domingo

It´s all over now, baby blue

Me acuerdo de los veinte segundos que yo contaba desde la única curva que había en la carretera hasta dar al botón de parado del autobús, después me bajaba y caminaba, entre arenas e irregulares verdes, hasta la casa. Me abría abuela y yo comía siempre huevos fritos con un filete empanado y patatas. Luego ella se quedaba viendo su novela y yo me encontraba con mis sueños de antes, una bicicleta de montaña (30.000 ptas) a la que ya no le funcionaban las marchas y la guitarra eléctrica (imitación a strato made in Japón, 35.000 ptas) a la que le quedaba una pastilla viva, con las cuerdas oxidadas llenas de mugre tumbada sobre el pequeño amplificador Marshall (35.000 ptas también) que había quedado para emitir sonidos como provenientes de un conjunto de esparadrapos, al menos cuando lograba encenderse. La humedad en la bodega era notoria. Yo había sido feliz y ahora descansaba las tardes sobre esos aparatos rotos venidos de sueños también rotos. Se puede vivir sin pensar, me decía. La casa era relativamente nueva y yo había hecho de su idea una tumba dividida en distintos compartimentos con el fin de que cupiesen en ella bastantes cuerpos. De todos ellos el mío lo intuía. Cuando me cansaba de intuir (también) lo que quedaba de mis sueños en objetos que bien pudieran formar ya parte de un estercolero entre medias de dos pueblos pequeños, subía a mi habitación de los libros adornada con un póster de Las meninas arrugado y me masturbaba hasta que oía cómo algo se rompía dentro del sable dejando alguna que otra mota de sangre entre tanta fiesta de la espuma, bien en los cojines o el parqué. Pensaba, de morir así, qué ventajas acudirían a mi tumba, pero no morí de momento. Muchas cosas, de hecho, siguen igual. Abuela murió y las tardes de estos días en que ya soy un verdadero acaparador de las conversaciones sobre terrenos a explotar continúan sucediéndose, aunque con la televisión apagada y el silencio de las voces de esos héroes de quienes ella gustaba cuando había terminado sus trabajos de la casa. A veces la veo, pues viene a visitarme. La recibo en pijama y le digo que las cosas, vayan como vayan, me van bien. Luego se marcha y no faltan las veces en que yo percibo su cuerpo ya comido por el célebre sótano que mora dentro del ataúd y una calavera joven presidiendo restos de polvo bajo los alegres cánticos de los pájaros y las flores que, de cuando en cuando, van a cambiar mis tías o mi madre.
Espera, me digo. Me voy a servir otro aguardiente.
En la casa que dejamos en Aluche nos dijeron que ahora vivía una pareja. Allí, donde viví con ella 20 años, ya ni siquiera hay huellas mías, se las llevan las corrientes de aire poquito a poquito por cada día que pasa, y ha pasado tanto, tanto y tan poco. Mi vida allí se componía del colegio, de cuando nos dieron el vídeo, de jugar al fútbol y pegarme, de alguna raya de coca y de amigos, o algo así. También bajaba a por el pan y a tirar la basura. Entonces, recuerdo, existía esa extrañeza denominada familia con sus visitas los domingos a la hora del vermú y también durante la tarde. Existían los primos. Hermanos nunca he tenido. Quizás, por otra parte, lo único que he sido en mi vida han sido hermanos míos yendo y viniendo de mi cuerpo hacia fuera y al revés, sustituyéndose unos y otros, resueltos finalmente en una cara a la que sólo veo cambiada en las fotografías. La cartera de papá está llena de caras mías a edades distintas. Bien podrían ser las caras de otras personas, claro, porque la vida gasta muchas bromas. De hecho lo son. Una persona es una bombilla llena de motas de polvo, y cada diferente intensidad reflejada en el espacio de una habitación es otra y otra persona. La mosca que gira en torno a ella sólo es una anécdota (la vida misma). Nos alternan esos pegotes de luz y terminamos brillando en el metal de un cubo de basura normal que abrimos con el pie para vaciar ceniceros, creo.
Sólo quedan ya unas gotas en el vidrio de aguardiente. Llueven sobre el capó del coche y una sola gota se va ligando a las demás para ganar volumen y velocidad. Finalmente el parabrisas la aplaca junto a otras y yo le digo a mi padre, al volante, cosas, alternamos conversaciones sobre lo que hemos hecho o lo que vamos a hacer y, al llegar a nuestro destino, yo siempre saco el paquete de tabaco del bolsillo, lo abro, cojo un cigarro y lo enciendo. A veces le acompaño y otras me disperso. Entro en librerías y salgo. Entro en bares y salgo. Echo vistazos, mientras, a lo que queda en el monedero. Dentro también se encuentra mi carné de identidad. Faltan todavía unos años para renovarlo. En la foto que lo acompaña, por supuesto, no me reconozco. Ahora molo mucho más. Lanzo filtros de cigarro a los charcos de las aceras, me atuso el pelo, largo como cuando joven, me acaricio una barba que vuelve a estar ahí, igual que cuando era feliz, ahora alguna cana la define de distinta forma. Mi inocencia es evidente. Camino hacia la parada del autobús. Por el camino llamo a mamá, le digo que todo ha ido bien en el trabajo.
Y en breve volveré a contar veinte segundos, mentalmente, exactos, a partir de una curva que tiene  un centro de flores en uno de sus límites con una banda cruzada de tela en la que pone: no os olvidamos.
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7 comentarios:

Anónimo dijo...

Cuando yo he llamado a mi madre para decirle que me había ido bien en el trabajo, en realidad estaba en paro, así que no me atusaba el pelo.

Lady in red.

Alberto M dijo...

guau

Ly Rubio dijo...

Paseos y devaneos de cuando era feliz con la abuela, has traído a mi mente recuerdos gratos y otros no tanto de esos tiempos en que comer arroz con leche era una fiesta por la tarde, acompañada de voces que no se de donde salian,... Un abrazo :)

Alberto M dijo...

Estupendo, querida. Pero qué clavo despertarse hoy. Qué domingos más horrorosos han ido quedando.

Bellaluna dijo...

No se las razones de nuestro empeño por dejar huella cuando todo se ha terminado...
Forget the dead you’ve left, they will not follow you/The vagabond who’s rapping at your door/Is standing in the clothes that you once wore/Strike another match, go start anew/And it’s all over now, Baby Blue

Alberto M dijo...

no sé, somos cabezones, Luna.
Gracias por dejar este trocito de la letra

Bellaluna dijo...

Es culpa de mi padre, pero resuenan sus canciones en mi cabeza hasta cuando duermo, si es que duermo. Hoy he soñado toda la noche que iba a Brasil. A lo mejor no lo he soñado y es que me iba.