugar a duda: Estuve vivo mientras firmo mis no palabras con otro nombre.
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lunes

Personarse

Recuerdo días donde yo era algo. Hoy mi familia ha salido a dar una vuelta por el cementerio y yo me he quedado aquí, en la cocina. Apenas encuentro en la pantalla del Pc retazos de mi corazón, allá cuando estaba vivo, rugiendo por una caja de cerillas, por un colacao, por la luz de las tres de la mañana en el cuarto de las sombras. Hoy, que no soy nada, recuerdo, y el juego de naipes se destroza al intentar barajarlo. Por eso escribo, creo. Y eso es lo que escribo. Me da igual qué naipe caiga después del segundo sobre la mesa vacía, apenas con un jarrón transparente hasta la mitad de agua en el que se zarandea una flor con el tallo mordido que, mirándome cuando quieta al fin, es un micrófono al que no le digo ni siquiera el recuerdo de mis últimas palabras.

Recuerdo mi convivencia con un extraño coño. En él podía, al introducir el pene, escuchar una mezcolanza de mis palpitaciones y las suyas, como quien permaneciese más interesado en crear ese acorde. Las mías eran el solo y las suyas actuaban por debajo haciendo del resto de la banda. Al sacarlo sangraba, pues el interior de aquello estaba lleno de vidrios rotos, agujas oxidadas, asientos descoyuntados de coches abandonados. A continuación abría el refrigerador y colocaba una bolsa de hielos sobre el estropicio. Todas las reacciones que buscaba eran las de conceder alivio a la naturaleza inerte de las cosas, en la cual yo me veía inmerso, con o sin las palabras de ella caminando hacia mí. En una de las ocasiones ella me recomendó ¡Ella! Que fuera a ver a un médico. Hoy cierro los ojos y busco su cara entre los recuerdos. Giro con mis brazos matorrales para poder verla, pero sólo doy a una explanada donde hay unos jóvenes fumando canutos. Me he acercado a ellos a preguntarles por la cara, por el coño, y se han mirado, me han llamado abuelete y se han reído. Les he dicho que cuando yo tenía su edad los chavales sabíamos divertirnos, que en nosotros la ebriedad tenía sentido. Ha sido cuando uno me ha escupido a la cara. Mientras me limpiaba con un kleenex le he preguntado si no sabía lanzarlos con moco. Luego me he ido. Podía oír sus apestosas risitas. Luego he seguido andando mientras me decía que gobernarían el mundo y encima eran feos, llegando a cuando la explanada se convirtió en un garaje para residentes. Pocas cosas se me ocurren contarle a la flor del tallo roto que reside en el interior del jarrón transparente de la mesa de la cocina. En realidad, giro mis pensamientos, los envío al pasado en un mail, las teclas del ordenador son las estrellas mientras hoy apenas entra una porción del sol en la casa. Los brillos que dan a la ventana provocan pensamientos comestibles. Por lo demás, cualquiera que se asomase a esta cocina vería en mí un más o menos claro ejemplo de catatonía.

Enciendo un cigarro e imagino que estuviera escribiendo esta historia de recuerdos que no tiene ni pies ni cabeza. El humo se asoma en las partes de luz y el teléfono suena, pero no lo descuelgo. Es la nada que habita esta casa. Normalmente estoy en pijama, en la cocina, reconstruyendo el mundo partiendo de imágenes que recuerdo, junto unos retazos con otros y, en ocasiones, dejo que se escriban solos. No siempre el resultado tiene sentido ni tampoco belleza. No siempre tiene algo que sea más que unas palabras acoplándose al paisaje descrito. Inserto mi cerebro en el coño de cuando había chicas en mi vida y lo dejo reposar ahí dentro. Percibo los ruidos de sus intestinos y poco más. El resto es la vida de un ermitaño dentro de una cueva. Compruebo que no hay whisky en toda la casa y finalmente me preparo un café, enciendo el televisor y veo cómo matan a Gadafi. Un viejo de 50 años se tira una foto a sí mismo al lado de la cabeza del cadáver en cuya sien se aprecia un agujero negro abierto por una bala. La siguiente imagen es del hijo de Gadafi bebiendo agua de una botella de plástico. Segunda toma: fumando un cigarrillo. Tercera toma: su cuerpo está tendido en un sótano rodeado de unos cuantos libios sin apenas dientes sonriendo. Quito la televisión, me tomo el café de un trago y oigo cómo unas llaves entran en la cerradura de la puerta principal. Es mamá. Me dice que han limpiado y colocado flores en la tumba de mi abuela. Se produce un silencio mientras me mira vaciar el cenicero. Al rato me pregunta por el coño. Le digo que le he estado dando vueltas, pero que no he llegado a ninguna conclusión, que he encendido el televisor y que, al final, no he escrito nada. Da igual, hijo, dice, total, sólo te lee el tonto ese (se refiere a Pedro Robes, el comentador mongolo de la sección comentarios). Le digo que he pensado que dar vueltas a una historia partiendo de una imagen y no llegar más que a una conclusión escrita azarosamente puede ser perfectamente un tema. Después cambiamos de conversación.
Han enviado un correo del ayuntamiento. Deberé dar unas conferencias no sé aún qué días sobre lectura, interpretación y alguna cosa más sobre la que yo creo que no hay nada que decir. He quedado en personarme el viernes.
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viernes

La fiebre del otro

Recuerdo que tenía siete años recién cumplidos debido a una conversación. Cada mañana debía, desde la cama, abrir la boca para ingerir un jarabe. Dentro de la cuchara, aparte del líquido, había un retrato mío hecho a la escala de un insecto. Finalmente yo abría la boca y nos tragaba y, luego, si todo iba bien, la abuela volvía a cerrar la puerta y yo regresaba al sueño, aunque no me gustase mucho por aquel entonces aquello de dormir, por considerarlo aburrido en todos los aspectos.
Desde la ventana de nuestro piso entraban las voces del colegio que había abajo y podía notar cómo toda esa multitud de niños jugando se infiltraba en mi fiebre. Me veía al unísono dando patadas a un balón en ese colegio (aunque yo iba a otro) y moviéndome en mi cama, arropándome con las mantas, acurrucado. El sudor mojaba las sábanas y toda la habitación despedía un olor a medicamentos que se concentraba en mi cuerpo. O no, seguramente era al revés, salía de mi cuerpo para concentrarse en la habitación. Da igual. El doctor vino por la tarde, cuando mejor me encontraba. Mi abuela me dijo que era una pena que ahora que el doctor iba a venir de repente yo estuviese bien, que hiciese como que me dolía. Quiero ir al colegio, dije, en broma, por supuesto. Recuerdo el frío del aparato ese con el que te examinan el pecho. Era un doctor gordo con bigote, de los que no daban caramelos. Al irse volví a estar malo. Le eché la culpa a él. A la noche mis padres vinieron de trabajar y pude oír que, en el salón, le preguntaban a mi abuela que qué tal seguía. Mi madre me había comprado un libro de Elige tu propia aventura. Eran los que más me gustaban entonces.
Años más tarde, cuando tenía quince, decidí estar siempre malo. Había tenido que cambiar de colegio y no me gustaba cómo me miraban los nuevos ni lo que decían de mí. Me escupían, decían que no les gustaba mi cara, por ejemplo. Me arrancaba, por aquella época, una media de dos granos al día. Los triplicaba en tamaño y, al día siguiente, creaban copias en otro lugar de una cara, en ocasiones, difícil de encontrar. Por otra parte ese colegio era demasiado grande y cada rincón estaba lleno de las mismas porterías y canastas llenas de pústulas. Decidí dar patadas a un balón y al final hice amigos o algo así y, durante una época de mi vida, me drogué con ellos.
En los fines de semana iba al pueblo y sabía que un accidente con el coche acabaría con nuestra vida. Procuraba, mientras me preparaba para el siniestro, elegir la canción adecuada en los walkman. Entre medias de la ida y de la vuelta asistía a los bares en pandilla con mis colegas del pueblo. También había segundas borracheras estupendas y, con el tiempo, reyes de la noche nos coronaban y jugábamos hasta bien entrado el mediodía siguiente. Abandoné el colegio grande y me fui a una cosa pública de artes y cosas de esas para las que todo el mundo decía que yo estaba muy dotado. En los baños fumábamos porros y una vez me besó una y me dijo que estaba muy bueno. Mi chulería de entonces se vino abajo en cuestión de eso. No podía entender aquello y, durante la clase que vino a continuación, intenté escribir un poema o algo así donde el mundo perdiese y, con él, yo también, y la chica esa, y también su madre y su padre. Escribir era una excusa para que pareciera que iba a estar haciendo algo, ya que el descaro de aquella chica me había anulado. Por otra parte, los profesores de aquel lugar no se extrañaban de que siempre respondiera con ambigüedades a sus preguntas sobre la historia o España o el inglés, así que nada me iba a delatar. Da igual, en el metro se me pasó, hasta me renové completamente y eso.
En esa época era normal que yo me acurrucase en la cama hasta notar el sonido de mis huesos. Quizá me tentaba romperlos. Recuperaba en secreto los días de mi enfermedad de crío y la vida me mostraba que, a pesar de mí, ella no había cambiado. Los ruidos del colegio de abajo seguían allí, en los movimientos de otros niños, podía también oír a mi abuela hacer la casa y mi pueblo no había cambiado de lugar en los mapas, ni mi barrio y esas cosas que yo conocía, aunque me trajeran constantes dolores de cabeza porque, como buen muchacho, me esforzaba en cuestionarlas hasta que el cerebro rompía a llorar como un pobre niño enfermo de siete años recién cumplidos.
Después estuve encerrado en un hospital para enfermos mentales. Al psiquiatra que me llevaba le decía cosas como que la gente me miraba en el 25, que era la línea de autobús que usaba por las mañanas y mediodías. Había espías por todos los lados disfrazados de gente corriente. Así, una mujer con un carrito de bebé enviaba informes a personas como él en las que anotaba cosas como las que él anotaba de nuestra propia conversación y las enviaba al demonio que existía en todas las conversaciones de este tipo. Le dije que, al momento de verlo durante la mañana en que fui ingresado, hubo un relámpago y le pregunté si no le concedía eso bastante crédito a mis averiguaciones. Mi tío era policía, seguro que él sabría algo, dije. Y cosas por el estilo.

Estuve mucho tiempo tomando neurolépticos que me volvían idiota y ansiolíticos que me provocaban adicción en lo que procuraban reprimir efectos secundarios de los neurolépticos, y mis padres cambiaron de casa junto con mi abuela.
Aquí no he vivido nada durante aproximadamente catorce años. La vida se hace y deshace sola. Sólo al principio unos energúmenos, como una novia a la que yo había sido fiel, procuraron desvirtuarme colocando cámaras ocultas en cada habitación de la nueva casa. Se rieron mucho. A los dos años recaí otra vez y, más tarde, esas risas pasaron a formar parte de cada molécula que mi cuerpo ha ido desarrollando desde entonces, convirtiéndome en una risa perpetua allá por donde he ido. Al principio estuve callado. Tuve que volver a aprender a hablar. Estuvo bien. Poco importa que la gente que me ha rodeado en los últimos años mereciese o no mi palabra o si yo mismo fuera merecedor o no de ella, a lo que voy es a que una especie de casa ajena a donde vivo ha ido creciendo, despacio y, por suerte, es una casa donde la risa que mencioné  un poco antes, cabe. Apenas abro la ventana para que salga a la calle. Me aseguro de que vuelve a mí y ese ha pasado a ser el único secreto del que tengo conciencia. Cuando ella calla yo sé que es la hora de comer y me siento en mi silla de la cocina. Ojalá todos los demás volvieran a estar allí, como lo estaban antaño. La vida es muy puta más allá de cómo esté uno.  
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jueves

La corriente de las cosas

"La historia es una aguja
para dormir a los hombres
ungida con el veneno
de todo lo que desean preservar"
(L. Cohen).

Alguien abrió la apertura del estanque de mi vida y esta fue saliendo a chorros poniendo la habitación perdida de algas y esos peces rojos con los que sueño quedaron panza arriba suspirando mientras unos niños intentaban, torpemente, recogerlos, confiarles más tiempo de vida en alguna otra inmensidad. Mi vida salió por debajo de la puerta y continuó su camino, primero a lo largo de la cocina donde un vecino veía el televisor y alzaba los pies para no mojarse las zapatillas. Luego, ya en la calle, esa vida continuó cruzando una carretera sin estar agarrada a la mano de mamá cuando me recuerdo yendo a la guardería en un pueblo lleno de peñascos y tiendas llamado Móstoles. Los neumáticos de los coches modelaban la forma del agua y desplazaban parte de ella. Es por eso que creo haber tenido la sensación de haber vivido en distintos lugares, y también en distintas charcas, al mismo tiempo.

Mientras corría a toda velocidad se me unía la lluvia y quedaban pegados a mí otros seres. Yo les dije que provenía de un estanque, ese estanque con peces que había en mi casa antes incluso de que yo naciera. Dijeron que cada uno era cada uno, me preguntaron si tenía número de la seguridad social, si cobraba paro y esas cosas. Yo recordaba un pez comiéndose a otro en el medio de mi corazón, que era algo que no decía “no” a nada. En las alcantarillas hace calor, dijo otro de los seres. Allí abajo nos costaba distinguirnos porque apenas entraba luz de afuera. “Es como si siempre fuera de noche” se oyó entre la multitud de gotas pegadas y, sin descanso, andantes.

Lo siguiente que recuerdo es un río. Abajo nuestro había zapatos y carros de la compra oxidados. Los vecinos se sentaban en la orilla y nos contemplaban movernos. Es una de las cosas más idiotas que he tenido que contemplar en mi vida.

También recuerdo las cosquillas de un bruto nadándome. Formar parte de las demás gotas de agua es una experiencia que dura toda una vida. El despertador no suena nunca. Nuestra vida es una fiesta hasta que nos rompemos en la orilla de algún mar muchos años después. Las depuradoras son también una fiesta y los cuerpos de la gente, todas las cosas están rodeadas de fuegos artificiales que hemos apagado dentro de nuestra organización de sueños S. A.

Mamá me despertó para ir al colegio, pero le dije que tenía una herida en un dedo. Me la besó y dijo que se me curaría.
Pronto serían vacaciones. Me recuerdo en ellas. Mi tía y mi tío habían alquilado un apartamento en Alicante. Yo estaba en una terraza comiendo un helado. Una noche vimos una película de un niño que se mató por jugar con pistolas. Al día siguiente me buscaron por toda la playa. Yo me fui a andar o algo. Recuerdo todo esto que digo, más o menos, y también que no había día en que me librara de la maldita siesta esa. Finalmente volví a Valseca con mis abuelos, que me preguntaron que qué tal me lo había pasado. Y cosas así.
Un niño intenta recordarse todo el rato, siempre y, cuando se choca con el miedo, se para un momento antes de volver a abrir los ojos, creo.
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domingo

Adiós horrible domingo

Desde que tengo recuerdos, aproximadamente un poco antes de iniciar el blog, yo me encontraba a mis anchas en el rincón de la puerta del bar de Marcial con una bañera de White Horse y hielo a la mitad. A mis alrededores salían ruidos y cosas provenientes de una partida de cartas compuesta de mujeres o de hombres del pueblo llamado Valseca y también otros que llegaban de la barra compuesta por aquellos entes amigos que, a la par, consideraba extrañísimos, a los que en una de mis novelas más valoradas, llamada “Cultivo de polvo”, denominé como Los marcianitos bonitos. Detrás de la barra estaba Furfis pasando una pañolada a las tazas del café recién usadas y, afuera, el viento, el polvo y toda esa basura proveniente de las eras que se infiltra en tu ropa y de ahí pasa a tu cuerpo cuando lo sacas del bar de Marcial para ir a casa a dormir. Yo, en aquel día del año, me encontraba, mientras bebía, leyendo el Adelantado de Segovia sin importarme el día al que perteneciese y, de vez en cuando, alguien venía a mi mesa, se sentaba y me preguntaba algo así como ¿Qué tal el día? Y yo decía: Oh bien, estoy pensando en alejarme de la literatura y, al mismo tiempo, seguir haciendo las mismas cosas que suelo hacer, es decir, escribir y dibujar. Por los dibujos en aquella época me pagaban una media de 22.000 pesetas por pieza, no era un mal negocio. En cambio, los escritos sólo me daban algo que nunca sé muy bien lo que es y que pudiera llamarse Prestigio. Se trataba de recopilar cada cosa que pasara, hacer una media de los pensamientos del ambiente, partirla por la mitad y poner como resultado en negro sobre blanco un punto y final a fuera lo que fuesen aquellas letras que salieran desde el inicio hasta el resultado. Luego le daba a enviar y esto era leído en los pueblos limítrofes, así como en Perú, México o la baja California. Todo el pueblo lo sabía, cada señor o señora eran una ficción en mi cabeza y esto me traía amigos y enemigos, como cualquier otra bobada terráquea. Ahí lo tienes, Juanito, el Dalí de la escritura, decía alguien mientras yo me gastaba las propinas de mis allegados en White Horse y White Horse. Este whisky ya no se encuentra en ningún bar de Madrid, dije a menudo. En mi pueblo siempre me han mimado bastante. Mis visitas se redujeron mucho a causa de la defunción de mi abuela, con quien conviví casi todos los días y noches de mi vida. Cuando murió hice tres cosas, trabajar para los niñatos de las letras en Madrid, garantizarme un polvo a la semana y abrir el blog La semejante criatura, es decir: el sitio (considerado no-sitio por algunos filósofos o como se llamen los señores que debaten sobre estos asuntos tan importantes) donde estás leyendo esto. Mi público está compuesto por algunos desconocidos del programa facebook, curiosos del mundo blogger, mi novia, algunas exnovias, mis familiares, algún que otro amiguete y Pedro Robes, conocido antaño, en la sección dedicada a los comentarios, como Coño-tieso y hoy (es decir, ayer) como mongolo.
Nada de esto importunaba mi vida, antaño consistente en un White Horse tras otro, hoy más moderada. A continuación fue Enrique, uno de mis mejores amigos, el que vino a mi mesa. Me encantan las noticias del Adelantado de Segovia, le dije. En tres ocasiones he sido protagonista de la sección Valseca, que cubre Álvaro, en una de ellas con foto, así fue. Aquella fotografía procuraba captar un cuadro DinA3 cuyas figuras a Pilot eran las de una máquina que traía angelitos y demonios al mundo, los cuales aparecían gobernando el papel no dejando apenas que se viera la máquina que los había llevado al papel (al mundo), gracias a lo cuál me habían ahorrado tener que dibujarla entera. Pues bien, en la fotografía yo salía al lado del cuadro. Cuando vi en un bar de Segovia por primera vez el ejemplar (no sabía que mi padre lo había comprado) vi que en ella apenas se podía apreciar el cuadro y sí a mí, que aparecía al lado sonriendo, greñudo y con una camiseta en la que se leía Sex on the beach. Y eso fue todo. Le dije a Enrique que viniese más a Madrid, pero solía decirme que siempre estaba liado, bien con los marranos, bien con las tierras y esas cosas y, claro, ahora tenía novia y todo eso de los fines de semana. Cuando él venía a mi casa de Brunete comíamos chino y salíamos y bebíamos moderadamente con excepción a un día en el que yo me desnudé en la discoteca del pueblo, siempre rodeada de chicos y chicas residentes en el pueblo de al lado (Villanueva de la Cañada), adinerados y consumidores de cocaína muy cortada y garrafa. Esto, salvo por mi figura desnuda en el medio de la pista de la discoteca de los alrededores de donde escribo actualmente, no ha cambiado demasiado. A veces voy allí solo, saludo al jefe, que me adora, pido una sin alcohol y me dedico a observar las reacciones de los chicos y chicas descritos más arriba. A veces alguien me pregunta qué llevo en mi cartera de mano y yo, en dos ocasiones, he respondido: pornografía, logrando los dos idénticos resultados que esperaba por parte de mis interlocutores (femeninos y descerebrados en ambos casos, efectivamente).
Pero yo ya no leo el ese tuyo porque casi ya no sale Valseca, me dice Enrique. Claro, ojalá pasase más tiempo en Valseca. Es más, si hay un paisaje con el que me identifico, y en él incluyo olores y amores de la infancia que en ocasiones cada vez más remotas significaban tremendas erecciones con sus visitas, tras la jornada de ayuda, al cuarto de baño, es Valseca. Sus calles simples y sus cruces de calles simples, sus nuevas casas y, al otro lado, sus nuevas otras casas, la cruz de Hontanares y una fotografía en la que mi abuelo está sentado allí conmigo en brazos en el año 78. Todo eso.
He dejado la priva, me dice Enrique un fin de semana tras otro, y se debe a que el anterior fin de semana ha acabado dormido sobre su propio orín, como yo otras veces, en el rincón de un pub cuando le despertó un chaval con una fregona y él abría los ojos, como yo tantas veces, preguntándose cerebralmente qué le ha llevado a no moverse de allí. Yo también dejo de beber, dije mientras pedí otro White Horse.
Claro que, en la escritura, los tiempos se manejan según antojo. Es un recurso como otro cualquiera. A Enrique hace exactamente un año que no le veo y yo cumplo cinco meses de sobriedad total en la que mis temas suelen ser mis coincidencias por la literatura madrileña y encuentros en la tercera fase, aparte cosas líricas, personas nuevas que aparecen como mi chica de ahora (María) o gente de Brunete aficionada a ver el fútbol en el bar de Toni, algunos son auténticos fundamentalistas. Yo no digo ni mu marque quien marque, pero paso el rato mientras consumo, por ejemplo, Ginger Ale o zumo de tomate, en alguna ocasión con tres gotas de vodka, lo que no me convierte en un reincidente de nada. Así es.
Recibo una llamada de teléfono. Mañana estaré ahí, digo. Luego pienso que he de llamar a Javi. Y así.
La vida era mejor en mis diferentes trabajos, ya fueran en Arganda, Boadilla, Alonso Martínez o la propia Valseca o, actualmente, el propio voluntariado para el ayuntamiento de Brunete pero, mientras, sigo haciendo cosas enormemente parecidas. Escribo en mi blog, paseo, leo, hablo con Jeny, con mi loro Charly, planeo cosas de futuro con María y voy tirando. Si ahora mismo estuviera con Enrique u otro en mi rincón de al lado de la puerta del bar de Marcial se lo diría, es mil veces mejor acompañar a Estivi con las bombonas de oxígeno por Palencia o Valladolid o, qué sé yo, a Fernandín o a Trucho con el camión de cebada... pero aquí estoy, y hay días en los que no ocurre gran cosa. Hoy de momento me he duchado, cortado las uñas de los pies, comido los restos del chino de ayer, cambiado mi estado de facebook, casi terminado una novela que estaba leyendo y, ahora, he escrito un post, otro, cualquiera, dedicado a Valseca, como siempre, y también a Mongolia y a las personas que me leen, por lo que sea.
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martes

De rosas marchitas y agujeros negros

Salvo por el agujero negro que, en ocasiones y sólo por el mero gusto de vomitarlo después para dejarlo en su situación original, se tragaba mi cerebro, todo iba bien en esa época reciente a la muerte de abuela. Aquellos días en que mi afición al whisky se acrecentaba, así como eran acercados, durante fiestas literarias, coños y culos en apuros, corolas de vergel muerto, chavalas que, simplemente, mientras se frotaban un poco, querían algo de cháchara del tipo ¿Has leído a Stravinsky o su puta hermana? Todo iba bien, mi canibalismo no parecía tener mérito pues ellas estaban encantadas de andar enredadas entre mis premolares mientras yo ejercía mi derecho a masticar su orgullo de leídas escritoras de cuentos de chica conoce chico. Me los sabía desde el primer renglón y me preparaba para la siguiente juerga. En medio sólo existían dolores de cabeza provocados por el whisky y otras drogas y, ay, esos malditos agujeros negros que, siempre que se han manifestado con el fin de bajar mis humos a La Tierra, han ido dejando piel muerta de sí grabada en mis posesiones grises siempre rodeadas de chapa mal pintada. Todo, creí, hasta que apareció uno de aquellos amores fundamentales en mi vida, una chica que me llevó a su pequeño apartamento de los alrededores de Chueca. Recuerdo que durante los primeros licores simplemente hablamos de cómo se las gastaban algunos sobrados e hijos de puta en esas fiestas a las que yo, por trabajo o algo parecido, había acabado siendo asiduo, y luego, sin más, hablamos de nuestras relaciones. Le dije que yo tenía una especie de novia puta. Esa chica sabía reírse conmigo. Se llamaba Elena, no lo había dicho. Hubiera estado bien que siguiéramos, pero tras aquel polvo no me cogió el teléfono y yo, después de una tercera intentona, dejé de llamarla. Otras veces que pasé, debido a algún recado, por las aceras de su piso miré arriba como seguro de encontrarla mirando por un balcón que ya no recordaba cuál era, tan sólo que había en él macetas vacías.

Alguien me ayudaba desde los cielos, seguramente mi abuela, para que aquel estrés no me influyera en absoluto. Espero verla cuando me muera y agradecérselo porque aprendí algunas lecciones de esos viajes trabajando para desiertos andantes vendedores de oasis en los que respirar sentado encima de una mesa repleta de papeles de trabajo, fotocopias y otras mierdas que me la traían floja más allá de recibir por esa ocupación un sueldo en negro venido de la mano de un estafador corriente. 
Lo mejor y lo peor de esa época seguían siendo las fiestas. A veces me diluía entre la gente, las demás me permitía comérmela, y esto, naturalmente, incluía a autores y sobrinos de autores, algún académico en una ocasión. No había retroceso ante esos soplapollas salvo en la oscuridad de mi habitación o la destartalada casa de la inútil de mi novia. Otras veces me quedaba a dormir en casa de mi jefe. Los días en que perdía el último autobús mi sueldo desaparecía. Allí nunca me relajaba, encendía cigarrillos mientras él deshacía otros y de vez en cuando me permitía coger una cerveza de su nevera, una especie de demonio del espacio, muy moderno todo. Yo pensaba: Los ricos, en fin. En la pantalla había una película a la que yo no presentaba el mínimo caso. Yo procuraba compartir mi relación con los agujeros negros con aquel pene andante mientras se acomodaba en su sofá y yo temblaba e iniciaba la conversación. Creía que ese hombre a veces desesperadamente tierno podría saber algo de ellos, de su aparición y mis teorías relacionadas con la muerte de mi abuela y las chicas que aparecían en mi vida, con quien unas veces follaba y otras no. El acto del amor poco tenía que ver con la saciedad de esos dolores. Solamente me tranquilizaban la pilila durante media hora y, media hora después, yo intentaba volver a la carga pero, ellas, tan hermosas, ya dormían como ángeles sin casa en cuya casa yo me encontraba, inserto en sus sueños e historias de la mañana siguiente cuando chica y chico se reencontraran desnudos en la misma cama y sin nada que decirse más que: ¿Desayunamos? O ¿Hay tabaco? Mi jefe nada quería saber y yo pensaba que aquel hombre tendría quizás los suyos. Luego supe que ese hombre no tenía nada de nada, sólo un negocio y, meses más tarde, ganas de matarme. A lo mejor tenía razón en lo de las ganas de matarme. La vez que me vio después de eso se puso a hablar como una metralleta tras soltarme un abrazo. Yo le dije, ay, que le había echado de menos, así, como si fuese verdad. No volvería a correr por esos pasillos en busca del coño definitivo y una cara que acompañase a esa peluda vía láctea. En su lugar había encontrado vidas de artistas que, a veces no hacían nada, otras pintaban y, otras, estaban conmigo. A ninguno le he hablado de agujeros negros. ¿Para qué sirven los artistas aparte para realizar orgías? Y allí estaba yo por primera vez en una. Todo el mundo magreándose, una fulana se acercó a mí y nos besamos, pero le quité la mano del paquete porque el ambiente no era el mío. Ella estaba hasta arriba de perica, como casi todo el mundo. Le dije que me disculpara y busqué una botella de licor encontrando, con suerte, un vodka medio lleno. Lo abrí y bebí a morro mientras veía cómo unos cuantos follaban y otros, como yo, simplemente permanecían en ningún sitio en particular, en busca -quién sabe- de la aparición de un agujero negro. Porque los agujeros negros daban otro aspecto a la vitalidad. Eran aquellos que te sumían en la desgracia durante veinte segundos y te devolvían renovado a un mundo rodeado de carne y gemidos en ocasiones en las que yo me llevaba a los morros una maravillosa botella de vodka que no había pagado. La chica con quien me morreé coincidió de nuevo conmigo cuando encontré un sitio para sentarme y le dije que si quería beber, pero dijo que no. Todo esto fue antes de darme cuenta que en su mano izquierda tenía la polla de otro pavo. Casi sentí celos o algo parecido, como quien dice ¿Pero ese trasto no debería ser el mío? Bebí, miré y reconocí a Pedro, preparador de funerales durante la semana, en los fines de semana venía a estas cosas, casi me río y, cuando ya no quedaba nada más en la botella, me levanté del sofá para buscar otra, aunque lo que hice fue desaparecer. Lo último que vi fue a una amiga y a un amigo follándose a una desconocida y, como me estaban mirando, les dije que me iba. Él levantó la palma de la mano como en un gesto de hasta luego.

En la calle había bastante gente porque era viernes. Anduve bastante hasta encontrar un pub tranquilo que conocía por Huertas y me metí con la intención de beber algo, pero no me gustó el griterío y marché rumbo a no sabía dónde. Saqué mi móvil del bolsillo y no sabía a quién llamar. Vi el número de mi madre y pensé que estaría acostada. Aquel día pagué una pensión, cosa que nunca había hecho en soledad. Me salió un poco más barato que un taxi hacia casa, al día siguiente, además, podría desayunar. Me sentía bien. En lugar de tumbarme a dormir hubiera escrito todas las sensaciones de las que fuera capaz en una libreta, pero no tenía nada parecido. Dormí y me duché al día siguiente y, mientras sorbía de un café con leche, me encontraba rematadamente escritor o señor o algo parecido. Hice tres llamadas a tías por si me invitaban a comer, pero ninguna lo cogió.
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domingo

Cualquiera

No duermo.
Mientras, veo pasar los barcos de la noche por la bahía de la cocina. Enciendo otro café mientras inserto en el microondas los restos de una bolsa de tabaco Pueblo. Apenas doy, efectivamente, abasto. Hablo con Charly (mi loro) de discos y libros. Películas con finales o sin ellos. La luz blanca describe paraísos perfectos reflejada en el hule de la mesa donde devoro congelados y comida recalentada, en una especie de piara en la que yo me represento a mí y a todos mis compañeros. El escondite es la hormiga que pasa de tecla en tecla mientras yo dudo entre el sol o esta sombra en la que me mantengo despierto con un rifle cargado de amigos que no existen y de los cuales hablo con Charly. Él tiene sus opiniones y... yo soy muy influenciable. Detrás están los sonidos de la cama, abierta y desvencijada como basura que no hay quien se haya acercado a recoger. Algunos restos se esparcen y abarcan la ropa de los armarios, por ejemplo, o la casi totalidad de algunos electrodomésticos. De vez en vez se hace el silencio. No deja de ser una maravilla breve donde quedarse a vivir acurrucado y vivo con los ojos semiabiertos.

Acabo Wyoming de Barry Gifford (Emecé, 2003), una fábula donde los trayectos acaban y se reanudan en el tiempo de un par de páginas. Una madre y su pequeño conversan en un coche camino del final de la historia, pero también de su principio.
Leo a Flannery O´Connor, a Donald Barthelme, a Harold Brodkey (Es peligroso ser tan buen escritor como yo), a John Dos Passos... de afuera me llegan los ronquidos de la gente que hace vida en el pozo de mi descuidado jardín, abundante en diente de león, algún que otro cardo, huesos de pollo, peluches descoloridos y otros juguetes de perro. A veces viene a verme. Se llama Trasgu. Yo no le puse así. Pero me da lo mismo.

Hoy no comí solo, por lo que fue tremendamente aburrida la conciencia (descrita como “Estado mórbido del estómago que afecta a la materia gris del cerebro y produce confusión mental” por Ambroise Bierce en su Diccionario del diablo) acerca de las plazas colindantes.
No ocurre nada, me dije otra vez antes de que el autobús saliera, en el tiempo del café, mientras mi núcleo de vacío no paraba de restregarse en cada elemento disponible apenas parecido a una fregona en el desierto y que ven su continuación en esos oasis preparados por la imaginación de un caballo que deambula a orillas de su propia caída.
Finalmente cogí el autobús, realicé llamadas telefónicas y luego Madrid era una ovulación de cielo y nervio.
Estuve con amigos, de nuevo, pendiente del reloj. Y mucho más tarde acá, cercano a una botella ancha vacía, los libros nombrados más atrás, el humo que sale de la cigarrera creando lazos perfectos y, mientras tecleo, me miro los zapatos consciente de que está empezando un nuevo día y de que mi sobriedad, a pesar del barro de las suelas y de la nocturnidad, está intacta. Si me pusieran en lo alto de una torre y sujetasen con dos alas de cebolla daría las horas en su momento. No obstante de vez en vez miro el reloj y, por no ceder ante una pereza mayor, me permito la sorpresa.
La vida no es mucho más que este día.

Enciendo otro arbusto. Me alivia la imagen de que los receptores neuronales tengan forma de estrellas, de que sea viable observar en su imagen un trazo maestro de vía láctea, que todo ese mecanismo eléctrico funcione de manera parecida a los paisajes que veo cuando apenas se ve nada más allá de esta ventana. Incluso bajar la persiana le debe algo a esos vicios. Algo prevalece cuando los restos de un todo se sumergen en la oscuridad definitiva. Se puede ver a esos amigos, esa gente oscura en resumidas cuentas, pidiendo una caña en el bar del tanatorio. Y, por otro lado, culminar el trabajo de la respiración es un sueño al alcance de todos o, como quien dice, de cualquiera.  
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jueves

El meridiano de los sueños de algunos pequeños y nuestros mongoles

Un cuenco de plata rodeado de tela de coco a la mitad de whisky, este bajando de los hielos dispuestos como venas que van a parar a mis tejidos, todos manchados de pegotes de sangre y algún que otro animal a la espera de que alguna gota caiga al suelo. Mi mansión está llena de libros. Los abro todos por diferentes páginas y mezclo sus significados en un vaso. Gusanos acuden a mi lectura final. Las larvas ocupan el lugar de telarañas que hay colgadas de mi cráneo y un tubo de pasta de dientes en el que se lee la palabra Mentol habita el centro de la mesa chica como si fuera un mensaje. El resto son abalorios, guantes sucios y en su mano fingida enormes perlas reflejando el brillo dejado por un mediodía ya muerto, con platos sucios en la pila, cacerolas en las que quedan restos de garbanzos y patatas. La muerte ha venido a jugar conmigo. He propuesto que mi perro se una al festín y hemos devorado piedras. El cuenco del principio y los chorros de whisky caídos de un barril de madera atada por unos hilachos. Leo ambientes en McCarthy. Sacudo Meridiano de sangre por si cae del libro algún barro, alguna arena de los desiertos de la Arizona profunda, retazos de frontera y dibujos de mapeados donde se unen en el juego los idiomas y esa sangre de cabelleras cercanas, de animales rotos, de apaches con el corazón de otro en la mano y la mirada risueña del juez Holden contemplando a unos extranjeros mientras el capitán Glanton escupe a una lumbre y el negro Jackson, asesino del blanco Jackson, martillea su revolver contra la montura de un caballo pardo. La hoguera me da de frente. Es ya octubre. Los delaware están en posición. Poco importa. Leo, sí. Mañanas y noches. Las tardes son el vino de los borrachos o la Francia de Artaud andando los pasillos del sanatorio de Rodez mientras sonaban alarmas de reloj y se comía puntualmente. La televisión asistía de vez en vez. A Panero le vi en la reciente feria del libro y llamé su atención cuando levantó la cabeza para decirme que no me conocía de nada. Estuve por responder que ya lo sabía y añadir baboso. Mi poesía es otros atardeceres y en ellos digo la hora a los caballos de la narración de McCarthy. Merodean perdidos en el desierto y el pequeño país donde se debe acabar es en el territorio del grupo, allí son dueños de las cabelleras. Por el camino alguna serpiente enredada en una calavera y la arena de los breñales. Manadas enteras de caballos sin atar y góndolas de gacelas camino de la nada que vuelve a ser el desierto. Una pipa y, de fondo, de nuevo, la sonrisa sin fin de ese bruto ilustrado que es el juez Holden. Grupo salvaje, de Pekinpah. Un grupo de forajidos calculándose en el precio puesto a sus cabezas. Me gusta ver esas películas con mi padre en las calurosas noches de los veranos, que terminan un día sin avisar. Lars von Trier dijo de esa película que por la pantalla se escapaba el polvo del oeste, la sangre del oeste. Yo prefiero el libro de Cormac. Sacudo sus páginas y un adivino me dice los vaqueros perdidos, las cabezas cortadas de los dueños de los anteojos e indios con sombreros montados en caballos sin montura, lanzando flechas al aire suspendido de ese radio en el que el espesor del cielo agobia cortando la respiración. Las noches en las que el chaval de 19 años anda perdido por el desierto y el whisky del principio es un ejército moderado en las cantinas de paso, donde los salvajes se sientan a comer y un caballo gira chorreando sangre por una de las orejas que, si cayese en un lienzo, sería una anticipación a Pollock. Breton en una galería comprendiendo que sus delirios de una escritura automática eran el number one. Nueva York, 1950. El chamanismo y Breton, no sabiendo la manera de redefinir al surrealismo (que, por alguna razón, siempre tenía que ser redefinido) se pone a hablar de las hierbas de los indios. El Artaud de antes, expulsado mucho atrás del lugar del médico, y los tarahumaras. La muerte de Pollock, paleto y borracho, semifollador de Peggy Gugenheim, otra puta cachonda y fea como una lechuga arreada por los insectos, en un coche en donde se acaba el sueño americano de las edades de la vuelta a la inocencia suprema. Creemos en dios. Mi habitación. Las estanterías. Los trastos. El whisky del principio. Las pizzas de ristorante. Un hilillo de voz salido de spotify, Paolo Conte. Echo de menos la américa donde quería irme a vivir de pequeño. Sigo acurrucado en ella como una serpiente dormida que, cuando despierta, es un traste venido del rock de Seattle, latigazos de guitarra, mamporrazos sin sentido y drogas para infantes. Luces de ambiente. Yo introduje unas cuantas en la discoteca de Valseca cuando era un crío. El precio eran mil pesetas. Hubo un atisbo de ver mi barrio de Madrid en ese pueblo de cuatro cabras. El Nevermind. Luego se acababan las fiestas. Los magos se iban y yo cruzaba los brazos, me echaba siestas en el suelo. Sueño con ese niño dormido, esa mala puta que le acompaña, los tres perdiendo, los tres caminando, como hago solo ahora mientras escribo y bebo de los más grandes vasos. Dentro de cada cubito, el whisky de la una de la tarde, la cama de cuando se acabe el día y, antes de dormir, unas cuantas páginas del libro que me encuentro leyendo, boca abajo, vomitando bilis alguna que otra vez, pero con alegría y grandes proyectos, ambos, mi libro y yo. Amada la luz, y mi novia , ay, muy lejos.
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sábado

Sara

La vida es una codorniz muerta dentro del televisor. / Todas las jirafas se han ido a arder a otro lado. /
El cerebro es un oso panda que no reconoce la muerte de su hermano gemelo / y baila un solo de saxo tenor tras un follaje de piernas. / El vecino, hace mucho, descolgó el auricular del teléfono fijo. / Los ronquidos entran a través de esta pared de chapa, dan una vuelta por los cuatro hemisferios y se apagan / a la velocidad en que prende una hoja seca. /
No se puede hablar de la muerte cerebral desde el lugar de la muerte cerebral. / Y un hospital rodeado de árboles cuyos nombres son Octubre es un sitio idílico para dedicarse a la pintura. / El cerebro es un plátano sin animal ni payaso / y el momento en que se acaba / un teatro de moscas que pidieran hora en el estercolero. /
Mamá me ha despertado porque tiene miedo de los fantasmas. / Un fantasma es la voz que alumbra una vela a las ocho de la tarde. / Porque ya no es verano y / hay que abrigarse.

Qué más quisiera un par de ojos meterse adentro con un simple chasquido realizado por el párpado y visionar el hambre que tienen, en lo alto, las estrellas que ligan una membrana a otra. / Si mamá sonriendo fuese mi cerebro... si ella, por un momento, supiese de mi existencia más allá de mi despertar al mundo / entonces, sólo entonces, las palabras miga de pan no tendrían ningún sentido. /
Acuden palomas y otros bichos al festín de la primavera pasada / vestidos de transeúntes de la parca, abogados de la tormenta, mayordomos del tanatorio Sur / sobre mi mano ríen y cantan, beben Lagavulin, encienden habanos, debaten sobre lo importante que es la distancia en una narración de Unica Zürn, follan todos con todos y, cuando corren la voz de que están siendo observados, regresan a su pequeñez / retornan a su invisibilidad. /
Mañana es un manojo de semillas sujetas por el jardinero del Edén, en la calle Pez, una tarde. / Bonita tarde de marzo, / 1989.

Madrid es un escaparate de lluvia / y el sonido de la calefacción de las agencias de viajes que hay en los grandes almacenes / todos y cada uno de ellos / podridos de gritos de alegría.

Yo y el cerdo primordial / de mi alma / come el pienso que da de sí una charca que he pisado de camino al metro / viniendo para acá.
El hombre es barro y paraíso / lavándose de ambas cosas en un cuarto de baño lleno de blanco y esos armarios pequeños donde duermen doce o catorce chinos. / La realidad es él mismo, de espaldas y enfrente de sí mismo / y sus huesos fabrican ladrillos, detrás de ellos. / En ese momento un anciano me pregunta por mi nombre. Y yo le digo que me llamo Sara.
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