jueves

Supusimos entonces que la nada estaba rodeada por ella

A Cecilia


Durante los últimos días no me había pasado nada. Yo bajaba del sobre y me preparaba un Nesquik en la cocina, recordaba vagamente el sueño inmediatamente anterior mientras removía el vaso con una cuchara, encendía un pitillo y finalmente tomaba el desayuno mientras veía el noticiario por la televisión. Uno de los días permanecí atento a las noticias sobre economía mientras otro recordaba de manera bastante nostálgica mi trabajo como repartidor de cajas de vino y salchichón en diciembre de 2009. Las noticias se alternaban rápidamente: ataques sobre Gaza, un juicio a un terrorista, la última hazaña de Messi y el tiempo, con sus soles y esas cosas tan simpáticas, los chubascos, repartidos a lo largo y ancho de un mapa de la península ibérica. Eran días de no hacer nada y eran días de esperar. Uno cuando espera lo hace a la muerte, por el camino podía contemplar cadáveres de otros que ocuparon la casa antes que yo. Hermanos desangrados en la bañera en la que, aproximadamente una hora después, me daría un duchado. Mascotas a las que han ido sustituyendo otras. Mamá y papá, ausentes también. En ocasiones sonaba el teléfono y voces venidas del más allá me hablaban sobre ofertas en algunas tarifas. Otras veces era ella. Decía vaguedades y yo las repetía. Volveríamos a vernos, quizá. En esas horas yo fregaba el vaso donde me había servido el desayuno y en uno de los días se iba la luz, inmediatamente después recordaba mis conversaciones con el conductor de la furgoneta con la que repartía. Piso ocho, piso once. Hablábamos sobre la nada. Me costó convencerle de que yo tenía que fumarme mis buenos cigarros diarios. Él decía que no soportaba que se le metiera el humo en los ojos. Llegamos al acuerdo de que fumaría en las autopistas abriendo la ventana. A veces me daban propina y yo la compartía a la vuelta a la furgo. Siempre las calculé en whiskies. El whisky es caro. Por aquel entonces yo bebía una botella diaria. Cuando llegaba a casa comía y después me sentaba al ordenador con mi botella de Irish -las solía comprar de dos en dos- e iba rellenando el vaso de una a otra mitad. Sobre las ocho de la tarde caía dormido y mamá, al llegar de trabajar, me despertaba para preguntarme si había cenado, para después procurar de adivinar si la botella que se encontraba en la basura era o no la misma que la del día anterior. Al día siguiente me despertaba como nuevo e iba al trabajo, me acercaba a la chica rubia que se encargaba de darme la lista de las localizaciones y yo procuraba decir algo agradable como algún comentario sobre el tiempo o algo así. Todos esos días que hoy miro con nostalgia también eran iguales unos a otros, al igual que los últimos del año 2011. En estos días yo me encontraba tomando una medicación que me curaba del alcohol y también de las mujeres y, por otro lado, apenas veía a nadie en el día a día, imaginaba a espectros, como siempre he hecho y leía indiferentemente qué. Raras veces me dedicaba a la limpieza, y también estaban los recuerdos de finales del año 2010, cuando yo aún fumaba en los bares y cuando vivía en un zulo de Lavapiés donde me sentía dios y su madre y en el que escribía casi siempre que llegaba de Alcohólicos anónimos. Sobre todo me gustaba la conversación de ellas. Procuraba, durante esos ratos, acercarme a sus secretos de poco en poco hasta, a poder ser, formar parte de ellos, cosa que nunca ocurrió. El resto de los días iba de aquí para allá, a pie, en una de mis ciudades favoritas. Cuando me fallan los recuerdos acudo a tal fecha del blog y entonces, a través de lo que he ido escribiendo, me sitúo con mejor facilidad en ese pasado, trasladándolo a un lugar donde casi no hago nada más que lo que voy contando con el propósito de poder recordarlo un año después, siempre caso de no cruzarse un rayo por el medio o similar.
Hoy, llegadas las horas en que las noticias de la mañana ya se me han olvidado, he esperado que ella llamase mientras dudaba si marcar yo y adelantarme. Finalmente no lo he hecho, he cogido el móvil sólo y lo he tenido en la mano esperando que fuera ella para darle a la tecla de descolgado. En la otra mano tenía abierto el libro de Leonard Cohen La energía de los esclavos (Trad. Antonio Resines) por una página en particular. Al descolgar, fuera o no fuera ella quien estuviese al otro lado, yo quería leer en voz alta:


Cada vez que te veo
olvido por un momento
que soy feo a mis propios ojos
por no haberte conseguido.

Yo quería que me eligieras
por encima de todos los hombres que conoces,
porque yo me destruyo
cuando estoy con ellos.

He rezado por ti a menudo
así:
Déjame que la consiga
.”
.

11 comentarios:

Bellaluna dijo...

we are ugly... but we have the music

Alberto M dijo...

yeah

Sheela dijo...

Un interlocutor con suerte. Si yo fuera ella me hubiese encantado escuchar las plegarias de Leonard Cohen a través de esa voz. Esa voz que emerge de agujeros transparentes y espejos muy negros . Esa voz que contiene al grito más largo para no asustar al niño que sustenta a la criatura.
La voz que me susurra que el tiempo es nuestro y de nadie más.

Alberto M dijo...

muy guapas, Sheela, mía Sheela

Bellaluna dijo...

¿Ya? Qué rápido te corres, querido. Esas voces, sweet prety angels, que le acompañan, como la rubia de la foto.

Alberto M dijo...

no no, Lunera, pero yo cuando me corro rápido, echo otro en dos impulsos eh

Bellaluna dijo...

Pues entonces te veo parco (en palabras, en otras cosas sabrás tú...)

Alberto M dijo...

no sé. Estoy contemplativo. El otoño y eso. Mola ¿No?

Anónimo dijo...

Esta me ha calado especialmente. Debo decir que es tu tristeza inmensa. Y debo decir que me toca. Y que te comprendo...

Pequeño gigante.

Don Vito de Corleone dijo...

Eres tan grande, Alberto¡¡¡. CMG

Alberto M dijo...

jaja, muchas gracias