viernes

Vida laboral de un lector

Sentado en la cocina cerca del periódico de ayer y con galleta María Fontaneda mordisqueada. Esto anterior es el título de un cuadro en el que aparezco yo retratado. El resto es todos los océanos en orden dentro de mi cerebro y una hormiga sobre la mesa dibujando en su recorrido una letra que, en ese momento, como buen catador de este tipo de nadas, procuro descifrar mientras el café se está haciendo.
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El árbol de enfrente mola. En un lado recibe luz y en otro sombra. La casa de enfrente mola. Unas veces algunas ventanas que ayer estaban cerradas al día siguiente están abiertas. El café mola, ahora mismo daría mis labios porque estuviera ya listo. No tengo riñones ni corazón. Voy a vomitar un cuatro de bastos sobre la alfombra de esta límpida mañana, aunque sea de noche cuando consiga voltear la carta.

Espero un correo del ayuntamiento con la fecha de lunes y la hora a la que habré de presentarme. Un ciempiés asoma por entre mi barba camino del cuello del pijama que a estas horas llevo puesto. Lo despego con dos dedos mientras continúo en mi sala de espera, repleta de libros jugando. A ratos entro en el facebook, curioso programita, inútil e hipnótico, mágico como un estante de voces a la salida de un establo. Los avances, en general, se miden en múltiples nuevas maneras donde donar tiempo. La nada es el estilo, y está repleto de nada que, al final, como cualquier otra excusa basada en la duración, desemboca en la nada. Detrás de la pantalla finalmente lo que había no era un ser humano sino un puñado de tuercas girando en diferentes direcciones, a diferentes velocidades. El caos es sólo otro pasadizo con acceso a los sótanos donde uno se encuentra domeñando el lugar del perfecto silencio, la noche del ángel dormido. Esos sótanos soy yo. Se lo he tenido que explicar a una señora que permanecía atenta a mi narración y que, a través de la red, me había confundido con un escritor. Un escritor, he añadido, es cualquier idiota en manos de otro. Sinceramente, he dicho haciendo la seña del sí y dando el primer tiento al cafetillo, que ya se encuentra sobre la mesa.

En lugar de un correo he recibido una llamada. La voz del otro lado me ha explicado que quiere proyectos. Proyectos literarios ¿Qué es? Quizá lo de menos sea que he de llevarlos por escrito en una carpetita. No voy a hacerlo. La propia pregunta es el proyecto ¿Quién más no lo ve?


Esto es de locos.
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lunes

Las rosas del camino

Ya no distingo entre todos los trozos de cuerpo que he ido colocando a modo de proyecto literario en este hueco. Ya ni siquiera me sirven estas automutilaciones para orientarme cronológicamente. En apenas tres días este blog cumple cuatro años y, mientras, he caminado por muy diferentes paisajes, la mayoría sin moverme de esta casa, de esta mesa, de esta cama, de esta cocina... He visto cómo mis amigos me defenestraban y abrazaban nuevos. Diferentes coños iban y venían, cruzaban la ciudad y se reunían conmigo en el jardín de los columpios, a veces había ropa chorreando, sábanas en las que se intuían sombras, trabajos, compañeros de trabajo, médicos y médicas, recetas, viajes, noches en vela, platos de pasta recalentada, autobuses, conductores de autobuses, conferencias, lecturas, abrazos, etiquetas, estados de facebook, licores. Ninguna entrada ya me dice nada a pesar de la fecha. He perdido la memoria sobre todo lo que he escrito y nada sé de este tótem sobrevalorado al que llamé, en una triste ocurrencia, La semejante criatura. Recuerdo lo que digo,  nada, ideas vagas, retratos, cuentos, crónicas, historietas. Ha habido veces, durante estos cuatro años, en que he permanecido días enteros enfrente de un plato de sopa con los ojos puestos en nada en particular mientras mi loro silbaba e intuía yo brillos en la mesa, la pantalla del ordenador quizá. Había conversaciones en las que sostenía un discurso diferente al del espejo y madrugones para ir a sacarme sangre. Leo aquí que hubo un día en que me saludó una negra y otro día en que intenté comprar una botella y no tenía suficiente dinero. He estado reordenando los escritos en world porque me parecía que ya eran demasiados, seleccionado y  enviado a un editor por si los quiere. El problema ya no es el de esta página, que cumple cuatro años y ha pasado del olvido al siempre, a las dos cosas a la vez que es la red, entre medias de todo ello hay lo que digo más atrás. Puedo ver a un amigo royendo un fémur mío y, al lado, quién se lo ríe. Más allá hay una ciudad repleta de desierto y en sus espejismos los caballos beben dunas enteras mientras friego platos y vasos en la pila del alma. Cuatro años en los que me recuerdo igual que el primer día, tecleando (en medio hice una novela que está metida dentro de una caja en museos menores como La casa encendida o su puta madre). Hay voces de niño, de megalómano, de cuerdo, de paleto, de lerdo, de pobre diablo y de cínico, espejos que no reflejan a alguien porque, simplemente, no estaba ahí. Hay rotondas y un tipo que las rodea a pie, matrículas de coches ilegibles y la vez en la que leí poemas de mierda en un bar rodeado de poetas de mierda. Hay basura, gente que la saca y gatos que encuentran en ella festines de seis de la madrugada. Recuerdo que en principio, como todo lo que hago en mi vida, empezó porque me lo dijo alguien y yo empecé a escribir sobre Valseca en homenaje, hasta que se enfadaron. Ha habido diferentes habitaciones y diferentes plagas de bichos, yo llegaba del trabajo o del paseo cultural o la juerga y me ponía a teclear, como rival sólo me tenía a mí mismo, también en esta noche de domingo. Hay libros de cuentos, quizá dos, y diarios de un grafómano. Hay pulgas en el brazo de algunos días y peleas a altas horas en las que intervenía el borracho que es la poesía. Había días haciendo autostop (uno en realidad) y otros en que degustaba un pulpo con patatas en una terraza, tranquilo, feliz, en conversación. Hay memoria y desmemoria. Entre los trozos de yo, los órganos por separado, hay una nota sostenida de piano que se repite y que responde menos al estilo que a las ganas de separarme de él. Yoes como vasos de plástico dispersos en una mesa sobre la que se celebra una matanza. Hay ristras de chorizo, queso de oveja y, alrededor de las patas, perros sangrando. Hay hospitales donde me han curado del demonio, enfermeras viejas, curas, transcripciones libres de folios y de libros, papeles de viajes, mapas de Michelín, hay fotos de mi cara, cuando era un niño y aproximadamente ahora, más o menos, en el lugar donde no he dejado de ser un mocoso. Mi familia, la separación, la desaparición, la soledad, la frivolidad, el estudio, las moscas, las ventanas abiertas y, de fondo, como excusa, cerebros que necesitan la ayuda de un bastón para sujetarse o similar. Son incontables los cigarrillos que he prendido, los cafés que he bebido mientras tecleaba todo esto. Naturalmente me he inventado la mayoría, pues no he vivido gran cosa. La mesa sobre la que está el ordenador está llena de libros, algunos los he leído enteros. Luego hay folios con anotaciones, inventos y discos de música negra. Sobre el sofá-cama hay animales domesticados que han aprendido a no moverse. Representan mi disecado deseo de querer seguir ladrando o maullando o lo que sea. En realidad con las teclas sólo he acompañado la música que sale de la pletina en un irregular solo de percusión que me ha estropeado la palabra y quizá estos cuatro años de vida en los que apenas he hablado, cuando bebía, con los vasos anchos de whisky a la mitad y con los camareros. A veces he dejado propina. He cabalgado a lomos de sillas de ruedas por entre los versos de los libros aun odiando los versos, aun odiando la poesía. He estado a punto de casarme. Un antiguo jefe literario me tiró del pelo como una niña. La literatura, que es donde me salvo, sólo me interesa como curiosidad y quizá siga viniendo a este no-lugar a contar mis cuatro polvos, mi redención para con las drogas, mi whisky sano, mi café caliente... Escribir en alta mar con un corazón (a saber de a qué mendigo pertenece) en una mano, con el propósito de mostrar cómo fabrican sus larvas un agujero único y cómo luego pasan de allí a mi muñeca y juegan, idiotas y burlescas, a que las aplasto sin apenas empeño. Aparte eso, no sé si con estas letras me he demostrado algo. Es una minucia ser el mejor escritor de mi generación, apenas me importa más que llevar las uñas limpias en los días en que he de salir a la calle. Estreno trabajo para el lunes de la semana siguiente y quizás por fin me quede. Ya me han dicho lo que he de hacer, que es, más o menos, enseñar en lo que voy siendo enseñado. Los trabajos en eso son idénticos a la vida y a los diarios con los que pueblo la mía. Me sentaré en la biblioteca compuesta de premios Planeta y esperaré que llegue una señora, me dirá lo que quiere leer etc. Daré clases a los chavales del instituto. Hay rosas que ir contando de camino a allí. Ojalá me hubieran aceptado para lo de la jardinería.
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martes

Una casa para Poco

Días en pijama sentado en un buró contemplando esto. Las ardillas, afuera, alquilan el pensionado del árbol que me da sombra. La habitación está tranquila. El corazón -ciego- bombea de puro inútil mientras el resto del cuerpo contempla su salvación en un plato de lentejas. Una zarpa antigua contonea mis procesos mentales, sacándolos de la puerta de la cocina, donde escribo a bolígrafo, en folios, mis memorias de un hombre despedazado. En rincones que ni siquiera intuyo una niña de ocho años apenas se tiene que agachar para ejecutar felaciones a empresarios con estrés. El otro día mataron a uno en el pueblo de al lado, donde son fiestas. Según la versión de mi asistenta el asesinado estaba con el asesino en un bar y el asesino, antes de convertirse en asesino, le dijo, amenazante, que tendría que estar bajo tierra. Desapareció durante un rato, para luego aparecer en el mismo lugar con un cuchillo de cocina. La familia del asesinado llora su muerte y mi asistenta me explica que se trataba de un joven con mucho carisma, un joven que jugaba al fútbol.

Preparo otro café. Durante la sobremesa he tenido acceso a un boicot de la conciencia, ese mismo que describo en ocasiones en algunos de mis pobres relatos. Me encontraba tomando notas acerca de La subasta del lote 49 cuando noté la primera quemazón. La sensación es que un nervio ocular se desgarra para luego ser usado como columpio por una personita que nunca está aquí. He dejado el bolígrafo sobre la mesa y me he llevado la manopla a la cabeza para posteriormente agarrarla del pelo como si fuera una cesta y golpearme con la mano libre suavemente el careto que, desde hace no demasiados años (quizá coincidentes con las fechas cercanas a las desapariciones de mi abuela y mi primo pequeño), no reconozco en ningún reflejo. Los contoneos han funcionado. Me he rehecho y a continuación he encendido un cigarrillo, apagado y, seguidamente, encendido otro, así hasta seis. El cerebro, parecía, volvía a ser sostenido por la línea que separa al océano del cielo. Una gaviota se ha posado en él y no me ha dado gana de espantarla. Normalmente estos animales, además de cagar, dicen cosas. Los temas que me ha silbado, aunque ya los conocía, han sido muy agradables.

Días en pijama en los que renumeras colecciones de posturas en un asiento de Ikea. No muy lejos se piden perdón unos amantes y, cerca de ellos, un conductor tiene demasiada prisa por llegar a la consultoría de su abogado. Mi corazón sigue dando pasos, uno tras otro, mientras espera la llegada de mis padres. Mi padre es un hombre bueno y bruto que se agarra al pecho las veces en que saco a relucir mi trifulca. Mi madre le dice que se calme y, a escondidas, echa nuevas gotas de haloperidol sobre mis infusiones de la noche. Ellos ya han amado al árbol en cuyas ramas se encuentran recién lavados los albornoces de la vida. Yo vuelvo siempre a vivir con ellos. Normalmente estoy en pijama, separado de todo animal social, en silencio, contemplando letras, anotando cosas, destilando la mugre de mi alma novata sobre folios donde anoto qué sería de mi vida si en alguna esquina de mi cuerpo un animal sintiese una caricia y respondiera con bondad y agradecimiento a través de mi voz. Total, no puedo imaginar la vida sin mamá y papá, su llegada del trabajo, unos saludos y la vuelta al silencio, o al plato de lentejas (o macarrones) en los mediodías.

El gato Poco como contradicción a los avances encontrados en esta redacción:
Poco es un gato que se encariñó de la entrada de mi casa. Cada día acercaba más la pata hacia la comida que yo le dejaba. Ahora somos primos hermanos. Yo le echo en el plato de restos de pescado rebozado el LSD que me sobra. Quise que me resultase inquietante la actitud de Poco, y todo esto quedaba resumido en un proyecto literario que yo quería llevar a cabo. Poco es un resumen de la noche que gatea hacia la noche. Los tejados de su mente están rozados por las huellas de mis manos, esos surcos sin trabajar de la vía láctea y santificados a saber por parte de qué estrella. El laberinto ideal nos sirve de intermediario aunque yo no avanzo ninguna tesis, y tampoco es que la LSD me interese demasiado. Ni los gatos. Tampoco aquellos de los que me encariño, sin duda, más que de mí mismo.

Preparo café de nuevo. Enciendo un cigarro, de nuevo. Hace frío. Sólo la sombra aparece para maullar más lejos de lo que mis oídos contienen. Papá y mamá aún no han llegado. Me planto un albornoz sobre el pijama. Espero. Leo.
Más allá del lejano oeste pare una vaca un planetario. El dueño, orgulloso, mañana echará su paladar -la lengua es una alfombra sobre la que llueve- a unos calostros.
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lunes

El regreso a la habitación


Aún no había anochecido. Lo supe porque mi ojo izquierdo danzaba sobre la mesa buscando sostenerse en algo y pudo ver el sol reflejado en un plato de raviolis de colores entre los que había trozos de manzana. Poco antes de regresar a su natural lugar se detuvo ante la presencia de un incómodo habitante que, recordé, se hacía llamar Cristina. Cristina había venido a mi casa a tomar un café. Lo estábamos tomando antes que yo quedara suspendido en el lugar que hay entre el sueño y la vigilia, al que los habitantes de esta casa llamamos Efecto de regreso a la habitación. Sobre la habitación hay un techo lleno de goteras, un grisáceo pantano del revés que interactúa con el amueblado a cualquier hora. Las gotas que caen, de vez en cuando, producen un sonido hipnótico capaz de crear este tipo de entendidos que Cristina, quizá, no comprende. ¿Estás ahí? Dijo. Yo era incapaz de recordar si hacía demasiado o poco tiempo en que su presencia lamía la mía desde el otro lado de la cocinal mesa en que yo apenas podía contactar con mi cuerpo ni hacerme una idea del suyo a través de la voz que salía de su catarata. Ni siquiera el recuerdo recompone el cuadro, se sabe, como es menester. Recuerdo ver a Cristina entrar por la puerta. Es sólo una vieja amiga que ha venido a tomar café porque yo, inconsciente de que esta situación iba a producirse, la invité. Recuerdo que habíamos hablado el día anterior a través del messenger. Vente, dije, sin duda, a media tarde, añadí. Dispongo de tardes enteras para leer en los ojos de los demás lo que sucede, así como en libros no necesariamente editados, inventados por mí, que resplandecen segundo a segundo como luces de neón dentro de entre mi quiosquillo y mi quisquilloso arroz cerebral. Seguramente ella no sabía qué hacer. Yo dije que no pasaba nada mientras el ruido de las goteras de nuestra habitación de inexistentes inquilinos golpeaba mi arrozal con fuerza, emitiendo a continuación una visión que iba expandiéndose en ondas hasta nublar mi visión y cambiar mi conciencia del ahora de sitio durante segundos, para abrirse al exterior mediante pequeños trucos que había ido aprendiendo de otras veces en las cuales me había sucedido lo mismo delante de alguien. Entonces noté (he notado / noto) su mano en mi hombro y escuchado de mí la frase: no me violes aún, pequeña puta. Seguramente lo ha tomado (tomó) como un desliz llevado a cabo por la voz sin importancia de un moribundo. No, en serio, dije y aún ahora sostengo, no llames a ningún médico, es un efecto que les ocurre a los habitantes de esta casa en la que suelo estar solo. Añadí que se llamaba el Efecto de regreso a la habitación y me incorporé, casi recuperado. Fue entonces cuando observé que, en efecto, no se había hecho de noche. Le dije que a veces nos sucedía y que preferíamos no avisar a nadie, que era una lástima que me hubiera sucedido precisamente durante su visita. Le pedí perdón por la incoherencia que había salido de mi boca unos minutos antes, le dije que la voz asumía el juego cuando el arrozal, vertedero, cerebro, etc... escarbaba hacia su oscuridad con el motivo de cerrar de una vez la puerta de la habitación. Ella me escuchó entre atenta y consternada. Dije que era algo complicado de contarle a alguien para a continuación hacerle partícipe de mi impresión acerca de lo preciosa que estaba. Cuando uno escapa de estos shocks no sólo tiene la sensación en el oído interno de la cuerda de una grave nota sostenida procedente de un clavicémbalo del siglo XV, sino que además ve las cosas más brillantes, como, divago quizá, por vez primera. Y así era Cristina esta vez, absorbía la luz que entraba por los visillos de la persiana de la cocina en cuyo centro de mesa había un plato de raviolis con manzana troceada y su cuerpo parecía flotar. Le pregunté, antes de aclararlo con la cantidad de café que aún quedaba en su vaso, si había transcurrido mucho tiempo entre mi ida y mi vuelta. Sí, dijo. Hubo un silencio y entonces fue cuando decidimos desnudarnos allí mismo para hacer el amor encima de la lavadora en movimiento una, dos, quizá veinte veces.
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jueves

Una desaparición simple


Camino (he caminado) de la mano del niño que me ha enseñado a cruzar una carretera, hoy (14/09/11). El pequeño había desaparecido de las coordenadas que manejaba su madre. Mi mochila, repleta de libros, suponía un peso a tener en cuenta. Una vez desaparecido ese príncipe del ser -no asomaba en su persona aún el motivo para la duda, que hace del rey un individuo, del sol un charco en el que se refleja el sol- me he sentado en una terraza, pedido un whisky corriente con hielo y realizado unas llamadas sin interés alguno, la primera de ellas a mi casa por si un acaso aún me encontraba allí, siendo encontrado por una amiga a la que hacía tiempo no veía. Perdona, le he dicho, no te había reconocido. Ha declarado en su defensa que andaba con prisa debido a que llegaba tarde al trabajo, y allí me ha dejado, solo de nuevo, enfrente de un vaso de whisky que, en ese preciso momento, ha hablado. Suelen hacerlo en ocasiones estos vasos anchos a la mitad del servido a poco que detengo la concentración un poco en ellos. Lastimeramente sólo dicen tonterías literarias del tipo “la artesanía en la letra, así como el hecho de sentar magisterio en la oración, son cosas muy poco valoradas en el actual panorama narrativo español, que asegura centrarse en la búsqueda de una arquitectura del texto” para terminar añadiendo, es un ejemplo cualquiera y vago que recuerdo de otro inicio “me pregunto si esto implica también una zoología de la literatura” o quejas de si tal o cuál se la juega, si es plagiado a menudo por gente como Piglia o Gimferrer. Suelo hacer caso omiso. En sus mejores escenas citan, a veces en original, a escritores rusos, añadiendo al final la referencia, fecha y hora actuales y un efusivo Que le sea a usted bueno este día. No me interesa en absoluto lo que pueda salir de esa frecuencia que suele, por lo demás, desentonar en la medida en que el hielo se descompone. En varias ocasiones acierto a coger uno de esos hielos y lo coloco a la altura de mi visión sobre la palma de la mano, hasta que se deshace por completo y la vida retorna a su singular y tremebunda alegría. En cuanto he conseguido hablar con Yara he apurado el vaso y me he despedido de la camarera, motivo por el cual aparco mis órganos en ese bar. Les cuento, es de una belleza inofensiva, sobre su sonrisa una tuerca da las horas y se limita a usarla mientras sirve, por costumbre, adquiriendo otro matiz, a un tiempo angelical y rudo, al tender la cuenta. En términos menos rebuscados es una tez indonesa, con unas tetas acordes al resto del cuerpo, tierra con ébano, que pasea, sumados unas piernas y culo que acompañan con fidelidad al resto de la obra.

En el transcurso de la caminata que me separaba de Yara he echado de menos al niño que cogía mi mano y consolaba, es un suponer, mi ansiedad dedicada, en fin de cuentas, a la nada, a la tranquilidad, a la inocencia, resumiendo, que tiene todo tipo de paseo entre la muchedumbre, cuyo resumen también he tenido ante mis ojos en la palma de la mano a la que comprobaba lo innecesario de comunicación alguna, como con los hielos, que también desembocan en una desaparición no necesariamente lamentable.
En el camino he parado en la librería de un amigo, donde me he hecho con un nuevo about Rimbaud.
Después, ya en una terraza, Yara contaba sus cosas a otra chica y yo, cercano a una limonada que no sabía comunicarse, intentaba vivir simplemente.
- Hoy he conocido a un niño, no sé si estaba perdido.
Yara ha tomado mis medidas con un lápiz para dibujarme, pero lo hemos postergado para un día en el que “no se fuese a hacer de noche”. La amiga con la que Yara charlaba me ha dicho que notaba algo, como que me tenía que animar. He dicho que solamente estaba cansado, que gracias.

Durante el trayecto de vuelta -metro y autobús- he avanzado el último Houellebecq -ya sólo me queda el epílogo- que para mi sorpresa primero me fue la sensación de una novela, en lo que se quedan otras obras del autor (Plataforma) en el caso de que siquiera lleguen a eso (Lanzarote) o el camino hacia el lugar de una buena historia (Ampliación del campo de batalla), sino, además, una buena novela, mejor a medida que la avanzas (a la vez que una gran historia), un “premio Goncourt”, sí.
No he cenado, mi idea era acostarme recién llegado.

5:45. Enciendo otro cigarro. No entiendo por qué mucha gente no fuma.
The threepenny opera, por Lotte Lenya. Recibo agradecido un homenaje cocido en los altos hornos de la prosa herida por el rayo (herida y con el nombre de las afueras del escaparate literario -gracias, Jose-), en la suntuosa veleta del pelo de los ciegos, y mis ojos, noto, son los de un baúl abierto después de lustros.

Me pregunto (5:47) qué será de aquel niño, ese niño primero que se interpuso entre el mediodía, mi mano y yo, el juego, el semáforo y la carretera. Y sigo leyendo, no necesariamente lo que me queda del Houellebecq (apenas 50 páginas) sino cualquier cosa, como quien dice, nada en particular. Me recuesto en mi silla del ordenador mientras vacío del todo mi mochila, llena de deshechos entre los que figuran órganos inservibles, excrementos y algún que otro hueso y luego desaparezco ante mis ojos, descritos antes, sobre la palma de mi mano.
Mañana quizá amanezca.
¿No?
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lunes

El día en el que visité a Alberto Masa para que me escribiera un panfleto sobre mi obra gráfica


Probablemente la que me traía entre manos era, de todas las que había hecho, la exposición que más me ilusionaba. Incluso había pensado en pedirle a algún escritor que conociese mi obra que la introdujese en un panfleto con una tirada a cargo de la imprenta de Pablo. Hacía tiempo que no sabía nada de Alberto Masa. No era nadie para el mundo editorial, pero se le daría bien y, seguramente, sería generoso con sus palabras. Siempre se había caracterizado por cierta chispa en lo que escribía y, la verdad, para mí mucho mejor si se decantaba por el estilo, cosas líricas que, recuerdo, solía hacer. Rellenaría una página encantado, pensé, aunque existía la posibilidad de un escritor de verdad como Eloy Tizón, a quien conocí en unos cursos de respiración tántrica en El Escorial y con quien tuve buena relación, aunque no tenía su teléfono. Se me ocurrió llamar a Alberto Masa, de todas maneras, para tantear qué hacía desde que no le veía.

- ¿Sí? – dijo, al otro lado del auricular.
- Hola Albertito ¿Cómo estás?
- ¿Tú eres el Rober, no?
- No, soy Pedro...
- Ah, ¿Pedro de la facultad? Me parecías el Rober, perdona. Me robaron el teléfono hace poco con todos los números.
- ¿Cómo vas?
- No sé. Acabo de salir de un hospital para enfermos mentales y me dan mucha medicación. Yo había ido allí para quitarme del alcohol y he salido escaldado.
- Oye tío, que voy a hacer una exposición en Valverde y me gustaría que escribieses algo ¿Recuerdas mis grabados y eso?
- Sí, sí...
- ¿Me escribirías algo? Nada serio, unas líneas, una presentación, algo tuyo.
- Pero estoy raro... vente mañana a comer, si quieres. Sí, sería estupendo. Hace un mes que no salgo de casa. Me traes un dossier o algo y me pongo. Es que no puedo moverme de aquí, de Brunete. La medicación me atonta y tengo mareos.

Dije que sí con cierta pereza y me presenté allí al día siguiente sobre la una o una y media. El pueblo donde vive Masa está en el culo del mundo para quienes no conducimos. En el transcurso del autobús me llamó como tres veces para asegurarse de que estaba a bordo. Tampoco tenía por qué haber ido. Poner cualquier excusa como que había quedado y ya está, pero en fin. Llegué a la última parada y ahí estaba él, con aproximadamente veinte o treinta kilos más que la última vez que le había visto, quizá exagero, gordo en cualquier caso y con barba y pelo largo. Me abrazó. Olía a jabón de Marsella. Cuánto tiempo, dijo. No sé qué hay de comer, añadió, hoy estoy solo en casa. Me he duchado para ti hoy, dijo, y ha sido una experiencia casi agradable. No veo a nadie y estoy perdiendo estos hábitos, añadió mientras intentaba despegar de su dedo índice un moco que se acababa de sacar. Poco después me vi siguiéndole hasta su casa. Una casa normal, dijo, chalets adosados, aquí parece que una misma mano los hubiera ido colocando a todos uno a uno hasta culminar en el cementerio -lo señaló-. ¿Ves? Hasta en un pueblo medio privado como este se adivina cierto sentido para con las cosas. ¿Qué tal las pibas? Dijo, antes de abrir la puerta de la casa de sus padres. Dije que bueno. Dijo que el amor era importante y luego añadió que, en general, todas las cosas que no existen son importantes, aparte, señaló, el salchichón de la marca Espetec. El chorizo de mi pueblo se me ha acabado, dijo. Luego se puso a hablar de que todas las tías eran putas o algo así. Se apartó el flequillo y me enseñó una marca. Me dijo que se lo había hecho una tía. Deberíamos empezar a pegarlas en la primera cita, dijo.
Poco después echó unos filetes a la sartén. Le tuve que decir que los diera la vuelta porque no paraba de hablar. Menos mal que estaba medicado, pensé.
Después de comer un par de filetes quemados quise abordar el tema de mis grabados, pero Alberto Masa sólo quería hablar de los viejos tiempos que, por lo demás, había deformado terminalmente hacia una imagen de sí mismo aún más denigrante que la que adquirió en la facultad. Suspiré cuando me preguntó qué le había llevado. ¿Para qué necesitaría yo unas líneas de ese hombre de neandertal medio ilustrado? A veces me salen moscas de la barba, dijo. Yo intento cuidarlas, ser bueno con ellas, continuó. ¿Un whisky mientras lo vemos? Preguntó. No lo dejé totalmente, dijo, y mientras te esperaba he comprado un Passport. Venga, le dije mientras sacaba algunas copias de mis cosas. Whisky, café y un amigo al que hace dos años que no veía ¿O son cinco?, dijo. ¿Ves? Añadió de nuevo a continuación, en esto poco se resume lo mejor de la vida.
Una vez servidos los hielos la botella quedaba a mi entera disposición y, lamentablemente, también a la suya, pues estando sobrio podría considerársele un tipo casi soportable. Se dedicó a mirar con atención las copias de mi trabajo. En este te has divertido, dijo. En este otro le has echado mucha jeta, dijo. Este parece pensado para otra serie de lo que voy viendo, dijo. Este otro... ¿Estabas pedo? Encendió un cigarro. Te agradezco sobre todo que hayas venido. Me están saliendo sabañones en la lengua de no usarla. Mira, me dijo. Joder, qué asco, era verdad. Quise rellenarme una tercera copa pero me di cuenta de que la botella estaba terminada. Escribe algo sobre... Yo lo veo claro, dijo, esto yo lo relaciono con... hubo un rato de silencio... la basura, dijo, y luego añadió: en el buen sentido, claro. Es la sensación que yo tengo. Un vecino cualquiera sale a tirar la basura pero, claro, ha de hacerlo en un horario estipulado por el ayuntamiento. No, no continúo, cabrón, me llamó, mañana te envío el texto y ya está. Me gusta Valverde, dijo. Entonces cerró los ojos, yo encendí un cigarro. Al poco pude oír cómo roncaba encima de la silla de esa espantosa cocina. Aproveché para abrir los cajones a ver si había algo de valor cuando me vi asustado, aunque era un simple pedo de Masa que, a continuación, colocó su cabeza sobre la mesa, en una postura, quizás, más cómoda. No encontré nada de valor... cubertería robada a Iberia y cosas así, algunas pulgas de juguete etc... Antes de salir de la casa pensé si arroparle con algo. Ese hijoputa, al fin y al cabo, me despertaba ternura.
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sábado

September song


Me han dicho que me van a regalar un Olimpo. Que seré alguien o algo. Que saldré de esta casa.

Me han dicho que, al final del camino, hay amigos de la infancia esperándome. Están en la piscina del barrio jugando a las cartas de las estrellas de la NBA.

Me han dicho que también vendrán los de mi pueblo, todos aquellos que aplaudieron mis obras cuando yo era artista. Me saludarán y abrazarán y dirán que soy grande, sí, este es el chico de la Ciriaca dirán lanzando su voz hacia los corralones donde perdí la virginidad de niño con la rara del lugar, que se fue a otro pueblo y no volvió.

Al final todos huyen como ratas al unísono en que se apaga el eco de mi eructo, diría, si me sintiese con ganas de eructar algo que no fueran mis graciosas y tristes palabras. Mis libros ¡todos mis libros! son eso, el mundo acabado en un folio, renovado en uno nuevo bajo la perspectiva de otro intérprete, también yoísta, poco genial, apenas trabajador del talento cada día de la vida.
Y tú puedes quedarte con todas mis cartas de amor. Dentro del sobre hay nerviosas abejas libando de esa nada, aprendiendo a poner caras de asco. Ellas son las gotas de agua que finalizan en tus manos cuando llueve, y luego el suspiro de cada noche en que me sale el contestador de tu teléfono donde oigo tu voz diciendo tu nombre, y no eres otra cosa que tu nombre en esas noches en que yo medro ante mi particular pozo de basura que habría de ir menguando en la medida en que me arropo aproximadamente a las seis de la mañana (aún no es la hora del trabajo), tratando de localizar una voz que bien podría estar enterrada encima de la mía, compinche del silencio de ambos lados de la línea. Ambos, las dos voces y el silencio se agarran de las manos y salen a ver el otoño que viene al abrigo de un verano que nunca ha tenido sentido.

Apenas conservo recuerdos del hospital, los gritos de algunos pacientes me aquejan como antaño los de los cochinillos en el mismo medio minuto de la castración, y hay sangre en mi almohada y moscas posadas sobre ella. Entornando los ojos en el espejo del baño veo la claridad del fondo, donde apenas se distingue una lata de desodorante de bola, y el resto son trozos sueltos de yo que operan como esas monedas sobrantes del súper de uno y dos céntimos y, todo ello, podría decir, hace un Francis Bacon. Fue en uno de esos momentos de confusión cuando me afeité una barba y me arranqué unos mechones que, al igual que la barba, me han vuelto a salir. Cuando recobré el sentido apagué el agua de la ducha, que salía helada y a raudales, y, a través de la luz blanca, vi un santo -feo- de Fra Angélico diciéndome hasta pronto. En cuanto tuve ocasión (no nos permitían tener aparato móvil) te llamé y te dije que eras diferente a mis otras amigas. Así, como si fueras amiga mía y no un pellejo ofrecido a mi fortuna para que lo estrelle y acaricie como hago con los animales de compañía, incluidas dos ratas, que vienen a mí o a la casa, a vivir junto con alguno de ese par de siniestros, catadores de mundo en la intimidad al tiempo que leen las letras gordas de un periódico, indiferentemente de hoy o de otro día. (O de mañana, quién sabe).

Hoy hemos venido a Charleville a visitar algo que quedase de la mirada de Rimbaud. (Creía, por los libros, que se trataba de un pueblo más pequeño). Yo la mirada la he visto en un ojo de carnero. He estado por tomar apuntes para mis novelas (No estoy moviendo mis escritos. Sin embargo siempre me apetece que los lean mis amigos. Tampoco me comprendo del todo a mí sin ellos. Son yo, mi vanidad y un perro que viene detrás de ti por la calle porque tienes un bocadillo. Debería abandonarlos, pero es que me quiero enterar de quién soy yo amigo, si es que de veras soy amigo mío). Tú no has dicho nada. Hemos vuelto a París (pensamos si dirigirnos a Bruselas también, qué más daba) a través de una conversación con el motor del coche. El hotel no está mal. En los restaurantes a los que vamos señalo platos de precio medio. Siempre tengo miedo de que nos claven. Quiero jugar con aquel niño oscuro que quiso cortarse el corazón en alta mar.
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jueves

Las apestosas mentes


La primera vez que pensé fue abriendo la puerta de la cocina de mi antiguo barrio. Había en ese pensamiento la mano de un policía que me estaba llevando a casa. Fue repugnante. Hacía demasiado calor en ese pensamiento y la mano me apretaba fuerte, a lo mejor era por si me perdía. A continuación abrí la taza del Colacao y comí una cucharada. Hasta ahí llega mi recuerdo. El resto se confunde con todos los pensamientos que realicé a continuación, desde aquel primer sentimiento de repugnancia, hasta la placidez que me fuerzo a encontrar hoy en unas cinco de la madrugada cualquiera.

Una vez escapado el cerebro de su pajarera, cosa que aconteció aproximadamente durante mi pubertad, he sido camarero, bedel, cablista, repartidor, payaso y encargado de un comedero para niños dementes, no encontrando rastro de mi sesalia en ninguna de las citadas labores.
La locura, según yo la recuerdo, es un niño de 15 años estrellando un balón en los postes de una portería vacía. Su poca relevancia queda matizada en que quiere que los demás le quieran. Por eso, en las noches, antes de cobrar el abrigado definitivo con la manta de los inviernos, fantasea con prepararse unos cortes en el cuello con la ayuda de una tijera.

Hoy no sé cómo ha sido esta noche, si ha sido bonita o sólo como todas las demás. Esforzándome mucho logro ver a un gato persa blanco en una casa que apenas recuerdo, empujando con sus pequeñas zarpas el ovillo de mi desaparecido cerebro, que procede a rodar escaleras abajo hasta pararse en un tercero cualquiera donde un vecino ejemplar lo ve y procede a meterlo en el cubo de la basura de los martes por la tarde.

Pero he recorrido mis perdidos pasos para traerlos a todos a esta habitación en la que me encuentro ahora, incluido el policía del principio, que apenas conserva uno de los lados de su cara. Hay también amores de cuando yo usaba la idealización, pancartas donde no hay escrito nada en mi manifestación de estar sentado enfrente del ordenador tecleando al tiempo que chupo de un cigarrillo. Cuando levanto la cabeza un amable murciélago me confunde con el saludo que le hago.

¿A quién podría engañar? La primera vez que pensé no fue nada comparado con la vez en que me senté en un banco del parque y confundí las migas de pan que se rifaban las tórtolas con Norteamérica. Me gustaría pensar que mi volado cerebro sirve para algo más que para sentarse y descansar de las labores que, sin duda, me han convertido, sí, en todo un hombre.
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