domingo

Adiós horrible domingo

Desde que tengo recuerdos, aproximadamente un poco antes de iniciar el blog, yo me encontraba a mis anchas en el rincón de la puerta del bar de Marcial con una bañera de White Horse y hielo a la mitad. A mis alrededores salían ruidos y cosas provenientes de una partida de cartas compuesta de mujeres o de hombres del pueblo llamado Valseca y también otros que llegaban de la barra compuesta por aquellos entes amigos que, a la par, consideraba extrañísimos, a los que en una de mis novelas más valoradas, llamada “Cultivo de polvo”, denominé como Los marcianitos bonitos. Detrás de la barra estaba Furfis pasando una pañolada a las tazas del café recién usadas y, afuera, el viento, el polvo y toda esa basura proveniente de las eras que se infiltra en tu ropa y de ahí pasa a tu cuerpo cuando lo sacas del bar de Marcial para ir a casa a dormir. Yo, en aquel día del año, me encontraba, mientras bebía, leyendo el Adelantado de Segovia sin importarme el día al que perteneciese y, de vez en cuando, alguien venía a mi mesa, se sentaba y me preguntaba algo así como ¿Qué tal el día? Y yo decía: Oh bien, estoy pensando en alejarme de la literatura y, al mismo tiempo, seguir haciendo las mismas cosas que suelo hacer, es decir, escribir y dibujar. Por los dibujos en aquella época me pagaban una media de 22.000 pesetas por pieza, no era un mal negocio. En cambio, los escritos sólo me daban algo que nunca sé muy bien lo que es y que pudiera llamarse Prestigio. Se trataba de recopilar cada cosa que pasara, hacer una media de los pensamientos del ambiente, partirla por la mitad y poner como resultado en negro sobre blanco un punto y final a fuera lo que fuesen aquellas letras que salieran desde el inicio hasta el resultado. Luego le daba a enviar y esto era leído en los pueblos limítrofes, así como en Perú, México o la baja California. Todo el pueblo lo sabía, cada señor o señora eran una ficción en mi cabeza y esto me traía amigos y enemigos, como cualquier otra bobada terráquea. Ahí lo tienes, Juanito, el Dalí de la escritura, decía alguien mientras yo me gastaba las propinas de mis allegados en White Horse y White Horse. Este whisky ya no se encuentra en ningún bar de Madrid, dije a menudo. En mi pueblo siempre me han mimado bastante. Mis visitas se redujeron mucho a causa de la defunción de mi abuela, con quien conviví casi todos los días y noches de mi vida. Cuando murió hice tres cosas, trabajar para los niñatos de las letras en Madrid, garantizarme un polvo a la semana y abrir el blog La semejante criatura, es decir: el sitio (considerado no-sitio por algunos filósofos o como se llamen los señores que debaten sobre estos asuntos tan importantes) donde estás leyendo esto. Mi público está compuesto por algunos desconocidos del programa facebook, curiosos del mundo blogger, mi novia, algunas exnovias, mis familiares, algún que otro amiguete y Pedro Robes, conocido antaño, en la sección dedicada a los comentarios, como Coño-tieso y hoy (es decir, ayer) como mongolo.
Nada de esto importunaba mi vida, antaño consistente en un White Horse tras otro, hoy más moderada. A continuación fue Enrique, uno de mis mejores amigos, el que vino a mi mesa. Me encantan las noticias del Adelantado de Segovia, le dije. En tres ocasiones he sido protagonista de la sección Valseca, que cubre Álvaro, en una de ellas con foto, así fue. Aquella fotografía procuraba captar un cuadro DinA3 cuyas figuras a Pilot eran las de una máquina que traía angelitos y demonios al mundo, los cuales aparecían gobernando el papel no dejando apenas que se viera la máquina que los había llevado al papel (al mundo), gracias a lo cuál me habían ahorrado tener que dibujarla entera. Pues bien, en la fotografía yo salía al lado del cuadro. Cuando vi en un bar de Segovia por primera vez el ejemplar (no sabía que mi padre lo había comprado) vi que en ella apenas se podía apreciar el cuadro y sí a mí, que aparecía al lado sonriendo, greñudo y con una camiseta en la que se leía Sex on the beach. Y eso fue todo. Le dije a Enrique que viniese más a Madrid, pero solía decirme que siempre estaba liado, bien con los marranos, bien con las tierras y esas cosas y, claro, ahora tenía novia y todo eso de los fines de semana. Cuando él venía a mi casa de Brunete comíamos chino y salíamos y bebíamos moderadamente con excepción a un día en el que yo me desnudé en la discoteca del pueblo, siempre rodeada de chicos y chicas residentes en el pueblo de al lado (Villanueva de la Cañada), adinerados y consumidores de cocaína muy cortada y garrafa. Esto, salvo por mi figura desnuda en el medio de la pista de la discoteca de los alrededores de donde escribo actualmente, no ha cambiado demasiado. A veces voy allí solo, saludo al jefe, que me adora, pido una sin alcohol y me dedico a observar las reacciones de los chicos y chicas descritos más arriba. A veces alguien me pregunta qué llevo en mi cartera de mano y yo, en dos ocasiones, he respondido: pornografía, logrando los dos idénticos resultados que esperaba por parte de mis interlocutores (femeninos y descerebrados en ambos casos, efectivamente).
Pero yo ya no leo el ese tuyo porque casi ya no sale Valseca, me dice Enrique. Claro, ojalá pasase más tiempo en Valseca. Es más, si hay un paisaje con el que me identifico, y en él incluyo olores y amores de la infancia que en ocasiones cada vez más remotas significaban tremendas erecciones con sus visitas, tras la jornada de ayuda, al cuarto de baño, es Valseca. Sus calles simples y sus cruces de calles simples, sus nuevas casas y, al otro lado, sus nuevas otras casas, la cruz de Hontanares y una fotografía en la que mi abuelo está sentado allí conmigo en brazos en el año 78. Todo eso.
He dejado la priva, me dice Enrique un fin de semana tras otro, y se debe a que el anterior fin de semana ha acabado dormido sobre su propio orín, como yo otras veces, en el rincón de un pub cuando le despertó un chaval con una fregona y él abría los ojos, como yo tantas veces, preguntándose cerebralmente qué le ha llevado a no moverse de allí. Yo también dejo de beber, dije mientras pedí otro White Horse.
Claro que, en la escritura, los tiempos se manejan según antojo. Es un recurso como otro cualquiera. A Enrique hace exactamente un año que no le veo y yo cumplo cinco meses de sobriedad total en la que mis temas suelen ser mis coincidencias por la literatura madrileña y encuentros en la tercera fase, aparte cosas líricas, personas nuevas que aparecen como mi chica de ahora (María) o gente de Brunete aficionada a ver el fútbol en el bar de Toni, algunos son auténticos fundamentalistas. Yo no digo ni mu marque quien marque, pero paso el rato mientras consumo, por ejemplo, Ginger Ale o zumo de tomate, en alguna ocasión con tres gotas de vodka, lo que no me convierte en un reincidente de nada. Así es.
Recibo una llamada de teléfono. Mañana estaré ahí, digo. Luego pienso que he de llamar a Javi. Y así.
La vida era mejor en mis diferentes trabajos, ya fueran en Arganda, Boadilla, Alonso Martínez o la propia Valseca o, actualmente, el propio voluntariado para el ayuntamiento de Brunete pero, mientras, sigo haciendo cosas enormemente parecidas. Escribo en mi blog, paseo, leo, hablo con Jeny, con mi loro Charly, planeo cosas de futuro con María y voy tirando. Si ahora mismo estuviera con Enrique u otro en mi rincón de al lado de la puerta del bar de Marcial se lo diría, es mil veces mejor acompañar a Estivi con las bombonas de oxígeno por Palencia o Valladolid o, qué sé yo, a Fernandín o a Trucho con el camión de cebada... pero aquí estoy, y hay días en los que no ocurre gran cosa. Hoy de momento me he duchado, cortado las uñas de los pies, comido los restos del chino de ayer, cambiado mi estado de facebook, casi terminado una novela que estaba leyendo y, ahora, he escrito un post, otro, cualquiera, dedicado a Valseca, como siempre, y también a Mongolia y a las personas que me leen, por lo que sea.
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2 comentarios:

Bellaluna dijo...

Casi nunca ocurre nada...

Alberto M dijo...

casi nunca, necesariamente