martes

Locus solus, 7:28 h

No puedo conciliar ni una migaja de sueño. Están repartidas por el suelo de la habitación y conducen a una casa donde, de noche, todo el mundo, que está compuesto de muñequitos, baja y sube escaleras. La botella del whisky está vacía y del vaso llega el hedor del par de chupitos de las dos y tres de la mañana. Todos los hielos del mundo se han deshecho bajo la lámpara eléctrica y yo sé que debería dormir, abandonar la luz para adentrarme en los palacios con vistas a la ciudad de Las Vegas que hay debajo de los corredores que uno trasiega cuando está sentado, mirando una pantalla, despierto en la hora en que los segunderos de los relojes parecen congelados en el interior de una batalla donde todos los caballos de las películas galopan hasta caer relinchando o chirriando en un charco donde descansa un muñón de mano abierta al lado de una flecha que ha encontrado su sitio en otro trozo y que parece muy difícil de desclavar. Antes de regresar a la habitación he abierto el frigorífico para comprobar que había una pera. La he dejado ahí. Durante el día bajé a Madrid y charlé y paseé. Ahora reordeno algunos libros, muchos tienen las páginas gastadas. En un lado narrativa americana, junto con la francesa, pizcas de italiana, los rusos, la estantería dedicada a la poesía, con sus ensayos de poetas sobre poetas y sus cartas de poetas a veces también a poetas. También están las cartas desde la cárcel de Céline. Genet está cerca, sentado encima de la mesa-camilla. Todos bailan de un lugar a otro. La zona de filosofía (ya pedí perdón hace dos años por la presencia de la obra de Deleuze) reside la parte derecha de la pared frontal. La mayoría son libros para entendidos que no sé cómo he logrado juntar. Apoyados sobre estas grandes obras tengo El manifiesto comunista rozándose con el Tao te king. De vez en cuando se enciende una llama en el bocadillo que sale de la cabeza, después cierras el libro y comienzas a saborear la viñeta entera. Recolocas a Derrida en su lugar (también pedí perdón por la presencia de Derrida en mis estanterías) y vuelves a cruzar los brazos. En esta postura, en los días donde el ruido no permite el sueño, es fácil dejarse llevar por la noción de un triste pan de ayer acompañado por una loncha de mortadela con aceitunas y, si es posible, los restos que hayan sobrado de una ensalada. Las confesiones de San Agustín las tengo, al contrario que las que he dicho antes, a mano, pero es sólo un detalle. Los adentrados en La caverna de Platón sólo ven sombras y, luego, a falta de otra cosa, viven en ellas. También está aquí, entre Onfray y los Errores vulgares de sir Thomas Browne. Reseñas de Pavese, crónicas de Chesterton, retratos de Truman Capote, La rama dorada de Frazer... Tampoco es que fuera esta la vida que yo quería, entre otras cosas, porque yo sólo quería dormir y punto. En mis sueños sale una vaca cuyos pensamientos aparecen subtitulados en la parte de abajo del visionado. Dice cosas que llegan enseguida como: Estoy cansada. A veces soy yo el que ordeña, pero no le doy palique (si lo hiciese los subtítulos no me permitirían observar el ordeñado como merece, pues salen justo encima y conviene almacenar leche de cara a sueños posteriores). Por debajo del panorama, al lado de la pila provisional, se escurre una melodía compuesta por John Zorn para niños que en lugar de la excusa de los niños podría tener como principio-fin una miniatura de John Cage abriendo máquinas de vapor en la portada. Está llena de silencios en los que aprovecho a encender algún que otro cigarro. En los momentos en que decido prepararme las clases mi cerebro empieza a comportarse como una máquina de granizado de limón, naranja o café. Visualizo el gran puzzle que se forma en el interior de la frente tras seguir unas cuantas huellas y el perro que piensa configura en pantalla grande todas las acciones de ese puzzle convirtiéndolas en una fotografía donde no podría caber mayor número de píxeles y donde, en definitiva de la buena, los trazos de cada pieza de puzzle se han borrado. A partir de ahí toca, comprendo, elaborar un discurso. Pero he comprobado, por otra parte, que el discurso es siempre, en concepto, el mismo. Es decir, descripciones sobre la imagen definitiva que, claro, es una copia de muchas otras imágenes definitivas. Como aparecen superpuestas hay lugar para el manejo de la anécdota, que es una artimaña rodeada de súperguay que funciona bien. Lo siguiente es encender otro cigarro y, tras un par de caladas, volver a la tecla. Tecleo para dormir. Emprendo una sinfonía hipnótica de tac y tac, a veces consigo parpadeos y la luna llena de ambos ojos, por un momento, queda a oscuras durante los dos segundos que los muñequitos de dentro de los adosados mentales (aquellos que bajaban y subían las escaleras de la casa del principio) tardan en encender una vela (no quieren tropezarse). He probado a soplar para adentro con el fin de apagarla, pero es inútil. Por lo demás, afuera siguen bailando libros y libros. El Murphy de Beckett está emparejado, por ejemplo, con el libro de un tal Hofmann llamado Conversaciones con Thomas Bernhard, en el que Bernhard está sentado en una silla hablando solo, igual que en casi todas sus novelas, a la luz de una nube doradita por el sol que tapa. Son los primeros del estante del abajo / izquierda de la pared frontal donde los acompañan autores tan dispares como Queneau, Raymond Williams, Gianni Celati, Macedonio Fernández o Leopold von Sacher-Masoch, cuya autobiografía me aburre indefinidamente y que, sin embargo, ay, no sirve para coger el vuelo rasante del sueño.
Es el sueño una cometa varada en el tejado de esta habitación de libros y polvo. Por mucho que saque los brazos a través de la ventana para palpar no doy con el hilo y, por otra parte, quién sabe si tiene hilo. No se ven estrellas, han regresado a casa mientras yo jugueteaba con una manga del pijama, pero regresarán en cuanto, tras abrir mañana la nevera, recoja la pera que se encuentra en medio y, en mi camino hacia el metro, comience a dar ruidosas y alegres zancadas mientras mordisqueo y... eso sí, al fin.   
.

3 comentarios:

Marisa dijo...

Me ha gustado. No hago comentarios ya que tengo la impresión de resumir lo que no es resumible.

Alberto M dijo...

lo resumiremos en una bola de bicho rodando. Está aquí y saluda de vez en cuando, querida

marisa dijo...

Lo he vuelto a leer/disfrutar y
"esto no es la vida que yo quería" pero creo Alberto que por mucho que soplemos hacia dentro al final, y con un poquitín de suerte, nuestra vida sí es la que queríamos, no plenamente, solo los tontos son felices, a veces ni eso. Pero con unos cuantos momentos plenos bastan. Escribes de puta madre.