sábado

Sara

La vida es una codorniz muerta dentro del televisor. / Todas las jirafas se han ido a arder a otro lado. /
El cerebro es un oso panda que no reconoce la muerte de su hermano gemelo / y baila un solo de saxo tenor tras un follaje de piernas. / El vecino, hace mucho, descolgó el auricular del teléfono fijo. / Los ronquidos entran a través de esta pared de chapa, dan una vuelta por los cuatro hemisferios y se apagan / a la velocidad en que prende una hoja seca. /
No se puede hablar de la muerte cerebral desde el lugar de la muerte cerebral. / Y un hospital rodeado de árboles cuyos nombres son Octubre es un sitio idílico para dedicarse a la pintura. / El cerebro es un plátano sin animal ni payaso / y el momento en que se acaba / un teatro de moscas que pidieran hora en el estercolero. /
Mamá me ha despertado porque tiene miedo de los fantasmas. / Un fantasma es la voz que alumbra una vela a las ocho de la tarde. / Porque ya no es verano y / hay que abrigarse.

Qué más quisiera un par de ojos meterse adentro con un simple chasquido realizado por el párpado y visionar el hambre que tienen, en lo alto, las estrellas que ligan una membrana a otra. / Si mamá sonriendo fuese mi cerebro... si ella, por un momento, supiese de mi existencia más allá de mi despertar al mundo / entonces, sólo entonces, las palabras miga de pan no tendrían ningún sentido. /
Acuden palomas y otros bichos al festín de la primavera pasada / vestidos de transeúntes de la parca, abogados de la tormenta, mayordomos del tanatorio Sur / sobre mi mano ríen y cantan, beben Lagavulin, encienden habanos, debaten sobre lo importante que es la distancia en una narración de Unica Zürn, follan todos con todos y, cuando corren la voz de que están siendo observados, regresan a su pequeñez / retornan a su invisibilidad. /
Mañana es un manojo de semillas sujetas por el jardinero del Edén, en la calle Pez, una tarde. / Bonita tarde de marzo, / 1989.

Madrid es un escaparate de lluvia / y el sonido de la calefacción de las agencias de viajes que hay en los grandes almacenes / todos y cada uno de ellos / podridos de gritos de alegría.

Yo y el cerdo primordial / de mi alma / come el pienso que da de sí una charca que he pisado de camino al metro / viniendo para acá.
El hombre es barro y paraíso / lavándose de ambas cosas en un cuarto de baño lleno de blanco y esos armarios pequeños donde duermen doce o catorce chinos. / La realidad es él mismo, de espaldas y enfrente de sí mismo / y sus huesos fabrican ladrillos, detrás de ellos. / En ese momento un anciano me pregunta por mi nombre. Y yo le digo que me llamo Sara.
.

4 comentarios:

Ly Rubio dijo...

Madrid, jirafas, ancianos, huesos, y una respuesta perfecta "Me llamo Sara..." :)

Alberto M dijo...

Hola Ly.
No sé.

Un beso!

Jose dijo...

Consigues sorprenderme siempre, y cada vez más gratamente; es decir: cada vez te leo con mayor gratitud. Me deslumbras, Alberto

Alberto M dijo...

tengo muchas ganas de enseñarte mis puntos del proyecto!