sábado

diarios neurolépticos 4 (donde recuerdo cosas innecesarias entre las que incluyo el estupendo Hotel Kafka o la putilla de Eva)





La primera foto que aparece la hice pensando en este post. La otra es de ni p, pero hacía falta líricamente.

Ella apareció en la terraza con un sweater verde y un libro de Cioran bajo el brazo, Breviario de podredumbre. Qué horror, pensé. Luego nos dimos dos besos como si nada. Está bastante bien traducido por Fernando Savater, dije señalando el libro (y en verdad hacía tiempo lo había leído y, ay, subrayado incluso). Se llamaba Eva, igual que un antiguo amor mío. Su polvo tenía la misma apariencia de entre jincho y casi políticamente correcto. ¿Sabes francés? Dijo. No, dije. Era una chica de mi facultad que en realidad había conocido por el facebook. A pesar del ¿Sabes francés? A propósito de pasarme de listo con el apunte de la traducción no la veía de soltar golpes bajos y, poco a poco, descubrí que era de una inocencia encantadora. Una putada que me hiciera recordar a la otra Eva o, peor aún, a la otra época.
Yo trabajaba en el entonces carismático Hotel Kafka (hoy Club Kafka de Parla) y me quedaba algunas veces a dormir en aquella casa de mierda. Llegaba bebido y ella solía tener compañía en la cama (algún negro que le vendía hachís). Yo asomaba por la puerta, le daba una palmadita en el culo al negrata y me iba con mi cogorza al salón, donde me servía un whisky que no llegaría a la mitad y escuchaba un Miles suave de esos que grababa para escuchar allí en esas ocasiones en las que no sentía nada más aparte de que el mañana sería un día estupendo. Y en verdad lo sería.
Todo el mundo me la metía hasta por las orejas (gente que me había llamado para darme el pésame por la muerte de mi abuela, con quien viví toda mi vida) y yo parecía necesitar más. En el curro del Hotel Kafka me explotaban mientras recibía a hombres de traje que me daban abrazos con olor entre a colonia y naftalina. Luego les servía sus canapés y bebidas y, entre medias, me hacían promesas literarias que ya había aprendido a solventar con gracejos. Tampoco era cosa de perder la sonrisa. Si le interesaba a la gualtrapa pagayerbas con la que salía por aquel entonces se acercaría y, aparte buscar ella, se aseguraría de que no acabaría enredado con una de esas burguesas, algunas con buen culo, que iban al lugar a aprender a escribir ¿? y echar el vistazo a las joyas de la corona -que siempre es de espinas-, que, en alguna mente enferma, debían ser poetas que recitaban al tiempo que jadeaban de gusto con el poder de las semientrenadas boquitas de ellas, aspirantes también a pagarse una publicación. Por entonces, el jefe del lugar, un ex con la palabra llena de bisuta (don de diploma) al que no le salían las patadas en los huevos (deshonra näif) y que también, al igual que la primera Eva, aparece entre las etiquetas de este blog que contiene elogiosas palabras mías hacia ambos mundos perdidos, ya se había encargado de producirme mi regalo, un blog, éste, que, al parecer, en ciertas mentes de negociantes yupis (mafias verdes) contenía mi promesa de renunciar a publicar ciertas cosas que me eran debidas “moralmente” ¡en editorial atlantis! o como se llamase la puta mierda esa y su jefe pagapinchos de patata recalentada (sobre lo referido como moralmente entrecomillado véase el post “La herencia de abuela” sumada la vida de suertes, excesivamente pija, de mi amigo Eduardo, del que me divertía manejar una actitud por él descrita anterior y trasnochadamente en días sucesivos hasta cansarme la pilila -pues obviamente no trabajaba allí para pagarme el autobús, que era lo que me daban y que demuestra lo listo que era mi amigo don Eduardo, incansable acariciahuevos-). La nueva Eva me enseñó una de esas inocentes poesías de Cioran en forma de sesudo silogismo que tenía subrayada. Dije: Está bien. ¿Cómo que está bien? Dijo, es sublime, tío.
Pobre.

El sexo con la otra Eva era como las palabras de la nueva. Ambas, una en palabra y la otra en coño, tenían los muelles oxidados. Por eso yo esperaba que una callara y que a la otra la rellenasen bien de aceite los negratas. Cuando despertaba entonces de mi borrachera el negro que se había estado zumbando a mi teórica novieta me saludaba por mi nombre y yo le decía que nos preparara un café. Lo tomábamos mientras charlábamos sobre fútbol y luego le decía que se le estaba haciendo tarde para que comprendiera que debía de irse. Y se iba. Años maravillosos.
Yo me encontraba ciertamente apático sobre la mesa de la terraza en la que una nueva Eva que de inicio pensé chochísticamente me preguntaba por lecturas y cosas de esas. Le dije, influido por mi ex jefe, que leyera la Miscelánea de Schott. Es todo lo que un escritor o un no-escritor (léase escritor de blogs) necesita, dije mientras daba un sorbo al zumo de melocotón. Qué bonitos labios llenos de heridas. También le hablé de Francis Ponge, de llamar a las cosas por su nombre. Si una mimosa es una mimosa, Francis Ponge te cuenta la mimosa y ya está. No hay nada más, añadí. Qué tonto había sido de regalarle a la vieja Eva una cama para que follara con sus proveedores de cáñamo. Supongo que algo que no era sexo había entre nosotros y que uno de ambos lo perdió para siempre. Yo no era nada, aún no lo soy, y no lo seré. La nueva Eva pasó a ser la vieja en cuestión de poco tiempo. Sólo tenía veinte años. Le dije que yo era el viejo verde que parecía ser y sonrió. Entonces le pregunté seriamente si había chupado muchas colas. No tenía nada que ver con el ¿Sabes francés? Pero es lo que había. Supongo que perdí una lectora de blog (desde que descubrí la opción “estadísticas” sé que nadie lee blogs). Su chocho me daba lo mismo. Yo entonces me encontraba haciendo el amor con hombretones. Pero volvió para que le dijera que sus labios eran parecidos a una trampa para ratas, y eso que no llevas aparato, añadí. Sonrió. Le dije que el día anterior había estado a putas. ¿Qué haces en esta universidad? Me preguntó y fui franco con ella diciéndole que no tenía ni idea. Era triste porque yo recordaba dos épocas en las que lo que más quería en el mundo se había esfumado, muerto y enterrado. Podía aún ver a los enterradores hacer su trabajo mientras pensaba seriamente en repetir mis peleas acompañadas de alcohol de quemar y heridas en brazos y piernas. Las putas me hacen llorar, añadí. Son terribles. Una vez me vi caminando por los alrededores de Segovia y pensé Qué estoy haciendo y, como sabía que tenía dinero, me emborraché. Le dije que ese era el resumen de mi vida. Al día siguiente tuve suerte de tener para el billete de vuelta, dije. Y añadí que no se pierde la responsabilidad al caerse por la pérdida de equilibrio, o no toda, siempre queda una, un ángel del cielo que te rescata. Y fue en ese momento cuando me soltó que a lo mejor un día dejaba de hacerlo. Qué hija de la gran puta, pensé. Se parecía tanto a mamá. Volví a echarle un vistazo. Luego le dije que era bonita. Y se fue y volvió. Y volvió a irse y, de nuevo, volvió. Yo continué sentado en esa terraza hasta que hace un mes me vi ingresado en un hospicio para mentes enfermas. Una chica a la que conocí allí y que sólo parecía tener boca para crear impresiones acerca suyo dijo que antaño había sido editora (Alfaguara) y yo le dije que había trabajado en cosas de esas. Preguntó y luego yo dije que la escuela de ideas se llamaba Hotel Kafka. Entonces dijo entusiasmada: Yo soy amiga de Rafa Reig. Supongo que se puede ser amigo de Rafael, dije. Y se calló. Rafael Rafa es un tipo que no se ríe de sí mismo, pues lo considera, con razón, usado, pero hace juerga de lo que sabe, que es mucho, como se va sabiendo, y lo hace como quien no, con un acento británico que quiere serlo (así lo escribe -al menos no usa palabras raras-) bajo el chico con casa en Piles. Esta treta le ha convertido en original, (sumando que entre sus obras se encuentran dos indiscutiblemente maestras: Marilyn y Los caníbales), pero actitud, de fines y cabos, con fecha de caducidad, cosa que se tapa con el bigotillo y que a lo mejor le da para vivir toda una vida. ¿Tú eres su amigo? No lo sé, supongo que sí, dije, no evitando el mohín de que yo no tenía conciencia acerca de la amistad, pero menos aún del apego hacia la gente que podría pasar por importante (oxímoron), en este caso, para la cultura española (otro oxímoron). En fin, eso inspiran los hombres: “Pues yo soy amiga de Rafa Reig”. La verdad es que no lo conocía. Y yo a lo mejor tampoco, aunque puede ser que sí.

Hoy la Eva uno y la Eva dos han desaparecido, no veo la luna en la hora de mayor oscuridad -y agradecido frío- del día y editoriales menores donde he sido rechazado buscan talentos (negocios paelleros con vistas al mar). Wilhelm Reich en su primera ciudad, Wilhelm Reich en su segunda ciudad, Wilhelm Reich en su tercera ciudad y Wilhelm Reich en su cuarta y definitiva ciudad, desde donde nos sigue mirando, supongo que de manera un tanto compasiva o, al menos, eso debiera ser lo normal según mi alborotada y neuroléptica cabeza de 5:42. Eso le digo a Eva tres, que es una invención mía, y ella me pregunta que qué les diré cuando vuelva. Pues hija, les diré que llegué de un mundo raro, que no sé del dolor, que triunfé en el amor y que nunca he llorado.
¿O qué dirías?
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miércoles

diarios neurolépticos 3 (retrato de mejora y algunos recuerdos)


Empecé este año de una manera muy divertida, en Lavapiés, desde donde inicié una carrera universitaria que no me interesaba en absoluto. A la semana y media ya estaba chupándome las pollas con los hindúes a cambio de cigarrillos. Era divertido y dejé claro de inicio que no quería que en esos tocamientos con la boca participasen chicas. Después aparecía en un estudio donde una especie de amiga procuraba una versión cantada del Giant Steps de Coltrane, fumaba un par de petardos y, cuando no me quedaba dormido allí mismo, me iba hasta casa, donde desempolvaba el ordenador portátil y me ponía a escribir en el blog historias acerca de las cosas que me pasaban. Fueron buenos tiempos aquellos en que intenté vivir como un yupi, estilo de vida que a veces sigo manejando. A veces me levantaba para ir a la universidad, donde procuraba tocarles el chichi a las chicas orientales. Otras veces no. En una ocasión coincidí con un chaval que me llamó la atención. Bisexual, esquizofrénico, pacifista. Pensé: Coño, como yo. Pero era un jilipollas. Intentaba darme órdenes, comerme el tarro y todo eso porque habíamos echado un puto polvo. Yo, mientras él iba a sus cosas de personalidad alpha, veía en su mollera una especie de tahur que no sabía barajar las cartas con las que quería engañarte, así, como si no tuviera real conciencia de hacerlo o dudando todo el rato de si la tenía, igual que la penúltima chica con la que me he enrollado y que, a diferencia de ese jilipollas, entra aquí a leer lo que digo, mis rollos líricos y eso. You know? Poco a poco voy despertando de mi rollo neuroléptico y, quizá, pueda dedicarme de nuevo a la letra pero, mientras, sólo aspiro a teclear mis inocencias, que cuesta más o menos lo mismo pero sin tener que darle todo el rato el tarro al rollo de las imágenes literarias, eso de lo que casi nadie sabe ni un pelo de jabón, al menos en España, donde por lo menos nos adoran a los dudosos sexuales.
En la facultad también conocí ratoncitas de biblioteca que me miraban solamente como a un jodido depravado, cosa que era y soy, incluso ahora veo amanecer todo ese tinglado de roles en mi mente, y apenas comienzo a ser yo tras mi descanso psíquico (léase el anterior post titulado Centro de reposo, donde cuento que acabo de salir de una clínica de rehabilitación para cosa del alcoholismo). Las ratoncitas estaban encantadas conmigo porque sabían que, al menos, yo las miraba como les gustaría que las mirase todo el mundo, como a pescaditos dulces sin salvación alguna. (Como a Amy Winehouses muertas, y eso que antes Amy Winehouse estaba viva). Como a perras que simulaban ser despiertas y sólo lo eran en mi inocencia de chico bien entonces yupi, como ahora, aunque en el momento en que escribo esto esté drogado con tranquilizantes mayores. Después de las ratoncitas me escondía en un Malcolm Lowry y me fumaba unos cigarrillos. La mierda de whisky que te daban era cara y entonces yo me encontraba dejando el alcohol de veras, así que me disimulaba a mí mismo con algunos tercios de cerveza antes de que llegara Rubén, mi macho, a dar por culo con sus historias de leído pero cateto, quizá demasiado jovencillo. Yo ni siquiera me molestaba en corregirle. Siempre pensé de los alpha que todo se arreglaba metiéndoles una hostia bien dada. El día que se la di primero le advertí, puso cara de ¿Tú a mí? Y entonces se la di y se fue llorando a casa la muy maricona. Quería darle a entender que el hecho de que me hubiera dejado follar por él en mi asqueroso búnker una noche de botella de champán barato no le colocaba la corona que comenzó a ofrecer desde ese instante. Además no era esquizofrénico en el buen sentido de la palabra. Quiero decir: No era esquizofrénico como yo, sino un pobre paria obsesionado con los tripis que jamás entendería lo que una procesión de hormigas puede dar de sí en una mente verdaderamente roída por el caos a base de beber dos litros de agua cristalina al día. Uno de esos putos gachós que creen aún en la expansión de la mente, y eso por si no les bastaba con el universo y sus cosas tétricas y bellas. Por la tarde: escuchando las quejas de mi nuevo amigo No sé qué. No sé qué llevaba un bar al que al principio me gustaba ir a leer. Pero No sé qué lo estropeaba en cuanto abría la boca. Terminé volviendo a los estudios de música. Un tipo procuraba hacer el Almost blue a la Chet en una de las tardes y me pareció patético. Ese día me puse al piano y lo rompí, aunque no tengo ni idea de cómo se tocan esas cosas, o precisamente por eso.
Hoy no sé quién coño teclea. A las drogas que me dan las combato con café y swing o similar, y a veces me parece que funciona. Hoy nada de eso, Lee Morgan, trumpet; Wayne Shorter, tenor sax; Wynton Kelly, piano; Paul Chambers, bass; y Jimmy Cobb, drums; como quien dice: supéralo.
Hoy escribir mola, si dispusiera de una cheira se la clavaría al sueño. Y es que duermo como una perra.
Después de la universidad me comía medio menú en la Redicha, donde me eché de novia a la cocinera. A veces había cocido, ropa vieja, otra veces judías pintas, lentejas. Todos esos eran mis platos preferidos. Volvía a casa, estaba llena de animales rugiendo, incluidas las cucarachas, con quienes me familiaricé rápido.
Rubén, mi macho, me había eliminado a esas alturas como amigo en facebook. Y yo, poco a poco, iría abandonando mis orgías con los hindúes. También se me pasaría mi obsesión por los chichis orientales. Hoy día ya no recuerdo sus jodidos nombres de entrante de restaurante chino, de los que soy asiduo, por los fideos, la pasta de arroz y el pato.
Un día me levanté y no sabía quién era y mirarme al espejo fue peor. Visualicé a mi madre pudriéndose de trabajo y los animales de casa, así como mis compañeras, no hacían más que empeorar mi identidad ya definida de bisexual, pacifista y esquizofrénico. Entendí mi mente clara y vi que tenía para un whisky, tenía para 4 a la grande, así que fui derechito: Glennfidich, por favor, con dos de hielo. Me metí en un par de peleas que no llegaron a ningún fin y después supe que tenía que irme.
Estuvo bien mientras duró.
Últimamente lo que me encuentro es débil. No sé si estos psiquiátricos modernos sirven para mucho más que para salir de ellos algo raro y con secretas intenciones de madurar a la manera de la naturaleza, con el sol de por medio.
O de emborracharte para que se te olvide que, una vez más, has hecho el jilipollas yendo a uno.

PD: joé, hoy no he dormido y ayer tomé drogas, igual que esta mañana. Voy a morir como Amy Winehouse.

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Diarios neurolépticos dos (en el que una especie de bicho mortuorio trata de hacerse pasar por un corazón de niño)


Pongamos que un ente cualquiera procede a meter su mano en tu boca y comienza a alargar el brazo hasta avanzar por el esófago y ponerse a jugar, primero inocentemente, con tu corazón. Primero lo acaricia, le hace mimos, toca suavemente el tambor con él y luego, acompasadamente, pasa a estrujarlo hasta que empieza a echar chorros de sangre que caen en el vacío.
No no, no me gusta este inicio. Mejor pongamos que la rosa musitaba su canción desde la corola, de allá amaneció un corazón que, debido a sus constantes movimientos vitales, cayó al suelo, tu primo de dos años lo recogió y empezó a jugar con él como si se tratara de plastilina.
¿Mejor?
Los niños dejan las cosas por el suelo cuando se cansan, son un coñazo. En esto que la señora de la limpieza una vez que salió a encargarse del jardín en el que estaba contenida la rosa del segundo principio lo recogió y reconoció en él el muñón de un dulce carnero. Se dijo ¿Por qué no llevarlo a casa, limpiarle las moscas y cocinarlo a la vinagreta a ver qué sale?
Estamos en la cena de la familia Robles. El marido dice que es un manjar. Los niños también. Sólo el pequeño repara en que el plato tiene un ligero regusto a huevo oxidado. Sonríen y se acaba la película del corazón que salió de una flor. Fin.
Qué horror. Voy a intentarlo otra vez. La niña adolescente se encontraba enfrente del petardo de las doce treinta, metió sus uñas a la altura del corazón y traspasó la piel para dar con tan asqueroso objeto. El petardo murió enseguida. La niña sacó el corazón del petardo. Le sorprendió que aún se moviese. Se dijo. Qué divertido. Esto es mejor que el circo y cantó una canción pop mientras lo miraba moverse encima de la mesa que le separaba del muerto.
Esta me convence más, pero tampoco. La verdad es que no me gusta hablar de corazones, pero esta mañana he notado que yo no tenía e iba a firmar bajo el pseudónimo rimbaudiano “El sin corazón, ...” una carta de no amor dirigida a una niñata inestable que ha zarandeado mis siempre inocentes ilusiones de muy moral arquitecto de la imaginación.
Hoy, la verdad, que me he permitido regresar a la escritura hasta el culo de litio, digo: Mi corazón es una peluca. Es más, lo pondré en twitter.

PD: Quizá la visión con pelo de un corazón me dé para otro post raro.
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martes

Diarios neurolépticos uno (en los que resumo lo que tengo en mi no-cabeza)


Es necesario distanciarse en exceso de la campana. El sonido es el de una boca titilante que agoniza bajo la sabia membrana que, en este caso, adopta la imagen de una nuez. La puta, dijo Juana la Loca, simplemente hace de tripas corazón. No desfallecerá ante el apetito si el no apetito la devora antes (los no apetitos sólo dan palmaditas secas de a tres en el teatro), nos recuerda JLC. El desierto se hace eco del sonido del principio y come peras mientras espera parir, desde su ano, otro oasis. No, dijo el sabio en una de sus habituales erecciones, sólo es una visión del mundo. Pero, recuerda Artaud en el prefacio de El teatro y su doble, lo importante es comer la pera. O la manzana. O la voluta de pan. O lo que sea eso. Las ganas de hacerlo son el espectador que dice sí desde su poyete. La puta, mientras es eyaculada, acaricia esa dulce fresa que es su melondro. No respira por un momento. Ha de regresar. Decirle que se ponga los pantalones. Sólo hace, y con esto vuelvo a Juana la loca, de tripas corazón (regla). La campana de la puta tiene procesiones de gente normal descalza que jadea dándose con el cinturón en la espalda. No son ángeles precisamente. Bueno sí, pero de otra forma. He aquí la necesaria castración, la necesaria ablación. El cortejo, en estos momentos, en los que Mizlar y Pretra se abrazan bajo una luna llorosa, es infalible. Oh, se dicen el uno al otro, a estas horas es probable que mi padre esté llegando a casa. Es tan difícil sacarlo de la cantina. Así es: El mundo es un lugar lleno de enfermos mentales a los que estrujar en un abrazo.
La luna no sale ¿Qué le pasará a la luna? Quizá ha sido comida y eructada en la misma mueca del que al revés es Nada, también llamado Primer hombre. Oh Pretra, tienes unos ojos tan dulces ¿A qué sabría tu encanto de clítoris? No lo sé aún mi amor, pienso en tu boca comiendo tras la posibilidad de un asno y... si no fuera por esa barba tan rala, esos brazos macizos y, sobre todo, esa nariz tan sutilmente afilada. Oh amor, dice. Oh amor, oh ángeles de la rotunda esfera, dice Pretra. La farola, ese continente visible por la mosca que la contorna, se apaga (Y la mosca baja a posarse sobre la nariz antes dicha, y a parar, tras el manotazo de él, en otra estancia.)
Paro.
Andrea ha venido a traerme tabaco ¡Viva!
Pronto habré de regresar a mis neurolépticos. No quiero que no me permitan escribir, aunque sean bazofias sin aire. El impulso de las palabras es dado por ellas mismas, así que quizás los que sobremos seamos los lectores, como, de la otra manera, la sutil, advirtió Juana la Loca.
Paro.
Andrea ha venido a traerme tabaco.
No creo que haya ser más afortunado en el mundo.
Gracias dinero.
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jueves

Centro de reposo


A los que están,

Recuerdo que se me había olvidado escribir con bolígrafo, la utilidad de estos benditos ajuares que hacen a la idea más lenta que la tecla.
Sara me ha dado un beso para despedirse.
En el coche recuerdo que sonaba Weather Report o algo así.
Mi habitación de reposo, al igual que las demás habitaciones (que sólo puedo intuir), es una estrella mientras los internos somos la gran nube que no permite verla. La luz, pues, la traen los recuerdos y el MP3, la nueva medicación y la cobaya que siempre ha sido la mandrágora que baila bajo nuestro aspecto en el espejo del baño.
Si quieres fumar una chica con bata y nombre inscrito ha de darte fuego. Todavía no me he acercado al nombre. Soy el último en llegar y no sé cuánto tiempo permaneceré aquí, le digo a Santa María de las flores, que posa bajo mi brazo de estudiante de la letra muy bien traducido por María Teresa Gallego Urrutia.
Me han dicho que habrá talleres literarios. Me ha dado tanta alegría. Quizá por eso estoy escribiendo ahora (23 de junio de 2011).
Me han puesto una dieta hepática. En lugar de fritas me dan las patatas hervidas. Pido platos pequeños. Aún no he vomitado, dios santo. Si yo hablo, Dios se hace siempre la vasectomía.

En el día después escribo el ejercicio literario llamado Cuando me miro al espejo. Es decir:
Cuando me miro al espejo veo un gólem que tiene en el fondo del iris una luna chica que comerse. El ojo es una aceituna recién comprada a una gitana y el resto un aparejo de membranas sujetas por un hilo que debe de salir de un nervio, si no resulta que es el nervio mismo.
Cuando me miro al espejo veo un mono que no ha aprendido a andar y suma sus fracasos en la certeza de los pellejos que le sobran en la cara.
Cuando me miro al espejo veo que del corazón escapa una libélula, lanza tres vuelos y finalmente doy caza a ese sístole-diástole con mis enormes manos de gorila mal hecho. La forma de su cadáver se parece a la sonrisa que tenía yo cuando era niño.
Cuando me miro al espejo veo la ausencia de un hombre empeñado en resolver la casa con la que, un paso tras otro, se va moviendo y luego, tras la segunda noche, flirtea con el ama de llaves a quien llama principito, noche, fuego, tormenta, valle, utensilio, alma...
La profesora me ha dicho que estaba muy bien.

Habito, ya en la habitación, el lugar de un hijo bobo que, se sabe, es un no-lugar.
Aprendo, de nuevo, mi inocencia de los neurolépticos, que a veces no me dejan leer ni escribir. Apenas puedo pensar el falo de nuevo, es cierto, ni siquiera tengo el falo para leer o escribir tampoco. Mi casa exterior e interior es una ruina que necesita ser barrida por un grupo numeroso de profesionales en moverse sin parar.
El caso es que el hijo ha ido a parar a otro pabellón de reposo. Me lo paso muy bien y hay piscina. También leo libros, pero me cuesta enormemente entender la poesía.
Ahora tengo un Umbral. Cuando Umbral murió aún tenía los ojos abiertos porque quería verlo todo. Y así fue viendo cómo su visión se nublaba, dejando las luces blancas de la habitación en círculos concéntricos que iban perdiendo brillo según sus párpados bajaban de cansancio, dijo “Las uvas doradas” y se murió.
Yo creo que no moriré aquí. Antes me atropellará un coche o me comerá un perro pequeñito de juguete. Mis padres y Jose, cuando pueden, vienen a verme.
Ahora que lo pienso: Si hubiera tenido descendencia, en lugar del perro me comerían mis pequeños. Su eructo llegaría hasta los anillos del Saturno. Recuerdo las palabras: Pan gratis, y me acuesto.

El despertar en el hospital es un vuelo de cigüeñas. A continuación meto la sábana dentro y dejo que mamá le ponga a mi pico la droga que necesitaré, el reloj del cuerpo que pasearé por el pabellón durante aproximadamente siete horas y media.
Después de desayunar galletas voy a la terapia, que es un nido.
Allí la madre me enseña, junto a las demás crías, moralinas de vuelo, esperanzas de volver a caer, los grandes depredadores de ahora y antes... pero sobre todo me enseña lo que es un huevo. Allí, en la torre de una iglesia que ya no tiene feligreses (salvo los llamados Voluntarios, esas sonrisas de dios padre todopoderoso).
El olvido que, se sabe, es un recurso más de la imaginación se hace visible a cada mordisco de fruta (albaricoques, manzanas, peras...). Luego uno se lava las manos y sabe que es hora, de nuevo, de acurrucar sus alas junto a los demás hermanos, dementes en algunos casos, y sólo despertar a la hora en que llega el termómetro: 35,3.
El reloj, parado a las doce y cinco, sobre la torre, quién sabe si del día o de la noche, padre.

PD: los neurolépticos que estoy tomando ahora son los ojos cerrados, en la noche que no se acaba nunca, de un búho sin plumaje. (Comprendan vacaciones en el blog).
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