jueves

El meridiano de los sueños de algunos pequeños y nuestros mongoles

Un cuenco de plata rodeado de tela de coco a la mitad de whisky, este bajando de los hielos dispuestos como venas que van a parar a mis tejidos, todos manchados de pegotes de sangre y algún que otro animal a la espera de que alguna gota caiga al suelo. Mi mansión está llena de libros. Los abro todos por diferentes páginas y mezclo sus significados en un vaso. Gusanos acuden a mi lectura final. Las larvas ocupan el lugar de telarañas que hay colgadas de mi cráneo y un tubo de pasta de dientes en el que se lee la palabra Mentol habita el centro de la mesa chica como si fuera un mensaje. El resto son abalorios, guantes sucios y en su mano fingida enormes perlas reflejando el brillo dejado por un mediodía ya muerto, con platos sucios en la pila, cacerolas en las que quedan restos de garbanzos y patatas. La muerte ha venido a jugar conmigo. He propuesto que mi perro se una al festín y hemos devorado piedras. El cuenco del principio y los chorros de whisky caídos de un barril de madera atada por unos hilachos. Leo ambientes en McCarthy. Sacudo Meridiano de sangre por si cae del libro algún barro, alguna arena de los desiertos de la Arizona profunda, retazos de frontera y dibujos de mapeados donde se unen en el juego los idiomas y esa sangre de cabelleras cercanas, de animales rotos, de apaches con el corazón de otro en la mano y la mirada risueña del juez Holden contemplando a unos extranjeros mientras el capitán Glanton escupe a una lumbre y el negro Jackson, asesino del blanco Jackson, martillea su revolver contra la montura de un caballo pardo. La hoguera me da de frente. Es ya octubre. Los delaware están en posición. Poco importa. Leo, sí. Mañanas y noches. Las tardes son el vino de los borrachos o la Francia de Artaud andando los pasillos del sanatorio de Rodez mientras sonaban alarmas de reloj y se comía puntualmente. La televisión asistía de vez en vez. A Panero le vi en la reciente feria del libro y llamé su atención cuando levantó la cabeza para decirme que no me conocía de nada. Estuve por responder que ya lo sabía y añadir baboso. Mi poesía es otros atardeceres y en ellos digo la hora a los caballos de la narración de McCarthy. Merodean perdidos en el desierto y el pequeño país donde se debe acabar es en el territorio del grupo, allí son dueños de las cabelleras. Por el camino alguna serpiente enredada en una calavera y la arena de los breñales. Manadas enteras de caballos sin atar y góndolas de gacelas camino de la nada que vuelve a ser el desierto. Una pipa y, de fondo, de nuevo, la sonrisa sin fin de ese bruto ilustrado que es el juez Holden. Grupo salvaje, de Pekinpah. Un grupo de forajidos calculándose en el precio puesto a sus cabezas. Me gusta ver esas películas con mi padre en las calurosas noches de los veranos, que terminan un día sin avisar. Lars von Trier dijo de esa película que por la pantalla se escapaba el polvo del oeste, la sangre del oeste. Yo prefiero el libro de Cormac. Sacudo sus páginas y un adivino me dice los vaqueros perdidos, las cabezas cortadas de los dueños de los anteojos e indios con sombreros montados en caballos sin montura, lanzando flechas al aire suspendido de ese radio en el que el espesor del cielo agobia cortando la respiración. Las noches en las que el chaval de 19 años anda perdido por el desierto y el whisky del principio es un ejército moderado en las cantinas de paso, donde los salvajes se sientan a comer y un caballo gira chorreando sangre por una de las orejas que, si cayese en un lienzo, sería una anticipación a Pollock. Breton en una galería comprendiendo que sus delirios de una escritura automática eran el number one. Nueva York, 1950. El chamanismo y Breton, no sabiendo la manera de redefinir al surrealismo (que, por alguna razón, siempre tenía que ser redefinido) se pone a hablar de las hierbas de los indios. El Artaud de antes, expulsado mucho atrás del lugar del médico, y los tarahumaras. La muerte de Pollock, paleto y borracho, semifollador de Peggy Gugenheim, otra puta cachonda y fea como una lechuga arreada por los insectos, en un coche en donde se acaba el sueño americano de las edades de la vuelta a la inocencia suprema. Creemos en dios. Mi habitación. Las estanterías. Los trastos. El whisky del principio. Las pizzas de ristorante. Un hilillo de voz salido de spotify, Paolo Conte. Echo de menos la américa donde quería irme a vivir de pequeño. Sigo acurrucado en ella como una serpiente dormida que, cuando despierta, es un traste venido del rock de Seattle, latigazos de guitarra, mamporrazos sin sentido y drogas para infantes. Luces de ambiente. Yo introduje unas cuantas en la discoteca de Valseca cuando era un crío. El precio eran mil pesetas. Hubo un atisbo de ver mi barrio de Madrid en ese pueblo de cuatro cabras. El Nevermind. Luego se acababan las fiestas. Los magos se iban y yo cruzaba los brazos, me echaba siestas en el suelo. Sueño con ese niño dormido, esa mala puta que le acompaña, los tres perdiendo, los tres caminando, como hago solo ahora mientras escribo y bebo de los más grandes vasos. Dentro de cada cubito, el whisky de la una de la tarde, la cama de cuando se acabe el día y, antes de dormir, unas cuantas páginas del libro que me encuentro leyendo, boca abajo, vomitando bilis alguna que otra vez, pero con alegría y grandes proyectos, ambos, mi libro y yo. Amada la luz, y mi novia , ay, muy lejos.
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2 comentarios:

Bellaluna dijo...

Via, via... fuori piove un mondo freddo. ¿Lees siempre el mismo libro?

Alberto M dijo...

no no, pero, jodén, ya me le estoy acabando