jueves

Las apestosas mentes


La primera vez que pensé fue abriendo la puerta de la cocina de mi antiguo barrio. Había en ese pensamiento la mano de un policía que me estaba llevando a casa. Fue repugnante. Hacía demasiado calor en ese pensamiento y la mano me apretaba fuerte, a lo mejor era por si me perdía. A continuación abrí la taza del Colacao y comí una cucharada. Hasta ahí llega mi recuerdo. El resto se confunde con todos los pensamientos que realicé a continuación, desde aquel primer sentimiento de repugnancia, hasta la placidez que me fuerzo a encontrar hoy en unas cinco de la madrugada cualquiera.

Una vez escapado el cerebro de su pajarera, cosa que aconteció aproximadamente durante mi pubertad, he sido camarero, bedel, cablista, repartidor, payaso y encargado de un comedero para niños dementes, no encontrando rastro de mi sesalia en ninguna de las citadas labores.
La locura, según yo la recuerdo, es un niño de 15 años estrellando un balón en los postes de una portería vacía. Su poca relevancia queda matizada en que quiere que los demás le quieran. Por eso, en las noches, antes de cobrar el abrigado definitivo con la manta de los inviernos, fantasea con prepararse unos cortes en el cuello con la ayuda de una tijera.

Hoy no sé cómo ha sido esta noche, si ha sido bonita o sólo como todas las demás. Esforzándome mucho logro ver a un gato persa blanco en una casa que apenas recuerdo, empujando con sus pequeñas zarpas el ovillo de mi desaparecido cerebro, que procede a rodar escaleras abajo hasta pararse en un tercero cualquiera donde un vecino ejemplar lo ve y procede a meterlo en el cubo de la basura de los martes por la tarde.

Pero he recorrido mis perdidos pasos para traerlos a todos a esta habitación en la que me encuentro ahora, incluido el policía del principio, que apenas conserva uno de los lados de su cara. Hay también amores de cuando yo usaba la idealización, pancartas donde no hay escrito nada en mi manifestación de estar sentado enfrente del ordenador tecleando al tiempo que chupo de un cigarrillo. Cuando levanto la cabeza un amable murciélago me confunde con el saludo que le hago.

¿A quién podría engañar? La primera vez que pensé no fue nada comparado con la vez en que me senté en un banco del parque y confundí las migas de pan que se rifaban las tórtolas con Norteamérica. Me gustaría pensar que mi volado cerebro sirve para algo más que para sentarse y descansar de las labores que, sin duda, me han convertido, sí, en todo un hombre.
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8 comentarios:

xrisstinah dijo...

Hermoso y tierno ovillo de locura.

Anónima dijo...

Si tu eres un hombre, yo soy dios. Lo siento. No me gustan las comparaciones ni las afirmaciones, y si el el dolor cruel. Quedamos? Daría el ojo que me queda por humillarte personalmente.

BGF dijo...

¡Me encantó!

Alberto M dijo...

gracias Xriss, es el ovillo que va y viene según badée el barco.

Anónima es un relato. Váyase a chupar pollas al blog de Península.

Me alegra, BGF

Anónimo dijo...

Moooooola

Anónimo dijo...

Otro relato más, primo. Bien, se nota la improvisación de las teclas a la que ya acostumbras. Coincido en la ternura que señala el primer comentario.
Respecto a tu amigo, no le daría mayor importancia. Niega lo que dice al principio con las finalizaciones de las frases. Un troll cualquiera. Humillación, dice.

Alberto M dijo...

No sé.
Abrazo,

Alberto M dijo...

lo del ojo que me queda me ha hecho gracia. Aparte de los blogs donde presume de relumbre no sé de qué película sale.
¿Pedro R., humillarme en persona como dices, quiere decir que ya me ha humillado por aquí?
Yo sólo le veo como un brasas medio tonto y bastante patoso, también cuando leo sus comentarios de florero en el blog de Bellaluna.