sábado

Lejos de Illinois

Paso horas frente a la ventana viendo salir autobuses. Sé que no nos atropellaremos cuando la única pelea que tengo iniciada es con el pijama que lleva 30 horas sin salir de mi cuerpo. Cualquier insecto puede entrar en la casa y pisarme por accidente. Y, mientras, no tengo más remedio que preparar clases. Sería de agradecer que la cabeza volviese a su sitio en estos casos. Y, claro, mientras unos autobuses salen, otros llegan. Es una ley que funciona como un reloj nuevo.
Nada más llegar a casa en los días que tengo que salir me lo saco de la muñeca al instante y lo dejo en cualquiera de los apartados de la cocina o la habitación, lo que impide que lo encuentre en un primer vistazo en el siguiente momento que deba salir. Hace tres días me propuse encontrar heroína y fui a preguntar a los que pasan perica deformada. Uno dijo Sí, sí... pero no he vuelto. Yo esperaba que supieran de qué estaba hablando y no vi indicios por ninguna parte. Los disimulos demasiado histriónicos me fastidian. Después de eso acudí muy puntual a una cita con mi trabajo de intelectual. Todo estaba preparado para empezar mis charlas de los jueves. Fueron muy amables conmigo, he de añadir. Para celebrarlo me tomé una caña en el bar de al lado del bar donde me denunciaron hace un año por conducta lasciva o algo así. Pasé por la puerta del homoerótico que me denunció, en el marco de la puerta, con los brazos cruzados. Se me ocurrió si decirle algo que le tocara sus partes, pero no lo hice. En el paseo noté cómo su mirada funcionaba con mis pasos y desaparecí en el bar de al lado, donde me atendieron todo lo amablemente que sabían. Al llegar a casa mezclé algunas pastillas para la tensión y he debido de dormir bastante. Hoy amanecí en el mismo sofá. Cuando me desperté fui a ver a mamá y dormía como un angelito en su habitación. Decidí que las horas sólo serían importantes para cuando se diera mi trabajo de intelectual, en el que todo el mundo me quería muchísimo, y escribí una nota que dejé en su mesilla donde se lo expresaba para que lo viese al despertar.
Han llegado tres autobuses y han salido cuatro desde mi última visita a los sueños. Cuando era menor comía estrellas de la noche y luego sabía de la oscuridad mientras en mi estómago ardían fierecillas meditando.
Entre el segundo autobús de salida y el segundo de llegada noté cómo los cajones de mi sesera se abrían y de ellos salían voces que me decían lo horrible profesor que yo era. Luego una estrella que se había caído al suelo durante mi niñez los cerraba y yo me concentraba en cosas como prepararme un café caliente. El humo, al salir del micro, salía en una viñeta de tebeo directo a mis narices que, apenas detectaban el calor, provocaban en mí una especie de estertor que repetía que era la vida algo así como maravilloso etc. Ahora bebía poco, pero con regularidad. Serví un whisky en un vaso y, a pesar de la pereza que me daba vaciar la hielera, lo terminé haciendo. Hube incluso de rellenarla después. La vida, con excepción de mi clase de los jueves, podía reducirse a eso. Leí varias veces la descripción de La casa tomada de Cortázar e hice posibles planos del lugar, señalando las zonas tomadas y la salida al exterior. Finalmente hice un dibujo de una llave, que hice dorada, en el fondo de un alcantarillado y a un chico y una chica emprendiendo el camino hacia el horizonte. Bien, me dije, esta será la excusa de mi próxima clase. Planearemos hacia dónde avanzan exactamente ese par de jóvenes -¿Jóvenes?- etc. Encuentro el reloj, miro la hora, calculo que el tiempo de la lectura supere los siete minutos y, a partir de ahí, me acierto a ser bueno en lo mío. Al menos en lo que es mío algunas tardes de jueves. Los viernes: pastillas. Los sábados: whisky y café. Los domingos: fútbol. El siguiente lunes el intento de otra clase de lectura. Sacar de debajo de mi cama un intelectual despellejado y pedirle a su ombligo muerto que me cuente cuentos... Mariposas de Koch de Antonio di Benedetto, la imagen literaria, etc.
Hoy hubiera salido si no fuera por aquella ley que prohibió fumar en bares. Un par de whiskies, invitar a otro a una perdida, follar con ella en el garaje de la casa de mamá, obligarla a vestirse rápido y echarla. Es una opción. Antes mis planes semanales funcionaban así. Ahora, la verdad, tampoco es que tenga interés. Ni libido.
Oigo salir otro autobús. Sé que es el último de la noche. Al arrancar emiten el ruido de un saxo tenor. Lo reproduzco en Spotify antes de guiñar por primera vez los ojos en señal de flojera. Odio que se acabe el whisky, pero en lugar de quejarme salgo al pozo que hay en mi jardín y miro a través de él como quien intentase ver allí la luna reflejada. Todo está oscuro, huele a naturaleza. Por un momento da la impresión de que todos los relojes del mundo anduvieran a la misma hora. Hace frío también, esa es otra. Mi pijama es verde oscuro con un par de líneas, una blanca y otra azul. Sobre él a veces cabe un albornoz de algodón gordo amarillo. Me siento enfrente de la televisión y observo los anuncios de la teletienda. Mi ser de intelectual se regodea en la noche, cambio de canal y vuelvo sobre el mismo. ¿A quién no le vendría bien un tonificador de músculos por doce pavos?

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3 comentarios:

Ly Rubio dijo...

Lejos de illinois en esa clase de los jueves, entre los remolinos mentales, pensando en las rayas del pijama con la luna reflejada en el pozo del jardín, salta Cortázar deslizando su historia,.... :) Saludos

Jose dijo...

Echo de menos las mariposas, amigo. En Illinois seguro que siguen a lo suyo, que es un término medio entre la ingravidez y el vuelo. ¿Volverán las que marcharon en verano? O me dirás como tu poeta favorito: "ésas, no volverán"
Ten fe, la naturaleza provee de esto o de lo otro a quien le niega tal o cual cosa. Los tigres, por ejemplo, no tienen cuernos. Pero su metabolismo está peligrosamente acelerado. Tú tienes todos los defectos de un buen escritor, incluso cuando tengas que explicar cómo se lee bien a Cortázar, seguirás pensando en escribir sobre ello, por ejemplo, a través de un tipo que tiene un calendario desfasado de hace años, en la pared de su cocina en Pohorelá (Eslovaquia), y lo mira todos los días antes de irse a dormir.
Ten fe. Tienes lo necesario para realizar un buen mapa de "La casa tomada", y tus alumnos no se merecen menos.

Un abrazo, amigo mío.

Alberto M dijo...

cartografía de la casa incluida, el jueves no llueve. Veré a mis viejitos, Jose, les miraré y les diré: ¿Qué pasa con Cortázar? Siempre invitan al dibujado aquellos cuentos