lunes

Las rosas del camino

Ya no distingo entre todos los trozos de cuerpo que he ido colocando a modo de proyecto literario en este hueco. Ya ni siquiera me sirven estas automutilaciones para orientarme cronológicamente. En apenas tres días este blog cumple cuatro años y, mientras, he caminado por muy diferentes paisajes, la mayoría sin moverme de esta casa, de esta mesa, de esta cama, de esta cocina... He visto cómo mis amigos me defenestraban y abrazaban nuevos. Diferentes coños iban y venían, cruzaban la ciudad y se reunían conmigo en el jardín de los columpios, a veces había ropa chorreando, sábanas en las que se intuían sombras, trabajos, compañeros de trabajo, médicos y médicas, recetas, viajes, noches en vela, platos de pasta recalentada, autobuses, conductores de autobuses, conferencias, lecturas, abrazos, etiquetas, estados de facebook, licores. Ninguna entrada ya me dice nada a pesar de la fecha. He perdido la memoria sobre todo lo que he escrito y nada sé de este tótem sobrevalorado al que llamé, en una triste ocurrencia, La semejante criatura. Recuerdo lo que digo,  nada, ideas vagas, retratos, cuentos, crónicas, historietas. Ha habido veces, durante estos cuatro años, en que he permanecido días enteros enfrente de un plato de sopa con los ojos puestos en nada en particular mientras mi loro silbaba e intuía yo brillos en la mesa, la pantalla del ordenador quizá. Había conversaciones en las que sostenía un discurso diferente al del espejo y madrugones para ir a sacarme sangre. Leo aquí que hubo un día en que me saludó una negra y otro día en que intenté comprar una botella y no tenía suficiente dinero. He estado reordenando los escritos en world porque me parecía que ya eran demasiados, seleccionado y  enviado a un editor por si los quiere. El problema ya no es el de esta página, que cumple cuatro años y ha pasado del olvido al siempre, a las dos cosas a la vez que es la red, entre medias de todo ello hay lo que digo más atrás. Puedo ver a un amigo royendo un fémur mío y, al lado, quién se lo ríe. Más allá hay una ciudad repleta de desierto y en sus espejismos los caballos beben dunas enteras mientras friego platos y vasos en la pila del alma. Cuatro años en los que me recuerdo igual que el primer día, tecleando (en medio hice una novela que está metida dentro de una caja en museos menores como La casa encendida o su puta madre). Hay voces de niño, de megalómano, de cuerdo, de paleto, de lerdo, de pobre diablo y de cínico, espejos que no reflejan a alguien porque, simplemente, no estaba ahí. Hay rotondas y un tipo que las rodea a pie, matrículas de coches ilegibles y la vez en la que leí poemas de mierda en un bar rodeado de poetas de mierda. Hay basura, gente que la saca y gatos que encuentran en ella festines de seis de la madrugada. Recuerdo que en principio, como todo lo que hago en mi vida, empezó porque me lo dijo alguien y yo empecé a escribir sobre Valseca en homenaje, hasta que se enfadaron. Ha habido diferentes habitaciones y diferentes plagas de bichos, yo llegaba del trabajo o del paseo cultural o la juerga y me ponía a teclear, como rival sólo me tenía a mí mismo, también en esta noche de domingo. Hay libros de cuentos, quizá dos, y diarios de un grafómano. Hay pulgas en el brazo de algunos días y peleas a altas horas en las que intervenía el borracho que es la poesía. Había días haciendo autostop (uno en realidad) y otros en que degustaba un pulpo con patatas en una terraza, tranquilo, feliz, en conversación. Hay memoria y desmemoria. Entre los trozos de yo, los órganos por separado, hay una nota sostenida de piano que se repite y que responde menos al estilo que a las ganas de separarme de él. Yoes como vasos de plástico dispersos en una mesa sobre la que se celebra una matanza. Hay ristras de chorizo, queso de oveja y, alrededor de las patas, perros sangrando. Hay hospitales donde me han curado del demonio, enfermeras viejas, curas, transcripciones libres de folios y de libros, papeles de viajes, mapas de Michelín, hay fotos de mi cara, cuando era un niño y aproximadamente ahora, más o menos, en el lugar donde no he dejado de ser un mocoso. Mi familia, la separación, la desaparición, la soledad, la frivolidad, el estudio, las moscas, las ventanas abiertas y, de fondo, como excusa, cerebros que necesitan la ayuda de un bastón para sujetarse o similar. Son incontables los cigarrillos que he prendido, los cafés que he bebido mientras tecleaba todo esto. Naturalmente me he inventado la mayoría, pues no he vivido gran cosa. La mesa sobre la que está el ordenador está llena de libros, algunos los he leído enteros. Luego hay folios con anotaciones, inventos y discos de música negra. Sobre el sofá-cama hay animales domesticados que han aprendido a no moverse. Representan mi disecado deseo de querer seguir ladrando o maullando o lo que sea. En realidad con las teclas sólo he acompañado la música que sale de la pletina en un irregular solo de percusión que me ha estropeado la palabra y quizá estos cuatro años de vida en los que apenas he hablado, cuando bebía, con los vasos anchos de whisky a la mitad y con los camareros. A veces he dejado propina. He cabalgado a lomos de sillas de ruedas por entre los versos de los libros aun odiando los versos, aun odiando la poesía. He estado a punto de casarme. Un antiguo jefe literario me tiró del pelo como una niña. La literatura, que es donde me salvo, sólo me interesa como curiosidad y quizá siga viniendo a este no-lugar a contar mis cuatro polvos, mi redención para con las drogas, mi whisky sano, mi café caliente... Escribir en alta mar con un corazón (a saber de a qué mendigo pertenece) en una mano, con el propósito de mostrar cómo fabrican sus larvas un agujero único y cómo luego pasan de allí a mi muñeca y juegan, idiotas y burlescas, a que las aplasto sin apenas empeño. Aparte eso, no sé si con estas letras me he demostrado algo. Es una minucia ser el mejor escritor de mi generación, apenas me importa más que llevar las uñas limpias en los días en que he de salir a la calle. Estreno trabajo para el lunes de la semana siguiente y quizás por fin me quede. Ya me han dicho lo que he de hacer, que es, más o menos, enseñar en lo que voy siendo enseñado. Los trabajos en eso son idénticos a la vida y a los diarios con los que pueblo la mía. Me sentaré en la biblioteca compuesta de premios Planeta y esperaré que llegue una señora, me dirá lo que quiere leer etc. Daré clases a los chavales del instituto. Hay rosas que ir contando de camino a allí. Ojalá me hubieran aceptado para lo de la jardinería.
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11 comentarios:

Ly Rubio dijo...

Ojalà a todos nos aceptaran para lo de jardineria, eso de aromas y espinas podria ser edificante, saludos :)

Alberto M dijo...

es edificante, Ly. Mucho más que el comercio de los libros y las presentaciones con canapés. Aunque tampoco faltan listillos en ese camino.
Un abrazo,

Sheela na Gig dijo...

Hay veces en que un texto sin querer se convierte en respuesta a una pregunta que atormenta a su autor. El problema es que, así cómo a ciertos padres parece que les es negada la visión del extraordinario valor de sus hijos, los escritores también pueden verse privados de la facultad de ser iluminados por su propia luz.
En este caso la respuesta es clara para cualquier lector sensible: Alberto Masa es un escritor irrepetible, brillante e inolvidable hasta para él mismo y lo único que podría hacernos olvidar esto es que un día Alberto Masa se levantase y dijese: No quiero escribir más. Ya nadie me lee. Ya no veo. Ya no lo veo. Si yo no lo veo, el lector ( qué va a saber el lector, esos cuatro lectores del apocalipsis) qué coño lo va a ver. Y es que además, total, paqué tanto lío.

Mira que eres tonto.

Alberto M dijo...

querida mía ¿Para qué me despido si no es para volver? Quién sabe...
te beso loca, apasionadamente.

Jose dijo...

Menos mal que no te han aceptado para lo de la jardinería. Hay poco de jardinero en quien es escritor, por pura iniciativa. La lógica del jardinero reclama un trabajo que, siendo siempre el mismo, sea de empezar y nunca acabar. Un jardín no termina nunca. La lógica del escritor necesita la trama, el nudo, el desenlace. La palabra fin, y circunstancialmente, continuará...
Te quiero, Alberto, y este post te hace una justicia infinita: por fin dices toda la verdad.

Jose dijo...

Se me olvidó decir que el jardín no sobrevive al jardinero. Y el libro al escritor, sí. Es la diferencia sustancial. El trabajo de lo efímero y de lo que cursa vocación de eternidad.
Por otro lado, el vergel de Culturamas tiene una "Guía irracional del ayer" espléndida. La he disfrutado como nunca, fíjate qué cosas, conseguí disfrutar de Umbral.
¿Me permites el enlace?
http://www.culturamas.es/blog/2011/09/27/guia-irracional-de-ayer-sobre-francisco-umbral/

Queda constancia de que si dejas el enlace no es por vanidad, sino a petición mía.

Un abrazo

Alberto M dijo...

Estás en todo, tío.
Un abrazote (mañana te doy un toque)

Bellaluna dijo...

Tus jardineros me hicieron pensar ayer. Anteayer tenía otras cosas en la cabeza. Me desbloqueaste...

Besos

L.

Alberto M dijo...

no será para tanto...

Bellaluna dijo...

Ya me lees, si quieres, otra vez

Alberto M dijo...

todo un honor, pues, haberte servido de arranque, amog.