miércoles

Mirando una mesa

Sobre la mesa restos de nada, pan, un periódico de 2002, el cubo de Londres de mi primo muerto, la memoria de una PS2, una matrícula en la que pone Asturias y mi nombre, mi reloj (Casio), un Edding 850, mi monedero en cuyo interior hay 16 euros, mi móvil silenciado, papel de plata, la pantalla del ordenador y sus altavoces mirando hacia mí. En mi cerebro una hormiga rueda con una miga de pan de izquierda a derecha. Hacía mucho tiempo que no tomaba cocaína. Es una sustancia de lo más inocente que como que hace que te encuentres más despierto y nada más. Concibo a mi amor de los quince años destripada bajo el sol de agosto. Abro su estómago con una cheira y sale una mariposa que se sube a uno de mis dedos, luego se va, como un día se fue la vida y como un día se fue la muerte hacia ese sitio que no es ni una cosa ni otra y que forma parte de las cosas que no pueden ponerse encima ni debajo de la mesa.

He intentado vencer al sueño, pero he fallado. Una tumba de juguete me ha metido dentro de sí y ha sido cerrada con una llave de juguete. Después los enterradores de juguete han echado tierra de juguete encima y la gente, congregada, ha llorado lágrimas de juguete que caían sobre el suelo del cementerio de juguete. El resto de almas estaban roncando. Yo tenía frío y encendí el móvil. Llamé a la funeraria. Les pregunté cómo se abría la tumba pero sólo se oían risitas al otro lado. Luego se acabó la batería y cerré mis ojos de juguete. Por fin era independiente, sonreí. En el más allá se oía la gran tormenta. Algunas gotas de agua se colaban en mi pieza y era muy agradecido. Cuando abrieron yo estaba en un sanatorio confortable, uno de los de ahora, de los que he descrito tantas veces como agradables parques de atracciones con animadores en bata. Mi padre está esperando para ver el derbi. Ha puesto en la quiniela que ganaba el atleti. Yo tengo una bruma en mi bolsa de los pensamientos, allá la tierra se ha abierto en rodajas, la memoria se ha dispersado por diferentes cañerías que conducen a la verdad. La verdad es un espejo compartimentado. En uno de sus vagones está el hígado, por ejemplo, que es una vulgar piedrecita expulsada por un volcán.

El sol se pone bajo mi frente y aquella hormiga que rueda con una miga de pan en mi cerebro encuentra su casa. Yo estoy en el hospital tomando zumo de tomate. Lo único que hago durante el día es bajar y subir persianas. A veces las enfermeras vienen y me ponen el termómetro. A veces oigo una voz que dice que la merienda está puesta.
Un mosquito se interpone en cada escena. Al principio iba a dejarlo vivir pero he dado una palmada al aire y dejado una estampa de sangre fijarse en mis manos. El calor del verano precedería al cierre de la tumba del frío y los diciembres, donde me encuentro ahora, igual que antes, mirando una mesa.
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4 comentarios:

Marisa dijo...

"... yo tengo una bruma en mi bolsa de los pensamientos"
Es sencillamente genial Alberto, en mi vida y mi mente de juguete no hay palabras para definir este escrito tan bello.
Continua escribiendo así, yo desde mi egoismo lo disfrutaré.

Alberto M dijo...

con unos lectores así, yo encantado. A ver.

Sheela dijo...

Deberían publicarte sólo por poseer esta voz tan absolutamente única.
El texto no parece escrito sino disfrutado. Es cómo un campo de juegos. Se te imagina rodando por las líneas, subiendo y bajando por los párrafos cómo en un parque de atracciones.
Por supuesto está el horror. El horror y la ternura conviviendo cómo se hace en los manicomios, dónde todo es así: terrible y niño.
Hay imágenes sencillamente geniales: cómo esa en la que sueñas esa muerte de juguete. y frases contundentes que apuntalan el ritmo a golpe de misterio ( La verdad es un espejo compartimentado ).
¿ Qué te repites ? Todo escritor tiene un universo, más o menos amplio, del que no se mueve por miedo a tropezar. El tuyo es una mesa de cocina vista por encima y por debajo.
Cojonudo, principito.

Alberto M dijo...

joder, pues gracias, tía. Si algún día muevo algo otra vez a ver si es verdad que sale.
Besote