miércoles

Mi vida con el fantasma, también llamado Locura, desde que nos conocimos hasta su desaparición

A menudo recuerdo mi visita a Malabo, pues poco después de mi regreso yo acabé loco, maldiciendo en el interior de mi catatonía dolencias venidas de no podía saber dónde. Mi recuerdo de la dolencia viene acompañado de un trayecto en el que me llevaron en la parte de atrás de una ambulancia metido yo en una camisa de fuerza. Encima de mis hombros apenas cabían demonios, estaban sentados hablando y, a través de sus voces, me oía hablar yo hacia adentro. En la mañana había pisoteado una postal de Jesús y luego había caminado sin rumbo, como poseído por esa droga que son las manijas de un reloj moviéndose. Encontré amigos y hablé sin parar con ellos acerca de nuestro equipo de fútbol, cogí un autobús y fui a ver a otro amigo. Desde ese día no volví a verle, las pocas veces que di con ese animal, despejado de odios hacia mí y hacia mi locura, que para él como, descubrí, para tantos otros, eran una misma cosa.
A mi llegada a Malabo nos recibían montañas de gente, pues era ese aeropuerto de negros y blancos un sustitutivo del vermú en aquella zona. Al llegar a la caracola donde vivía mi tía dormí y no me levanté hasta que había caído la tarde. En la ducha un mosquito Anopheles, de la familia Culicidae, que yo había estudiado como transmisor del paludismo, emitía su vuelo a sus anchas, en lo que yo, mientras me enjabonaba el pelo, observaba esos extravíos y virajes acometidos por sus alas entre el vapor del agua caliente y la ventana abierta, en espera de que saliese. Siguió allí, medio hipnotizándome, en lo que me puse la ropa. Luego llamé a mi tía y le dije que era ese un mosquito del que yo había visto muchas fotos en los libros de texto del colegio. Sí, dijo, es un Anopheles, de la familia de los Culicidae.
Al salir me llamaron los negros que se sentaban en los poyetes de un pozo y fui a verlos. Nos presentamos y me estuvieron hablando sobre los fantasmas, los entendían de manera diferente a mí. Al parecer en la ceiba que moraba nada más abrir la puerta de la caracola de mi tía, vivía uno y, en las noches, decía sus oraciones. Me dijeron que seguramente lo oiría. Aún guardo alguna foto donde aparezco subido a los ramajes de esa ceiba. Nunca oí al fantasma. Extraje de la conversación que ellos miraban a los fantasmas como muertos en descomposición y con la indumentaria acabada en torno a animales vivos que, en ocasiones, servían al fantasma para comunicarse o, incluso, alimentarse.
No deja de ser curioso que yo no oyese en las noches las oraciones de ese fantasma, pues, sin duda, me eligió, y esto se lo he contado a muchos egregios de la mente humana ante su del todo fingida estupefacción.
Si bien mi viaje fue la navidad del 92 mis encuentros con el otro mundo ya se dieron en mi casa de Madrid, y luego en las consultas psiquiátricas. Algunos psicólogos ponían en su cuaderno que todo mi trastorno venía del coqueteo con las drogas. Todo eso, sólo eran hermanos pequeños de mi versión. Los encargados de la Psicología no escuchan, ni siquiera interpretan, dan por hecho un historial venido de medio minuto de observación de algún colega suyo al que no van a rebatir, y esto es así antes y después de que hables. Yo me podría haber ahorrado, la verdad, todas aquellas explicaciones.
El fantasma me habitó hasta 2003, año en que cedió mi locura y empecé a abandonar tratamientos y cosas. Allí vivió, en el interior de mi cuerpo en el tiempo que en mi biografía fue de los 16 hasta los 23 años, compartía sus orugas con mi hígado, sus ponzoñosos sapos con mis intestinos etc... y no soy quién para decir que se trataba de un fantasma malo. Sólo se trataba de algo / alguien que, como tantos otros -y esto nos convierte en humanos- quería lo imposible, en este caso, vivir después de haberse muerto.
Durante nuestra convivencia juntos, antes de que él se fuese junto con mi locura, llamada brotes por algunos expertos en el campo de la psiquiatría, no nos tratamos mal el uno al otro, incluso procurábamos ayudarnos en el día a día. Quiero decir que él aprendía de mí como yo de él. A veces, cuando dormía, mis sueños se mezclaban con los suyos, pero yo seguía haciendo vida al despertar, bien en el colegio público y, antes, en uno privado, bien luego en mis oficios y posteriormente en la universidad, e igualmente antes aún, cuando permanecí un mes encerrado en una habitación de hospital acusado de delirio andante, cuando no de deshecho humano. Se daba algo curioso además, pues el hecho de que mi fantasma fuera algo apestoso, daba a entender a mis contertulios que ese hedor procedía de mí que, sin embargo, me duchaba y perfumaba casi todos los días, al igual que hago ahora mañanas o noches.
Y luego está que sé el día exacto en que este fantasma proveniente de la ceiba decidió seguirme. Fue un día en que viajamos a un pueblo dejado de la mano del hombre de hoy, habitado por la etnia bubi. En una de sus casas vivía una señora muy anciana, ciega y que, sin embargo, miraba a los ojos al dirigirse a ti. La llevamos un regalo y ella a cambio nos dijo bendiciones a nuestros espíritus, que son esas cosas que, sin saber lo que son, a veces interceden en nosotros a la hora de encaminarnos a la panadería a comprar.
En una fotografía aparecemos mi prima pequeña y yo al lado de la sabia anciana ciega, nos rodean moscas y salamandras y fijándome, veo que la habitación ha sido levantada con una madera sobre otra a la manera en que, de niños, hacíamos nuestras cabañas en mi pueblo (Valseca) y donde permanecían antes de ser destruidas u ocupadas por los mayores. Me veo en un sitio y en otro al recordar. Las revistas de amor de la cabaña del pueblo pasando de uno a otro y luego la anciana, consciente, al parecer, del mundo de acá y el de allá en un tiempo. Pero también me veo encerrado, no sólo en mi fantasma, también en una habitación de hospital. Las drogas no me permitieron entender ni una sola página de la utopía Un mundo feliz.
Al salir visité peluquerías, secciones de ropa de los grandes almacenes, estancos... mi fantasma vio, a través de las aberturas de mis ojos, orejas y narices, otra vida o, al menos, otra manera de hacerla, y no sólo eso, me atrevería a decir que también la vivió, al menos en el sentido en que yo creo haberla vivido. Mi fantasma estudió conmigo símbolos e idiomas y quién sabe si, a diferencia de mí, recuerda algo de todo aquello. Vivía en y conmigo, sí, creo que incluso se enamoraba de las mismas idiotas. Hasta se estrenó conmigo. Y eyaculó ese día conmigo, agregando más suciedad, si posible fuera, como fue, a los asientos de atrás de un coche abandonado y sonriéndole luego idiotamente a la chavala y, quién sabe, al fantasma de la chavala, caso de que, como yo, tuviera uno, que no creo, pues estaba muy vacía para llamar la atención de fantasma alguno.
A la salida de la habitación de la anciana sabia y ciega, abrí una lata de cocacola caliente y bebí dos tragos. Unos chicos negros me seguían para ver si les daba algo y finalmente les di la mitad de mi bote, que se turnaron. El cielo parecía de un mediodía cualquiera y yo, en ese día, caminaba por la línea del ecuador como un trapecista agarrado a mi fantasma que, a lo mejor, servía de equilibrio.
Desde que se fue, en 2003, mi vida no ha cambiado. Sigo acá, bien parado o bien de un lado para otro. Y muchos días escribo cartas dirigidas a él. Nunca recibo respuesta por su parte y pienso si quizá ha muerto de verdad, de manera definitiva. El mundo es algo muy espacioso y tanto alguien vivo como alguien muerto se puede entretener en un simple matorral con escasa facilidad. El caso es que es otra gente quien termina leyendo mis cartas. Mi habitación e internet están llenas de ellas. El desorden abunda tanto aquí como en Malabo, así como en los cementerios y la red. Yo procuro ordenarme en cada carta al fantasma y no es que no lo consiga. Claro, me dirás, poco dice esto del orden que doy o no doy al mundo que, al fin y al cabo, es ese sitio por donde, quietos o parados, andamos de un lado a otro. Y yo me quedaré sin respuesta, y no tengo ya al fantasma conmigo para pedirle una prestada.
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2 comentarios:

marisa dijo...

Tuviste un paludismo cerebral, no muy bien curado complicado con filaria. No pillaste ninguna nigua?

Alberto M dijo...

hombre, claro. Pero no una sino, lo menos, 14. La verdad es que casi siempre estaba jugando al fútbol