sábado

El interior de la casa

Despierto como cada día con la sensación de haber olvidado mi corazón en uno de los bidones que la química utiliza para pasar de un sueño a otro. Noto la ausencia de sangre bullendo sostenida durante el primer y el segundo suspiro de la tarde. Pongo un disco y cojo un libro al azar. Leo una batalla y regreso a mi cuerpo. Los sueños han fabricado un yo que aún no se ha despertado. Me convenzo de bajar a la cocina. Charly, mi loro, me saluda desde su jaula, pero yo no sé qué consulta hacerle, así que terminamos hablando de la partida de Oca que dejamos a medias durante la mañana, cuando yo era un hombre más completo que ahora. Bebo del vaso que me he preparado y noto la leche calentada atravesar la garganta y diluirse, dispersarse, en los siguientes conductos. Más tarde, al visitar el baño, orinaría, intercalados con sangre, hombrecitos de 1 cm. Luego tiraría de la cadena y desaparecerían para siempre. Aunque primero, he de decir, comprobé que no habían aprendido a hablar y, efectivamente, no lo habían hecho.

Mis pulmones están metidos en una jarra de la cocina. Los he llenado de agua hasta rebosar la jarra y he visto cómo, al principio, se despegaban algunas costras de entre sus raíces y cómo después, simplemente, han flotado hacia la parte de arriba. Últimamente permanezco demasiado tiempo sentado. Fumo mucho mientras introduzco el dedo por mi agujero de la cabeza y me masajeo el cráneo. A veces, como este mediodía, me quedo dormido, otras me disparo y noto la irracional verdad de todos mis órganos funcionando al unísono, siguiendo el compás como en una función de música y danza, cada uno a su movimiento y con sus notas elaborando el estribillo que me compone unas veces y me descompone la mayoría en que decido que es hora de introducirme en la paranoica catedral de los sueños, siempre rellenos de monstruos comiendo a mi vera y animales muertos llorando dentro de mi boca porque no pueden volver. Y me veo allí indefenso, desde afuera, en el lugar que sólo pertenece al sueño, sin poder hacer nada por mí ni por ellos.

Me cuesta mucho teclear hoy que tengo la muñeca de la mano derecha algo destrozada. Ayer visité el hospital y, después de hacerme un par de radiografías, el médico me dijo que no me veía nada. Aún así me he puesto una muñequera para inmovilizar la mano y tomo ibupofreno cada cinco o seis horas, y whisky. Alguien tira de la cadena cuando duermo y desaparezco junto a los hombrecillos que orino. Sólo estoy contando unas cuantas sensaciones acaecidas en los últimos días. Mi muñeca se queja y yo continúo hasta que la respuesta a este crucigrama se complete, dejándome una pista sobre alguna vivencia, alguna constancia sobre lo que es real.

Entre un párrafo y otro de lo que escribo vuelvo a tocarme, a través de mi agujero cabezal, el cráneo. He notado una especie de grano sentado encima de él e intentado explotarlo. Necesitaría de unas fotos interiores para comprobar si tengo acné juvenil en el cerebro pero, sobre todo, necesito que los ruidos desaparezcan, tanto los que salen del agujero como los que entran por él. Y es que hace tanto tiempo que no puedo escuchar los latidos de mi corazón.
En mis sueños late sobre el plato donde cena un simio. Después de probarlo escupe pequeños trozos de ello porque no le gusta y estos pequeños trozos laten por el suelo como si siguieran formando parte de una sola máquina. Los sueños, aunque lo parezca, tampoco es que me interesen demasiado. No distingo mi cara de otras y entiendo que mis huesos están en medio esperando que nos sentemos alrededor de ellos como si fueran una fogata en un campamento a los que me enviaban de niño los veranos y donde cantábamos a dios y a Jesús y a la virgen.

Después de vomitar ese recuerdo recojo mi nuez del fregadero y la devuelvo a su sitio. Tiene la pobre consistencia de la yema de un huevo cocido y sin embargo acompaña a las voces que salen de la minicadena y conversa con ellas y habla con mi loro Charly y ahí sigue como pomo de la puerta que hay en mi cuello y que no giro para que no entren en mi cuerpo las ratas de la calle y se pongan a alborotar las labores que se llevan a cabo dentro. Una maquinaria infernal sobre una casa cuyas intermitentes luces se sostienen al aparecer, sobre el ruinoso escenario, otro ser humano, sonriente, enfrente mío y con la mano abierta como un ala. En verdad son horribles. Yo diré que lo siento, que apenas tengo tiempo para mí ni nada y que me están esperando y, mientras desaparece, regresaré a mi vida contento del sonido de sus pasos alejándose y deletreando en su marcha el sonido de mi pulso, que regresa de nuevo mientras afuera anochece y caen tormentas de sudor, cuando la fiebre viene.

La nieve está loca, pero sucede, cuando sucede, afuera de la casa.  
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1 comentario:

Anónimo dijo...

Si me la metieras un par de veces me enamoraría de ti.
Cristina