jueves

Una desaparición simple


Camino (he caminado) de la mano del niño que me ha enseñado a cruzar una carretera, hoy (14/09/11). El pequeño había desaparecido de las coordenadas que manejaba su madre. Mi mochila, repleta de libros, suponía un peso a tener en cuenta. Una vez desaparecido ese príncipe del ser -no asomaba en su persona aún el motivo para la duda, que hace del rey un individuo, del sol un charco en el que se refleja el sol- me he sentado en una terraza, pedido un whisky corriente con hielo y realizado unas llamadas sin interés alguno, la primera de ellas a mi casa por si un acaso aún me encontraba allí, siendo encontrado por una amiga a la que hacía tiempo no veía. Perdona, le he dicho, no te había reconocido. Ha declarado en su defensa que andaba con prisa debido a que llegaba tarde al trabajo, y allí me ha dejado, solo de nuevo, enfrente de un vaso de whisky que, en ese preciso momento, ha hablado. Suelen hacerlo en ocasiones estos vasos anchos a la mitad del servido a poco que detengo la concentración un poco en ellos. Lastimeramente sólo dicen tonterías literarias del tipo “la artesanía en la letra, así como el hecho de sentar magisterio en la oración, son cosas muy poco valoradas en el actual panorama narrativo español, que asegura centrarse en la búsqueda de una arquitectura del texto” para terminar añadiendo, es un ejemplo cualquiera y vago que recuerdo de otro inicio “me pregunto si esto implica también una zoología de la literatura” o quejas de si tal o cuál se la juega, si es plagiado a menudo por gente como Piglia o Gimferrer. Suelo hacer caso omiso. En sus mejores escenas citan, a veces en original, a escritores rusos, añadiendo al final la referencia, fecha y hora actuales y un efusivo Que le sea a usted bueno este día. No me interesa en absoluto lo que pueda salir de esa frecuencia que suele, por lo demás, desentonar en la medida en que el hielo se descompone. En varias ocasiones acierto a coger uno de esos hielos y lo coloco a la altura de mi visión sobre la palma de la mano, hasta que se deshace por completo y la vida retorna a su singular y tremebunda alegría. En cuanto he conseguido hablar con Yara he apurado el vaso y me he despedido de la camarera, motivo por el cual aparco mis órganos en ese bar. Les cuento, es de una belleza inofensiva, sobre su sonrisa una tuerca da las horas y se limita a usarla mientras sirve, por costumbre, adquiriendo otro matiz, a un tiempo angelical y rudo, al tender la cuenta. En términos menos rebuscados es una tez indonesa, con unas tetas acordes al resto del cuerpo, tierra con ébano, que pasea, sumados unas piernas y culo que acompañan con fidelidad al resto de la obra.

En el transcurso de la caminata que me separaba de Yara he echado de menos al niño que cogía mi mano y consolaba, es un suponer, mi ansiedad dedicada, en fin de cuentas, a la nada, a la tranquilidad, a la inocencia, resumiendo, que tiene todo tipo de paseo entre la muchedumbre, cuyo resumen también he tenido ante mis ojos en la palma de la mano a la que comprobaba lo innecesario de comunicación alguna, como con los hielos, que también desembocan en una desaparición no necesariamente lamentable.
En el camino he parado en la librería de un amigo, donde me he hecho con un nuevo about Rimbaud.
Después, ya en una terraza, Yara contaba sus cosas a otra chica y yo, cercano a una limonada que no sabía comunicarse, intentaba vivir simplemente.
- Hoy he conocido a un niño, no sé si estaba perdido.
Yara ha tomado mis medidas con un lápiz para dibujarme, pero lo hemos postergado para un día en el que “no se fuese a hacer de noche”. La amiga con la que Yara charlaba me ha dicho que notaba algo, como que me tenía que animar. He dicho que solamente estaba cansado, que gracias.

Durante el trayecto de vuelta -metro y autobús- he avanzado el último Houellebecq -ya sólo me queda el epílogo- que para mi sorpresa primero me fue la sensación de una novela, en lo que se quedan otras obras del autor (Plataforma) en el caso de que siquiera lleguen a eso (Lanzarote) o el camino hacia el lugar de una buena historia (Ampliación del campo de batalla), sino, además, una buena novela, mejor a medida que la avanzas (a la vez que una gran historia), un “premio Goncourt”, sí.
No he cenado, mi idea era acostarme recién llegado.

5:45. Enciendo otro cigarro. No entiendo por qué mucha gente no fuma.
The threepenny opera, por Lotte Lenya. Recibo agradecido un homenaje cocido en los altos hornos de la prosa herida por el rayo (herida y con el nombre de las afueras del escaparate literario -gracias, Jose-), en la suntuosa veleta del pelo de los ciegos, y mis ojos, noto, son los de un baúl abierto después de lustros.

Me pregunto (5:47) qué será de aquel niño, ese niño primero que se interpuso entre el mediodía, mi mano y yo, el juego, el semáforo y la carretera. Y sigo leyendo, no necesariamente lo que me queda del Houellebecq (apenas 50 páginas) sino cualquier cosa, como quien dice, nada en particular. Me recuesto en mi silla del ordenador mientras vacío del todo mi mochila, llena de deshechos entre los que figuran órganos inservibles, excrementos y algún que otro hueso y luego desaparezco ante mis ojos, descritos antes, sobre la palma de mi mano.
Mañana quizá amanezca.
¿No?
.

10 comentarios:

Bellaluna dijo...

Mi abuela se ha muerto y voy a jerusalén a enterrarla

Alberto M dijo...

lo siento,

Bellaluna dijo...

No te preocupes. Era muy mayor, y de paso me han pagado un viaje por los territorios ocupados y sin ocupar.

Alberto M dijo...

Bien. A la espera de la tranquilidad entonces.
Un beso

Bellaluna dijo...

Vale. ¿Estás bien? Yo estoy seca de: ideas, palabras, letras...
L.

Alberto M dijo...

Sí, Bella, yo estoy tranquilo: un libro o medio al día, cerveza sin alcohol, escribir, alguna peli... dentro de nada empiezo la mierda del trabajo.

Bellaluna dijo...

¿En que es que tu trabajas? Leo y poco más, además de currar. besos

Alberto M dijo...

llevo los hornos de una biblioteca, cojo tickets... apenas hay gente guardando cola y los silencios son agradecidos, pero he de esperar hasta el día tres. Mientras, café y libros.
La biblioteca de mi casa es mucho más completa que la de mis labores.
Un abrazo,

Bellaluna dijo...

Debe ser bonito trabajar en una biblioteca... Las redacciones de los diarios son jungla e infierno, aunque hermoso.

Se inunda todo, los diques no aguantan.

Alberto M dijo...

ya te contaré, querida