viernes

La fiebre del otro

Recuerdo que tenía siete años recién cumplidos debido a una conversación. Cada mañana debía, desde la cama, abrir la boca para ingerir un jarabe. Dentro de la cuchara, aparte del líquido, había un retrato mío hecho a la escala de un insecto. Finalmente yo abría la boca y nos tragaba y, luego, si todo iba bien, la abuela volvía a cerrar la puerta y yo regresaba al sueño, aunque no me gustase mucho por aquel entonces aquello de dormir, por considerarlo aburrido en todos los aspectos.
Desde la ventana de nuestro piso entraban las voces del colegio que había abajo y podía notar cómo toda esa multitud de niños jugando se infiltraba en mi fiebre. Me veía al unísono dando patadas a un balón en ese colegio (aunque yo iba a otro) y moviéndome en mi cama, arropándome con las mantas, acurrucado. El sudor mojaba las sábanas y toda la habitación despedía un olor a medicamentos que se concentraba en mi cuerpo. O no, seguramente era al revés, salía de mi cuerpo para concentrarse en la habitación. Da igual. El doctor vino por la tarde, cuando mejor me encontraba. Mi abuela me dijo que era una pena que ahora que el doctor iba a venir de repente yo estuviese bien, que hiciese como que me dolía. Quiero ir al colegio, dije, en broma, por supuesto. Recuerdo el frío del aparato ese con el que te examinan el pecho. Era un doctor gordo con bigote, de los que no daban caramelos. Al irse volví a estar malo. Le eché la culpa a él. A la noche mis padres vinieron de trabajar y pude oír que, en el salón, le preguntaban a mi abuela que qué tal seguía. Mi madre me había comprado un libro de Elige tu propia aventura. Eran los que más me gustaban entonces.
Años más tarde, cuando tenía quince, decidí estar siempre malo. Había tenido que cambiar de colegio y no me gustaba cómo me miraban los nuevos ni lo que decían de mí. Me escupían, decían que no les gustaba mi cara, por ejemplo. Me arrancaba, por aquella época, una media de dos granos al día. Los triplicaba en tamaño y, al día siguiente, creaban copias en otro lugar de una cara, en ocasiones, difícil de encontrar. Por otra parte ese colegio era demasiado grande y cada rincón estaba lleno de las mismas porterías y canastas llenas de pústulas. Decidí dar patadas a un balón y al final hice amigos o algo así y, durante una época de mi vida, me drogué con ellos.
En los fines de semana iba al pueblo y sabía que un accidente con el coche acabaría con nuestra vida. Procuraba, mientras me preparaba para el siniestro, elegir la canción adecuada en los walkman. Entre medias de la ida y de la vuelta asistía a los bares en pandilla con mis colegas del pueblo. También había segundas borracheras estupendas y, con el tiempo, reyes de la noche nos coronaban y jugábamos hasta bien entrado el mediodía siguiente. Abandoné el colegio grande y me fui a una cosa pública de artes y cosas de esas para las que todo el mundo decía que yo estaba muy dotado. En los baños fumábamos porros y una vez me besó una y me dijo que estaba muy bueno. Mi chulería de entonces se vino abajo en cuestión de eso. No podía entender aquello y, durante la clase que vino a continuación, intenté escribir un poema o algo así donde el mundo perdiese y, con él, yo también, y la chica esa, y también su madre y su padre. Escribir era una excusa para que pareciera que iba a estar haciendo algo, ya que el descaro de aquella chica me había anulado. Por otra parte, los profesores de aquel lugar no se extrañaban de que siempre respondiera con ambigüedades a sus preguntas sobre la historia o España o el inglés, así que nada me iba a delatar. Da igual, en el metro se me pasó, hasta me renové completamente y eso.
En esa época era normal que yo me acurrucase en la cama hasta notar el sonido de mis huesos. Quizá me tentaba romperlos. Recuperaba en secreto los días de mi enfermedad de crío y la vida me mostraba que, a pesar de mí, ella no había cambiado. Los ruidos del colegio de abajo seguían allí, en los movimientos de otros niños, podía también oír a mi abuela hacer la casa y mi pueblo no había cambiado de lugar en los mapas, ni mi barrio y esas cosas que yo conocía, aunque me trajeran constantes dolores de cabeza porque, como buen muchacho, me esforzaba en cuestionarlas hasta que el cerebro rompía a llorar como un pobre niño enfermo de siete años recién cumplidos.
Después estuve encerrado en un hospital para enfermos mentales. Al psiquiatra que me llevaba le decía cosas como que la gente me miraba en el 25, que era la línea de autobús que usaba por las mañanas y mediodías. Había espías por todos los lados disfrazados de gente corriente. Así, una mujer con un carrito de bebé enviaba informes a personas como él en las que anotaba cosas como las que él anotaba de nuestra propia conversación y las enviaba al demonio que existía en todas las conversaciones de este tipo. Le dije que, al momento de verlo durante la mañana en que fui ingresado, hubo un relámpago y le pregunté si no le concedía eso bastante crédito a mis averiguaciones. Mi tío era policía, seguro que él sabría algo, dije. Y cosas por el estilo.

Estuve mucho tiempo tomando neurolépticos que me volvían idiota y ansiolíticos que me provocaban adicción en lo que procuraban reprimir efectos secundarios de los neurolépticos, y mis padres cambiaron de casa junto con mi abuela.
Aquí no he vivido nada durante aproximadamente catorce años. La vida se hace y deshace sola. Sólo al principio unos energúmenos, como una novia a la que yo había sido fiel, procuraron desvirtuarme colocando cámaras ocultas en cada habitación de la nueva casa. Se rieron mucho. A los dos años recaí otra vez y, más tarde, esas risas pasaron a formar parte de cada molécula que mi cuerpo ha ido desarrollando desde entonces, convirtiéndome en una risa perpetua allá por donde he ido. Al principio estuve callado. Tuve que volver a aprender a hablar. Estuvo bien. Poco importa que la gente que me ha rodeado en los últimos años mereciese o no mi palabra o si yo mismo fuera merecedor o no de ella, a lo que voy es a que una especie de casa ajena a donde vivo ha ido creciendo, despacio y, por suerte, es una casa donde la risa que mencioné  un poco antes, cabe. Apenas abro la ventana para que salga a la calle. Me aseguro de que vuelve a mí y ese ha pasado a ser el único secreto del que tengo conciencia. Cuando ella calla yo sé que es la hora de comer y me siento en mi silla de la cocina. Ojalá todos los demás volvieran a estar allí, como lo estaban antaño. La vida es muy puta más allá de cómo esté uno.  
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2 comentarios:

Jose dijo...

Sshhhhh!
Shhh...
El moderador de comentarios está dormidohhh...

Alberto M dijo...

sí, pero no todo el rato eh