viernes

Autorretrato con cosquilla


Siempre me preguntaba qué ocurriría cuando me viese clavado en un retrato e incluso llegué a pensar si era mérito suficiente para no vivir ya. Yo, se sabe en estos diarios, no vivo y, sin embargo, el viernes pasado unos aldeanos me dijeron que me parecía, por si poco fuera de horrible, no sólo a un actor, sino que además se trataba de un actor español. Estábamos María y yo en el bar de Toni y le dije que me tirase una foto, para ver cómo era. Hoy me las ha enviado y veo que el brillo de mis pómulos delatan que andan hinchados, que son los de un glotón sin remiendo. Supongo que yo fui un joven con fuerzas alguna vez. Hoy, a lo mejor, no puedo ser más que un bigote, por eso me lo he dejado. Hacía mucho tiempo que no me sacaban parecidos y yo, idiota, me creía que ya bastaba conmigo mismo, que había logrado ser mi cara, mi cuerpo y esas cosas, pero no.
También fui irreconocible, como cualquiera, alegre en ese perfil de abeja que, luego de dar sus paseos zumbando, regresa al calor de su colmena y se ve reflejada en sus iguales, que también andan en zapatillas.

Pero claro, no sólo nada existe sino que, además, todo es mentira. Y, cuando la tiras al suelo, no sale la verdad de ella, salvo unos simples añicos que sirven para, de nuevo, reciclar con ellos otra mentira parecida a la de siempre. Por eso he decidido marchar a un monasterio en mayo. Pretendo culminar no obstante mi tesis sobre Strindberg y los dibujos del año, que ya no son autorretratos ni flores, sino risas de hiena (líneas de agudos azules) adornando jarrones vacíos. A veces les echo un poco de agua. Pobres. El sol, en los dibujos, ahora está en el suelo. Alguien lo pisa y se le quedan los pies embadurnados de un oro que huele a viejo y del que uno se tiene que lavar constantemente.
Echo de menos a María, que me ha enviado las fotografías del viernes y se ha puesto a dormir. La semana entera ha sido como un día. Además tampoco he escrito porque ¿Para qué?

Sólo pienso en escribir cuando vengo de comprar whisky. En el supercor las empleadas siempre son distintas y la misma. Pago con tarjeta. Ha habido, creo exactamente, cinco veces en las que me han dicho que no había saldo.
Cuando escribo hago retratos, autorretratos de moscas a las que sacrifico en la cocina y que, sabemos, es esa muerte la que andaban buscando, remolonas y cansadas, con las alas ya sucias y siempre preñadas de un grano de catorce años.

Aún no he ido al monasterio y ya aparecen los primeros fantasmas. Son demasiado jóvenes y muy peinaditos. Beben todos Red Bull para acojonarme. Y yo hago como si no hubiera visto que tengo que arreglarme con ellos, es decir, ser bien parecido, peinarme, quitarme la morroña de las uñas y esas cosas.
Ya sólo me veo como me ve mi María, la gallega, un oso sociable, demasiado inocente como para andar en estos mundos de los estilos de vida e invenciones de esas a la que sé que la iglesia ha contribuido, o sencillamente ha adaptado, y a quien voy a visitar, ayudado por un amigo, para encontrarme con mi fantasma, que era un mozalbete, un yo, monaguillo extraño, que le cruzó la cara a otro por llamarle pijo en el sitio donde dábamos las campanadas.
Y es que, en mi mundo, me sienta muy bien dar de ostias.

La ostia es el que te retrata y clava. Cosa que han hecho conmigo en todos los medios, incluidas las servilletas. Yo siempre fui más vago que eso. Cuando me pidieron autorretratos en la escuela de artes entregué lefa y lágrimas en un folio. Sólo lo entendían cuando se lo explicaba. Y me ponían buena nota. El socialfelipismo, supongo.
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domingo

El queso en aceite y la legendaria rebelión de los fumadores


Desconecté del mundo. Era una cosa demasiado normal y sólo recuerdo que había un interruptor dentro de otro, así que no pasó nada. Me siento orgulloso de salir en la novela de Julio Fuertes, que es muy buena. Soy allí una especie de señor que está loco y he pensado que, viniendo de Julio, eso es muy bueno. Además salgo sin nombre, que es como creo que deberíamos ser todos los seres humanos. Estoy fumando y tomando café y diciendo que soy alcohólico, como el día en que mi amiga Odile me presentó a mi amigo Julio. Me dan celos. La verdad es que yo soy una mierda pisada por otra que andaba descuidada, la muy hijaputa.
He pasado unas buenas vacaciones con mi amiga María, que ha venido a verme. Hablo de la amistad hoy como si la amistad hoy existiese todo el rato, aunque sea mentira, incluso hoy he llamado a mi amiga Jeny para preguntárselo.
A mi amiga María se me olvidó enseñarle el libro de mi amigo Julio. No la he dicho que siento una envidia enorme de que mi amigo Julio escriba mejor que yo, porque yo soy una especie de escritor y hasta sé escribir lo peor del mundo y un poco de lo bueno. Me da envidia de que mi amigo Juan haya escrito una crítica muy buena del libro de mi amigo Julio (Ambos me han dibujado por lo menos, porque yo se lo pedí -encima me son grandes dibujantes- y eso me hace grande, aunque sólo sea a las seis cuarenta y dos). Me da envidia de los putos genios, aunque sé lo que es haber sido uno y, cuando me creí saberlo, lo odié tanto que tuve que desconectar del mundo para darme cuenta de algo que no era nada en realidad, porque yo daba al botón del interruptor del principio de este post sobre la amistad y mi intento de vivir en el mundo... Daba al botón ese y era como poner Me gusta en facebook, una idiotez detrás de la primera, que contenía el vacío y la grandeza del mundo, que es, sabemos, el piloto automático de Aterriza como puedas.
El piloto automático de Aterriza como puedas es dios y he pensado que era una buena idea nombrarle en el día de la Resurrección. Pues también es amigo mío ese hijoputa. A mí, al principio, los que me gustaban de la peli eran la chica y el chico, pero son una mierda en realidad, aunque gracias a la magia existen y nos enseñan grandes cosas de la vida, bien mirado.
Yo, en realidad, no querría follar nunca. Es una idiotez. Donde esté un buen cilicio que se vaya todo a tomar por saco.
Odio a mi amigo Julio y su puta novela La legendaria rebelión de los fumadores. Es más mono que yo, es verdad y la edición mola un huevo (anda, criticad, criticad a Papel de fumar ediciones). Siento todo el rato que mi amigo Julio es mucho mejor que yo, que solamente soy una reencarnación de Jesús, al igual que Kafka y el Kun.
¿Qué cosa hay importante en la vida? Pues yo lo veo claro, macho (porque supongo que serás tío si entras a leer este blog mío típico de los gays), lo importante de la vida es el queso en el aceite. Destapar el bote, oler y decir: Gloria bendita. Pero también hay que reconocer que el pan de molde es buena cosa. Y las sartenes y el fuego, ya sabes. Y los cigarros ya eso es la ostia de la ostia bien hecha
Joder, yo es otro, osti, queredme.
Mi amigo Juan es un cabrón y también es más joven que yo, como mi amigo Julio. Vaya mierda. Ah, no lo he contado, ayer me saludó una negra. Lo siento, pero es que me ha parecido relevante decirlo. Además era monilla.
Pues estas cosas, pero sin gracia, son de las que habla mi amigo Julio sin gracia pero por la gracia por la que yo mataría si yo hubiese nacido en 1989 y no en el puto 1977, año en el que sólo debió de nacer mi puta sexualidad hecha de las sobras de los bollos de Valseca.
La legendaria rebelión de los fumadores se lee de un tirón, sin querer. Es un ostiazo, pero mucho más cuando lo grande que hay en ello es que sólo es la peor obra de Fuertes y eso, por desgracia, te hace ver a una generación literaria que es mejor que tú y también mejor que tu generación literaria (Exceptuando a Alberto Olmos y a mí, que soy poeta y lo dicen por ahí las chicas, que es de lo único que hablan cuando van a los bares).
Yo he hecho mucho, la verdad, por la literatura de mi generación en España. De hecho le doy al interruptor del principio del post y, boom. Quiero decir, ya quisiera Vicente Aleixandre.
Y no, no tengo nada más que decir, que se ha ido a su pueblo mi amiga MPV y me he quedado triste, bobo, vacío, con ganas de seguir hablando con ella. Si soy capaz le regalaré La legendaria rebelión de los fumadores.
Tengo ganas de verles. A todos y a nadie, otra vez. Lloro sin piedad.
Pero tengo tabaco.
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Yoga para señoritos


Un hilo de luz naranja entra por la ventana para situarse en tu frente, que empieza a arder. Hueles el olor de esa cera derritiéndose y luego notas cómo empieza a chorrear el primer pegote al ritmo de una lágrima hasta que choca silenciosamente con el parqué y se funde con el suelo de tu casa. Empiezas entonces a notar, después del ardor, unas cosquillitas. Eso significa que el hilo de luz naranja está ahora jugando con el cráneo. Imagina que es un gato intentando cogerlo, el muy idiota. Ríes porque tú eres sabio y sabes que la luz no se puede coger. Suena cloc. Parece como si alguien hubiese descorchado una botella de cava de fin de año de 1988. ¿A que hace risa? Luego sólo tienes que decir “Adiós” todo el rato, como cuando te hacen una fotografía con los niños en 1988 y hay que decir “patata”. Pues ahora “Adiós”. Sonríes. Es por los nervios, claro. Límpiate los mocos antes, guarrete. Entonces se enciende el flash de una cámara de fotos. La vida tiene su gracia, como todo.
Al mediodía siguiente tus amigos del pueblo están en el bar del tanatorio pidiendo cerveza y sándwiches...

Ahora estás en el parque del colegio jugando a la petanca o algo así. Es 1991 y el especialista te ha detectado una minipizza a la carbonara en el cerebro. También te ha recomendado que no pienses mucho porque, si se calentase, el queso se derretiría y empezaría a chorrearte por las orejas. Molas, nene. Tienes granos de la juventud por todo el cuerpo, pero tú eres fuerte que te cagas y sigues dando patadas contra la pared al balón, que regresa una y otra vez y te dice chistes como “Eso que suenan son los Kiss ¿Sabes por qué tienen la lengua tan larga?”.

Imagina que eres una gota de agua cayendo de una nube en el cielo de mil novecientos etcétera. Empiezas a dividirte, a deshacerte en unas cuantas porciones de la misma sustancia. Eres tu abuelo, tu madre, tu padre, tú y tu hijo, que ha salido lerdo y con cara de sapo. Ya intuía yo que este diario iba a ser muy gracioso.
Oh, sorpresa, has caído al lodo caliente.

Ahora es 1995, estás en una barbacoa con tus mejores amigos. Tomáis cervezas y os reís de que os habéis enterado de que la madre de uno de ellos (qué importan sus jodidos nombres), que hoy está muerta (el año pasado, un Renault, carretera de Burgos), es puta.

Eres todo un hombre, dos mil y pico, tomas algo y bailas con actrices de la tele... suena el móvil, lo coges, en la otra mano tienes un whiskey. Mmm... no no, nada de esto pasó.

Despiertas, es 2010, o 2011, no te acuerdas muy bien. Da igual.
Sonríes. ¡Flash!
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El bosque de las consultas psiquiátricas


Acabo de salir de la ducha. Afuera hace sol. Mi madre ha ido a la iglesia a rezar porque es domingo de ramos. El yo es un bosque lleno de enanitos que no se entienden entre ellos. Hablan, como todos los insignificantes bichos de la tierra, los idiomas del corazón, que es un teléfono comunicando todo el rato. En el centro del bosque hay, por ejemplo, un niño de un año y medio con una cerradura en la frente. Cualquier excusa es una llave que abre el lugar donde las ramas aún no han empezado a expandirse.

Me afeito, miro las noticias por el ordenador, me he puesto los pantalones de siempre y una camiseta azul. Cuando ningún muerto me susurra entonces no sé qué pensar, me quedo quieto y a veces cierro los ojos lo más fuerte que puedo para ver si consigo encender alguna luz.
Los árboles hoy están muy tranquilos. En el cielo no hay nubes. Todo está feliz y mi madre, antes de irse, me dijo que hoy íbamos a comer merluza.
Yo sé que estoy salvado gracias a que tengo esquizofrenia y eso es lo único culpable de los males que me ocurren. Desaparecerá porque todo desaparece y, cuando lo haga, yo seré libre y todas las páginas de los libros estarán llenas de nada.

El otro día le dije a mi psiquiatra que escribía cosas y que las metía en el internet. Le dije que era un diario y que a veces lo miraba para ver qué días del pasado yo estaba muerto y qué días estaba vivo. Ha sido muy amable y se ha mostrado interesado en leerlo. Le dije que se llama La semejante criatura y que no hiciese mucho caso a lo que leería porque cada día es distinto. Tampoco tengo ninguna ciencia maravillosa y firme para averiguar en esos escritos los días que estuve vivo y los días que estuve muerto, pero es bastante y, a veces, según los elijo pienso si en el momento en que los leo es cuando estoy vivo o si son cuando estoy muerto. Cómo de vivo y cómo de muerto estoy, me expliqué. Entonces aprovechó para escribir algo en su cuaderno. A veces estoy mejor callado, pensé. Y: Ahora sí que definitivamente no me va leer este merluzo.

Puede ser que mi diario sean muchos y, cuando alguno es, escribe. Eso no se lo dije. Ya había dicho más de lo que pensaba en ese momento. Aunque tampoco debería ponerme de ninguna manera, creo, porque mi psiquiatra es mi amigo o debería, creo.
También me están mirando lo de la ONCE para que trabaje de nuevo. Groucho decía que sólo se aburren los tontos. La vida es un rollo. La verdad es que hoy tomaría mucho whisky para cambiarme pero se me acabó el otro día. Enciendo un cigarro y observo sin querer (hasta que quiero) que la sombra de la pared de la casa de enfrente ha bajado unos centímetros desde que empecé a escribir esto. Eso es lo que tiene la culpa de que este escrito exista. No sé quién soy en él, como en los otros. Mi psiquiatra, como se ponga a leer desde el principio estos diarios del año que sea, lo va a flipar escaleras arriba o escaleras abajo.

Ahora me he quedado callado, obnubilado, preso de la luz del cigarro que dije antes, la sombra ha bajado unos centímetros más. Yo he creído que cuidaba de ella tecleando, pero se cuida ella sola. Y hay muchísima más gente en el mundo, claro. El otro día se murió mi amigo Perico.

La vida es eso que habla.
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jueves

Lo que era cierto y los paseos


Hoy he visto lo que era cierto. Me ha mirado lo que era cierto sin decir nada. Yo agachaba la cabeza de vez en cuando, es verdad, pero una y otra vez la he levantado a ver si lo que era cierto se había ido ya a haberlo sido, pero no, ha seguido, mirando con sus ojos de bollo quemado, lo que yo pudiera ser o era, sin añadir nada por su parte. Ah, me he dicho, quizá ha comprendido que mi gesto al balancear la cabeza, al poner los ojos en otro lugar y todo ese rifirrafe, quizá, me he vuelto a decir, lo interpreta adecuadamente como una vanidad mía (ese Lo que era cierto), no dejándome otra que sonreírle con ojos de cínico y esperar su respuesta, que yo sabía de un yogur caducado. Qué risa me ha dado ese Lo que era cierto mientras me aguantaba la mirada de bollo quemado en el horno de las tonterías humanas, esas cosas vivas que se manifiestan de la manera que sea como pueda ser que ello venga hasta disecarse en el fin de ese puro e inane decoro. Era yo mirando a Lo que era cierto tan venido de otro mundo, tan hombre... ha sido penoso cuando se ha dado cuenta de que yo, en mi actitud, no le estaba hablando a nadie, y tampoco era una estrella lo que había enfrente mía, la verdad, más que una moneda de diez o cinco céntimos absurdamente quieta como los muertos y algunas cosas bellísimas.

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Lamento tanto haberme enamorado de una gota de agua sucia brillando sobre el recién cortado césped de mi porche. También lo pensé. Fue varios años después de que Lo que era cierto viniese, y hasta lo supuse andando por algún lugar de una mujer en bicicleta. Hoy la he visto. He hecho caso al médico y he salido a caminar hasta donde me contaron que son seis kilómetros si al ver la señal regreso los pasos otra vez hacia casa. Charly se ha mostrado contento al verme de nuevo. He bebido agua y he comido un bollo y luego he pensado qué hacía esa pobre mujer en bicicleta en el kilómetro cinco de un camino donde sólo hay moscas zumbando y alguien que, por una vez, ha hecho caso ¡de un médico!

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Cuando a Charly (mi loro) le da alegría verme, canta. Son canciones que se inventa, creo, aunque a lo mejor alguien ya las había cantado antes, nunca se sabe.
He llegado a casa y comido un bollo, me he bebido una cerveza mientras Charly cantaba alegre de verme de nuevo. Me he secado el sudor de la frente con la mano derecha y, luego, mientras la ponía en el grifo y empezaba a notar el agua fría, he recordado una de las muchas veces en que había repetido ese gesto en mi infancia. La diferencia es que, ahora, no salía oro detrás del agua del grifo (del manantial) desde el momento que esta rozase mi mano para mezclarse con la pegajosa nada que había en ella hasta el cierre del grifo llevado a cabo por mí y que no me ha costado nada pensar.
Y Charly no sólo no se ha dado cuenta sino que ha seguido cantando a Lo que era cierto como si nada y, a lo mejor, como si yo no me fuera a dar cuenta tampoco o hasta fuera a escribirlo (pensarlo) en mi diario, blog o como se llame.

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lunes

Un ser inane cuatro días después


Ya dudo si soy yo tu bufón o el señor de todos esos latifundios que ves cuando te permito mirar por mi ventana, que tampoco es que sea mía esa ventana. No sé quién la construyó o si estaba ya antes de que fabricásemos todos esos muros que, piedra a piedra, la rodean.
En la entrada referida a ti te llamé Adolfo pero hoy no sé si llamarte ángel del cielo. Quedé en que te conocí en una celebración pero, ay, quizá te conocí en la única celebración de la que tengo recuerdos y, sin embargo, no he estado jamás, ni húmedo ni seco, como distinguía Rubén (poeta húmedo) a los demás poetas, siempre sobre el marco de esa ebriedad llena de ángeles como tú a la que llamamos cielo.

Quizá eres un impostor en ese cielo. Quizá el cielo sea también un impostor. Quizá la ventana que dije al principio no vaya a dar sino adentro de unos muros que también dije y que quizá no existen. No soy señor de ningunos latifundios ni he contratado bufón alguno que no sea una muy ligera idea de la vida que llevo que, por supuesto, también consiste en tropezar ante una piedra que tú, ángel mío, has puesto ahí para ver si es verdad que había aprendido de la última vez que me la pusiste y también tropecé, de la misma manera, en el mismo parque y bajo el mismo sol.

El infierno, según Blake por ejemplo, corrígeme si quieres, también son esas cosas que ni siquiera podemos ver en el infierno. Yo sólo te conozco de un sueño que tuve y allí eras lo que yo no quiero ser y también lo que descubro en el espejo de los párpados cuando cierro los ojos y procuro observar, como si yo pudiera (como si alguien pudiera) de qué está hecha mi oscuridad, (al abrirlos veo siempre, por mucho que no lo creamos, un ángel desvistiéndose del traje azul que le ha sido concedido para asistir a la misma celebración a la que yo he asistido sin recordar cuál es, y sin querer recordarlo.)

Adolfo, ángel del cielo, eres también uno de esos trabajos manuales que recuerdo hacer en el colegio cuando yo no era más que un niño (y a saber, escoria, qué eras tú entonces). Uno de esos trabajos en los que hay que ponerle pegamento a varias capas de cartulina para, primero la mayor, luego la segunda mayor, ir construyendo un relieve sobre un marco que también es el de una cartulina. El resultado es el bosque por el que camino de regreso a casa de mis padres y, no más, tengo los dedos pegajosos de los restos de pegamento que te han ido haciendo a ti, Adolfo, fiera y ángel del mismo bosque, sumado el cielo, que eres en una clase de viernes de 2º de la EGB, hace tantos años como quizá tú aún no tengas.

(Creí que me había olvidado de ti. No creas, también he tenido otros sueños. Sin embargo, veo que persistes cuando tecleo y busco y me digo entre todas estas teclas. Soy tu corazón. Dejémoslo así y démonos la mano como si nada de esto hubiera ocurrido. Te lo pido de rodillas, sin que tú te des cuenta ni jamás vayas a leer estas palabras.)

Quizá seas el whisky de hoy o de cuando te conocí, qué importa me digo si, total, el whisky, ese oro ardiendo cuya aspiración es la bilis, no sabe crear imágenes, sino desmontarlas, quemarlas, aniñarlas en la única bondad que sabría ahora concederle, tras un par de hielos más ¡Mañana no voy a hacer nada! Y tengo miedo de que, en ese mañana, también estés tú, con tu inanidad y traje, sonriéndome estúpidamente desde la silla que hoy empleo para escribirte, inútilmente, puede ser, pero sin sonreírme nada.

Soy tu padre, recontra, mientras tú eres esos versos de Vallejo que dicen:

Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,

con mi muerte querida y mi café
y viendo los castaños frondosos de París
y diciendo:

Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquélla… Y repitiendo:
¡Tanta vida y jamás me falla la tonada!
¡Tantos años y siempre, siempre, siempre!


No puedo añadir nada sobre ti, primor. Como mucho me pregunto si quedará sopa de sobre para después de las doce.
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Charly y la hermosa cocina


Hoy la belleza del mundo ha venido a verme mientras yo estaba sentado en la cama, desperezándome y dudando si abrir bien la persiana y luego la ventana para que entraran la luz y el aire. Le he preguntado que qué haría en mi lugar y se ha encogido de hombros. Luego he ido a ponerme un café y podía oír a su aleteo seguirme hasta la cocina. He saludado a Charly, mi loro. La belleza del mundo se ha sentado enfrente mío. Al café aún le quedaban 30 segundos en el micro y yo, en ese momento, me he encendido un cigarro. La belleza del mundo seguía en la misma postura que al principio y no pestañeaba ni decía nada. Charly, mi loro, continuaba detrás mío y ha sido en el momento en que le he mirado (a lo mejor él rompía el hielo, como suele decirse) cuando ha sonado el ring del microondas. He abierto la puerta, sacado el café y echado dos cucharadas de azúcar, luego lo he movido y he vuelto a sentarme enfrente de la belleza del mundo. La última vez que viniste eras el demonio, he dicho, para provocar, mientras daba un primer sorbo a mi taza, lo que ha hecho que sonriera. Me ha hecho tanta ilusión, provocado tanto gozo que, en seguida, he pensado que tenía que escribirlo en mi diario. He dado un segundo sorbo al café y vuelto a mirar enfrente, donde había visto su sonrisa, pero la belleza del mundo ya se había marchado.

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A veces me siento junto a Charly, mi loro, en la cocina y enciendo la televisión. Hoy había un programa que se llamaba El hermano mayor. Lo he pillado cuando se estaba acabando. El hermano mayor era, en realidad, un actor y tenía que ayudar al concursante, que era el hermano menor (lo cuál también le convertía en actor), a prosperar en cosas de la vida. Entonces ha llegado el momento en que los padres del concursante (el hermano menor) han ido a darle un abrazo y un beso. Él se lo ha dado a su madre, pero ha dicho que a su padre no y se ha ido y el hermano mayor lo ha seguido. El padre lloraba y se abrazaba a su esposa, que también lloraba, mientras el hermano mayor le decía al hermano menor que por qué no abrazaba a su padre, pues todo el mundo necesita un abrazo. Y, entonces, el hermano menor ha roto a llorar y se ha abrazado al hermano mayor y decía que no podía, que lo sentía, y el hermano mayor también lloraba y le decía: tienes que poder, tío. Qué raro es el mundo, supongo. He apagado entonces el televisor y le he preguntado a Charly, mi loro, que qué hacía. Luego le he preguntado si quería salir y me ha dicho que sí. He abierto la puerta de su jaula y se ha subido a mi brazo. Él quería que lo dejase por el suelo (no sabe volar), pero no le he dejado y ha venido al hombro y agachado la cabeza para que le hiciese mimos. A veces, cuando me despisto, me susurra cosas al oído. Son cosas que nadie entiende, ni yo tampoco.

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A veces voy a la cocina, saludo a Charly y abro el frigorífico para ver qué hay. Dentro siempre hay cosas distintas, amores distintos, órganos distintos, colores distintos, huesos distintos y sentimientos distintos. Meto la mano en esa masa de cosas intentando buscar una lata fresca y a veces abro un camino por el que salen mariposas y moscas, ratoncitos... A veces, al fin, noto que mi tacto da con la lata fresca y la saco para ver qué contiene. Cerveza, naranjada, litio, gasolina... Luego cierro esa puerta. Las ardillas corretean alrededor de mi silla de la cocina. Charly, mi loro, lo contempla todo. Es feliz, a su manera, en su mundo.

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sábado

Un ser inane


Desde hace dos días, durante uno de los sueños, ha aparecido en mis imaginaciones un ser que, de primeras, consideré inane. Me he forzado a adivinar en qué fiesta lo conocí bajo apariencia, en qué grupo y mesa, restaurante (debía de tratarse de una boda o comunión, o algo por el estilo). Era menor que yo y vestía un traje azul de línea suave. Gordo, con los ojos azules, pequeños y cómplices de mi, seguramente, comportamiento animal. Desde hace dos días intento saber cuál era mi edad para adivinar la suya, que era menor y, desde luego, eso me ha traído a preguntarme la edad que tengo yo ahora, mientras tecleo todo lo que me viene de ese desconocido con grandes mofletes, alegre en su, seguramente, primer traje de boda, comunión o lo que se celebrase, que no sé lo que es y que creo que siempre ha dado lo mismo. Quizá ha venido al sueño de hace dos días para vengarse de mi animal, a llamarle bestia, por si poco lo supiera. El enigma me tiene desconcertado, al igual que al animal que dije antes y que es, en verdad, el enigma de un animal más que un animal. A qué bofetada, me pregunto, responderá este patadón al aire del inconsciente (que siempre da al aire cuando patalea, lo que no necesariamente implica que te salpique, quizás, el chicle de la bota). Yo hablo con él, ya despierto, de un sueño del que no me viene más que su presencia inane, anodina, torpe, patizamba e inútilmente sonriente. Me pregunto quién ha elegido su traje y si ha probado mujer. Estoy también dispuesto a ser esa mujer (chata y amplia, poco habladora, de cocina, casa, peluquería y dos niños) y, de hecho, soy esa mujer, e incluso esos dos niños que han heredado dos inanidades en dos ojos y, no obstante, se aplican en el colegio, a cambio de mi fama, imaginación y herencia (si es que queda alguna). Como no sé cómo te llamas, te voy a llamar Adolfo, pues tu cara, que representa ya varios actos desde ayer de mañana en mis imaginaciones, me recuerda a los Adolfos. Te tecleo sin conocerte de nada, querido Adolfo, inane mío. No me lo tomes en cuenta, pues es lo mismo que hago conmigo otras noches, con el animal o su enigma, del que te hablé atrás y que te dije y me dije que eran una misma cosa. Me veo a mí y es tu mirada, que en mí es la más inocente que hoy recuerdo, la que me escudriña, tenebrosa y cómplice de esos hielos que no quiero, Adolfo, para ti. Querido Adolfo, sólo quiero ser tú en lugar de este tirano, del animal que no tiene nombre a quien no sólo miraste sino que además reíste las gracias, que eran, seguramente, las de un animal que, probablemente debido a los licores y otras drogas, se ha despedido de su enigma, como si tal cosa, de un empujón que nadie ha visto y nadie ha querido ver. Ese ligero encontronazo es quizás hoy tu belleza, o tu bondad, me da lo mismo. En mis imaginaciones eres el verdadero dueño de esas buenas mozas que han venido a comer a mi mano en esos días de primavera que pasé en mi pueblo en 1995 acompañado de unas lecturas que, en aquellos años, me creía que tenía que hacer, pues el objetivo que entendí entonces era el del saber y el de la estrella, y tú, con tu inane presencia de mejillas sonrosadas y un brillo leve y tonto en tus azules y pequeños ojos, has venido a decirme que me levante. Y yo, efectivamente, me he levantado, te he saludado como he supuesto que se saluda a los príncipes y dicho gracias, así como hoy te escribo adjunto a dos deseos que debieran cumplirse en un mismo tiempo: que vengas, y que desaparezcas.
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viernes

De animales menguantes que crecen 1 cm cuando se fijan en los demás animales menguantes



Estimada Sra Riolivos,

La locura es un animal con espejo en vez de cabeza, el lomo es un recuerdo y las patas son las de una mesa que tiene un vaso de agua a la mitad y una flor de tela al lado. Hay cerca una madre muerta que, además, es infeliz. También hay unos niños, también muertos, que aún no han aprendido a restar. Luego intento seguir con esto, señora. Tengo una ranura en el bolsillo de la cabeza y entran muchas cartas del juzgado. Hay dibujadas fechas y pone que he de presentarme o, si no, moriré. Así, como si fuera algo importante lo pone. Yo entiendo que debe de ser duro morirse cuando uno es alguien a quien la gente que le saluda por la calle le dice que es joven y muy majo y que todo está bien en todas las casas e incluida la suerte de tener tanto tiempo y sentarse, por ejemplo, a mirar coches pasar mientras atardece. Le aseguro, señora, que yo entiendo eso muy bien. Cuando ayer concebí la comprensión de todo ello esperé a que sonara el timbre, pero el asesinato no dio señales de vida. Esperé hasta que se acabó el telediario y luego abrí la cama que ya estaba abierta para continuar durmiendo. Le diré que no es mi único mal todo eso, también envidio mucho y, debido a ello, tengo muchísimas dificultades para respirar. Tampoco he inventado nada, ya existieron muchas personas que probaron a beber su orín antes que yo a ver si con ello lograban restablecerse. Mi nuevo médico me ha aconsejado que no coja el teléfono en los momentos en que note que el animal del principio se ha convertido en mí. Hoy lo he cogido para comprobarme y, mientras una señorita decía que debía de hacerme unas preguntas sobre alimentación, yo eructaba caracoles y, verdaderamente, no ha sido agradable para ninguno de ambos, pero era lo único que podía pasar y he tenido la suerte de comprenderlo en esa práctica de cosas que es la realidad y luego, al fin, conceder razón a la luna de la catatonía, que es una luna que nunca se refleja en el agua del mar. Lo vi cuando estuve en las vacaciones del colegio, en la terraza del apartahotel de Torremolinos.

Comprenda que le estoy contando todo con la consideración que creo merece mi abismo, la cuál a usted, que a buena fe habrá librado sus seguras mil batallas, podría parecerle un simple bordillo de esos que hacen para las bicicletas.

Algunas mañanas en las que mi sobriedad aparece, simplemente abro el armario, y ahí veo, en la sola percha vacía que tiene dentro, el amor tal y como yo lo entiendo, señora. Entienda también que sería una manera de expresar la bravata: Como no tengo ropa me libro de las polillas. Dispense a la fiera, él no tiene la culpa de vivir dentro del cuerpo de un jovencito. Los pájaros son él, saben que su imagen, cuando realizan un vuelo mínimo para pasar de una rama a otra, se parecen a mi pobre bestia, que también trina, aunque -ay- sólo puedo oírla yo. Me llenan tanto de emoción sus canciones... me gustaría tanto que las pudiera compartir con otras personas. A usted también le harían ver ese cielo que consiste en llorar, le aseguro que el llanto derrite la oscuridad, da igual el trecho de túnel que lleve andado, quedaría parada y encima suya estaría el cielo que la he dicho.

Por favor, remita esta carta a su jefe. Estoy completamente seguro de que podremos asumir, entre los tres, nuestra pequeña muerte sin malos entendidos ni paseos en vano.

Saludo número trescientos treinta y algo,
Frederic Chopin,
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