lunes

Personarse

Recuerdo días donde yo era algo. Hoy mi familia ha salido a dar una vuelta por el cementerio y yo me he quedado aquí, en la cocina. Apenas encuentro en la pantalla del Pc retazos de mi corazón, allá cuando estaba vivo, rugiendo por una caja de cerillas, por un colacao, por la luz de las tres de la mañana en el cuarto de las sombras. Hoy, que no soy nada, recuerdo, y el juego de naipes se destroza al intentar barajarlo. Por eso escribo, creo. Y eso es lo que escribo. Me da igual qué naipe caiga después del segundo sobre la mesa vacía, apenas con un jarrón transparente hasta la mitad de agua en el que se zarandea una flor con el tallo mordido que, mirándome cuando quieta al fin, es un micrófono al que no le digo ni siquiera el recuerdo de mis últimas palabras.

Recuerdo mi convivencia con un extraño coño. En él podía, al introducir el pene, escuchar una mezcolanza de mis palpitaciones y las suyas, como quien permaneciese más interesado en crear ese acorde. Las mías eran el solo y las suyas actuaban por debajo haciendo del resto de la banda. Al sacarlo sangraba, pues el interior de aquello estaba lleno de vidrios rotos, agujas oxidadas, asientos descoyuntados de coches abandonados. A continuación abría el refrigerador y colocaba una bolsa de hielos sobre el estropicio. Todas las reacciones que buscaba eran las de conceder alivio a la naturaleza inerte de las cosas, en la cual yo me veía inmerso, con o sin las palabras de ella caminando hacia mí. En una de las ocasiones ella me recomendó ¡Ella! Que fuera a ver a un médico. Hoy cierro los ojos y busco su cara entre los recuerdos. Giro con mis brazos matorrales para poder verla, pero sólo doy a una explanada donde hay unos jóvenes fumando canutos. Me he acercado a ellos a preguntarles por la cara, por el coño, y se han mirado, me han llamado abuelete y se han reído. Les he dicho que cuando yo tenía su edad los chavales sabíamos divertirnos, que en nosotros la ebriedad tenía sentido. Ha sido cuando uno me ha escupido a la cara. Mientras me limpiaba con un kleenex le he preguntado si no sabía lanzarlos con moco. Luego me he ido. Podía oír sus apestosas risitas. Luego he seguido andando mientras me decía que gobernarían el mundo y encima eran feos, llegando a cuando la explanada se convirtió en un garaje para residentes. Pocas cosas se me ocurren contarle a la flor del tallo roto que reside en el interior del jarrón transparente de la mesa de la cocina. En realidad, giro mis pensamientos, los envío al pasado en un mail, las teclas del ordenador son las estrellas mientras hoy apenas entra una porción del sol en la casa. Los brillos que dan a la ventana provocan pensamientos comestibles. Por lo demás, cualquiera que se asomase a esta cocina vería en mí un más o menos claro ejemplo de catatonía.

Enciendo un cigarro e imagino que estuviera escribiendo esta historia de recuerdos que no tiene ni pies ni cabeza. El humo se asoma en las partes de luz y el teléfono suena, pero no lo descuelgo. Es la nada que habita esta casa. Normalmente estoy en pijama, en la cocina, reconstruyendo el mundo partiendo de imágenes que recuerdo, junto unos retazos con otros y, en ocasiones, dejo que se escriban solos. No siempre el resultado tiene sentido ni tampoco belleza. No siempre tiene algo que sea más que unas palabras acoplándose al paisaje descrito. Inserto mi cerebro en el coño de cuando había chicas en mi vida y lo dejo reposar ahí dentro. Percibo los ruidos de sus intestinos y poco más. El resto es la vida de un ermitaño dentro de una cueva. Compruebo que no hay whisky en toda la casa y finalmente me preparo un café, enciendo el televisor y veo cómo matan a Gadafi. Un viejo de 50 años se tira una foto a sí mismo al lado de la cabeza del cadáver en cuya sien se aprecia un agujero negro abierto por una bala. La siguiente imagen es del hijo de Gadafi bebiendo agua de una botella de plástico. Segunda toma: fumando un cigarrillo. Tercera toma: su cuerpo está tendido en un sótano rodeado de unos cuantos libios sin apenas dientes sonriendo. Quito la televisión, me tomo el café de un trago y oigo cómo unas llaves entran en la cerradura de la puerta principal. Es mamá. Me dice que han limpiado y colocado flores en la tumba de mi abuela. Se produce un silencio mientras me mira vaciar el cenicero. Al rato me pregunta por el coño. Le digo que le he estado dando vueltas, pero que no he llegado a ninguna conclusión, que he encendido el televisor y que, al final, no he escrito nada. Da igual, hijo, dice, total, sólo te lee el tonto ese (se refiere a Pedro Robes, el comentador mongolo de la sección comentarios). Le digo que he pensado que dar vueltas a una historia partiendo de una imagen y no llegar más que a una conclusión escrita azarosamente puede ser perfectamente un tema. Después cambiamos de conversación.
Han enviado un correo del ayuntamiento. Deberé dar unas conferencias no sé aún qué días sobre lectura, interpretación y alguna cosa más sobre la que yo creo que no hay nada que decir. He quedado en personarme el viernes.
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1 comentario:

Claudio Rodríguez dijo...

"Les he dicho que cuando yo tenía su edad los chavales sabíamos divertirnos, que en nosotros la ebriedad tenía sentido."


Don de la ebriedad

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.

Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!

Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?

Y, sin embargo -esto es un don-, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.

Don-de la ebriedad sí que tiene sentido es en la vívida ceguera del poeta, amigo.