martes

De rosas marchitas y agujeros negros

Salvo por el agujero negro que, en ocasiones y sólo por el mero gusto de vomitarlo después para dejarlo en su situación original, se tragaba mi cerebro, todo iba bien en esa época reciente a la muerte de abuela. Aquellos días en que mi afición al whisky se acrecentaba, así como eran acercados, durante fiestas literarias, coños y culos en apuros, corolas de vergel muerto, chavalas que, simplemente, mientras se frotaban un poco, querían algo de cháchara del tipo ¿Has leído a Stravinsky o su puta hermana? Todo iba bien, mi canibalismo no parecía tener mérito pues ellas estaban encantadas de andar enredadas entre mis premolares mientras yo ejercía mi derecho a masticar su orgullo de leídas escritoras de cuentos de chica conoce chico. Me los sabía desde el primer renglón y me preparaba para la siguiente juerga. En medio sólo existían dolores de cabeza provocados por el whisky y otras drogas y, ay, esos malditos agujeros negros que, siempre que se han manifestado con el fin de bajar mis humos a La Tierra, han ido dejando piel muerta de sí grabada en mis posesiones grises siempre rodeadas de chapa mal pintada. Todo, creí, hasta que apareció uno de aquellos amores fundamentales en mi vida, una chica que me llevó a su pequeño apartamento de los alrededores de Chueca. Recuerdo que durante los primeros licores simplemente hablamos de cómo se las gastaban algunos sobrados e hijos de puta en esas fiestas a las que yo, por trabajo o algo parecido, había acabado siendo asiduo, y luego, sin más, hablamos de nuestras relaciones. Le dije que yo tenía una especie de novia puta. Esa chica sabía reírse conmigo. Se llamaba Elena, no lo había dicho. Hubiera estado bien que siguiéramos, pero tras aquel polvo no me cogió el teléfono y yo, después de una tercera intentona, dejé de llamarla. Otras veces que pasé, debido a algún recado, por las aceras de su piso miré arriba como seguro de encontrarla mirando por un balcón que ya no recordaba cuál era, tan sólo que había en él macetas vacías.

Alguien me ayudaba desde los cielos, seguramente mi abuela, para que aquel estrés no me influyera en absoluto. Espero verla cuando me muera y agradecérselo porque aprendí algunas lecciones de esos viajes trabajando para desiertos andantes vendedores de oasis en los que respirar sentado encima de una mesa repleta de papeles de trabajo, fotocopias y otras mierdas que me la traían floja más allá de recibir por esa ocupación un sueldo en negro venido de la mano de un estafador corriente. 
Lo mejor y lo peor de esa época seguían siendo las fiestas. A veces me diluía entre la gente, las demás me permitía comérmela, y esto, naturalmente, incluía a autores y sobrinos de autores, algún académico en una ocasión. No había retroceso ante esos soplapollas salvo en la oscuridad de mi habitación o la destartalada casa de la inútil de mi novia. Otras veces me quedaba a dormir en casa de mi jefe. Los días en que perdía el último autobús mi sueldo desaparecía. Allí nunca me relajaba, encendía cigarrillos mientras él deshacía otros y de vez en cuando me permitía coger una cerveza de su nevera, una especie de demonio del espacio, muy moderno todo. Yo pensaba: Los ricos, en fin. En la pantalla había una película a la que yo no presentaba el mínimo caso. Yo procuraba compartir mi relación con los agujeros negros con aquel pene andante mientras se acomodaba en su sofá y yo temblaba e iniciaba la conversación. Creía que ese hombre a veces desesperadamente tierno podría saber algo de ellos, de su aparición y mis teorías relacionadas con la muerte de mi abuela y las chicas que aparecían en mi vida, con quien unas veces follaba y otras no. El acto del amor poco tenía que ver con la saciedad de esos dolores. Solamente me tranquilizaban la pilila durante media hora y, media hora después, yo intentaba volver a la carga pero, ellas, tan hermosas, ya dormían como ángeles sin casa en cuya casa yo me encontraba, inserto en sus sueños e historias de la mañana siguiente cuando chica y chico se reencontraran desnudos en la misma cama y sin nada que decirse más que: ¿Desayunamos? O ¿Hay tabaco? Mi jefe nada quería saber y yo pensaba que aquel hombre tendría quizás los suyos. Luego supe que ese hombre no tenía nada de nada, sólo un negocio y, meses más tarde, ganas de matarme. A lo mejor tenía razón en lo de las ganas de matarme. La vez que me vio después de eso se puso a hablar como una metralleta tras soltarme un abrazo. Yo le dije, ay, que le había echado de menos, así, como si fuese verdad. No volvería a correr por esos pasillos en busca del coño definitivo y una cara que acompañase a esa peluda vía láctea. En su lugar había encontrado vidas de artistas que, a veces no hacían nada, otras pintaban y, otras, estaban conmigo. A ninguno le he hablado de agujeros negros. ¿Para qué sirven los artistas aparte para realizar orgías? Y allí estaba yo por primera vez en una. Todo el mundo magreándose, una fulana se acercó a mí y nos besamos, pero le quité la mano del paquete porque el ambiente no era el mío. Ella estaba hasta arriba de perica, como casi todo el mundo. Le dije que me disculpara y busqué una botella de licor encontrando, con suerte, un vodka medio lleno. Lo abrí y bebí a morro mientras veía cómo unos cuantos follaban y otros, como yo, simplemente permanecían en ningún sitio en particular, en busca -quién sabe- de la aparición de un agujero negro. Porque los agujeros negros daban otro aspecto a la vitalidad. Eran aquellos que te sumían en la desgracia durante veinte segundos y te devolvían renovado a un mundo rodeado de carne y gemidos en ocasiones en las que yo me llevaba a los morros una maravillosa botella de vodka que no había pagado. La chica con quien me morreé coincidió de nuevo conmigo cuando encontré un sitio para sentarme y le dije que si quería beber, pero dijo que no. Todo esto fue antes de darme cuenta que en su mano izquierda tenía la polla de otro pavo. Casi sentí celos o algo parecido, como quien dice ¿Pero ese trasto no debería ser el mío? Bebí, miré y reconocí a Pedro, preparador de funerales durante la semana, en los fines de semana venía a estas cosas, casi me río y, cuando ya no quedaba nada más en la botella, me levanté del sofá para buscar otra, aunque lo que hice fue desaparecer. Lo último que vi fue a una amiga y a un amigo follándose a una desconocida y, como me estaban mirando, les dije que me iba. Él levantó la palma de la mano como en un gesto de hasta luego.

En la calle había bastante gente porque era viernes. Anduve bastante hasta encontrar un pub tranquilo que conocía por Huertas y me metí con la intención de beber algo, pero no me gustó el griterío y marché rumbo a no sabía dónde. Saqué mi móvil del bolsillo y no sabía a quién llamar. Vi el número de mi madre y pensé que estaría acostada. Aquel día pagué una pensión, cosa que nunca había hecho en soledad. Me salió un poco más barato que un taxi hacia casa, al día siguiente, además, podría desayunar. Me sentía bien. En lugar de tumbarme a dormir hubiera escrito todas las sensaciones de las que fuera capaz en una libreta, pero no tenía nada parecido. Dormí y me duché al día siguiente y, mientras sorbía de un café con leche, me encontraba rematadamente escritor o señor o algo parecido. Hice tres llamadas a tías por si me invitaban a comer, pero ninguna lo cogió.
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21 comentarios:

Anónimo dijo...

Tu vida y tu escritura están llenas de imaginacion y mentira, y destilan frustración infinita. En literatura dicen que no es mentira cuando escribes pulsiones y pulsaciones, y en la tuya hay eso y ya... nada más. Tu jefe seguro que se tira a todo bicho viviente al final de la oficina y Chueca no es una calle, es la plaza donde mariconeamos.

Anónima

Alberto M dijo...

Es lo que yo escribo aquí, Robes. Eso es lo que hay y ya está. A mí que tú mariconées en Chueca me la trae muy floja. Para mí ni siquiera eres sutil en maricón. Comprendo que busques cosas más afines a tu espíritu. Ya sabes en qué sitios encontrarlas. Aquí quedabas mejor cuando me babeabas la polla con flores.

Sheela dijo...

Querido anónimo:

Soy una acérrima fan de sus obras, especialmente de el gato con botas.

Cómo escritor de obra genial e inabarcable debería de saber que ( y perdóneseme la arrogancia de esta escritorzuela con nombre, apellidos y una vida más allá de joder en los blogs ):
1.- La escritura no funciona sin imaginación y sin mentira. No es tarea del escritor mostrar la verdad ( para eso ya están los mesías cómo usted ) sino contar mentiras cómo templos que ,una vez leídas, resuenen cómo verdades como puños. En cuanto a la imaginación, me da hasta perezica explicarle una obviedad tan grande.

2.- " Destilan frustración infinita". Le recuerdo que la escritura nace siempre de una frustración, de una fractura, de una anomalía, que hace sentir el dolor antes de la caída, la fruta caliente cuándo todavía maduran al viento las flores. Esa es la pulsión del escritor y con eso no debería temblar el pulso de su escritura. No se necesita nada más. Para escribir las gestas del Mío Cid ya le tenemos a usted.La frustración puede durar toda una vida, pero la ignorancia, desgraciadamente,nos sobrevive a todos

3.- Lo del jefe y Chueca, parece sólo un torpe escupitajo de bilis con tan poco sentido cómo gracia.

4.- Le recomiendo que alterne sus antiguas babas con sus nuevas bilis: es lo único que se me ocurre para que no resulte usted tan tremendamente coñazo.

Alberto M dijo...

veo que, de momento, lo que sí ha conseguido este aburrido comentador de blogs, Pedro Robes, al que no conozco ni me conoce de nada, pero resulta ser un fan cualquiera, es de que se hable más de las idioteces que escribe él que de lo que escribo yo. Come, Rufus, come, diría el ojo dominante una Celestina azul. Lo de Chueca es que puse calle Chueca y este es una enciclopedia. Gracias por el aviso.

Anónimo dijo...

Como veo que me dáis la razón: la mentira, la frustración, vuestras babas, no veo motivos para daros más la coña. Ni tocaros el coño. Otra cosa es cierta: nuestras magnas obras. Unos porque estamos tocados de la cabeza, otros porque se la pela la cordura, unos por otros, andamos haciendo el memo en esta puta mierda de internet y ni una puta línea negro sobre blanco en papel.

Y, ni me confundas con Robes ni que Robes te confunda a tí. Y, sí: me conoces, puta del güisky descentrada.

Anónima

Alberto M dijo...

no sé por qué pones tanto empeño en que existes. Tu madre, a pesar del mongolismo o precisamente por él, me cae mejor que tú, mongolo. A mí el tal Robes (menudo gilipollas), como se ve, me la acaricia muy sano con ambas manitas. No se te puede decir nada... encajas muy mal lo que te dicen, y te lo dicen para que aprendas. Haces como que sí y luego es que no, tienes muy mal perder, mongolo. Ayyyyyy, ven que te dé una galletita, que las acabo de hacer. Y que yo ayude en granjas de mongolos aficionados al sexo con aviones de juguete no significa que me conozcas, mongui. Coño, que hay que repetírtelo todo, bufón.

Alberto M dijo...

me conoces lo mismo que a la bloguera Bellaluna, mongui, a quien das el coñazo con el reconocimiento a menudo. Es decir, me conoces nada.
Aprende a leer primero y luego, si quieres, ve de solemne, pero no aquí. Aquí los comentarios solemnes no interesan, Pedro mongolo.

Alberto M dijo...

¿Qué culpa tendré yo de que le hayas cogido gustito a la pollina de los cabritos, mongolo? A ti no te conoce ni tu ordenador, Pedro Robes, mongolo.

Bellaluna dijo...

shhhhh! Piensa en tras cosas... ;-)

Lu.

Alberto M dijo...

si poder puedo, pero este tío es un auténtico tonto, querida

Anónimo dijo...

Antes de C/ Hortaleza a Brunete, ahora Brunete sólo. El libro escrito que te engañaron. El guisky no es bueno para los mediocres como tú.

Alberto M dijo...

npi

Alberto M dijo...

lo dicho, mongolo, que lees aquí, pero que no tienes ni idea

Alberto M dijo...

Mira mongolo, acabo de llegar a casa de currar todo el día y se me ha ocurrido dedicarte la letra de Yo no soy esa, la canción de Mari Trini, para que la disfrutes:

Yo no soy esa
que tu te imaginas
una señorita tranquila y sencilla
que un dia abandonas
y siempre perdona
esa niña si..no..
esa no soy yo
yo no soy esa
que tu te creias
la paloma blanca
que le baila al agua
que rie por nada
diciendo si a todo
esa niña si..no..
esa no soy yo
No podras presumir jamaz
de haber jugado con la verdad
con el amor, de los demas
Si en verdad me quieres
yo ya no soy esa
que se acobarda
frente a una borrasca
luchando entre olas
encuentra la playa
esa niña si..no..
esa no soy yo
Pero si buscas
tan solo aventuras
amigos por guardia
a toda tu casa
yo no soy esa
que pierde esperanzas
piensalo ya
Yo no soy esa
que tu te imaginas
una señorita tranquila y sencilla
que un dia abandonas
y siempre perdona
esa niña si..no..
esa no soy si..no..
esa no soy yo

Alberto M dijo...

te pongo el enlace porque, de vez en cuando, olvido que hay cafres que no saben leer, como es tu caso, mongolo.

http://www.youtube.com/watch?v=ZJFMuVJwV5s

Pablo García Muñiz dijo...

Muy bueno. Nunca te había comentado, pero de lo mejor que te he leído.
Por otro lado, yo evitaría regalarle una vida a nadie, si la quieren que se la paguen ellos mismos.
Un saludo!

Alberto M dijo...

un saludo, Pablo!

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Alberto M dijo...

efectivamente acabo de borrar un comentario. Lo hago porque este es mi blog.

Anónimo dijo...

volvió el mongolo?

Alberto M dijo...

sí e independientemente de que tú seas o no el mongolo haciéndote pasar por una persona no mongola. Vendo su IP al mejor postor.