viernes

Los signos eternos

Uno empieza a leerse de corrido, de izquierda a derecha y de arriba abajo, recorre su cuerpo con los ojos y, delante de estos, el mundo se expone en pequeños jeroglíficos de tinta. La persona se toca esos brotes que, combinados con nuevos, dan pie a nuevas lecturas. Así, a una edad temprana, más o menos de niños, empezamos a leer las cosas. Poco a poco ya no reconocemos el árbol sin palabras, caen de la copa y se deslizan por el tronco hasta llegar a este modo de vida que, por alguna extraña razón, hemos elegido. Al llegar a casa abro el grifo de las palabras y me coloco debajo para refrescarme, las letras salen lo suficientemente frías y yo bebo primero de esas letras y después me preparo un whisky. Mis padres no pueden soportar las letras que brotan de mi placer, que es el whisky, como otros tienen otros. Mientras vierto el contenido en el vaso leo el sabor amargo de las flores escurriéndose por entre los cubitos de hielo que previamente he echado al vaso. El sonido al encontrarse es un cloc. Lo acompaño del café, que expulsa las letras hacia arriba, corriendo lentas, en su vapor de microondas. No vayan a pensarse por lo del whisky, cuido mucho mi ebriedad, pues es la que me permite seguir leyendo. En las noches, leo a animales, pequeños insectos que vienen a la cama a dormir conmigo. También hay batracios. Al día siguiente ya no están nunca, pues se van a vivir al mundo de los sueños que he dormido, y la habitación se encuentra perfumada. Yo me ducho y de ese milagro de agua vuelven a salir gotas de tinta que, al caer al suelo y desaparecer por el desagüe, me dicen cosas, haikús, poemas de niño. En las tardes de los jueves me encamino hacia mis clases de lectura. Yo soy profesor en el corralón de los locos. Regalo mi palabra a la vida, que poco o nada tiene que ver con el placer de estar ahora en pijama leyéndome en lo que escribo. Cada vez me cuesta menos y más dirimir si una lectura de Armonía Somers puede resumir a Proust, así como si Paradiso de Lezama limita con el Ulises en los bordes de los mendrugos de pan que sus personajes guardan en los bolsillos. Cada vez sé que los últimos escritos de Beckett embriagan al lector, que anonadado responde: eso no lo quiero para mí (para mi tarea de lector, entiéndase), pero entre sus espacios, entre sus rupturas, se encuentran también ellos, respirando, en esa parte que no quieren para su tarea del lector. Reciben el milagro de verla. Y verla es el milagro de leer. Por eso seguimos viendo distintas lecturas sin importarnos que pocos temas haya además de la vida y de la muerte. La vida somos nosotros leyendo la muerte. La muerte es una señora que ha entrado entre la primera y la segunda página. Su cadáver es el fin del libro (Anna Karenina por ej.). Cerramos las puertas del aula. Me despido de todos y de cada uno y pienso en tres gotas de sangre, las que recuerda Bobin en su último libro, dedicadas al siglo XII, que sucede ahora, en el caballero llamado Perceval. Él las observa, absorto, sobre un lienzo de nieve, en ese siglo XII que es ahora, a muchísimos kilómetros de distancia. De mi corazón caen copos al pasarme la mano y girarla rápido, bajo ellos una sinfonía de hormigas late este discurso en el que se ha filtrado una imagen que descubrí ayer en un libro. Perceval muerto, Perceval vivo. El libro de Christian Bobin se llama Un simple vestido de fiesta y yo lo he abierto como he abierto cada vestido de fiesta que ha caído en mis brazos, encontrando bajo sus faldones renglones de palabras que apenas se descolocan de su origen aún cuando el vestido da vueltas en la lavadora. Algunas frases se mueven y podemos retomarlas otorgando nuevas razones al vestido, al mundo, al libro. El libro es un puñal guardado detrás de la luna (ese biombo) mientras el mundo y el vestido se miran el uno al otro, desenfadados. En medio está el lector sosteniéndoles en ambas manos y qué otra cosa habría de hacer mientras sino leer. Leemos juntos una mosca que sube por la pernera de un pantalón vaquero. Demasiado papel incendiado. Demasiadas agendas cubiertas de ausencias de recados, demasiados trabajos venidos de llamadas telefónicas, demasiados aviones de papel chocándose contra los rascacielos de Norteamérica. Y un vecino, que está a punto de pertenecer a la vida de los relatos, intenta torpemente poner pinzas a una camisa enfrente mía, para secarla. Sus gotas de agua, lo he visto, son también palabras, palabras sobre las que se refleja el cielo blanco, las nubes. Y caen irremisiblemente a una acera, donde serán barridas de la faz de este continente por las cerdas de un cepillo de tamaño DIN A4 que, a las tres de la madrugada, se encuentra paseando sobre signos eternos.
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4 comentarios:

marisa dijo...

Alberto, esto es de lo mas bello que yo he leído, pero necesito mas tiempo para hacer un comentario un mínimo inteligente. Esta tarde lo volveré a leer y volveré a disfrutarlo.

Alberto M dijo...

esta tarde muerta como un barranco, Marisa, me acabo de levantar y olé

Marisa dijo...

La escritura crece se reproduce y nos acompaña toda nuestra vida, es la mejor herencia que nos dejan nuestros padres, el amor a los libros y la curiosidad por el conocimiento, tu lo expresas de una forma muy bella, yo muy prosaica, pero gracias a esa curiosidad me permito valorar a personas como tu. No te desanimes y sigue escribiendo, lo necesitamos.

Alberto M dijo...

son horas extras de trabajos que, algunas veces, sí que existen, querida. Un saxofón silenciado paga el alquiler en una grave nota bajo la puerta.