miércoles

Queso de oveja marca supercor: 4´69, contado por un niño

Soy un borracho, dijo en medio de la plaza la alegría primera, cuyo aliento huele a sapos vivos en el momento en que les da por cantar una canción a los niños pequeños para que se duerman.
Añadió que nuestra estancia no se cobra más que los cadáveres de nuestras queridas amigas las mariposas rojas que, a veces, no huyen cuando respiramos con la boca al dormir, sino que se quedan entre la tráquea y el estómago viviendo toda su vida, siendo, aunque a veces confundidas por los entendidos con coágulos de sangre, la razón primera para, después de levantarse, abrir la ventana y notar si entra frío o calor.
El corazón a veces es un rancho donde el encargado se pregunta si seguirán muertos esos animales o acaso sólo era que estaban dormidos.

La alegría se debe a que es probable que inicie de nuevo mi trabajo en la granja escuela, que fue el mejor que he tenido y más satisfacciones me ha dado. Me encargaba de limpiar las mesas y preparar los platos entre turno y turno de comida. Los niños me bromeaban, también debía de calmar a los más revoltosos o prestar la atención que necesitaba el que lloraba. Niños y animales, ese era mi camino hasta que lo pudrí todo de vanidad convirtiéndolo en letra, y a mí en un personaje al servicio de lo que ellas creasen.

Hoy hace un día estupendo, hay sol y se oyen los gritos de los pájaros que aún no se han dormido. Escribir, dijo este que dijo el otro, es un verbo intransitivo.
Hay días en los que no anoto nada y me quiero lo mismo, algo así como descuidadamente, reconozco. Aunque normalmente anoto algo, no sé para qué ni para quién, las caras de los escritos se confunden de un día para otro o, a lo mejor, lo que hacen, de un escrito a otro, es tomar sentido, convertirse en cara solamente y, una vez que, a lo mejor, ya se ha hecho cara, tus dedos empiezan a escribir otras y, a lo mejor, hay veces en las que se ponen a hablar entre ellas, primero, a lo mejor, como cuando subes en un ascensor con alguien y luego, a lo mejor, otro día, dices lo que ellas dicen o escribes un bar, por ejemplo, para que un día que quieran, a lo mejor, vayan a tomarse una cerveza.

La soledad no existe. Cuando voy a Valseca, algunas tardes de verano, me salto la reja del cementerio antiguo y me siento al azar en el borde de una tumba. La hierba ha crecido tanto. También hay cardos, que son buenos si tú no les haces nada. A veces cojo uno con cuidado y lo pelo, soy un niño, y luego como lo de dentro mientras, recuerdo, se oyen los ladridos de dos perros discutiendo sobre metafísica o esas cosas de las que discuten ellos. Esta tarde-noche de miércoles escucho los clacs de estas teclas negras con letras blancas, bebo una cerveza y enciendo un cigarro. Las teclas son también un animal que va hacia un sitio, y siempre está hecho a la imagen y semejanza de las cosas sencillas, como un suelo o un techo.

Tú sólo vas paseando, en una de tus manos estás agarrado por una historia y en la otra estás agarrado por una muerte. Empiezan a tirar porque, aunque ellas a lo mejor no se enteran, crecen, pero a tu lado hay árboles, farolas, cubos de basura, ancianos y cosas de esas. Y ya está. Ya he terminado lo que, más o menos, creo que iba a escribir hoy.
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lunes

Los cuentos de los bolsillos

foto tomada seguramente por mi padre -no creo que mi madre- en el zoo de Madrid.


Llevo un año en esta casa y he tenido que inventármela para que fuese, en esos sueños que me dicen que se dan en las incubadoras -donde estuve, me cuentan, de bebé cerca de dos meses, hasta que logré alcanzar los 2 kilos de bulto; me dicen también muy al cuidado, pues, en esto ya lo contado se mezcla con mi imaginación, mis apuntes de entonces eliminaban las vías de su sitio ayudándose de unos brazos apenas aparecidos que, seguramente, en el agua de madre eran plumas flotando cerca de esta orilla a la que siempre llamamos los aficionados a las historias, sin saber jamás el nombre que tiene-, de mi propiedad (la casa del principio). Tiempo después, en casa de mi abuela, mi padre me contaba cuentos de cuando él era pastor de cabras. Los lobos eran legibles en el dolor de boca como los monstruos de algunos cuentos en el dolor que se da en la frente y, a veces, en los brazos y piernas de esos amigos -inexistentes siempre- que se dan en la guardería, que son los únicos que se tienen en la vida. Caperucita es uno de ellos, tiene una cesta en la que no queda ya nada y camina por el laberinto pisando cadáveres de lobos y abuelitas, esos cadáveres que tienen aún la habilidad de roncar y que uno menea para que callen de una vez cuando descansa, como Caperucita, de girar hacia el sol la flor que habita en su cerebro que, como en el resto de personajes de los cuentos, se halla a la sombra de un árbol gigante en cuyo tronco se vislumbran las caras del miedo.

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En un año en casa chocas siempre con una excusa que se parece a la del día anterior. Finalmente me decidí por la cerveza, en detrimento de los licores. Duermo en general bien por las noches. A veces tengo pesadillas, como todo el mundo. Hoy veo las estrellas en los ojos de un amor muy antiguo ¿En qué otro lugar se pueden ver las estrellas? En los leones de las películas, es cierto. Además el marzo de 2011 salió muy nublado. El corazón, esa quimera, llueve. Mientras, yo bebo alguna cerveza, lo que quiere decir también que a veces salgo para ir al súper y me observo, tras mis chaquetones de salir al súper, un fantasma sentimental del siglo XX, aproximadamente el verano de 1991, la noche de la caída de las estrellas. Cierras los ojos entonces y sonríes, junto con tus compañeros de entonces, los abres y hoy todos son el otro, pero tú permaneces aquí, escribiéndolo, algunas noches a oscuras, pues tus dedos, en su sabia ceguera de rancheros gordos, ya han aprendido dónde se encuentra cada tecla. ¿Ves ahora cómo los deseos son verdad? ¿Percibes este más allá donde por fin te has convertido en ese ocho al revés que define la horrorosa palabra “infinito” que tanto esfuerza su chirrío en poemas de juventud y en los ya seniles, sean de la edad que sean? (Es sabido que nunca tienen edad ni van a encontrarla salvo en las manos de alguna niña hermosa con trenzas sujetas por un diapasón de mi tía Pepita)

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Disfruto como sé de mi colegio de los 16 años. Es grande como un planeta. En una de esas tardes vi la eternidad. Era un torbellino que atravesaba todo lo que se le ponía por delante hasta desaparecer en el papel Albal de mi bocadillo. Vi que la brillantez. No la brillantez, lo prístino, era una máscara que asumía forma de mente debajo de los silencios, el guión primero que diría las butacas de cada espectador en un teatro privilegiado, lleno de niños pequeños, animales y patios enormes. Era mi herencia. La escupí y volví a sentarme, como si no hubiera hecho nada. El llanto es el mismo pañuelo en el que se lava hoy. La 6th, Manhattan, piso 9º, aproximadamente, tres o cuatro correspondencias. Abajo hay una tienda que pertenece a una cadena de restaurantes. Aún no me he atrevido a pedir la carta de los postres.

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sábado

El timbre (el oro, la nieve y la corbata torcida de A. R.)


Un timbre suena en mitad de un amanecer de invierno. El niño estira sus brazos y mueve hacia atrás el cuello. Tres palmadas chocan contra la puerta de su habitación. El niño se sienta en la cama y mueve los ojos con rapidez de un lado a otro, para despabilarse. Comprueba efectivamente que es un interno. Comprueba que amanece en diciembre. Por la persiana ve que la luz de la primera farola que habita la calle aún está encendida. Coloca una bata azul con amarillo, medio china, sobre su cuerpo, que se halla, supone, dentro de un pijama verde pálido, hace pis a oscuras, se quita las legañas ante un espejo que no refleja nada y avanza hacia la luz -blanca- que aparece por debajo de la puerta. Dice buenos días a alguien y sigue una línea roja o a la gente que sigue una línea roja, no se sabe muy bien. La procesión va a dar al comedor, donde coge una bandeja, un vaso con leche y tres bizcochos. Se sienta en una de las largas mesas. Es el Principito que cuida una rosa que no existe mientras esa peonza que, dicen, gobierna el peso del planeta, sigue dando vueltas de un patio a otro, esquivando a todos los animales que se cruza por el camino.
La máquina comienza a mojar los bizcochos que le han sido tendidos a la máquina anterior. Todo está perdonado. Afuera el pasado y el futuro son una broma en manos del otro. Los bizcochos están buenos. En el banquete se respiran los corales del leviatán y las flores del desierto acuden a un simple movimiento de hombro.
Hermosura y compasión, decía Nabokov para preguntarse, primero por escrito, si se le podía pedir más a una obra de arte.

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Carjat se mete dentro de la capucha negra. Los nitratos fabrican una posteridad, lo que es moderno. En la fotografía se aprecia una mirada (tiene en los ojos la claridad de una montaña a las doce del mediodía) contemplando un bosque dentro del cuál cada ahorcado lleva una insignia en la que hay grabado un nombre o, lo que es lo mismo, todos -están ilegibles-. La corbata del joven autor de El barco ebrio sale torcida, señalando las tres y veinte. (El parnaso que se ha congregado en el evento -cada paciente lo percibe propio- se frota las manos blancas, sudorosas...)...

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Se acerca la nochebuena de 1996. En el hospital algunos dementes se acercan a contemplar la nieve por entre las persianas mientras otros permanecen en las sillas del salón con la mirada puesta en el oro. El niño, aquel monstruo, el principito que mojaba torpemente, no lo dije, los bizcochos, duda a qué grupo unirse. Pregunta a un bedel si podría usar el teléfono, que funciona con veinticinco pesetas.

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miércoles

Compuesto básico de una novela o vida con cáscara

1º diario de Jesusete, en el que nos cuenta que rezaba y que después ya no:

Yo tenía una colección de besos (qué palabra más terrible, por cierto, si ya el singular es ciertamente bastante asqueroso) y siempre iba de la mano de dos frescas ciruelas. Un día les confesé que yo rezaba por las noches. Sus ceños se pusieron idénticos y luego soltaron una leve risita al mismo tiempo, y yo también, porque no sabía qué hacer y el no saber qué hacer era siempre el demonio, que es colorao y hace cualquier cosa, como cuando ríe junto con las frescas ciruelas y esas cosas los veranos en mi pequeño y grande pueblo. Unos pocos días después me miré en el espejo de la cocina y me di cuenta de que estaba criando flores marchitas en la cara, crecían y se secaban como cardos, esas puses y, luego, al final, no fui a las pruebas del equipo de fútbol.

2º diario de Jesusete, en el que nos cuenta que pensó mucho:

Yo estaba en la peña Cowboys Disco escuchando el disco de los Dire Straits. Era de noche y, dentro de esas escuelas antiguas, alguien nos había preparado unas bombillas y la música que nos gustaba. Las ciruelas frescas estaban ambas siendo fornicadas al lado con los pantalones puestos y a veces miraba como si no quisiera, pero lo hacía y veía sus caras y sus bocas abiertas con sus dientes de ajo pasado y el fornicio sonaba como un tambor un poco descosido y me volví a concentrar en la canción que nos gustaba de los Dire Straits.
Hacía calor, pero yo necesitaba un jersey o una camisa y fui a buscarla en casa. Entonces abrí el armario pero, antes de mirar la ropa, me senté en la cama y debió de pasar bastante tiempo y al final me dormí.

3º diario de Jesusete, en el que nos cuenta que él era todo un hombre:

Yo estaba viendo un partido en el bar entre el Atleti de Madrid y el Zaragoza y, al mismo tiempo, era consciente del momento en el que ese cerdo me iba a empezar a tocar los bajos... y de que primero asomaría por la espalda.

4º diario de Jesusete, en el que nos cuenta que se seguía encontrando fuerte independientemente de si había almorzado bien o no:

El autobús era un festín donde la atención pasaba de una cara a otra y de un silencio menor a uno mayor y, al abrir la ventana, entraba ese aire pegajoso de la sierra. Conté que los traqueteos venían cada siete segundos y calculé si, entre ellos, me daría el tiempo suficiente para dibujar una paloma. Saqué los lápices y me pasé así el regreso, intentándolo una y otra vez hasta agotar el cuaderno. En la estación me estaba esperando mi padre. Cuando me vio me dijo que si me había perdido. Le dije que había habido algo de caravana antes del túnel.
Monté en el coche y nos plantamos en casa en aproximadamente veinte minutos, di un beso a mamá y a la abuela. Luego entré en mi habitación, saqué el cuaderno de los intentos de paloma y lo tiré antes de abrirlo a la papelera. Tenía sueño y cosas pendientes para el siguiente día.

5º diario de Jesusete, en el que nos cuenta que alguna dirección hay que tomar aunque sea una que se te ocurra mientras estás, por ejemplo, desayunando:

Ella era una duda aderezada con frutas bla bla bla bla bla... El techo de mi imaginación intuí que se podía caer. Había, en el suelo, unos perros pequeñitos jugando ese día. Seguí a una estrella, recuerdo, que estaba quieta. Mis padres estaban preocupados porque les habían dicho que yo hacía raros en general. A la hora de la comida, en nuestra casa del barrio, había empezado a coger el tenedor con la mano derecha y el cuchillo con la izquierda cuando iba a partir un filete. Hablaron de lo buen chico que era el hijo de la Paca. Yo dije que era un cerdo cualquiera que merecía que lo colgasen en una jamonería. Y me reí. Ellos se miraron. Pedí perdón. Dije que estaría toda la tarde fuera porque tenía que arreglar unos asuntos.

6º diario de Jesusete, en el que nos cuenta que ha regresado a la niñez y le ha dado mucha pena ver que la gente de antes es otra:

He estado estudiando toda la tarde pero ha habido ratos en los que no me he enterado de nada. La locura es una gota de oro en el cerebro. Hay gente que nace con esa gota de oro. Es la gente que es vagabunda por la calle y, dicen que, entre ellos, se reconocen antes de ser vagabundos. De ellos es el reino de los cielos, amén. Qué divertido es estudiar cuando el tema te pilla y obliga. Yo vi una vez cómo los ojos de esa mujerzuela sin importancia se convertían en los de un cerdo común comiendo pienso. El demonio se ríe de nuevo y las ciruelas frescas también, pero ellas en una constelación que no es la suya.

7º diario de Jesusete, en el que nos cuenta que descubre fórmulas:

Después de caer malo de la mente la gente buena le dijo a mi madre que me ayudaría a ser alguien. Yo escribo cartas todas las noches. Dios es el único tema que me interesa. Él vive en los árboles que se azuzan con el viento. El rencor ha de dejarse en manos de los genios. Yo he conocido a dos. Eran un chico con forma de tarro y una chica que se sentaba en medio de las plazas a tomar el sol. Su dedicación más evidente es dar vueltas a un hueso de aceituna que siempre ha estado en sus bocas. El ser humano está compuesto de tres cuartas partes de agua. La parte restante está dividida entre lo que dice y lo que calla.

etc...
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lunes

Febrero, 1999

Me he quedado dormido y después de despertarme he encendido un cigarro y lavado la cara y pensado de nuevo, siete minutos y medio después, que necesitaría despertar mucho, mucho más y he abierto la ventana y mirado y vuelto a mirar mientras entraba el frío y no había luz en ningún sitio.
Poco después ha venido el médico y me ha dicho que había leído mi obra. (Yo había presentado mis escritos en la entrada tras mi primer ingreso y, aunque había olvidado lo que puse en ellos, sí recuerdo que los consideré necesarios para una condecoración por parte del gremio de la psiquiatría cuando abandonase ese maravilloso establo).
¿Y bien? Ha dicho que, antes de hablar sobre eso, tendrían que tratarme.

Amo a Borges, pensé mientras me ponían unas pinzas en la picha. Oí entonces las palabras "Controlar el nervio". (Anotaciones en cuadernos, diciembre 1998).

Me reconozco sedado aproximadamente cuatro noches después. Tengo unos calzoncillos que me quedan grandes, al igual que una bata de médico. Arriba, a tres metros del suelo, hay una ventanita en la que figuro la luz de una tarde, esa lucecita basta para justificar la existencia. Imagino que estoy en el parque, al lado del colegio, jugando con mis amigos, pero el tratamiento me impide visionar esos recuerdos. Además noto que mi aparato locomotor se encuentra muy afectado. Yo, que amé, no tengo cara. (Anotaciones en cuadernos, febrero 1999).

Unos días después me llevo de maravilla con la señora que reparte los medicamentos. Ella se sienta a mi lado. Es una mujer muy gorda que habla despacio. Echa las gotas de haloperidol enfrente de mí y yo las cuento con ella. Un soldado, dos soldados, tres soldados, y así hasta cien soldados. Luego echa las pastillas para los efectos secundarios y las muele y remueve. Y yo lo tomo. Sabe malísimo, le digo con una sonrisa de tres años. Creo que le caigo fenomenal. Me acaricia el pelo y me dice que, mañana, no se me olvide asearme.
El día después, tras desayunar cinco galletas, vi al médico que se había leído mi obra.
Señor, dije, me alegra verle de nuevo. Reconozco que los escritos mostrados son inconexos. No me dio tiempo a ordenarlos.
La estructura me parece bien, dijo, así como los siete primeros narradores. Las imágenes están bien y, sin duda, lo mejor es que, si algo tiene de bueno este texto, es que no le corregiría ni una coma. El asunto de la ruptura, sin embargo, me parece tan intolerable como el dinero que gasta el personaje Bobby en la página 79 ¿De dónde lo saca? Bien, le pondré un siete y, si lo desea, le privaré de cuatro cribas en nuestro premio literario. Efectivamente, me encanta su poesía, joven. Regrese otra vez mañana. Respecto al tratamiento y eso, me dicen que tu comportamiento es bueno en líneas generales. ¿Me permites una observación? Límpiate más veces con el babero en las horas de comida, a veces se te ensucian los labios sin que tú te des cuenta y eso, aunque a ti no te lo parezca, causa demasiada mala impresión, sobre todo cuando hay visitas.

En uno de los días de las visitas posé desnudo. Me hizo mucha ilusión. Unos niños pobres se acercaron a pintarme en sus libretas con rotuladores. Les conté el chiste de uno de Lepe que no tenía calefacción. Pero no se rieron.
Me miré mi ridícula picha. No podía hacer nada con ella excepto evitar las risitas de esos enfermos niños pobres.

Mi madre regresó una semana y pico después y me llevó con ella de la mano. Paseamos por Madrid y entramos en una librería donde me compró un tebeo. Reímos y, por la tarde, comimos tortitas con nata en el Corte Ingles. Me dijo que había hablado con unos señores que le dijeron que me estaba portando muy bien, que siguiera así. Yo me medí las pulsaciones en ese momento. Luego le dije que era un juego y me sonrió y dijo que, cuando saliera, me compraría una bici nueva para que saliese de vez en cuando por el monte.
Había hecho amistad con un niño que decía que me salían rayos. Al día siguiente hablamos durante la comida. Le dije que mi madre me sacó el día anterior y todo eso y le pregunté dónde había que cortar exactamente para matarse. Me dijo que en el cuello, cerca de donde terminaba la oreja iba bien, que lo había leído en una revista.

Me dieron el alta pocos días después. Mi madre había comprado una casa en un pueblo y allí estaría cuidado por una monjita, dijo.
Era febrero, más o menos. En el cuaderno de notas no pone casi nada relevante, la verdad.
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domingo

España, by Allen Ginsberg

A Lawrence Ferlinghetti,

España,
España, I´ve given you all and now I´m nothing…
Éramos casi pobres, luego, cuando cambiamos, nuestros amigos dijeron de nosotros: Es clase media alta y entonces yo conocí tus negros ojos. En mi boca eran dos aceitunas deshaciéndose mientras pensaba si tu cabello era el mismo o no después de la muerte de Paquirri. Tú estabas muy contenta. Me preguntaste si tenía novia.
España, las aulas, tú, bailando alrededor de tus huesos de jovencito donde se adivinaban las palabras OTAN NO en graffiti negro. El negro que vivía en el quinto. Pues es muy listo, decían los porteros. España ponía un condón en el medio de la plaza y todos los hermanos se agarraban las manos en su torno y cantaban canciones de Perales (Que canten los niños).
España, una tarde de domingo, encendiendo cigarrillos rotos.
España, Felipe González, queremos un hijo tuyo, ellos, los semáforos, representaban Europa.
España, las novelas del Coyote se han vuelto amarillas en un mismo trastero. Funcionan todos los juegos de llaves en esa cerradura y nadie ha ido a cogerlos.
España, aprendiz de jeques. Hay un Godoy en el pelo apenas existente de cada amigo fiel de un político. Una cicatriz de tildes en la biblioteca de nuestro pobre barrio.
España ve Broadwalk Empire sentado en un sofá nórdico. Canta España, y cada rizo de Bisbal es un festín donde se abrían los corazones y corrían los vinos.
España, Aluche, calle Illescas, las zapaterías gobernaban dentro de cada casa. Los niños, a la entrada, dejábamos nuestras cacas de artículos de broma. Nos las había comprado nuestra tía soltera, por Navidades, en la Plaza Mayor.
España, el jefe del patio era un niño agresivo a quien yo había roto la camisa de fuerza.
España, sólo son gitanitos con gracia. En tu nuevo gobierno he encontrado el mejor asiento para sentar mi culo de marica.
España con cuatro años imaginando guerras en unos submarinos made in Julio Verne.
España, en Lavapiés soy amigo de los hindúes. Cuando me ven agachan leve la cabeza y dicen: será maricón. Y yo como kebabs caliente. El mantel de la tienda es idéntico al de la cocina de mis padres.
España, el cementerio. Encuentro las letras en un nicho y luego camino andando hacia la casa de mi tía, a ver si ha hecho cocido o si alguien ha empezado ya el lomo.
España, comprar pan en el carrefour. Ir a la ferretería y decirle al tendero cuál es el número de la tuerca de mi cama.
España, llama víctima a todo dios, en nombre de acallar el crimen que sale en la tele. Algo hemos ganado. Abro el periódico y leo que el presidente las está pasando putas.
España ¿Cuántas lágrimas son capaces de cargarse una tarjeta metálica?
España, maricón.
España, la cura del cáncer.
España...
Una vez estaba en una carretera de España, le dije a mi padre que parase el coche y tomé una fotografía de La mujer muerta.
España, una vez me encontré a Gallardón, acompañado de dos armarios, en una tienda de pilas y le sonreí y me miró sonriendo.
España, Tejero dibuja paisajes.
España, amor, putas y mus. No hay ninguna entrada disponible para el derby.
No, no, en este verso no se me ocurre nada.
España, cuando digo a mis amigos artistas que soy fascista, ríen, como si dijera algo lo bastante gracioso.
Algunas veces he ido a un hotel de España y les he oído follar toda la noche. Yo ni siquiera encontraba fuerzas para encender un cigarro.
España, hoy he visto piojos en la cabeza de una niña hermosa, muy bien vestida y sonriente. Corrían de un lado a otro, mientras tú seguías bailando alrededor de tus huesos y tu piel, y tu cabeza era el adorno de una señora que sale en la próxima novela de mi amigo ese que escribe novelas.
España, llegué a casa y me aseguré de no haber tropezado con la misma piedra en la que ponía Welcome.
España, thank you, te sacaste la pija e hiciste pis a mi lado en los baños del colegio mientras en el patio jugaban esos idiotas a ver qué chapa llegaba antes a la meta.
España, sólo le he ocultado mi suicidio a aquellos a quien me dieron la vida. Mamá me ha dicho que hay sopa aún del mediodía y no he podido añadir nada más.
España, me duele esto y lo otro.
(bis), me moriré hoy.
España, no estoy seguro de haber celebrado dignamente tu último cumpleaños.
España, eres un bebé cerca de un gato enfadado.
España, eres gilipollas.
No tengo más palabras. Estoy muy feliz.
España, déjame volver a la tienda de electrodomésticos. Sigo escondido en el sótano el día en que rompí sin querer uno de los cristales. Yo no quería. Amén. Mi abuelo les invitó un día a comer y luego ya no me acuerdo.

A. G.
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jueves

Por un puñado de firmas

Era mediados de abril en el lejano oeste, llegué a caballo a la reserva india acompañado de mis seis colegas, todos ellos escritores. Llevábamos libros y revólveres por si acaso, y dos rifles. Por supuesto que nos hubieran hecho falta. Los hermanos indios lanzaron sus primeras flechas al aire en señal de advertencia. Luego salieron unos cuantos de entre unos matojos. Uno de mis compañeros, exnovelista, hirió a uno en un brazo. Comprendieron que la guerra estaba servida cuando saqué mi rifle y maté a mi colega primero, y luego a los otros cinco. Los indios lo fliparon. Entonces dije: Vengo en son de paz. Me bajé del caballo y rematé a Alejandro Gándara con un tiro en la cabeza, pero seguía hablando. Los indios me miraban perplejos. Al final se murió el muy hijoputa. Uno de los indios, que hablaba español me dijo, este otro vivo también. Sólo le había dado en el brazo, joder, me dije, Constantino Bértolo y su puto afán de protagonismo. Sus últimas palabras fueron: Los medios de administración y de gobierno sólo tienen el interés de lavar vuestras cabelleras. Luego su cabeza volvió a caer del caballo. Por si acaso le di otro par de tiros en el culo. Los indios aplaudieron. Yo dije: He oído que indios hay mucho ¿Vosotros qué tipo de indios sois? Uno dijo: Navajos. Bien, dije, me encantáis los navajos. He venido a traeros regalos. Llevadme ante vuestro jefe.
Dicho y hecho.
Hola, os cambio el último de Rafael Reig por una india buenorra, le dije al jefe. Que sí coño, añadí, mira, se llama Todo está perdonado y lo edita TusQuets, es un premio además e incluye camiseta de la peña Rot.
El puto jefe, tanto jefe y tanta ostia y no entendía mi idioma. Dije: poned otro jefe o me cargo al traductor. Y pusieron otro jefe. ¡Coño! Le dije ¿Tú no eres Pote Huerta? ¡Lo último que me dijeron de ti es que te habías ido a Lugo a pintar y llevar vida de bohemio por las esquinas! ¡Dame una cerveza y saca la guitarra, coño! Mira, traigo el último Orejudo, el de Lector-Malherido, el de Aparicio-Belmonte y uno de Lezama Lima. Aquí hay literatura para aburrir, jefe. Hasta el último Pynchon traigo. Mira, los libros del futuro, fui pasando lo que llevaba y recitando: “Me sé de memoria tu número de teléfono” de Espido Freire, “Mar de Azúcar” de Juan Carlos Mestre, “El regreso asesino de las pilas Alcalina” de Agustín Fdez Mallo, la autobiografía de Bojan editada por Península, las memorias de Arturo Pérez-Reverte “La patria y el sudor de polla”, “Camisa blanca de mi esperanza” de Dragó y “Bajo la flor de loto recordé el pasadizo” de Jesús Ferrero. Hay que culturizar este puto pueblo, que sólo sabe vivir de cuatro gallinejas podridas, dije mientras maté a una de ellas de un certero disparo.
Oye, que yo no me llamo Pote, dijo ese tarado de repente.
Tú eres Pote, dije.
Que no, dijo.
¿A ver, aquí quién manda? Dije. Se encogió de hombros, así que le dije que buscase una guitarra y me tocase el Pote´s blues. Coño, añadí. ¿Queréis los libros o no?
Los indios me miraban fijamente y creo que no sabían qué hacer. Dudé por primera vez, lo que usó uno de ellos para hacerme una pregunta directa: ¿Tú quién fucking eres?
Me encendí un Marlboro y estuve a punto de decir que era el jefe de.... no me acordaba del nombre, al final improvisé, el Club Kafka de Aravaca. Joder, maticé, Kafka, La transformación, efectivamente, en detrimento de La metamorfosis. Ah! Dijeron. Pues claro, ostias, dije. He venido a traeros unos putos libros, joder, para que leáis un poco, coño, como hace la gente culta de España y América. América del Norte, dije, ostias, que os habíais quedado emparanoiados. ¡Norteamérica! No estoy hablando de panchitos de mierda ni abuelitas con una dentadura hecha con la corteza de un beicon churruscado en la sartén, you know? Dije.
Asintieron.
Por fin, dije.
Y luego añadí: La literatura, señores.
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Carta a un músico

El grito con el cual comienza su sonata es tan desolador que me he permitido estremecerme. Luego he escuchado un poco del resto de la obra que, en mi opinión -mísera-, es intrascendente.

Mi papá era pastor a los cuatro años. Su padre, Teodoro Masa, le dijo que, si venían los lobos, se hiciese un hueco en medio del rebaño y se sentase tapándose la cabeza con los brazos.

Nací a los siete meses y pesé un kilo. Todos los médicos coincidieron en que no viviría. Lo sé porque me lo han dicho mis padres. Antes, tenía dos tías melindrosas que me daban caramelos de café con leche y me llamaban El resucitado, pero ya se han muerto. Yo sigo aquí, en pijama.

Me gusta la Pepsicola. El martes, que fue mi 34 cumpleaños, me lo pasé muy bien. Madrid es un escaparate de estiércol.

Este curso, debido a que me negaron mi actividad en la última semana, volví a apuntarme a la universidad, pero regresé a mi casa porque apenas iba. Los alumnos tomaban apuntes en las clases de literatura y se callaban cuando yo se lo pedía. Los profesores, al contrario que los demás animales y minerales del lugar, me abrían las ganas de follar, al igual que en los colegios en los que estuve y las otras universidades compuestas, creo recordar, de artes y sociología.

Ayer hice zapping, vi lo último de Japón, luego fútbol, en otra cadena había una serie española y en otra no me acuerdo. Luego fui al servicio y me pesé. Este último año estoy engordando mucho, no hay duda. Deben ser las hormonas.

Inicié esta entrada para explicarle mi sonrojo hacia el primer minuto de su sonata, pero creo que me estoy yendo por los Cerros de Úbeda. Sepa ya mismo que me importa un pepino. Además usted sabe que no soy músico y que me da igual todo lo relacionado con esos asuntos.
Cuando era joven a veces me gastaba las propinas en música. Considero vergonzoso hablar de esto.

Asistí en octubre o noviembre o diciembre a una conferencia de la universidad y tuve que conformarme con la primera fila, lugar donde todas las sillas se encontraban ocupadas por egregios, todos viejales y gafotas, dos de ellos, observé, con pajarita, muy graciosos.
Todo el mundo aplaudía cuando yo participé. Aceptaron un gracejo mío y, en ese par de segundos, aproveché para hablar acerca de la literatura francesa de los años setenta y los americanos y, por lo tanto, al final, de la española y el ketchup Heinze. Luego, en una elipsis, redacté un tratado sobre la situación actual de las editoriales que conocía debido a los licores y a la farlopa.
Cerré con las últimas estadísticas que había leído sobre la situación de la cocaína en España y opiné que me parecía aberrante. La gente, incluidos los egregios, estalló en aplausos, tanto que dudé si levantarme de mi postura en la silla y hacer una reverencia. No obstante, el evento no finalizó con mi intervención (la intervención, esa actitud que sólo recordaba de cuando yo era borracho), uno de los señores con pajarita aprovechó mi introducción y enfado hacia todo lo denominado como España y elogió a los grandes traductores que se me había olvidado nombrar. Era justo. Me encontré nervioso y supe que no iba a intervenir de nuevo, además me entraron ganas de hacer pis y hubiera sido considerado feo que hubiese abandonado la sala cuando se encontraban debatiendo sobre un tema abierto por mí. Fue agradecido porque se leía de mis palabras que las guerras burguesas de los simpáticos y cultos ratones medio seniles no nos interesaban a los niños y yo lo había dicho y luego me había callado como si tal cosa y tenía hambre y pis y además ese día había elegido como indumentaria mi chándal, que estaba un poco roído.
Algo fallaba además. Yo no podía criticarles a ellos y así lo entendieron. Yo hablaba del estilo del Yo, España y el mundo, que es de lo que quieren todo el rato hablar los cultitos, entre otros. Ya no me acuerdo. En artes también tuve un lío con un ponente, joven e inculto chicuelo de los graffitis. El profesor Enrique Perela se descojonaba mientras yo decía y apagaba colillas en la alfombra de la sala.

Y luego me vinieron más brotes psicóticos y tuve que ser bueno y se reían de mi idiotez basada en el tratamiento y yo, luego, volvía a recordarlo todo como si hubiese sido la primera vez en mi vida que lo experimentaba, en calzoncillos, rodeado de remolques y un niño diciendo: Mira la sucia rata cómo se caga.

PD: No tengo nada más que añadir por hoy, me encanta su disco en general, la verdad.
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lunes

La tripita suya

Por favor, abre la boca. Estoy a punto de llegar a casa. Los grajos vinieron hacia mí y picotearon mi cabeza hasta que consiguieron encontrar a la lombriz. Y luego estaba el aire que se movía todo el rato como un insolente correveidile. Me despistaba porque podía oírlo susurrarme mientras la lombriz se metía más y más adentro. Esto es España, bonita mía, coge el teléfono, por favor. Hay otros tres reactores jodidos en Japón. Estaba con ella viendo The Host en el cine y, antes de entrar, recuerdo que me dijo que todavía estábamos a tiempo de comprar unas palomitas.

No me hagas caso, amor. Me he limpiado el ano con aquella fotografía donde salíamos sonriendo a la entrada del parque de atracciones. Los artistas como él son gente que va a lo suyo. Bueno, pero hay que comer todos los días y esas cosas, y los médicos particulares están subidos a la parra. Yo entonces era un niño dentro de la ducha los domingos y sabía que iría al cielo junto con las sillas y los baúles rotos.
Mamá, reconoce que esas fotos hoy ¿Qué pintan?
Los escritos autobiográficos de Leopold von Sacher-Masoch me aburren indefinidamente. Nunca he ido a un balneario. Sobre el tejado de su casa un viejo, en la televisión, tan sólo tenía sus muy escuálidos brazos para remar. Estoy deseando que llegue mi cumpleaños para empezar a abrir ratones.

La panadera me ha preguntado qué tal el día y he dicho que bien y la he preguntado por cómo iba todo por ahí y me ha dicho que aquí lo mismo de siempre y luego me he ido sin hacer ningún chiste esta vez ni nada.

Ayúdame. Me han dicho que tengo que cuidar las voces de un niño que se ha caído por un pozo en 1985, recogerlas y ponerme a llenar los platos con ellas y, aunque antes de ponernos a comer, bendeciremos la mesa, hoy he presentido que no va a ser nuestro día. Soy tú, yo, mis padres, mi tía Pepita y todos los anónimos de internet. ¿Por qué, si todavía no he querido despertarme? He vuelto a contactar con los granjeros. No sé si te lo he dicho ya. Ella dice que, a pesar de todo, no le caigo mal, que por eso coge el teléfono. Si queréis podéis buscarme en un café maloliente de Segovia o Madrid. Si abrís esas puertas al fondo de la barra estaré yo levantando un vaso de whisky caliente ¡A san Antonio bendito apenas le brilla la calva en la postal de doña Petra!

Por favor, ven, niña demente de 16 años. En lugar de un corazón sólo oigo un ronroneo de buitres. Dime qué hago. Ayúdame, anda. Báñame de nuevo en las lagunas de mi cerebro, aunque no tengas ganas, porfi. No me voy a enfadar nunca o algo así. Da igual. Entiérrate con una sonrisa. La dignidad es un juego de malabares cada vez más escondido y yo no he vuelto a entrar en la casa del pueblo desde que murió nuestra abuela. Aún no estoy borracho. La verdad es que no lo entiendo. Debe haber sido magia Borrás.

Yo abría ratones con un palo en las eras y Jesús y Davisín decían que qué asco sólo del olor. Hoy ellos tienen sus hijos. ¡Pero a mí no se me perdona!
He de amar a un peñusco. Peleo con él a solas en esta habitación llena de órdenes alfabéticos y polvo.
Cuando regrese mi hermana, sólo entonces, sabréis que todo era tan distinto. Pero yo entiendo que sean felices, tía, y me alegra que se rían con esos chistes tan cachondos. Luego me reprocháis a mí que no haya sido lo suficientemente buen anfitrión y que diga mis preguntas a las paredes. Ya lo tomo como una postura típica, y eso que el cerebro no tiene esas posturas. Bueno, pues un chichinabo tras otro. Ya lo he dicho, Teseo, amor mío. Toda duda es una termita.
Estoy cansado, pero todavía hay que estar limpio para mañana y muy atento a las partituras de nuestras amas de llaves y eso.
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domingo

Lady in Satin

Las palabras son un juguete cansado del niño que lo choca contra los demás coches rotos.
Yo, en mi infancia, tenía corazón y una tortuguita que se llamaba Claudia, a la que maté sin querer un verano.
Comprendí los cagaleros del barrio como reversos de una luna clara en un cielo, sin nubes, colmado de botones. Parecía un traje de torero. Yo quería ser torero y mi abuelo Nicolás me compró el traje. Sólo un poco después quise ser Curro Jiménez y después asesino chuleta.
El cagalero era el agujero negro que, se intuía, dominaría la tierra entera, empezando por el cole y las vacaciones con libros de esos de ejercicios para no descuidar la mente con otras brutalidades.
La mente era el intento de desmodelar ese monstruo con su propia plastilina. María va a pensar que estoy loco. Hasta le he contado lo de las cámaras ocultas.
Mañana o pasado será mi cumpleaños. Estoy muy contento. Una gitana que, debido a mi barba rala, rota y larga y mi escualidez, me dijo que sería, como Jesús, muerto a los 33. Voy a saltar. Me río. Una iluminación es un juguete también, como mirar las estrellas que se caen los veranos en la piscina del pueblo.
En Brunete la policía ya me ama. Les llaman cuando me ven. Si no me interesa estar borracho no salgo y ya está. Aquí se está tan calentito.
Hoy he visto una foto de Isadora. Tiene el pelo rubio y liso y una nariz chiquita de ratón.
Las cortinas, que corro y descorro, son un ataúd fácil. Ricardo corazón de León está pidiendo auxilio en el parqué de mi habitación. El pobre gorrión confunde con urracas a sus propios latidos, que copia de mí porque cree que así escapa de sí mismo.
Antes de la locura me llevaron a un psicólogo que me mandó escribir poemas. Menudo bastardo, se quería adelantar a mi canonización. Entonces escribí:
Mi cabeza es un cuco en el nido inexistente de lo que acabas de apuntar. Y: Amo a los becerros de oro que cago en las mañanas donde el sol es el ahorcado perfecto de este cielo. Y: Hachas, voy a matar y luego defecaré su paz en forma de hospital.
Ese psicólogo dijo que yo era, no obstante, drogadicto sin más. He ahí mis errores, dijo. Y se lo contó a mamá, que lloró.
Pero, olvidada ya mi adicción a escribir proyectos literarios, he vuelto y, ahora, por este orden: fumaré un cigarrillo marca Ducados Rubio, me afeitaré la barba, hablaré con el loro y, antes de dormir, seré una nutria que ha aprendido a decir que quiere más leche con los ojos.

(Bien. Allright. He puesto flores en una lata. Ya no hay caramelos en el cajón secreto de la abuela. No hay tiempo que salvar. En la charca que no existe chapotea una radio.
Hoy es domingo y nunca hay nada que perder salvo el propio domingo. Luego echarán una buena y ¡mañana nos despertaremos sonriendo como siempre y nos dirigiremos juntos camino de nuestro desayuno de los campeones!)
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Partir salchichón en la cocina y chorizo

Yo había tenido por primera vez en mi vida un sueño reparador y ya estaba curado de todas mis adicciones. Se lo dije a mamá, que se alegró de verme saltando como un loco desquiciado por el pasillo de las manos de los cadáveres.
Había sido mucho tiempo de contemplar el sol ciego de mi pequeño pueblo hecho de niños como yo y, los domingos, piruletas y gominolas rancias.

Recuerdo la primera vez en la que, debajo de una farola, probé junto con mis amigos el atún Calvo.
Mientras yo estaba castigado en el pasillo de la clase de 4º de EGB debido a mis soeces bromas que incluían la simulación de una pichurra inmensa, mi abuelo, atado a una máquina de oxígeno, respiraba sus últimas palabras alrededor de sus hijos y mi abuela, en mi casa del barrio durante un lluvioso 13 de enero de 1987.

Dos meses antes, Nicolás Velasco llegó a casa de tomar un vino con su médico, que le dijo que le quedaba muy poco para morirse. En casa estábamos comiendo sopa de fideos. Yo temblé, me acuerdo, porque tenía mucho frío.

En el colegio de Pergentino, si no estabas castigado, te seleccionaban para cantar la canción junto con José Luis Perales en el Un, dos, tres. La niña Leonor fue. Yo sufría y el dolor de mi frente se intensificó luego, cuando Manolo del 5º -hoy muerto-, me contó, dándome un abrazo, que mi abuelo se había muerto. Lloré largo y alto y, más tarde, mi familia diría de mí que había sido todo un hombre.

Los niños de las anginas, en el pueblo, me habían perseguido. Yo me escondía en remolques viejos con trigo sobre el que meé y sobrevivía, poco a poco, como Rambo.
Mi tía Pepita me regaló otro libro de aventuras y volví al colegio para enseñárselo a mis colegas. La masturbación fue, el primero es el nacimiento, mi segundo contacto con la muerte, he pensado. Les dije a mis amigos que eso no era una gran idea y me aprendí El credo hasta la mitad. A mi abuelo le pedí que me ayudara desde el cielo a ganarles a todos al fútbol.

El demonio ya era entonces una decisión más, como las lentejas y la tele y subir al techo del colegio. A veces se colaba el balón y también en el descampado de abajo, donde estaban los gitanos homosexuales. Yo era Alberto El loco, por fin y mis amigos gritaban mi nombre cuando pegaba a los mierdas hasta dejarles secos. Pero luego me arrepentí y fui bueno otra vez. Muy muy bueno. Hasta me reclutaron los curas de la parroquia y me dieron premios. Mi inocencia fue un vaso y, una vez que nos dejaron a solas en el monasterio, una niña mayor con rizos me dio un abrazo porque decía que tenía miedo haciendo fuerza hasta restregarse el escurridero con mi cabeza, aunque yo hice que no me había enterado y la dije que no tuviese más miedo. Todos los demás se habían ido a andar con las mochilas, pero yo estaba malo ese año. Era una iglesia con mucha luz y me gustaba ir allí cuando no había nadie a pedir por mi abuelo. Había también una órden que se hacía llamar Los esclavos de María y que cantaban por la noche. Las linternas eran una apertura al más allá y los niños me decían que contase aventuras antes de dormirnos. Éramos putas sin cabeza y la vida siguió teniendo sentido.
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La flor de Estambul

A McDonalds, con amor.

El sol es mi amigo. Cuando los ratones no están llueve orín. Mi padre es la única persona que me entiende cuando junto las dos frases anteriores a esta.
Las máscaras, de quienes aborrece tanto el demonio en la obra de Alfredo Rodríguez, son una tienda de chuches para el alma, que siempre ha sido una experiencia de tipo psicológico que se puede regalar a un niño que ande jugando al balón por el parque cuando no miran sus padres.
Soy el señor de la gabardina gris. He dicho, dijo ella.
A mí me da igual lo que digan. Total, mi suicidio no llevado a cabo es el más espectacular de este planeta.
He de celebrar mi cumpleaños, pensé, mientras en la pantalla ladeaban un muerto de entre los escombros de Sendai con el palo de una escoba.
Ayer por la noche echaron una de Jean Claude Van Damme, mi ídolo después de papá.

Ella es tan hermosa, hasta lo dije en el anterior post. En una de las sobremesas me encargué de limpiar las migas de la mesa de la cocina y allí estaba ella intentando esconderse bajo la cáscara de un plátano. La atraje para mí y metí en la boca junto con el pelotón de migas de pan recogidas, y la cáscara de plátano, me dije, ya la tiraré a la basura en otro momento porque, en aquel, me daba pereza.
He regresado a mi habitación tras contactar con mis amigos los granjeros. Mi tío, mientras, me avisa si sale algo de cables. Son una boa esos malditos cables y nuestro trabajo consiste en concederles un veneno, pero uno de mis compañeros siempre está follando y hablando y follando y hablando. Es una maldición. Yo, en esos momentos, sólo quiero llegar a casa junto con papá, que es el único que me comprende. A mis hermanos, sin embargo, les parezco una persona horrible. Yo les imito también, cuando me equivoco, y me pego fuerte, así, como si dentro de los muebles que rompo con la cabeza estuviera guardada mi culpa, junto a las galletas y el pan de ajo.

Hoy, al regresar, he evitado el espejo de la entrada. He saludado a mis padres, que me han dicho que había pescado, así que me he preparado un plato y he dicho que lo comería después de escribir mi tesis doctoral. He introducido a Feyerabend con las últimas cartas de Artaud a Jean Paulhan. Al principio pensé que me saldría un gran trabajo y que lo publicaría Península, pero luego lo fui dejando y, cuando lo rescaté, pensé que lo mejor era eliminar todas las comas y firmarlo como la obra de un ordenador sólo un poquito posterior a los primeros Spectrum.

Después de la quinta orgía, el emperador, visiblemente aburrido y empapado de basura hasta las mismas meninges, ha llamado por teléfono a su tía Pepita para que le pidiese hora en el dentista.
A mí me ha dicho que gracias a mí comprende que mi blog tenga de nombre La semejante criatura. Reía después de deformar su cara. Era tan salao el pobre cerdo.
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sábado

Jesucristo superstar

Sin dedicar porque luego no los entienden. Bueno sí, al bitter kas y a la cocacola


Sólo el sol, ese pobre esquizofrénico, sabe, más o menos, quiénes somos mi hermanita y yo.
Del post anterior cambiaría de nuevo la palabra no-nacido porque la verdad es sólo un estómago.
Mamá dice que le gusta lo que escribo, que he hecho muchos progresos y que, más tarde o más temprano, cree que volverán a admitirme para hacer discursos en el sanatorio Esquerdo. También ha añadido que por Adeslas puedo ir quince días gratis al año. Mi alegría se ha hecho más joven al oír esas palabras. Yo, antes, sólo era el acompañante de mi loro en nuestra limpia cocina.
España es fenomenal y hay hasta blogs y redes sociales.
Hoy sábado me he sentado en la silla y he tomado café. Yo antes quería ser filósofo como mi hermanita pero ¡Qué gilipollez! Pensé al final.
Ella va a un trabajo normal y como esta semana que entra es mi cumpleaños me ha preguntado qué cosa me gustaría que me regalase.
He estado viendo lo de Japón en Informe Semanal.

No leo, no leo nada. Miento.
Mi amigo del colegio me ha dado un manuscrito para ver si me gustaba. Yo no sé las palabras que decirle. Es lo único que he leído este año. Bueno no, también leí una novela que ya no me acuerdo cómo se llama y que es de asesinatos.
Antes de las doce de la noche le voy a llamar porque hay sitios donde te suicidan sin pagar.

Ella es tan hermosa como el pueblo de Pravia que este año no sé si podré ir con tía Pepa. Me he caído en un bar de ¿Cómo se llama? Avilés. Yo hablaba con un negro como si nada. Les dije a todos que yo era Alberto, de Segovia y lloré.
Los licores, eso es lo que no quiere mi familia para mí. Me lo han dicho.
Me se tiene prohibida la involución.

Creo que mi amigo del colegio escribe guay del Paraguay. Se lo tengo que decir cuando le llame antes de las doce de la noche.

Mi jefe de las letras tenía dos perros y a mí me parecía una descortesía no permitirles lamerme.
Creo que el sol y yo nos llevamos muy bien. También la he conocido a ella, que es distinta a todas las personas antes nombradas en mis escritos.
Los he estado guardando para clasificarlos un día que no tenga prisa. Es deprimente, claro.
Mi flor de las letras era el primer chino que conocí, llamado Juan Carlos Suñén (Huelva 1928). Tengo un libro suyo del que me ha hablado muy bien mi amigo inventado Guille, que es escritor, y hoy he pensado en abrirle pero al final mi madre me ha preguntado que por qué no me duchaba, ya que íbamos a tener visita a la tarde-noche. Mi desconcierto a partir de ahí ha ido de mal en peor.

Antes por lo menos tenía comentarios en mi blog, que es muy famoso en Nueva Orleáns según me han dicho.

Ya está. Ya sé lo que voy a hacer debido seguramente a una iluminación de esas. Lo voy a apuntar aquí para que no se me olvide, por orden: Partir salchichón para comerlo y darle un trozo al loro, escoger un disco al azar de música jazz... a mi amigo ya no le llamo hoy, eso va a ser casi seguro. No entiendo por qué la demás gente escribe. Qué pena que no haya sol para poder tumbarme a la bartola en el jardín de los secretos. Si sigo así, creo, voy a contactar con mi niño interior y, entonces, me dará igual que mi casa arda de pena.

Además va a seguir lloviendo en esta noche cucufata que me recuerda tanto a los poemas que he leído sin entenderlos jamás.

Hoy, por ejemplo, he imitado un verso: La noche se cayó un rayo en mi pueblo chorizo.

Ya no voy a escribir más versos nunca jamás porque me tienen envidia y me plagian, además de la vida, las letras, que son como escarcha.
Mi hermanita y mi madre rezan para que me salve. Allá ellas. Al final volverán a cotillear lo que ando escribiendo y hablarán de mí en el rincón. ¡Mierda!
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Yugurta

A Iria Mro

El mundo de las famitas distrae, convierte en una efigie varias letras que ya están en un siempre casi a salvo. En la existencia de las letras existe la nada o no existe nada. En su más logrado demérito disuelven el Yo que, por otro lado, está bien emplazado a mera distracción moderna. La llegada a la edad del Yo es una fiesta de termitas cuya razón de ser inaugura fundaciones de planetas. El cosmos reside en una cajetilla de Habanos. Es el camino del Yo el que aboga su disolución. El Otro es una efusión de las siete de la tarde. Hay un tipo en el bar siempre diciendo las mismas cosas. Alejado de la vida es fácil acercarse a la construcción de ese animal llamado, por ejemplo, Alfonso. Mis conversaciones, me dicen, salen en un libro. Un libro es el acabado de una tribu, por ejemplo, o una colmena en los casos abordados en este espacio. La inteligencia es una excusa de no-nacido. El suicidio, que inaugura y culmina toda filosofía, es el solo aplauso a una gacela. El resultado de un alquiler son las moscas que se cuelan en el orificio por donde salen las notas del trombón. Es casi igual a leer blogs. La otredad, una mera excusa, convierte a la imaginación en un policía interesado en la detención de sí mismo llevada a cabo por sí mismo. Pero hay una salvación a esa excusa, que es lo que se llama medio en las conferencias, impliquen el carácter que sea. El fin del negocio es una empatía sin interrupción, lo que, en tiempos anteriores, fue confundido por una finalización de la voluntad. Es la misma cosa en la medida en que representa un mismo medio. En ese mismo sentido la retransmisión de egos achacada a Gutenberg hoy funciona como la idea de panel. He de añadir una nota a pie en un blog que no incluye eso: Mi loro necesita de su salvación en caso de incendio de mi casa, que tiene vistas al cementerio de Brunete, lugar que, como los eventos de tipo literario, sólo me interesa como efeméride. Sabido es que lo efímero es la incalculable (en cuanto a precio) muestra de un error. 2º nota a pie: He convertido mi tristeza en una suerte de elegancia. La bondad es un pleonasmo de la tierra. Bajo la almohada de la cama que compartía en Aluche con mi tío -antes de casarse- había una pistola. Me encantaba rozarla con la cabeza al moverme. La casa es la imagen de una emoción. En el cementerio había mucha gente de mi edad. Me como helados junto a la puerta las veces que visito mi pueblo, llamado Valseca, donde se vive bien. (Estoy convirtiendo en esto mi trabajo sobre Blaise Pascal, no culminado, acaecido en 2000 para la facultad de Bellas Artes, que tampoco culminé). En mi de nuevo trabajo como cablista la realidad es escuchar los delirios de pene de un aficionado a las putas (carretera de Valencia). Sueño con volver a recorrer mataderos en el pueblo. Oigo los ahogados gritos de animales, pequeños cerdos que comen restos de tarta mientras les capan con un cutter. No recuerdo el aula de dibujo del colegio de las afueras. Las teclas son la cáscara de una ostra y, cerca, había un piano. Imaginé que iba junto a un Ella a llevarle a un cine para perros. Fantaseé. El amor es algo que aparece cuando tomas neurolépticos día a día. La hora de no ver-interpretar nada es entonces el amor, una especie de suspiro que funciona a intentos. Un intento es el modelado de una frustración en otra. Un buen ejemplo del medio son las redes sociales. Las redes sociales, en este sentido, funcionan como un proveedor de incienso. El personaje, creado como reciclo de cordura, crea, en su pluralidad, el excremento de una época olvidada en el momento en que existe como tal y donde uno está sentado más o menos tranquilo. Quiere decir también: A mí se me acercan los niños, me da igual eso de la razón. Tirar de la cadena es ya algo. En el demonio, que es el tema de fondo, nunca pasa nada obligatoriamente.
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viernes

Platón come plátanos

Sin quererlo (y apenas beberlo) me vi otra vez ingresado en un hospicio dedicado a la salud de la mente. Yo había experimentado de nuevo la bendición de la otredad y sabría que jamás volvería si mi vida fuese la vida normal de las personas normales que había conocido: trabajo de lleva y trae durante la semana, coca, peleas y putas sábados y viernes y partida y fútbol los domingos en el bar del barrio. Requería cada vez más información atestar la mente del otro contra su propio veneno, pensaba los otoños ante esos paisajes de árboles desnudándose y señoras que paseaban con el carrito de la compra. Mi estrategia se podría moderar una segunda vez. El alma, supe que está hecho de realidad (de politiqueo) y poco más o, como dijo Carlos Edmundo de Ory: Platón come plátanos.

Los chicos que llevaban navajas en el barrio se dividieron en abogados y pasteleros, los borrachos de mi pueblo eran ganaderos, yo iba para la nada y sabía que terminaría fumándola en uno de los rincones de estos hospitales donde salía y entraba al margen de los trabajos de mi padre, los rezos de mi abuela y la nueva furgoneta de mi vecina, a quien yo dedicaba mis siempre sabias erecciones.

Los hombres malvados son enemigos de los veraces, decía Heráclito. Pero ninguno encontraríamos verdad en esos sitios. Yo supe que nunca volvería cuando me encontré un médico más joven que yo. Mi verdad era siempre otra o, como mucho, lo que decía de su lucidez un Buda de esos, algo que había que verificar constantemente...

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jueves

Borrador de unas memorias mezcladas con basura donde nombro a escritores famosos

“Desde que se fosilizó, se cree un monumento” (Stanislaw Jerzy Lec)

La primera vez que vi un cerebro en una vitrina pensé “¿Así que una mierdecita como esa es la culpable de la serie Falcon Crest?”. En el colegio de Pergentino nos llevaban a ver, efectivamente, extrañezas de ese tipo, así salimos luego todos, claro, drogadictos perdidos. La vida es como es, ella tiene sus propias maneras, así que el lunes don Alfonso I, El monaguillo guitarrista, te sacaba a la pizarra para poder disfrutar de pegarte con la vara delante de todos los compañeros mientras pedías perdón por haber respondido que el Duero pasaba por Rivas Vaciamadrid, y el viernes de esa misma semana te encontrabas observando un cerebro de verdad en una vitrina en el museo de ciencias o el arqueológico o el otro. Nosotros, los alumnos del Liceo Caspilla, íbamos sacando nuestras conclusiones mientras las fechas de los exámenes sobre quién era Quevedo se nos venían encima, elaborábamos pequeñas teorías del caos que luego dibujábamos en los mismos pupitres donde otros ya habían empezado a trabajar esas mismas tesis. Lo nuestro era la filosofía postmoderna. Me pregunto si llegaría a salir algún filósofo de allí. Ideábamos pequeños trazos de colmena en las clases de teología de don Teodoro el Cafre que hubiera continuado el alumnado venidero si ese cielo de la infancia, ese Hotel Savoy situado en Aluche calle Seseña, hubiera seguido en pie y no convertido en una sucursal hoy apolillada. Fuimos los últimos pensadores del cuartel, el fin de una especie entonces apenas recién estrenada, esa edad de oro que eran los ochentas en dos patios con el suelo levantado a saber por qué terremoto donde cabía resaltar un bordillo en el que, si no nos había castigado la voluntad del dios que residía en las anormales voces de nuestros maduritos profes, solíamos jugar a las chapas. Perico, Fignon, Pino... en definitiva, los verdaderos representantes de la filosofía moderna. Subir el puerto en bicicleta era budismo donde hoy es Quimicefa. Eso, junto con el fútbol y las mujeres que salían en nuestras revistas de amor, nos distraía de nuestras nada importantes hazañas bélicas (lo que antes llamé El Pensamiento). Éramos los soldaditos que venían en sobres en la tienda de la señora tísica que vendía las gominolas duras, caducadas y con azúcar del que le sobraba a su marido, ese mostrenco, del café y que espolvoreaba por encima (lo sabemos porque se nos quedaba pegado a las manos y había trozos de dentadura). Los viernes, esos soldaditos de sobre, eran la santa Trinidad y el premio de la madre, en eso sólo cabía el misterio de que Tarzán era una figura más entre los alemanes negros de las bayonetas.

Cuando el Hotel Savoy cayó cada uno terminó levantando la verdadera bandera que representaría todas nuestras biografías juntas y ya casi ni nos vimos entre los colegas, los únicos que he conocido en mi vida. El resto ya se puede resumir como política sentimental o, como dicen los poetas, un niño muerto, el mal, el bien y su desflorada madre.
Herencias: Colegio de las afueras.
Vanidades: Escuela de artes y oficios.
Placeres: La enfermedad mental.
Mujer: La abuela muerta.
Mis padres: comiendo en la cocina.
Sueño: comprar un mandril.
Descendencia: ...
Estudios: El comercio.
Realidad: Valseca hace quince o veinte años. O treinta.
Lecturas recientes de autores españoles vivos que me gustan y me disgustan al mismo tiempo (recurso para acabar por si envío este post a la revista Culturamas): Por ejemplo, Trilogía de divos: Antonio Gala, Javier Marías (que ve extraterrestres) y Rafael Reig, con boina. Más cositas: Lucía Etxebarría y (cualquier cosa), Alberto Olmos y encontrársele por la calle andando sin rumbo, Luna Miguel y el camino hacia la virginidad perdida, Mercedes Cebrián y las medias de golfa a la que parece faltarle un hervor (la quiero amar así que es subjetivo, como si no hubiera dicho nada), Constantino Bértolo y el chihuahua ese que le acompaña y que también es escritor o escritora o del sexo que sea ese mejunje que echan los niños en las hamburguesas.
La verdad es que hay muy pocos que me gustan y la mayoría no existen.
Me gusta, por ejemplo, Alexadr Soljenitsin, aunque no vale porque está muerto, aunque sea español. Me gusta Fernandito, Nemesio, Paquillo, Laurita y, luego, más conocidos (otra vez la mierda esa de tener que incluir apellidos), Eloy Tizón, Luis Magrinyá, Manuel Fernández-Cuesta, Luna Roi, Cristóbal Serra y Juan Eduardo Zúñiga. Me gustan los poemas que hacen los chavalotes de la facultad y que luego van a leer en el bar del desnortado ese que se llama como los cigarrillos de menta.
En realidad me da igual porque el gusto, lo dijo Edmund Burke, es una gilipollez de modernillos.
Pero ya lo hemos superado todos y rezar en España mola.
Futuro: Yo antes era la ostia en vinagre.
Presente: Los comentarios de los blogs me parecen polleos innecesarios que están bien para gente que trabaja en cosas de estas, retratan, del lado que sea, una sociedad demasiado maravillosa (incluido el perfil Anónima, que también me lo ha hecho ver)
Gastos de la semana: Cervezas 20 eu, cigarros 60 eu, comida (eso lo lleva mi madre), pipas 1´35 eu, visitas a Toni y Javi 10 eu, teléfono (ya no, thanks).

Fin.

domingo

¡Qué guay, es domingo y echan una en antena 3!

Como estoy sin trabajar he ideado unos cuantos inventos para venderlos a las amas de casa. Hoy mi tía me ha invitado a comer arroz con chorizo así que he sacado a la calle el primero de ellos. Es un sombrero de esos de la cocacola que se la echas y puedes beberla desde un tubito y que pusieron de moda los norteamericanos. Este mío, de ahí lo revolucionario, va con whisky y es ideal para andar desde mi casa a casa de mi tía, que son 200 metros, sin que me entre la depresión y las ganas de irme a un circo a malvivir con mis amigos los monitos y los elefantes. También, para evitar la depresión, digo piropos a los desconocidos, incluidos los pajaritos y los árboles, que me encuentro por la calle. Hoy, por ejemplo, me he encontrado a una pareja de moritos alegres y novios y les he dicho que era una lástima que fueran moros porque eran tan guapos. Entonces él se ha puesto chuleta para contentar a su novia y le he dicho que mi tía me había invitado a comer y que no tenía ganas de jugar, pero que, si querían, a las cinco estaría libre y les invitaría a un yogurt. Yo es que, les he dicho, he oído que a los moracos os gusta mucho el yogurt y luego he empezado a notar que ella le sujetaba y la he dicho de muy buen rollo: joder, hay que ver cómo habéis prosperado las tías moras en la sociedad y he hecho una reverencia. ¿Puedo ser vuestro amigo? He vuelto a decirles, aunque les he advertido que ahora llevaba prisa porque mi tía me había invitado a arroz con chorizo. Les he dicho que, además, si llegaba tarde, corría el peligro de que mi tía, que era una glotona, se lo acabase y no me dejase nada, y he añadido: ni pan para mojar. No os vayáis, les he dicho. Él estaba perdiendo los nervios y le he dicho que yo iba a un médico muy bueno y le he dado la tarjeta a ella advirtiéndola que ahora, en España, no era como antes, cuando éramos gentuza y tratábamos fatal a los moros y a los negros. Yo, por ejemplo, les he dicho, tengo un montón de amigos moros y negros. Si queréis, cuando venga de comer, os enseño las fotos que me he hecho con ellos por el móvil porque yo, he añadido, desde navidades tengo un móvil que hace fotos. Eso eso, flipad con la tecnología, y se lo he enseñado mientras daba sorbos a mi sombrero del whisky. Ellos ya se encontraban tranquilos, que es como a mí me gustan los amigos, y miraban haciendo poco caso, pero yo les he enseñado las fotos con mis amigos negros y moros y les he dicho ¿Veis? Pero ellos ni caso. Joder, cómo de raros sois los colegas, les he dicho y también he pensado que esa actitud suya se debía a que fumaban muchos porros. Me he enfadado y dicho: no sé cómo vamos a terminar levantando este país, joder. Y he seguido el camino hacia casa de mi tía haciendo que echaran de menos que no les diese un beso ni nada al despedirme. Era mi venganza, por drogotas y vagos. Mientras seguía dando sorbos al whisky me hacía a la idea de que oía sus llantos. En mis imaginaciones esa pareja feliz de moros de mierda rezaba a Mahoma para que volviese su simpático nuevo amigo y les diese un cariñoso abrazo. Y, de repente, comprendí que me estaba convirtiendo en un franquista, así que volví mis pasos hacia el parque y les dije que me perdonaran, por favor. Entonces él se ha levantado, el muy desagradecido, y ha empezado a empujarme y a gritarme en su idioma mientras su novia miraba para otro lado. En el fondo él tenía razón. Yo he dicho que aceptasen mi billete de cinco euros, que era lo único que tenía y me he arrodillado y dicho que les comprendía, pues siempre yo había oído que los moros tenían la picha chiquitita y que seguramente eso era una leyenda urbana, así que he rezado a Dios y, cuando he terminado, le he dicho que por favor aceptasen los cinco euros, que me los había dado mi madre para que me bebiese una cocacola por el camino, pues la casa de mi tía está a 200 metros, les he explicado, es decir, lejísimos y mi madre no sabía que yo había inventado un aparato para beber whisky y que no me entrase la depresión por el camino. No había forma, así que me he ido dejando los cinco euros en el suelo y santiguándome de la oración que les había hecho a los moros en general, a todos los que habitaban la Tierra aunque ya no me acordaba de qué había pedido yo exactamente a Dios. Mi verdadero sueño, en realidad, pensé que podría ser que mi tía todavía estuviese esperándome con el arroz con chorizo que me había dicho que iban a comer, así que, me he dicho: corre, corre. Y he corrido hasta que he llegado a su puerta mientras notaba que algunas piedras caían al lado mío. Qué extraña forma de llover, pensé mientras mi tía me abría y me decía que por qué había tardado tanto. Yo la pregunté entonces que si ya se lo habían comido todo. Entonces ella empezó a carcajear y notó que yo empezaba a llorar y llorar, pero no nerviosamente sino sereno, como lloraría un verdadero intelectual ante la tumba de su madre. Mi pena era muy honda, debió notar mi tía. Luego me dijo que si quería un prozac y nos tomamos uno con un vaso de agua con limón y ya en familia. Y nada más, hace un rato volví a mi casa, pero ya no estaban mis amigos en el parque, he dado más sorbos al tubito del whisky y luego he llegado a mi casa pensando como lo haría un verdadero filósofo eso de: ¡Qué guay, es domingo y echan una en antena 3!