martes

Una casa para Poco

Días en pijama sentado en un buró contemplando esto. Las ardillas, afuera, alquilan el pensionado del árbol que me da sombra. La habitación está tranquila. El corazón -ciego- bombea de puro inútil mientras el resto del cuerpo contempla su salvación en un plato de lentejas. Una zarpa antigua contonea mis procesos mentales, sacándolos de la puerta de la cocina, donde escribo a bolígrafo, en folios, mis memorias de un hombre despedazado. En rincones que ni siquiera intuyo una niña de ocho años apenas se tiene que agachar para ejecutar felaciones a empresarios con estrés. El otro día mataron a uno en el pueblo de al lado, donde son fiestas. Según la versión de mi asistenta el asesinado estaba con el asesino en un bar y el asesino, antes de convertirse en asesino, le dijo, amenazante, que tendría que estar bajo tierra. Desapareció durante un rato, para luego aparecer en el mismo lugar con un cuchillo de cocina. La familia del asesinado llora su muerte y mi asistenta me explica que se trataba de un joven con mucho carisma, un joven que jugaba al fútbol.

Preparo otro café. Durante la sobremesa he tenido acceso a un boicot de la conciencia, ese mismo que describo en ocasiones en algunos de mis pobres relatos. Me encontraba tomando notas acerca de La subasta del lote 49 cuando noté la primera quemazón. La sensación es que un nervio ocular se desgarra para luego ser usado como columpio por una personita que nunca está aquí. He dejado el bolígrafo sobre la mesa y me he llevado la manopla a la cabeza para posteriormente agarrarla del pelo como si fuera una cesta y golpearme con la mano libre suavemente el careto que, desde hace no demasiados años (quizá coincidentes con las fechas cercanas a las desapariciones de mi abuela y mi primo pequeño), no reconozco en ningún reflejo. Los contoneos han funcionado. Me he rehecho y a continuación he encendido un cigarrillo, apagado y, seguidamente, encendido otro, así hasta seis. El cerebro, parecía, volvía a ser sostenido por la línea que separa al océano del cielo. Una gaviota se ha posado en él y no me ha dado gana de espantarla. Normalmente estos animales, además de cagar, dicen cosas. Los temas que me ha silbado, aunque ya los conocía, han sido muy agradables.

Días en pijama en los que renumeras colecciones de posturas en un asiento de Ikea. No muy lejos se piden perdón unos amantes y, cerca de ellos, un conductor tiene demasiada prisa por llegar a la consultoría de su abogado. Mi corazón sigue dando pasos, uno tras otro, mientras espera la llegada de mis padres. Mi padre es un hombre bueno y bruto que se agarra al pecho las veces en que saco a relucir mi trifulca. Mi madre le dice que se calme y, a escondidas, echa nuevas gotas de haloperidol sobre mis infusiones de la noche. Ellos ya han amado al árbol en cuyas ramas se encuentran recién lavados los albornoces de la vida. Yo vuelvo siempre a vivir con ellos. Normalmente estoy en pijama, separado de todo animal social, en silencio, contemplando letras, anotando cosas, destilando la mugre de mi alma novata sobre folios donde anoto qué sería de mi vida si en alguna esquina de mi cuerpo un animal sintiese una caricia y respondiera con bondad y agradecimiento a través de mi voz. Total, no puedo imaginar la vida sin mamá y papá, su llegada del trabajo, unos saludos y la vuelta al silencio, o al plato de lentejas (o macarrones) en los mediodías.

El gato Poco como contradicción a los avances encontrados en esta redacción:
Poco es un gato que se encariñó de la entrada de mi casa. Cada día acercaba más la pata hacia la comida que yo le dejaba. Ahora somos primos hermanos. Yo le echo en el plato de restos de pescado rebozado el LSD que me sobra. Quise que me resultase inquietante la actitud de Poco, y todo esto quedaba resumido en un proyecto literario que yo quería llevar a cabo. Poco es un resumen de la noche que gatea hacia la noche. Los tejados de su mente están rozados por las huellas de mis manos, esos surcos sin trabajar de la vía láctea y santificados a saber por parte de qué estrella. El laberinto ideal nos sirve de intermediario aunque yo no avanzo ninguna tesis, y tampoco es que la LSD me interese demasiado. Ni los gatos. Tampoco aquellos de los que me encariño, sin duda, más que de mí mismo.

Preparo café de nuevo. Enciendo un cigarro, de nuevo. Hace frío. Sólo la sombra aparece para maullar más lejos de lo que mis oídos contienen. Papá y mamá aún no han llegado. Me planto un albornoz sobre el pijama. Espero. Leo.
Más allá del lejano oeste pare una vaca un planetario. El dueño, orgulloso, mañana echará su paladar -la lengua es una alfombra sobre la que llueve- a unos calostros.
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2 comentarios:

Jose dijo...

"...el careto que, desde hace no demasiados años (quizá coincidentes con las fechas cercanas a las desapariciones de mi abuela y mi primo pequeño), no reconozco en ningún reflejo." ¿Por qué?

Neruda (aunque sé que no te gusta Neruda)decía:
"Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
Navegando en un agua de origen y ceniza."
Y también:
"Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias."
Él lo llamó "Walking Around", mientras que tú "Una casa para Poco". Una exigencia de humanidad marchitándose, ¿y tú?

Alberto M dijo...

Gran poema.
Podríamos añadirnos, además, unas tristes palabras de Paul Valéry que descubro citadas en la primera página de Meridiano de sangre:
"Vuestras ideas son terribles y vuestros corazones medrosos. Vuestra piedad, vuestra crueldad son absurdas, desprovistas de calma, por no decir irresistibles. Y al final os da miedo la sangre, cada vez más. La sangre y el tiempo"