miércoles

Meses posteriores a otra muerte

Normalmente atábamos a un poste a la víctima, cortábamos de ella lo que podíamos comer sin necesidad de utilizar la lumbre y observábamos sus ojos mientras engullíamos la carne.
Este es un resumen somero de la historia de mi vida cuando había amigos en ella.
La hora de defunción nos era indiferente. Aquellas escorias colaboracionistas y anti-revolucionarias morían desangradas y nosotros, como todo el mundo, necesitábamos nuestro tiempo de sueño, con mayor motivo después de una cena copiosa.
Años después me sirvo 1/5 de whisky (a ser posible irlandés), enciendo algunos cigarrillos, hojeo periódicos, invento chistes para mis estados de facebook y follo una vez al mes. Entretanto no me hago pajas, sonrío a papá y a mamá cuando vienen de trabajar y leo, aproximadamente, cien páginas diarias de libros escogidos al azar. Mi biblioteca es inmensa. La mayor cara del pueblo donde vivo.
Recuerdo con morriña mi vida entre amigos. Por ejemplo: coger a un poeta / cortarle la oreja que mejor rabia dé / echarla en una sartén cuando el aceite ha comenzado a hervir / dar cuatro vueltas / tranquilizar los llantos del poeta mientras se saca la oreja de la sartén y se la echa sal gorda y rodea en un plato con un par de rodajitas de limón / repartir el manjar / decirle al poeta “no, para ti no hay” / cenar / cortar la cabeza del poeta y meterla en el congelador junto al cuerpo para experimentar al estilo Ferrán Adriá en días postreros.

Mi melancolía es grande como una montaña llena de pobres. Son las 5:13, madrugada, mañana tengo el día libre, los hielos se han derretido en el vaso hasta la mitad de lleno de whisky. No es una de mis marcas favoritas. Durante la tarde noche telefoneé a mi novia para ver si conseguía conocerla un poco más. No conozco a nadie. Guardo mi imagen del metro de Moscú hace un tiempo. Stalin, ese hombre de paz, hasta entonces asesino de todo lo que bordease su nombre, da una conferencia y los nuestros se alegran de que esté allí. Aquellos que no habíamos visto propaganda alguna le creíamos preso del nazismo. Nos restregamos los ojos y pocos años más tarde (1953) lo vimos morir tras dos días de agonía en que ningún doctor quería acercarse por miedo a una orden de fusilamiento. Al tercer día nuestras mujeres lloraban junto al féretro mientras algunos deportados hincaban sus rodillas en la nieve y veían un sentido a su vida en la muerte del gran mariscal. Decían: el bigotes ha muerto, y saltaban, y la nieve saltaba con ellos. Luego volvían a caer por eso de la gravedad, al igual que la nieve, y volvían a saltar... después pensaban en trenes que les llevasen hacia hogares suyos comidos hace tiempo por mí y por todos mis compañeros. La primera vez que vi a Stalin fue paseando el féretro, junto con posteriores víctimas suyas, de Lenin (aquí llamado Sr. Ulianov), a los que se unía una apenada muchedumbre.

No saqué los papeles a la calle. Nunca lo hago. La policía me cogió. Mala suerte. Pero hoy me encuentro en pijama delante del ordenador, está a punto de amanecer y procuraba hablar sobre mi melancolía, grande como un banco de peces moribundos, eso es.

Desde que dejé de comer carne humana me he dedicado a escribir. Tengo un blog muy bueno. Lo leen mis vecinos y mis padres. Se llama La semejante criatura y va sobre la nada (Mongolia), mi alegría (Valseca), la muerte (Valseca también) y personas, y animales (Charly y Trasgu). Me estoy haciendo muy mayor, porque mayor ya era. Tuve que volver a aprender a hablar cuando todo se fue al garete. Lo hice. Luego vino el silencio de los demás y yo me presté a ayudar. Lo anterior habían sido fiestas caníbales así que, ahora ¿Qué podía hacer? Y así fue como en los descansos  durante los cuales soy una persona leo a mis antiguos amigos (gente que me pedía ayuda para sacar la edición a su nombre y, cuando salía el libro, me firmaban un ejemplar con un “para mi hermanito”). Hacen escritos horribles. Espero que no pasen la criba del tiempo. Mi visión es apenas la de una tumba cada vez más larga y más estrecha. El día en que mi estómago de muerto explotó salieron de él varios ojos. Cerrados son los relatos de mis antiguos compañeros y abiertos, hoy, son los míos. En los míos no sucede nada obligatoriamente. Tan sólo una persona pensando. Si se restan las demás el cadáver riñe. Y el resultado es un esparadrapo. Los gestos de las cejas, sin embargo, no dejan lugar a duda: Estuve vivo mientras firmo mis no palabras con otro nombre.
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2 comentarios:

Claudio Rodríguez dijo...

Veo que no te gustan los poetas, o tal vez sí, porque es la lengua la raíz de tal misterio, no la oreja. El poeta puede ser ciego (Homero), sordo (Madsen), insensible (Teognis) o decapitado (Orfeo). ¡Pero no mudo, neng!

Alberto M dijo...

conllevan exaltación y nervios y mucha mucha tontería. A veces la dejan caer al suelo y se tropiezan con ella mientras procuran no se les desfase la voz al recitar en público. Una vez recité en público. No sé cómo puede seguir haciéndolo la gente. Es exasperante, espeluznante, comparable a hacer de modelo en fotografías. Aquel que es retratado siempre es otro, pero uno dice soy, como si fuera, y eso es todo, querido amigo.
Un beso