sábado

La alegría de cada casa

Me pusieron en un mesa con desconocidos en una boda a la que había asistido por compromiso (señoras). Una de las chicas, que estaba igual que todos, hizo de anfitrión y dijo que, para conocernos, dijéramos nuestros nombres o algo. La mayoría dijeron su nombre y a lo que se dedicaban. Yo también y, para provocar, dije que era licenciado. No tardó la anfitriona en ser una listilla y, con sonrisa medio floja, preguntó en qué. Dije que licenciado a secas. Me miraron raro aunque sonriendo. No eran mala gente. Lo siento dije, soy filósofo en realidad. Ah, pues es interesante, dijo un chico joven con greñas. Dije que los chinos eran mi especialidad y añadí que tenía 22 años. En realidad tenía treinta pero daba igual. El silencio, no obstante, permaneció a partir de ahí. Fue en los segundos platos cuando decidí romper el hielo y le dije a una señora que había dicho ser psicóloga: Oye, perdona, me he quedado pensando, yo soy bipolar ¿Me recomiendas alguna pastilla?

Yo, la verdad, no suelo hacer este tipo de cosas a no ser que presienta un malestar inspirado en mi natural odio a la humanidad que, no obstante, apenas se manifiesta. Por culpa de la boda me había gastado casi entero lo del mes y tendría que estar encerrado 25 días para recuperarlo. Odio el maldito vino y, naturalmente, no me satisfacía el que pusieron, pero comencé a beberlo. La señora dijo que la medicación no era su especialidad. No era mala tipa, aunque era fea, lo que, en ciertas circunstancias, es la misma cosa. Me dijo que, aún así, no era nada recomendable que bebiese.

Entonces pude notar cerca del pecho cómo mi odio empezaba a funcionar. Coloqué las manos debajo del mantel y las cerré con fuerza. Luego sonreí y dije: Me encanta cuando Ben Webster acompaña a Art Tatum. No arreglé nada y por primera vez noté que eso se me podía ir de las manos. Me miraban y se miraban entre sí. Se me ocurrió que me estaba sacrificando con mis disparates para unir al resto de gente de la mesa, pero era un papel lamentable. Dije que me perdonaran, por favor. Entendí que mi declaración de bipolar disculpase que a continuación explicase que se trataba de un disco que inspiraba serenidad si bien es cierto no podía evitar romperla introduciendo palabras. A continuación elogié la labor de los psicólogos, una disciplina que, aseguré, cada vez era más necesaria en este primer mundo. Sí, dijo un joven arquitecto que había sentado a mi lado y añadió: aunque yo también he oído lo de la bebida. Beber y la medicación para esos casos es completamente incompatible, dijo la doctora. Y dijeron que sí el resto de la mesa. Entonces dije que era verdad. Empezaron a entenderse entre sí. Por primera vez noté que mi tensión se relajaba. Vaya mierda, pensé, y volví a vaciar mi copa y a llenármela otra vez de vino. Qué bebida más buena, dije, yo creía que a mí no me gustaban estos líquidos. Debió de resultar algo para la gordita, que aún no había dicho nada, y que empezó a reír como una cerda. Esta risa de cerdita inspiró algunas risitas flojas. El chaval de 18 con greñas dijo que yo era un personaje, aunque, añadió, era un poco horrible. Supuse que se refería a la situación. Dije que, con todo el respeto, yo tampoco entendía nada.

Después la anfitriona que, naturalmente, era una lagarta dijo que había conocido a los novios en el camino de Santiago y lo bonito que era llegar a Santiago y ver el monte do gozo. Menuda mala puta, pensé para mis adentros mientras me terminaba la botella entera. Camarero, dije tendiendo la botella vacía, este vino es lamentable. Por favor traiga fanta naranja. ¿A ustedes les gusta la fanta? Dijo al resto de la mesa la idiota de la anfitriona. Pusieron caras, el resto, de no saber, salvo la gordita, que dijo que la encantaba. No, pensé, si al final me va a tocar hoy tener que acostarme con esa furcia. Yo, que sólo quería que me echaran a ostias de la boda sólo me encontraba con basura psicológica y juegos de egos de mierda. Necesitaba egos de verdad y ostias de verdad. De nada servía que hiciera más el subnormal. Me quedé callado y dejé que los chistes malos pasasen por mi cabeza.

El camarero entonces, no sé cuántos minutos después, dijo: carne o pescado. No me iba a callar. Esperé que todos pidieran e hice como si despertase de un sueño y dije que quería gambas al ajillo. No tenemos, dijo. Joder, vaya mierda, dije. Ahora sí notaba que mi tensión funcionaba, de nuevo, al fin. Dije que lo que quisiera y me vaciló y dije que sí. Lo estaban deseando esos cabrones, hasta la gordita. Por fin noté que el joven de 18 años tenía ganas de meterme una ostia. ¿Por qué no? Pensé. Empezaría a recibir y me quedaría quieto, sin quejarme, provocando que viniesen nuevas y mejores. Esos momentos gratificantes y efímeros. Con mi familia, con mis mejores amigos, sí, con las chicas, han venido a verme y yo me he quedado parado pensando en ella o en el paraíso o en no sé qué, como dije cuando, al principio de toda la tontería, en la mesa solté lo de Art Tatum y Ben Webster. Qué ganas tenía de merecerme escuchar esa puta obra musical, con la misma tensión, encerrado en mi pieza durante días enteros, esperando que llegase, por debajo de la puerta, una bandeja. La mesa continuó bien en mi olvido. Más tarde vino el novio y todos se levantaron a saludarle. Me dijo: es su momento, maestro, concédanos el honor.

Carlos, le dije, no estoy seguro de poder hacerlo. Por favor, dijo él, el escenario está listo. Estoy demasiado bebido, Carlos, dije. No nos haga esto, por favor, maestro, dijo él. De acuerdo, dije abandonando la tarta de nata y mango, y me dejé guiar por él, que me presentó en persona. A continuación me desnudé como buenamente pude. Los aplausos y aclamaciones, como de costumbre, al finalizar, no cesaron durante aproximadamente diez o quince minutos.
.

viernes

crucigramas

Las pastillas para dormir no me hacen nada. Las de despertar tampoco. A veces me levanto en la noche, enciendo una vela, cojo una cerveza y decido escribir. A veces consigo ser feliz así. No suelo escribir nada de la vida. Sólo empiezo a realizar un crucigrama y, mientras lo estoy haciendo, las respuestas empiezan a aparecer. A veces tengo que trabajar una o dos para que el rectángulo resultante tenga sentido, pero eso es todo. Publicarlo o no en algún sitio de internet es rellenar unas cuantas casillas con color negro.
Pienso en mis trabajos. Dibujante estaba bien, pero quería ser mejor. Repartir publicidad siempre me gustó, salvo la vez que me pidieron quedarme quieto en un sitio. Camarero me gustó, aunque lo fui muy poco. Luego no salí. Le conté a mi familia que me dolía el cerebro. Era un poco verdad. Me hice tantas pajas que debí de batir algún record raro y cuando se me pasó me dediqué a ver la televisión con mi abuela. Cablista era estar todo el rato con dos puteros recalcitrantes en un taller de 1910 mientras ordenaba cosas y cortaba y desliaba y no sé qué no sé cuántos. La granja escuela era lo mejor. Ayer llamé a Eduardo a ver si me podía dar trabajo y me dijo que me invitaba a comer la semana que viene. Es el mejor trabajo del mundo, cerca de niños, árboles y bestias. Mi compañera favorita de allí se quedó preñada pero me dijo que no me preocupase. Era muy maja. Ya no recuerdo su nombre. Ni a ella. Sólo que era rubia y su sonrisa. El trabajo de las letras era estar todo el rato cuidando los delirios de grandeza de una cover ruin de Alejandro Gándara. El día que devolví las llaves quise celebrarlo junto con mi novia, que trabajaba cerca pero, cuando llegué, la vi besándose con su compañero el que me había dicho otro día que era serbio y con quien yo había chocado los cinco. Dudé si acercarme a meterles una ostia, pero no sentía una gran fuerza, la verdad, ni una gran sorpresa ni había nada que me hiciese ser más fuerte que ellos, salvo desaparecer. Fui al bar y tomé un whisky y pensé que si empezaba a pedir varios seguidos entonces sería peor, lo que fuera que fuese y, después del segundo, recapacité mejor que después del primero y terminé emprendiendo el camino a mi casa. No recuerdo qué libro tenía en la mesita ni si hablé o no antes con mis padres. Me acosté temprano y a la mañana siguiente tenía una llamada perdida de aquella chica. Ni siquiera dios sabe lo bonito que sería para mí trabajar de nuevo en una granja escuela.
Los trabajos de versionista de traductores me debilitaban mucho el coco y me ponían nervioso. Necesitaba pasar por una tarada que intuía a Shklovski, por ejemplo, para irme a un contenido Gómez de la Serna y luego hilar priorizando el sentido y también abiertas las intuiciones del primer autor. Siempre quise estar en cosas literarias, siendo el peor de los trabajos. En el taller de las letras pedí correcciones de estilo y me dieron cribas. Aprobé los dos que mandó quien supuse un antiguo amor primero, el que decía la locura y traía el hospital y, también, la belleza de las cosas y la confraternidad con los todos los seres humanos de este mundo. Eran malísimos, aunque el primero tenía un puntillo. Por desgracia y con razón no pasaron una segunda criba. Lo mismo esperaba del segundo premio, no obstante, que estaba en la pole del top ten, en el que había otros cuatro cribados por mí. Supongo que se lo merecían, pero me da lo mismo.
Hoy he estado con mi amiga Maier. He pasado un gran día y adquirido una nueva versión de las confesiones de san Agustín al lado de un nuevo Terry Eagleton (Manuel Fdez-Cuesta). Lo he estado leyendo de regreso del autobús y es de los que a mí me gustan y entiendo. También he hablado con Jeny, que siempre tiene un gato que contar o resolver y hoy no la he dicho que la quería, pero la quería.
Soy feliz, creo. No sé. Más o menos, hay cosas que hacer, lugares en los que existir y nuevos brindis y decepciones. ¿Cuántos llevas? Me ha dicho mi Maier cuando ha llegado. Es el primero (Jameson) y el último. Y sí, ha sido el tercero, pero también el último. 31´15 euros de tarde + cena en barra.

lunes

Respuesta a su correo del día once

Estimado Sr. C:

Me he permitido publicar hoy, según la voy desarrollando, mi respuesta a su correo del pasado día once, en mi blog, que usted que, no obstante, siempre ha mostrado confiar en mi agradecimiento, bien conoce.
Cierra usted su carta con un bendito “El tedio siempre ha gobernado el cielo.” No seré yo quien juzgue eso. Usted ya sabe que en mí la locura acaeció pronto y con apenas necesidad de un pequeño hilo verde enhebrado a una aguja de cuya punta apenas sé y un juego de cinco relojes de plástico de los cuales, me dio tiempo a observar, uno estaba parado. También, como hoy comprendo normal, fui juzgado bastante pronto y, tras ello, salvo en mis pérdidas de control achacables a mi casi estimable relación con los licores, estoy acostumbrado a hablar en voz baja y apenas mirar a los lados, solamente, le confío, con la intención de asegurar la impresión de que mi vida se encuentra bajo seguro.

Bien es cierto que procuré mantenerme centrado y permití una especie de alegría ¿cómo decirle? Realización, venida de mis estudios, apenas interesados en descubrir el alma humana, la esencia de las cosas u otras maneras de definir esa frase de cierre suya, que he citado al principio de esta carta asegurando no iba a juzgar en absoluto.

Estoy tan contento de poder referirme a usted. Sé que esto no me disculpa de nada, pero sí es cierto. El día en que le conocí yo me encontraba entre el público interesado en el tema alcoholismo al que usted se dirigía, como le dije, con tanta mesura como diligencia. Comprendí que mi pregunta acerca de si existía el alcoholismo era una insolencia y callé. Yo había llegado a esos grupos con cierta ira preñada de autocompasión. Su acercamiento hacia mí me ha servido para aprender y, si bien tampoco maldiciendo los licores, a seguir mi camino, continuar mi búsqueda y no perder la esperanza.
Mis dibujos me ayudaron también en ese sentido, y así lo hicieron también mis letras, las mujeres, a quienes ya sólo veo como seres humanos, también me han ayudado y creo haber tenido incluso amistades. Sería muy injusto decir que me ha faltado alguien a quien abrazar, así como necesidades de otros de las que rehuir con paso lento e incluso seguro.
Le agradezco y doy mi enhorabuena por el libro que me ha hecho llegar. He leído sólo diez páginas, perdóneme, pero ya concibo el ritmo como trepidante y, conociendo al autor y su coqueteo constante con el engaño, estoy seguro que no flojeará en ningún momento. Además, en estos días de retiro, el tema me motiva mucho, aunque me he hecho a leer sólo de noche.

Figuro que volveré algún día y, cuando eso pase, le visitaré de inmediato, confío más bien pronto. Por lo demás, en lo que estoy aquí habrá comprobado que mi relación con internet es, si no se empeña algún raro, diaria. E incluso he tomado contacto con otras editoriales y ofrecido como, usted ría lo que guste, diseñador, y para ello he retomado estudios que aparté hace unos años, cuando la herencia de mi abuela me abrió paso entre nuestro conocido y absurdo submundo de la letra lleno de personas que, aunque empeñadas en la extrañeza, terminan, es mi versión y agradezco el respeto del que la mima, resultando desastrosamente aburridas.

No le justificaré más mi momento. He tenido la fortuna de que mi silencio no se prolongue mucho durante las mañanas y debiera estar feliz de ello. Contacto a menudo con mis amigas M. y J. Y me he mantenido al tanto de las producciones de nuestros comunes amigos, esos alienígenas, que cerraron ayer su compromiso con Just Madrid por todo lo alto. He quedado para la llegada de la primavera en Valseca con E. y con G. Y además estoy muy contento de la llegada próxima de mi cumpleaños que espero, si las condiciones se dan oportunas, celebrar con usted y los compañeros cuyas iniciales he incluido. El resto a lo mejor es tedio, como usted dice, pero tendremos tiempo de, aunque sea, brindar por ello.
.

viernes

Days

Me acerqué a la tumba de mi abuela. No había flores. Me senté. Dije cosas en voz alta. No había nadie. Llegado un momento supe que debería acercarme al metro. Lo hice. Estaba lleno de gente que hacía teatro. Yo había cogido a la belleza durmiendo y la había desfigurado con un cutter. Me puse los walkman. Tras matar a la bondad, quise, se apiadase de mí la gente buena. Mi cuerpo era capaz de abrirse como las puertas de un armario. Allí estaban mis órganos, en el momento en que la voz decía que el andén estaba un poco separado. No sabía en qué estación estaba. Salí y me metí en un bar. Tengo dos euros, dije, quisiera una cerveza fría. Me la sirvieron. Pedí un bolígrafo y estuve anotando en una servilleta los teléfonos de las personas de las cuales me acordaba. Eran tres. Me acordaba más de sus números que de sus nombres. Sus nombres, sí, me la traían floja. Yo sólo quería volver. Había sentado la voluntad en el sillín y pedaleaba a bordo de una ciclostatic. No quería, en realidad, volver. Era esta la cosa. Yo no sabía pero, sin embargo, di mi primer sorbo. La cerveza siempre está riquísima cuando está bien fría.
Hice la primera llamada y le pregunté quién era. Jeny, dije, te quiero. Ya no sabía qué más añadir. Ella me preguntó qué tal estaba. Dije que bien, apenas tenía dinero e iría a mi casa. Eso fue todo. Le dije que la quería también, pero no sé si lo oyó. La tarifa del teléfono la paga mi madre. Me estuve tocando un ojo hasta desenroscarlo. El tipo del bar me dijo que si quería otra cerveza que le diera también mi reloj y dije que sí. Se trataba de un pobre gilipollas. Le pedí un sacacorchos y me lo metí en la garganta. Rápidamente vi cómo el bar se iba llenando de paisanos que miraban mis formas y aplaudían. Tosí. Era tan deprimente que pedí un tenedor para extirparme los testículos. La gente, en su natural condición, no paraba de aplaudir. Empezaron a invitarme a vodkas. A mí el vodka me encanta. Luego me vi rodeado de mujerzuelas que bailaban. Les pregunté de qué pueblo eran, pero nadie me oía. Me fui del bar dando tumbos y, ahora que escribo esto, no sé aún qué día es. Suerte tengo de que me han dicho que hay una exposición o no sé qué gilipollez a la que ir. Ya me estoy vistiendo de nuevo.
.

lunes

san Valentín es jilipollas

Hoy he soñado con san Valentín. Se encontraba en la calle arenal y lo metí en san Ginés donde me esforcé en embarazarlo de un gremlin mientras pensaba ¿Seguro que ella no me está mirando? Pero, claro, aparte de una invención, quién es ella. Pensarán las muchas admiradoras de mis diez centímetros y medio (¿Se nota la licencia literaria, verdad?). Estoy pensando en una de tantas formas de ansiedad. Hoy viene de nuevo la Sra. Carrington a tomar café. Así funciona el pueblo donde vivo. Imagino que nadie le abre la puerta finalmente, a ella le extraña muchísimo y llama desde su móvil, primero a mí, que no contesto, luego a mis padres, que le aseguran que no me he movido de aquí. Un tiempo después, entre una hora y tres, abre mi tía Pepa, que estaba comprando champús, con las llaves y, junto con la Sra. Carrington, grita el nombre Alberto. Cuando suben a mi habitación, por fin, encuentran mi cuerpo. Me he ataladrado el pecho con una black and decker y me he muerto. En la pantalla del ordenador he escrito un chiste muy gracioso. Es el por qué de mi decisión. Al verlo, se descojonan. Llaman a mis padres, les cuentan lo ocurrido. Mi madre se desmaya, luego mi tía le dice: pero espera, mira la frase que ha dejado escrita en la pantalla del ordenador. Se la lee y a todo el mundo del otro lado de la línea le entra la risa. Era un cachondo el cabrón, dice mi padre mientras se descojona. Un día después ya está resuelto el papeleo para mi exposición a los seres queridos. Vienen los de mi pueblo. Hay bastante confusión en la sala del tanatorio. Luego bajan al bar y empiezan a pedir cañas. Vienen los fast gallery, viene Jose, María, viene hasta Jeny, y hasta anónima y algún amigo más. Dicen que cómo ha podido pasar. Siempre Alberto y su cabeza de melón. Eso es todo. Con lo contento que estaba con celebrar su 34 cumpleaños. Al día siguiente meten mi ataúd en donde yacen mi abuelo, mi abuela y mi primo Nico. Habían pensado en poner mi chiste en la tumba, pero ya están escritas otras cosas y no queda sitio. Días después esculpen mi nombre junto a los otros tres y el chiste ni siquiera se queda grabado en el ordenador porque lo apagaron para dárselo a mi prima. ¿A que molan las cosas que pienso el día de san Valentín? Toda la vida dejando pistas subrayadas en los libros y, luego, se acaba la cosa en tres días, y eso porque en España estamos mal de la cabeza y lo alargamos todo lo que sabemos. Pienso en cuando me quería matar aprovechando que tenía muy altas las transaminasas. Hasta siguen gritando, me han dicho, después de hecho efecto la morfina. Hoy han tirado todas las botellas de alcohol excepto el vino, que me repugna desde siempre sea de la cosecha que sea. Me he cortado las uñas con el cuidado que he sabido, no me he duchado. He mirado un rato por la ventana antes de meterme en el facebook y procurado localizar a un fantasma, drogarme con él, beber colonia y clavar mis diez centímetros y medio en su coño prieto, correrme en sus nalgas y morderle bien el cuello hasta arrancarle un trozo y comerlo. Mañana tengo curso. Estoy muy contento de que la gente me quiera allá por donde paso.
.

jueves

La mejor vida posible en el mundo

Esperen, estoy a punto de vomitar.

Ya. Ya pueden besarme tranquilamente los labios.

Se me había ocurrido emborracharme en un recital de poesía. Te confieso, mamá, que no tengo ni idea de por qué confío mi dolor a estos lugares. El whisky, como es sabido, siempre es compañía más que suficiente por sí solo. Añadirle las palabras de los poetas sólo sirve para aprender una agresión que, he de reconocer, llevo a cabo, la mayoría de las veces acompañado de las risitas de un demonio medio garrulo y que, mal me pese, llevo conmigo a todas horas, incluidas a las que escribo esto. Siempre miro a ver si hay ciegos en la sala. Ver a uno es lo único que salvaría el evento, pero no suelo ver más que caras con los coños rasurados y tímidas pollas de cartón-pluma en medio. Tú que, en la noche de aquel horrible verano, junto con el resto de familiares lejanos, me has visto, en una boda, salir a mear a la luz del green y elegir el lugar de en medio, al lado de las jovencitas más majas del pueblo, que se encontraban dejándose ver contándose intimidades a la luz del banco japonés, seguro que me comprendes sin apenas necesidad de leer entre líneas. Odio el espectáculo, no sé si más que el que he ofrecido siempre cuidándome de no ofender al solitario, a quien siempre reconozco. En mi realidad de las cuatro y media de la tarde me concibo, ya sin ti, sentado en el porche abriendo una cerveza tras otra y recitando para mis adentros la palabra Jeny con la única compañía de mis casi ochenta años y seguramente algún chucho con el morro sangrando que me haya encontrado por la calle. Un día tuvimos un perro que se llamaba Pandereta. Duró muy poco a nuestro lado. Siempre recuerdo verle por el espejo retrovisor mirando nuestro coche alejándose. ¿Seguro que no nos le podíamos quedar? Salvar a alguien que no quiere ser salvado (y luego abandonarlo junto con el suicida que hubo en él), debería, pensé a mis catorce años, ser un delito. Mi cerebro, antes del whisky, era una mosca en continuo movimiento que se dejaba no obstante atrapar por todas las manazas que venían a cazarlo. Me quería mucho la gente en todos los lados. Me dan ganas de vomitar otra vez. Ahora vuelvo, un segundo. Puedes volver a besarme (esto se lo digo a mi amigo anónimo bautizado acá, con muchísimo afecto, como coño-tieso). Tras el ejercicio de los poetas subí al escenario y dije que yo era Alberto Masa. No podía creer que, entre todas esas caras con el coño rasurado y las pollas de cartón-pluma que, sin embargo, las rondaban, no sólo no me conociesen sino que se expresasen incómodos. Fue entonces cuando les dije que me cagaba en ellos, madre. Una señorita tiró de mí hacia un lado cuando un caballero empezó a tirar del otro. Al final me caí. Cuando al levantarme me di cuenta de que me encontraba aún en uno de los escalones del escenario dije en alto que había sido un grosero pero, advertí también, que la culpa era suya y de sus asquerosos oídos. Recuerdo un verano mejor, después de mi primer encuentro con la esquizofrenia, era 1997 y un vendedor de pizzas me habló en francés para ganarse los favores de mis acompañantes femeninos que, coincidieron, quedó como un idiota. Entonces sí recuerdo la playa y a España, ay, la recuerdo también. Yo tomaba cañas y apuntaba cosas de mierda en una libreta tales como: bien, hace sol y hay tías buenas. En eso consistían mis poesías que, no obstante, son mucho más lúcidas que las que oigo en los recitales cuando tengo dinero para emborracharme. Yo meaba entonces, así como ahora, en todos los lados. Una chica cogió miedo y, confundida, quiso llamar a los bomberos o a la policía, aunque al final llamase a una ambulancia. Entonces llegasteis papá y tú y todo se arregló. Yo, tras leer el Tractatus de nuestro amigo Ludwig Wittgenstein, siempre estuve obsesionado con crear una obra de arte, pero esta obra me da igual, salvo en las veces en que estoy realmente majara, como en la vez en que dije a los testigos de Jehová que les acompañaría a cambio de comida. Lo dije en serio, madre. Necesitaba nuevas vivencias y claro está que, quién sabe si quizá podría haberlas encontrado en esos folletos de ortografía tan precaria, al lado de ese hombre calvo con gafas de abuelita. Rechacé más tarde a mis dibujos que, según un teólogo (catedrático por la universidad esa de su puta madre) que no sabía nada de esquizofrenia, eran la obra de un esquizofrénico. Él creyó decirlo bien. Por favor, no juzgues muy severamente sus palabras. Han sido unos años preciosos y, siempre que se ha manifestado mi felicidad, he sido altamente tan hermoso que, en esa efeméride, jamás he necesitado de un espejo para configurar una teoría distinta. Me lo pasé muy bien en Madrid pero, alejado de esa vida mía de amigos artistas y asquerosos genios, veo mejor la realidad, aquí mismo, frente a esta ventana desde la que se ve el cementerio de un pueblo donde soy, efectivamente y con justicia, nadie -y sabido es que el ruido asesina los pensamientos-.
.

miércoles

La Sra. Carrington y las editoriales

Estimado Sr. C:

Comprenda usted que al principio no iba a abrir pero me di cuenta que mi cita con la Sra Carrington para tomar café con pastas, debido a lo que usted y yo nos traemos entre manos, era ineludible. Tuve miedo, es cierto, de que detectara la mancha de lefa de mi pantalón, que sólo me dio tiempo a restregar. Incluso al darle la mano (izquierda) para saludarla, vi semen en una de las puntas de mis zapatos e hice entrar entonces a la Sra. Carrington lo más aceleradamente posible hacia la cocina, eludiendo el examen físico que hace de mi indumentaria siempre que entra e incluso su par de castos besos fingiendo un estado nervioso que, en este caso, casualmente, era del todo coherente por lo estaba padeciendo, pero achacándolo -en una salida, he de reconocer, bastante tonta- a la obra del piso de enfrente. Ah, esos malditos ruidos. Tengo suerte de andar ya medio sorda, dijo ella y le dije que me esperase porque andaba mal del estómago. Tenía tanto que contarle acerca de usted a mi querida amiga.

Una vez en el baño, eché bien de agua en mis manchas del pantalón y me quité con papel la lefa del zapato. Al abrir la puerta tiré de la cadena dos veces y abrí la ventana para que saliese ese horrible olor imaginario. ¿Se acuerda usted de la chica con la que solía salir junto a su sobrino y otros mozos? Dijo que sí y, muy entusiastamente, me preguntó si se había tratado de mi novia. Dije que no. Y añadí: ¿existe una palabra en el diccionario más desagradable que la palabra “Hola”? Ahí introduje el estado de ánimo que nos interesaba para empezar a hablarle sobre usted, egregio estilista.
...

Si quieres seguir leyendo esta columna pulsa Aquí

jueves

Respuesta a súpercoño engominado de Vallekas

Repámpanos, intento no hacerlo y veo que no sé más que meter la pata con usted. Le ruego disculpe de nuevo mi ignorancia y, sobre todo, mi manera de usarla, que siempre, noto, es vil, mezquina aparte. Voy a intentar explicarme, al principio creía que se trataba usted de mi José Antonio, no por lo de la repugnancia sino por el segundo mensaje que a usted le salió del coño, en el que dijo “No es repugnante, sólo es puta” usando el maravilloso don del que dios ha dotado a su inteligencia haciéndose pasar por, no ya el anónimo que es (anónima, dice usted), sino otro anónimo, pongamos, distinto al primero, el de la repugnancia. Ya le digo, eso me descolocó profundamente y, lo lamento, debido a un prejuicio mío, creí que se trataba usted de mi José Antonio. ¿Es que ahora me vas a responder en largo, exhibicionista frustrado? Dirá usted. Pues verá, es que me ha llegado al alma llegar de comprar sal y lentejas para mañana el descanso y encontrarme con su último mensaje, en el que usted se pone a la altura de san Agustín como mínimo. Luego me explicaré sobre esto, antes de nada agradecerle su paso por este blog público porque, antes que otra cosa, he aprendido muchísimo de lo que, en un principio, me propuse solamente como un tanteo zoológico, eso sumada la preocupación de que usted, anónimo/a, se tratase de mi José Antonio haciéndose pasar por un anónimo/a. Por eso le llamé genio y, aún después que usted apelase a su súpercoño, que no tengo ninguna duda de que será muy hermoso, yo seguí en mis trece de prejuicioso pensando que todo esto se trataba de una treta de mi José Antonio, aunque muy bien hecha porque allí usted abogaba, con toda la justicia del mundo, a meterse en los sitios públicos que le diese la gana. Pues antes de eso fue peor ¿Sabe? Cuando, de golpe, me veo con la gracia de haber aprendido sobre usted unas treinta palabras (también bien cierto que el 93% de ellas ya escuchadas, y hasta pronunciadas, cuando yo era niño, en el patio del colegio) arrea usted con que esto y yo es “repugnante, aburrido, plagiario y escritor de un colegio de academia de piso”. En lo último le aseguro que me perdí, pero yo, erre que erre, esto es otra genialidad de mi amado José Antonio que no sabe ya cómo tocar los huevetes. Joder, qué necio soy. Hasta ahora, que he comprendido que es usted, como ha asegurado, realmente, un coño sin interés alguno (y no mi José Antonio), pero al que estoy, sin embargo, profundamente agradecido. ¿Por qué -dirá usted-, si yo lo único que he hecho es llamarle puta y eso? Joder, ya me he desubicado, bueno, ahora quería decirle que sus joyas, esa basura de la que dota a sus dedos cuando teclea en mi blog, es capaz de traerme a mi José Antonio a la cabeza y, ahora que llego a casa, puedo estar orgulloso de que él no haya escrito su último, por el momento, mensaje de sabiduría. Pero dije que me había extraviado y era cierto ¿Comprende ahora por qué escribo en un blog? Yo me extravío. Le quería explicar lo de su mensaje en el que insulta a sus prejuicios para después hablarme de los míos. Soy repugnante, esto es como el estribillo de su canción, pero yo nunca dije que yo no lo fuera y que usted sí, de hecho usted me parece un encanto y ojalá sea más ducha en escribir en este sitio. Aburrido, sin embargo, me ha parecido que se lo llamaba a todas las dotes que usted ha mostrado aquí hasta su último mensaje, y de hecho es en lo único que si hacía mí fuera estoy en desacuerdo, pero usted no es aburrida, hasta cabe todo el abecedario para describir su coño. Perdone que repita esto, me ha encantado la metáfora que ha usado para hablar de la libertad de expresión -o de impresión, en su caso- usando la palabra con la que, sin duda, ha desarrollado todo su “discurso” (entrecomillado por ello, y al que yo doy tanta importancia debido a que mi José Antonio necesita unas vacaciones en algún lugar de esa naturaleza -qué bien nos vendría una reposición del servicio militar-). Lo de plagiario lo entiendo, en serio, me he podido dedicar a ello como versionista de textos de otros idiomas, muy mal pagado, pero sí he cobrado por meterme en la piel (hay que ver cómo tiran el dinero algunos editores) tanto de egregios estilistas franceses e italianos como de un alemán mocoso famosete y medio roquero. Terminas haciéndote y tu trabajo y tus trucos terminan saliendo a la luz, aunque sean atribuidos también los aciertos a los genios, esa ralea de gentuza a la que usted sin duda pertenece. Lo de la academia de piso pensé que a lo mejor se refería a cuando yo era estudiante o cuando trabajé en una llamada escuela de letras o de ideas. Me pagaban una mierda y me trataban peor. He llegado a pensar que era usted una de esas escritoras famosas de España a quienes yo servía licorcitos o una ninfómana de cuando trabajé para el consulado, efectivamente, pero eso ya ha sido cuando he respirado aliviado de que usted no fuera mi José Antonio. Y es que mi José Antonio jamás presumiría de conocer lo que es la virtud, y menos aún de ponerlo en sitios públicos, mucho menos después de haberse descrito latente en el patio de algún colegio de esos donde solíamos llamar a los demás cosas al tiempo que sacábamos a la luz lo que éramos. Pero usted me cae bien, sin embargo, y estoy pensando muy seriamente poner en mi lápida “Hizo virtud de sus facultades reducidas”.

miércoles

tres mariquitas armados al uso

En las mañanas me despertaba una sirena que aún oigo algunas noches. Era la verdad de unas galletas María Fontaneda mojadas en leche con colacao. La niña subnormal siempre se sentaba a mi lado y, enfrente, un cuarentón hablaba de su relación con Dios. La suerte era que la niña subnormal no se enteraba si le faltaba una de las tres galletas porque había perdido la habilidad para contar hasta dos. Cuando pasaba media hora volvía a sonar la sirena y uno sabía que, tras dejar en su sitio la bandeja, podía retornar a su mesa y quedarse todo el día buscándole a la pared blanca por dónde se le iba extendiendo la lepra. Era fácil adivinar cada día nuevas grietas. Esos eran mis proyectos artísticos de enfermo, pero no era bien visto ni yo estaba por la labor de usar allí una cámara de fotos.

Mientras me duchaba, fingía que me enteraba de la lluvia que caía afuera. Notaba que las paredes eran un ataúd que se iba comprimiendo hasta dejar solo una cabeza minusválida en una planicie vegetal. Mi cama era un revoltijo que yo no podía salvar. Cuando me vestía, pedía ayuda a Dios o a lo que fuera, y encontraba la voz de alguien anterior al hombre; esa que, según siempre Platón, moraba antes del nacimiento y que -esto no sé si lo pensé yo- te reunía con el cadáver de tu memoria. Porque yo sabía que mis amigos, esos drogotas enfermos y alborotadores constantes del orden público, no tenían ya una imagen mía. Yo sabía que esa voz, retratada acá como no existente, era la primera fase de resistencia a una vida alejada de su vegetalismo, de vueltas de la parca que traía al día a día el efecto de los neurolépticos, a quienes yo terminaría amando más que a cualquier persona o a cualquier animal.

Para seguir leyendo esta columna pulsa Aquí