martes

Silvia


Empecé el día 31 queriendo convertirme en un asesino. No necesitaría más que una sola víctima. A ser posible una chica joven, con 15 años y, por supuesto, ya desvirgada por, pongamos, un jovencito que pasaba por allí con voz de hombre culto, la camisa desabrochada, el pantalón liso de pana ancha, media barba con numerosas calvas. Primero tomaron un café en el Starbucks de la calle Fuencarral. Él la besó la boca y la niña dijo que nunca había besado a alguien mayor. De nuevo él acercó la lengua. Esta vez mordió el labio. Dijo: Nena, te quiero como reina. Seré tu minga. Ella dijo no esa primera vez.
Acabo de clavarla un cuchillo en el corazón. Ha sido fácil. Pensé que necesitaría meterlo más veces. Mientras puedo saber que su muerte sucederá en apenas cinco segundos me sobreviene una arcada al tiempo en que su expresión se queda en la de una fotografía. Mierda, me digo, me lo he perdido. Es verdad, a veces, cuando matas a alguien algo se te mueve en el estómago, pero no tiene importancia. Es un animal pequeño y de mar que tuvo hambre, una especie de anguila ya saciada que deja un leve movimiento que hace que, por un momento, te encojas. Hay gente que ha matado más y también dice que la primera vez le sucedió algo así.
El chico cultito vive en Lavapiés y escribe poesía. Ha publicado sus principales obras en una editorial que reparten por la zona. Pude leer un poema suyo llamado Un planeta llamado infierno. Se me puso dura y no pude dejar de eyacular una margarita sobre los ojos aún abiertos de la niña. Era mi regalo para que el agente Carusso me echase el guante de una vez. A ese también quería matarlo. Con respecto a los niños, no deberían dejarles solos en casa.
Fui al baño y me senté en el váter, pero antes me aseguré de que había papel higiénico. No quería tener los calzoncillos sucios para cuando me detuviesen. El amor, algunos días, consiste en eso. Por entre mis dos hojas de palmera salió una orquídea. Me limpié y, al hacerlo, me la vi dura de nuevo y decidí quitarme la ropa, la dejé ahí y volví donde yacía... no sé cuál era su jodido nombre. El del chico poeta sí. Pensé que quizá en este momento, si tiempo me diera, también lo mataría a él. La miré, sus ojos exclamaban debajo de mi firma y en su cristal esta se mezclaría, pensé, si finalmente yo me sentaba y miraba a mi asesinada, el gran amor de mi vida. La imaginé saltando a la comba con sus compañeras de colegio. Yo también lo habría hecho. Pero estaba yo pensando demasiado y decidí que debía hacer algo más. Saqué el cuchillo japonés de su corazón, tetilla y carne. Tenía tanto hambre. En ese momento llamaron al telefonillo. Fui a abrir. Era, dijeron, para repartir publicidad en los buzones. La gente tiene que ganarse la vida.
Al volver a la cocina, antes de volver al cuerpo sin vida de mi ángel, abrí el frigorífico y vi un yogurt de fresa. Busqué las cucharillas en los cajones y rápido las encontré. Estaba fresquísimo. Entonces recordé que mis favoritos solían ser los de limón.
Volví al cadáver. Me pregunté qué habría de hacer en ese momento y, por hacer algo, eché un esputo. La belleza de la vida, mientras, seguía ahí por unos instantes.
Me imaginé preso, condenado, ajusticiado. Acaricié su pelo castaño, luego le quité una horquilla y le extendí sus caracolillos por la cara, sobre mi esperma.
Volvió a sonar el telefonillo. Fui a abrir. Una voz preguntó al otro lado si estaba Silvia. Dije que sí. ¿Puede bajar? No, dije. Recuerdo que en ese momento me entró la risa floja. Le dije que es que... estaba indispuesta.
Silvia.
.

miércoles

diario noctámbulo 1


No sé quitar el ojo de tus tres personas cuando, entre todas las luces de neón de este desierto, te mueves, desafiante, mientras besas con los pies ratones muertos. Dije a Rabieta, que tiene una voz más herida cuando habla que cuando canta. Se lo noto en la viveza de los ojos, en el plata mezclado con el iris y la sardina que juega con su cabeza, porque confunde con la nuez su cráneo de pálidos rosas, su carne de amigos, sus labios que son la boca de una serpiente acariciando un hornillo.
Llevo muchos días sin dormir y las palabras me han quemado. Es para eso para lo que siempre vienen.

Tras molerme el culo, María reza un rosario en mi pecho esbelto, deforme, angelical. Estoy solamente soñando. Mi renuncia al deseo es mi renuncia a la cocina y a mi pájaro (Charly), a quien digo imágenes literarias, trasnochadas como lo es este escrito de las siete de la tarde, que duran ocho páginas, todas las duermevelas; le dije a Yara mientras procuraba, temblando de frío, colocar un cigarro Burton en mi llena de costras boca y ella jugaba con uno de sus dos gatos negros, que sólo se distinguen porque uno tiene una medialuna chiquita, tatuaje al revés (la luna es un pozo chico, las flores no valen nada, decía Lorca en sus canciones) en la papada.

.......................

Preparo los libros para el monasterio y, mientras, sólo digo las cosas que no haré. Por eso es fecundo un blog, porque las puede crear en cuantas plantas se acerquen.
¡Basta ya de beber hasta el sueño que no se recuerda! Es un mal tan poco agradecido. Y, por otro lado, a las horas en que hoy son, habría de darme tanta prisa para pillar una botella. Escribí anoche, antes de subir al ordenata y figurar el post delirante llamado No me acuerdo ahora pero lo puedo mirar, en la que también saco una foto donde aparezco con Yara, en una servilleta, riendo: Dame doscientos euros, Dios. Y lo firmé: El último barco del rey de España. Y: Amo lamerte, verga. Y lo firmé: Hungría. Como no entendí los chistes me limpié los morros y los lancé al vacío que, en el ordenador negro de mi alma, es su propio enchufe desconectado. ¿A que se nota que, además de haber leído todo Deleuze / Guattari (incluidas esas entrevistas de putrefactas doncellas evacuando al lado de la máquina de coser premios de guerra), los entiendo? Una mierda, menos que una mariposa a su propio peso. “¿Qué coño de piruleta hace Zizek vivo o muerto?”

Si tuviera quince euros iría a la cervecería alemana de Plaza de España y pediría una cerveza con una ración de salchichas, me haría pasar, mientras doy bocados a esa basura, por un saludador de Lolas á lá Eduarda y luego eructaría mi desaparición durante mi larguísimo viaje en autobús, en el cuál sería el único pasajero, lejos del conductor que, seguramente, es un puto paranoico con un Makarov escondido en su cabina de troceador de muertos.
Soy marica, madre. No, perdón, Queer. Y me río durante tres horas mientras me dice que lleve ropa limpia -se refiere a mudas- al monasterio (salgo el viernes). Les rezaré a mis garabatos y poemas de cerdita. Seré Sor Ramón y me quedaré tan ancho. Entre mis dos hojas de palmera cagaré crisantemos. Pegaré a mi paladar el cuerpo y dejaré que se enfríe de nuevo, para que vuelva a su temperatura, que no es la del sonámbulo que rebuzna aquí estas palabras en las que vuelvo a no reconocerme como no reconozco a la madrugada cuando me saluda y aún así la como, sin saborear nada, huyendo de esos sueños míos que digo aquí, donde salen norias que ruedan hacia su centro, donde está la ropa limpia.
Tengo miedo de ser oído. Creo que es normal.
Mi única consagración es la alegría, que necesita, para saberse, de sus interrupciones.
Saca tus huesos, decía Dutch Schultz (parafraseando a un Artaud al que quizá había leído entre periódico y periódico), y baila alrededor de ellos.

Las palabras no son sino un aparcamiento lleno de coches que no pertenecen a nadie ¿No es esto acaso un regresar a la infancia? ¿A qué médico podría decir esto sin crear que brotasen en su estómago golondrinas amaneciendo?
De eso se trata, quizá, de renunciar a la razón a cambio de los verdaderos monstruos, que son los de niño (cuando sonríen... tan tiernos y despojados).
.

Un nictonauta entra en un bar...


foto: con Yara (Aquellos días felices en la calle No me acuerdo cómo se llama de Lavapiés)
Respuesta a correo ayer once y media: si tuviera alma lo sacaría en mis escritos. Como no tengo sólo saco lo que no es alma, como en este (y lo que no es alma tiene de maldad que "se parece" al alma).

Acá palpo dos libros, fumo en y el silencio (en bendita hora se me ha ocurrido recurrir a un disco, odio la música), todas las luces están apagadas y, suponemos, en su lugar. El caballo de la ciénaga definitiva ha muerto dejando, a mis tobillos, el vaho de su último suspiro. Releo cuando hay luz los subrayados de los libros que, como la música, tampoco me gustan, me incordian y así ha sido, así desde que escribía las obras de teatro que íbamos a hacer en el colegio (sólo me querían para vanagloriarse de su amor y mi obra era sólo la misma que hago ahora, por desgracia, absolutamente llena de lírica, fantasía y realidad) que también me molestaba en esos días donde la navidad era un olor que estaba a punto de volver y yo, desde la pared del pasillo, en castigo por mi espontaneidad, oía los villancicos de los niños que cantaban por mandato en clase, bajo una luz triste de sala de recreativos. ¡Yo, que siempre creí en dios y aún lo hago! Veía una mariposa revoloteando cerca de las baldosas blanco crema, posándose cerca de mí y sabía que el amor, al menos durante la infancia, es ya algo que hay que esperar, aunque entonces sí viniese, puntual, a mis ojos, que es lo único que yo tenía. Por mis venas notaba cómo fluía el champán de una orilla a otra hasta desembocar en cascadas donde mamá, por nochebuena / nochevieja, me dejaba probar una pizca de sidra. El abuelo me daba sorbos de vino blanco entre mosto y mosto, en los bares de cada ciudad donde él era mundialmente famoso, y ostras y llegaba hasta él para poner la mano. Luego jugaba esos cinco duros al Kung Fú máster rodeado de niños enfermos que me querían quitar los mandos. Yo creo en dios, ostias, dije una vez, como he dicho, también, hace un rato. (¿A que te han enamorado esas dos comas con las que he rodeado “también”?, dice Michon de Balzac en uno de sus enigmas -siempre múltiples-).

En las últimas elecciones vi dos derechuelas y luego le dije a mi madre que había votado a Dios, que no es el voto en blanco, sino el no voto (en el voto en blanco no hay caridad posible). Voté a Dios (la verosimilitud -decía Genet- es la retractación de las razones inconfesables), pasé todo el día durmiendo.
Mis sueños me aburren. Salen niños, cabras, mi pueblo, Nueva York, una ciudad de queso, toboganes, estadios de fútbol y rock, cigarrillos, caramelos... basura, y, luego, para empeorarlo, también sale la gente que se encarga de recoger la basura, con su camión de leones llorando, tampoco falta, si uno se fija bien, la sangre en las ruedas, a saber de a qué mengano corresponde.
(Claro, luego está que, en el Padre y en el Hijo, se juega según lo estipulado, todo salvo en el Espíritu Santo, que es el único en quien en verdad logro, pues se trata de un juego donde siempre gana la inocencia de las cosas, su verdad más extrema -y en la vida también le es atribuido el extremo a lo dificultoso... ¡Ja! Es tan fácil sin nervios-).

.......................


Toda la ciudad está muerta. Qué alegría la mía. Qué sonrisa de 22:10, qué alivio. Mis fantasmas están aquí, me piden comida, techo, hamburguesas con mostaza, nubes azul tuberculosis. Me piden, y yo no les doy nada. Luego lo escribo, pero eso es ya porque me arrepiento, no de no haberles dado, sino de que no me hayan dado ellos. Escribiendo me lo doy yo, aunque sea nada. Además no me interesa el mundo editorial. Sólo mi amigo y valedor, pero desde que me he enterado por las flautas de las cucarachas -las únicas en verdad sabias y alegres por vivir- que ahora también se hace cargo de una editorial donde mi obra existiría -podría-, su amistad, el amor que le debo, ha dejado de tener sentido, ha callado, desaparecido, ni siquiera ha necesitado menguar para ello ese corazón que nunca ha existido y al que habría de dar gracias por la pereza, todo sigue siendo lo mismo salvo lo mismo, y eso es un yo (una vez echada su reflexión al espejo se convierte en un coche carísimo). Lo dice Henry Miller en su oda a Rimbaud en palabras de un tal Jacob Boehme, Quien no muere antes de morir, es aniquilado cuando muere. Y esto otro -causa- que dice el propio Miller en la misma traducción: Ahora que hemos logrado descomponer el átomo, el cosmos está escindido.
(Horrorosa lectura de diarios íntimos los subrayajos)
Y, esto lo digo yo ahora, escribir es una ilusión, la ilusión un aburrimiento y el dinero siempre bienvenido. Que me perdone mi amigo, dijo la cáscara cuando ya habían aprendido a volar los pajaritos).
Qué estoy diciendo. Sigo vivo.

Sólo he de esperar a que también muera el resto de los que quedan entre estas paredes. Hace diez años que puse las cruces en el techo del váter por encima de sus nombres, entre los que está el mío. Ah, dirás, gracioso de ti mismo, pero tú ya has muerto. Sí, y, encima, estoy borracho al lado de una farola sin sombra, toda la noche, comiendo langostinos, y los como sin pelar, porque pelarlos me cansa, lo mismo que esputar esqueletos.

Sin mis fantasmas no soy nada, y ellos, sin mí, consiguen la paz, que es también la nada, así que siguen viniendo, porque la vida es la interrupción de la vida y de la muerte juntas. Me pongo unas palomitas, me siento en la butaca y les miro. En ellos veo el final de la película El circo, entiendo a Charlot sentado en la arena rodeado de unos límites puestos en tiza, con los brazos cruzados o sin cruzar, sin amor, sin esperanza, pero con bigote.
Es verdad que, cuando se van, pienso en abrazos, zumo de melocotón y flores. Las estrellas, mientras, permanecen flotando, inútiles, como los óvulos no fecundados de los corales en los arrecifes o... eso, qué sé yo, la vida, la moneda, el canto de la moneda, el chasquido, la máquina expendedora.
Mientras, a estas horas en las que nunca hay nadie en el chat de facebook, mis niños locos, los que conozco por ahí, escriben poesías que nunca entiendo.
¡Ya no sé hablar!

......................


El viernes, al fin, salgo para el monasterio. Todos los monjes serán yo. No podré evitar la vida en comunidad (rezos) y mi ejercicio, fatalmente, no será la granja ni la tierra, sino la lectura, Georges Duhamel, Erri de Luca, Giorgio Manganelli, Victor Shklovski, Frédric Jameson, Euclides da Cunha, Marosa di Giorgio, Alfred Döblin, Espido Freire...

¡Mierdra!

Amanece. Y no volveré a Valseca. Jamás, durante la vida. Me he comido mi alma y sabía a un pajar en un día lluvioso.
Si vuelvo a los escritos es porque ellos vuelven y, si vuelvo al blog, es porque voy a estar tanto o más tiempo sin estar que ahora, y no es por dormir, no por soñar.
El Tao dice “Aquel que siga la regla de no consumirse en deseos estériles de un estado quimérico, aquel vivirá de buen grado en la oscuridad y no pretenderá cambiar el mundo”. Ese soy yo también hoy, como cuando niño, feliz en la lágrima de los pasillos donde, recuerdo, tras la mariposa, solía mirar a izquierda o derecha y veía una puerta abierta, daba a una central eléctrica, sonreía -la mariposa-, liberaba el villancico que salía tímidamente del aula, el eterno chirrío de la naturaleza lo miraba exhausto, convulso, brillante como la tartera vacía de un pobre sobre la acera de un despacho multitudinario.
.

lunes

El dueño del desierto


Me despierta el primer rayo de sol que entra por la persiana. Permanezco un rato tumbado, mirándolo, cegado, en el desierto, -que es un juguete-.
Mientras aún estoy quieto oigo las dunas, noto cómo una salamandra cruza a través de mis pies y sigue su camino en busca de oro. Un duende me trae agua fría con un chorro de limón, es para la fiebre. Las gotas de sudor comienzan a fabricar oasis sobre la almohada. La sombra de la palmera, a estas horas, queda al otro lado de mi postura, pues ella también mira el sol que entra por la persiana, mira también el desierto que se levanta adentro y afuera de mi habitación blanca.

Antes era la habitación de abuela. Todas las noches, antes de dedicarme al sueño, procuro que el crucifijo que mora en la pared que acogerá mi cabeza se encuentre recto. Ecce homo me mira, como siempre, a veces en su segunda postura, encogido de hombros. En un primer vistazo sólo mira a la almohada -empapada- en que me sostengo y la sangre de la corona hace gotas que van a parar al charco que dije antes.
Todos los sanatorios tienen un sabor a agua caliente. Por eso la esperanza es un duende que no existe, porque es el que trae lo contrario, el regalo.
Casi todas las mañanas me quito yo solo la vía y enciendo un cigarro -Chester- medio seco. Aquí se está bien. Las tormentas de arena sólo suceden en la radio mientras giras la ruedecilla para ver si das con kiss fm.

El resto de la habitación está decorado por cuadros de loco. Son mis dibujos de los veinte años. En ellos siempre hay una virgen subida en un burro, con las perolas al aire, repartiendo leche entre los viejos. Al lado, en la cima de un dromedario, el diablo sabe que el cielo sin él es nada.

Bajo a la cocina y saludo a Charly, luego preparo café y, mientras se hace, abro una gaceta de 1936 para enterarme de la actualidad. Los duendes se sientan a mi lado y provocan a Charly -mi loro- para que diga algo. Una vez terminado de hacerse el café les pido que se vayan y me sirvo la que creo mi parte. Luego atardece y el sol coge un color de percebe sobre el amarillo, el rojo y el azul de un mechero, una nube con gris se queda en medio gobernando y entiendo que es la hora en que los jubilados salimos a dar un paseo para ejercitar las piernas.

En el camino rara vez me encuentro una flor del desierto, sólo hay enfermeras, monjas, celadores y algún médico que, cuando cruza a mi lado, me pregunta por cómo es mi tos.
Es lo único que conforma ya mi cuerpo, mi tos. Es mi tos mi persona, junto con el sudor de la almohada. El ambiente sigue siendo cálido. A mi vuelta unas cigarras juegan al dominó en el servicio y yo busco un libro en las estanterías. Recuerdo haberlo colocado ahí. Poco después suena la alarma y vuelvo a poner recto al Cristo.
Algún día escalaré la palmera que hay sobre este oasis y, una vez arriba, vigilaré toda la noche. Veré entonces a los alacranes salir de su duna y agitarse el barro, mirar hacia adelante y, luego, escuchar el chasquido, quietos, en la lejanía sorda del panel.
.

sábado

Encuentro (borrador)

Recuerdo bajar cada sábado por la tarde y reunirme (en el barrio) con mis compañeros del equipo de fútbol. Era un uniforme verde medicinal con blanco en las mangas y a mi espalda, en blanco enfermo, España, bordado el diez, mío, también de Paulo Futre, que ya había partido por entonces del atlético, rumbo a un olvido, así fue, aún mayor que el atlético.
Yo asistía a cada partido con resaca de tripi y era conocido como Laudrup debido a mis movimientos cuando, en el parque, martes y jueves noche, dejando a un lado (cosa que hice durante toda una vida) los estudios, bajábamos a entrenar. Mi juego era bastante considerado. Recuerdo esa puta locura de partidos. Esos viajes lisérgicos donde una bola gobernaba a la bestia que simbolizaban 22 jóvenes torpes y hambrientos que, o bien querían ser amigos, o bien enemigos. (Al final empezaron a echarme al banquillo "Tu equipo es el que va de verde y blanco, Alberto!").
Recuerdo que entre mi viaje y mis pelos, largos y revueltos que me tapaban los ojos, no veía casi nada. Desde luego no dejaba de tener gracia que fuese yo el llamado cerebro del equipo. Tampoco tuve mala suerte, alguna asistencia -de tacón-, dos regates con caño al final y pase al hombre, dos penaltis y mis fans, modorros, fumando petardos en la banda y maldiciendo que no me dejasen mostrar mi juego, mi arte, mi constelación, mi destino. Naturalmente también estaban de ajo, y también, como otros, desaparecieron. Bendito fútbol, bendito barrio, da lo mismo. Seguramente el que desapareció fui yo.

Anteayer, cuando aún podía dormir, se lo conté a Patricia. Luego bebí, un mono me robó el teléfono móvil y salí corriendo detrás suya, caí. Por suerte no pasaba ningún coche. Hoy me duele el codo y, lo que es aún peor, no tengo nada que decir.
Patricia me regaló al día siguiente un Gómez de la Serna de Austral, para mí desconocido. Yo, el día antes, le di Claus y Lucas, de Agota Kristof. Nos los dedicamos poniendo corazones, siempres y nuestros nombres.
Hablamos de lo que nos acordábamos, en ella media vida después, del pintor demacrado y, coincidimos, estúpido que pintaba a Jimmy Hendrix, de la cuarentona grillada que pedía tabaco por los pasillos, del hombre con barba que, le dije, se sentaba enfrente de mí y reía, para luego callar durante tardes enteras y golpear la mesa al ritmo de la medicación. En mi caso era el ritmo con el que Daniel Johnston (The devil and Daniel Johnston) se despide de la película, el ritmo modorro y patizambo, neuroléptico, sin cabeza, sin aparato locomotor, un esqueleto sin gracia lleno de carne que sin embargo lo intenta, con los ojos hacia adentro, sabiendo, quizá, que hay un mañana, la ternura, la caricia, el momento de la primera lágrima.

Me vi viviendo en Brunete y le perdí la pista a Patricia, un amor en mi vida, hoy con un hijo y su chico, viviendo cerca de mí, casi sin saberlo, pensándolo en alguna ocasión en uno de esos pensamientos que suceden en la RENFE y que se quedan respirando el olor a aire y velocidad de esos vagones, también cuando se apagan las luces.
Nos acordábamos del chico que babeaba, cuando no era aún yo siquiera, sino otro, perdido, Pedro (creo), de María, de María Jesús, de Mari Ángeles, de Alfonso, de la puta de la monja, que se parecía a Harold Lloyd, de volver.
Yo recordaba que empezaba a notar los efectos de la droga en que mi picha dejaba de funcionar, y mi atención también. El corazón no lo eché de menos, ya por entonces no lo usaba.

Al llegar a casa, enfundamos el paraguas y vi sobre él una mota de sangre mezclada entre tantas de agua juntas. El cielo puede esperar. Más tarde regresé, y hoy he comido lentejas al lado de Charly, hablando, y luego café.
.

domingo

Carta abierta a un pájaro negro


No paro de pensar en usted mientras las cucarachas me corren por los brazos. Han encontrado un camino en la señal de mis venas y pronto llegarán a la ciudad que, quizá, sea su cerebro.
Me fascina el corazón de las mujeres. Estoy por adquirir otro en el mercado negro.

En verdad creo que es usted un ángel. Hoy, de nuevo, un pájaro negro se había quedado atrapado en el calefactor. Lo he desmontado ayudado por papá y finalmente ha salido. No ha tardado ni dos segundos en encontrar nuestra ventana, previamente abierta. En otras ocasiones se me han muerto en las manos.
He pensado que ese pájaro negro es usted cuando era niña.

No crea, también tengo otros amores. La soledad genera tantos.
Y el amor genera soledad, claro. Mejor aún, inexistencia, que es eso de no caber en la soledad del cuerpo y rebanarlo tranquilo sin el amparo de un reloj.
El amor es retozarle bien, eyacularle y luego buscar en el paquete blando si queda algún cigarro sin romper. Buscar dónde están sus ojos luego, eso es opcional.

Hoy he soñado que le cantaba a una chica tumbado en las piernas de su novio. Ella reía mi ridículo y yo percibía a través de su boca abierta que le podía ver el cuero cabelludo. Pues estaba vacía.
En usted en cambio percibo un interruptor. Cuando lo pulso, se encienden todas las norias de la ciudad y empieza a correr la cerveza en tabernas donde una nueva juventud perdida canta, como yo durante el sueño, pero a diferencia de ese yo es escuchada, abrazada, amada por usted, fornicada y finalmente eructada sobre una alfombra voladora, feliz.
Hoy me daría a perderme pero sólo se me ocurre escribirle mientras me sumo a las cucarachas del inicio (plaga en la cocina) para ir a su encuentro.
Aquí todo es mucho más sencillo de lo que parece.
Le haré un bombo si quiere y, luego, me pondré de cajero en el corte inglés, sección alimentos.
Si es chico le llamaremos Lucas y, si es chica, Antonia.
Será un perfecto mamarracho.

En ocasiones recuerdo que me dijo usted, ángel mío, que me quería. A continuación he bailado una lambada conmigo mismo en la habitación de los libros. Me he puesto el whisky y encendido la pipa y, después, se ha acabado el día. Hay veces en que no sé quién es y también, al menos una al día, en que me quedo dormido, tieso, sin tapar, en el sofá-estudio-cama desde donde, rodeado de insectos, le estoy escribiendo ahora mismo, quién sabe si a usted o a la persona que creo ser en ese cuerpo que tanto me esfuerzo en ponerle.
Yo estoy con el no y con el sí, así que no sé cuando sé si no.

Añadirle que me trae usted de nuevo a una niña de 15 años, dubitativa y paranoica, cercana, sola. Quiero abrazarla hasta que las campanas del mundo doblen y, sin embargo, termino forjado a la contradicción, limpiándome en su bella carita de Boticelli el esputo con el que premió mi corazón días antes, cuando yo, a muchos kilómetros de distancia, soñaba con acompañarle cada día a cruzar la carretera para comprar pan de hoy y una palmera de chocolate para el camino de vuelta.

Mi amor, como mi amistad hacia mí, como usted misma, está enferma. No conozco a mis padres, y digo esto mientras me están llamando para comer. Hay macarrones, de eso sí me acuerdo. El microondas donde dejamos de volar no cesa de darme trabajo.
Quizás le hablo a un fantasma. Dígame que no es así y perdone que le confíe una parte de mis oscuridades. El pájaro en quien le he supuesto se ha marchado y hoy es domingo. Quién sabe qué día volverá a deslizarse por el hueco donde mi pereza (bendito don de muerto en vida) decide entre su vida, su muerte y mi desaparición.

viernes

Sentado casi cerca de un árbol, un día, mirando


“Yo estaba exangüe sobre la yacija, con los pies helados... Era la muerte” (Yákov Polonski)



Me he afeitado el bigote esta semana. Antes solía mesarlo sin darme cuenta y, aún hoy que no está, lo atuso como si siguiese allí con el pulgar y el índice. Mis dedos huelen a gasolina. La desaparición del bigote me ha llevado, cuando reparo en que no está, a volver a acariciarme el agujero de la cabeza. En ocasiones lo olvido, dejo de notarlo. Vivo con él como la gente que se acostumbra a vivir al lado de un volcán que está quieto y siempre uno tiende a pensar que es que está muerto, como el agujero de mi cabeza, tapado aún por un matojo de pelos castaños. A veces me cuesta encontrarlo, pero me empeño y, cuando doy con él, siempre manoseo los bordes, pues es fácil notar allí el pulso, mucho más que en la muñeca, cuando este (el pulso) hace caso. Primero lo toco despacio, como buscando en ello la sorpresa que, claro, luego nunca es tal, después, si me animo, ya arreo con la uña y en ocasiones acabo demasiado extasiado y luego he de tumbarme donde primero entiendo, tardes enteras, hasta superar el amodorramiento.

He desarrollado un miedo a meter mucho el dedo. Antes echaba allí la ceniza de los cigarros, tuviera o no cerca otro lugar, y me daba lo mismo, pero he acabado, ya digo, cogiendo miedo. Quizá no quiero que la fauna que habita dentro se enfade. Temo que se rebelen contra ese sol, pues es mi agujero lo único que les une a la luz, a la vida. Si supieran que aquí nunca ocurre nada. Cómo decirles que es este un lugar donde ella (llámese...) no coge el teléfono. Yo creo que escribo acá para reconciliarme con ellos. Pienso que, con la escritura, quién lo diría y cómo, aplaco sus gritos, sobre todo los nocturnos que, creo, son los que organizan lo que sueño, si es que sueño yo algo y no me confundo por las mañanas, al recordar, con lo que han soñado ellos. Hay dentro, anoté en una ocasión, un barco de Noé chiquito. Allí están todas las especies. El 70% restante es agua y, el resto, sangre e idiotez. También anoté al lado que me dan asco algunos de los bichos, quién sabe.

Con quince años tuve ocasión de visitar Guinea Ecuatorial junto con mi abuela, allí vivía mi tía. Enseguida, ya lo he dicho aquí, me acostumbré a vivir entre los bichos. En una ocasión, era ya de noche, volviendo en jeep de un poblado donde vivía, decían, la mujer más anciana de la isla de Malabo (le eran atribuidos algunos poderes por la etnia bubi), mi tío (Pushkin) paró en medio del camino y me dijo de salir a escuchar lo que se oía. Los reconocí inmediatamente, eran ellos en el lugar donde, quizá, han nacido. El sonido silencioso, esa aberración del globo terráqueo. Miraba inútilmente yo, por aquel entonces, las sombras de la noche, en la mitad de un camino todo caliente. Incluso vi una estrella fugaz y aproveché para pedir un deseo (siempre los olvido). El jeep permanecía con el motor apagado. Imaginé la línea del Ecuador mientras me saqué el pito para aprovechar y echar un chorro. Tuve miedo entonces de acercarme demasiado a las hierbas altas, pues simbolizaban el dominio de los otros, o la fuerza de la naturaleza (siempre girando en reverso a la del hombre, o viceversa), qué más da. Mi tío Pushkin, sentado en el capó, chupaba de un cigarro. ¿Y bien? ¿Qué pasó? Me preguntó. Yo dije que estaba bien, o algo así. Y volvimos a entrar en el jeep. Al encenderse las luces de nuevo y comenzar a arrancar, con la simple llamada al motor, giro de llaves, pude oír llorar a lo que creo que era un hombre muerto. Llegamos sobre las 23:00 y cenamos plátano frito y piña.

En ocasiones descuido la fauna. A veces, ya digo, olvido con el mayor propósito que puedo que soy una persona y, también, que tengo un agujero en la cabeza, a quien a veces he rezado, por si acaso siguen ahí dentro todas esas bestias.
.

lunes

Mar de mediodía


Muchas veces, cuando sueño, voy a comer (en días soleados) a un sitio blanco donde hay que subir muchas escaleras, pido una mesa y luego como al respaldo de una ventana donde se puede apreciar todo el mar de Madrid. Las gaviotas a veces se posan a mi lado y les doy picatostes. Enfrente, una señora mayor, abre un periódico en el que no hay impreso nada. Creo que suelo pedir consomé o algo parecido, eso no lo recuerdo con claridad. En el propio sueño entiendo el interés de llevar allí a mis amigos pues, en los sueños, suelo pensar que me queda alguno vivo, incluso aparecen en alguna ocasión, en otro lugar, venidos de la muerte y bien peinaditos. Pero eso ya es en otros sueños. Al lugar donde veo el mar y doy de comer a las gaviotas se accede subiendo las escaleras de un centro comercial situado donde antes estaba el cine Aluche. Tras cruzar la cola y abrir unas compuertas subo parte en un ascensor desde donde veo unas palmeras y, luego, me reciben unas escaleras viejas de caracol y comienzo a subirlas. De vez en cuando tengo que esperar aunque las mesas estén vacías. Pido una caña, de eso sí me acuerdo y miro de un lado a otro, la señora de los periódicos vacíos ya está sentada. Tiene un moño y lleva una chaquetilla de lana verde. Es vieja, como toda la gente de aquí.

Al despertar pongo el oído donde se juntan mis venas y escucho lo que pasa por ellas. Oigo trenes frenando, silbatos de agentes de la ley, animales roncando, estadios llenos de gente hablando en voz alta. Abro los ojos, me pongo las zapatillas y voy a echarme agua a la cara. Aprovecho también para lavarme los dientes. No me importa qué hora sea. El lunes que viene saldré hacia el monasterio. Trabajaré el campo y leeré salmos en la biblioteca. No seré esclavo de mi tarjeta de presentación al mundo. Dejaré el blog en stand by. Además ya soy algo viejo. Me alegra poder dedicarme de nuevo a escuchar esas otras cosas que suenan cuando hay silencio. Hoy es un día importante. El árbol que se ve desde esta habitación está quieto y brillante. Creo que tengo para un whisky, quizá dos, en la plaza del pueblo, si no me echa de nuevo la policía. Otra opción es comprar unas cervezas y traérmelas a casa. Preferiría ser flaco a alcalde de Madrid o peluquero de estrellas del cine.

A veces trabajo. Siempre soy el mejor amigo de alguno de mis compañeros de trabajo cuando no del jefe. Luego desaparecen para siempre. Menos mal.

Creo que echo de menos al bujarra del segundo que siempre estaba esperando en el portal para coincidir en el ascensor conmigo. Viejo, con el pelo a la España de antes, gafas con el cristal marrón y gabardina negra con pico en el cuello. Me atusaba el pelo y a veces la cara y me preguntaba por la familia. Me decía que tenía que ir a verle porque tenía muchos tebeos viejos y estaba pensando en regalárselos a alguien. Si en lugar de en el segundo llega a vivir en el doce esa mariconuela gris (a la que, ya digo, echo de menos) yo no hubiera llegado hombre a octavo de EGB. Yo vivía en el sexto con mi abuela. También ella se me aparece en sueños. He pensado si la próxima vez en que me quede dormido podría llevarla a mi restaurante favorito, en barca.
.

sábado

La herencia de abuela

La herencia de la abuela era lo que yo entendía por hacerme un joven de la nada, es decir, un joven de la letra. Lo digo hoy, en el día en que me llaman chico y señor, al azar, cuando me acerco a las barras a pedir un whisky. El que tengan, añado, dos o tres hielos. Ante esas piedras va cayendo la pequeña cascada de la gran botella, dejando unas lágrimas en la cima del vaso. Son lágrimas de santos. Mi cara había cambiado, y mi voz, también era otra la gente porque había tenido que cambiar de colegio, ya que el otro, nuestro amado Liceo Caspilla, se había acabado como les pasa a las pilas cuando no se las carga. Aún andan cerrados esos dos patios, para que no entren los drogotas a fumárselos en papel de plata. Por las ventanas de la sucursal bancaria que es ahora sólo se adivina sombra, que es lo que decía Faulkner que debía tener la buena prosa.

Yo volvía al barrio de mi nueva cara y nuevo colegio (que estaba en las afueras) y, después de estar un rato con la abuela, rellenaba libretas de segundas partes de Twin Peaks y poesías sobre árboles. Eran así las poesías que yo entendía como poesías: árboles, cielos, pájaros, peces, campanario, explanadas, ratas, ríos, amigos, santos... en definitiva, todas esas cosas que terminaron siendo lo contrario de mi vida, de mis letras.

La semana que viene marcho a un monasterio (franciscanos). Y digo esto mientras bebo una cocacola. Ayer fue el día más triste del año. Yo contemplaba a través de la ventana de mi habitación de los libros y un pájaro lloraba. Han hecho un nido encima y yo les oigo y miro; algunas veces, cuando cagan, cae la boñiga blanca en los cristales. Yo no puedo saber si el pájaro que lloraba era una de las crías o la madre pájaro que, durante toda la vida, ha estado llorando dentro de mi cráneo. Porque yo no tengo mente, lo he dicho mil veces. Si me destartalan la cabeza sólo verán una mamá pájaro que llora todo el tiempo y sólo se calma un rato cuando me siento a respirar hondamente.

En mis hobbies de la escritura me hicieron un blog y por cada nombre que escribo se me cae un amigo. Ya no me preocupa. Me anima en el sentido de que me encabrita que todo sea tan ñoño y, ese encabritarme, me obliga a salir más, a comerme más un mundo que me interesa lo justito para dormir, escribir y, de vez en cuando, darme una ducha y mirar el nido de pájaros que vive sobre mi habitación de los libros (salvo la serie Hospital central, no me interesa la televisión).

¿Qué más cosas se me olvidan? Antes, por lo menos, escribía para que me leyesen los de mi pueblo. Ahora se ha muerto mi amigo Perico. Cada vez soy menos de mi pueblo y no porque sea más de Madrid, que siempre lo he sido también, sino que cada vez soy más de una nada como el nido, el que oye llorar a ese pájaro que he dicho antes, sentado tranquilamente en el ordenador y, a veces, como ahora, tomando una cocacola y tecleando mis últimos pasos antes de mi visita al monasterio.
Anteayer se murió la Mari (también), que siempre me estaba buscando novia. Cada vez existo menos mientras me hago amigo a la par que me despego de los nuevos talentos literarios, la mayoría genios y, a veces, conlleve la vanidad que conlleve, sencillos (es un decir).
Al final siempre terminas siendo no lo que haces o deshaces (por ejemplo, con las letras) sino lo que eres simplemente por casualidad, el sobrino de tu tía y el nieto de tu abuelo. El niño o el viejo de antes, en resumidas cuentas, que riñen y cuyo resultado no es otra cosa que esto que hay ahora encima de la mesa. La cocacola (todavía queda un poco), tres mecheros, el paquete abierto y casi vacío, unos chicles de menta, unos cuadernos que no sé de qué son y, ahora, mi tía Pepa, que acaba de entrar a interr, a saludarme. Me da besos y abrazos y no para. Todo es deprimente. Cuando me sobrevino la locura yo ya había aprendido la verdad que podía traerme hacia esta vida y muerte que es la letra y sólo es eso, pues el estilo ya es lo que va truncando en otra cosa el primer árbol y la primera farola que hay al salir de casa. Acercarse a El otro lo único que trae es irrealidades. La sangre, gracias a la cuál me dieron a la vida -de bebé- mediante transfusiones, no existe salvo como excusa de esto, que es lo que dije al principio.


PD1: Antes de empezar este texto he estado una hora enfrente de una página en blanco. Entre medias he anotado algo que luego he borrado. Eran las huellas en la nieve de un solipsista caminando hacia donde suponía estaba su horca. Si finalmente hubiese logrado llenar la página ¿La hubiera encontrado?



PD2: Agradecimientos a los alumnos de filología inglesa de la universidad de Granada, que os encontráis haciendo un ejercicio sobre este espacio donde casi apenas hay nada más que una ruina absurda donde ni se bebe ni se pica ni casi hay droga ni nada de nada salvo las letras que voy haciendo. Gracias por entrar y, si no os sale nada, decidle a la profe, maestra y amiga mía, doña Cristina, que na, que el chaval de la criatura ese que... para echarle a un arroz.
Besos, ojalá pueda ir algún día por Granada y conocernos y emborracharnos un poquejo.
.

domingo

Cuidar de un oso

¿Qué realidad usar para contar que mi verdad es cuidar la cueva de un oso herido? En mi maleta de ATS hay bisturís que no sé cómo usar y medicinas cuyos nombres se parecen al de cualquier vecino. Enciendo cigarros y bebo cervezas en la puerta. Alguien habrá que, pasando por allí, le apetezca realizar con ello un crucigrama cuyo único autor real es el aire que zarandea los árboles que tengo en frente, cada mañana, al abrir la persiana de mi habitación. Alguien que rompa esta hoja de periódico en la que me observo bobo, inmerso y sin ojos, pues le pertenecen a mi primer amor, que no existe o que se ha muerto, me da igual.
Sus ojos eran cercanos y gustaba de usar la broma, aunque su belleza era de coral y, bajo su camisa de franela, no existía más que lo que he dibujado siempre en tardes donde lo único que existe son dos árboles, los que dije que, al principio, eran zarandeados, me da igual si por un oso herido o por el viento. Ambos siempre, según las noticias, parecen antojarse de oscuras cosas.

La gente no me quiere borracho, por eso bebo. Noto en la superficie de la barriga el no y respiro más cómodo. Antes escribía poemas. Fue una sorpresa que mi madre se los diera a María en uno de los momentos en que nunca los habría querido. Están dedicados a un soldado del ejército alemán de la 1º, gordo e insensato, ubuesco, retratado por Stefan Zweig en sus memorias como alguien que, para animar a las tropas, hizo una canción contra los ingleses que poco después le vetaron, siendo odiado, silenciado y, lo que a lo mejor es peor, igual de gordo. Un soldado patoso llamado Lissauer que nunca fue más que no soldado hecho soldado, como también, en las mismas memorias, lo fue el joven Rilke, ya maestro y, sin embargo, luego autor de los cuadernos de Malte Laurids Brigge.

Uno asume lo que ha ido escribiendo con mejor generosidad que lo que ha ido viviendo, incluyendo lo que ha vivido en la nada de sus escritos.
Había allí un poema llamado Patti Smith, de quien María gusta, y que estaba convertida en trozos a las cuatro del mediodía de un jueves. Siempre quise hacerlo por entonces, le expliqué. Nunca me ha gustado rebautizar las cosas a partir de entonces y eso no quita que no me ponga los discos de tal o pascual. El rock salía, igual que la filosofía que yo leía de los libros que me prestaban, que casi siempre eran de Schopenhauer (así era como me veían ellos). Yo mezclaba unas erecciones con otras y al final sólo vi de resultado la sombra de Plinio el viejo tapando unos versos malos, escritos en una pared de universidad junto con cánticos contra las ideas de administración y gobierno que tiene esa juventud tan lírica y, sin embargo, aparatosa que rima poder con joder.

Yo amaba, amé, quería los galones que hoy tiene un pobre sol construido por las mismas cosas que en el siglo mil a. C. Y, al tiempo, no quería nada más que esa gloria que dio anónima, ese macho medio deforme, al entrar en el blog para decir que yo era feo. No, señor, tan sólo estoy un poco gordito, y es que hace tiempo que no bajo al parque a jugar al fútbol.
Mi inocencia de niño, es decir, siempre falaz, me lleva de la mano cuando salgo a la calle prestando oído a los coches y grajos de una ciudad encantadora y, por debajo de la manta, aprieto muslos que me da igual de quién son mientras relamo los dientes, que siempre gozan, no tanto de morder como por fin de arrancar, cualquier cosa. La negación a la mujer a cambio de la bacanal en que entran la mujer, la gacela, la osa (también herida) y la serpiente. Los tiempos modernos, un correrse rápido pero, al mismo tiempo, muy bien, con grandes montañas bajo los ojos que, a esas horas, quizá estén, qué más da, semi-dormidos.

Enciendo otro arbusto, abro otra cerveza. Dios, digo, aparta de mí este bosque. Bien sabe que sólo he representado lo que lo rodea.
Dibujo hoy, 1 de mayo, el coño con dientes de mi amor. Es igual a un niño vestido de cardenal. Hoy hace sol, aunque llueva.
.