lunes

El regreso a la habitación


Aún no había anochecido. Lo supe porque mi ojo izquierdo danzaba sobre la mesa buscando sostenerse en algo y pudo ver el sol reflejado en un plato de raviolis de colores entre los que había trozos de manzana. Poco antes de regresar a su natural lugar se detuvo ante la presencia de un incómodo habitante que, recordé, se hacía llamar Cristina. Cristina había venido a mi casa a tomar un café. Lo estábamos tomando antes que yo quedara suspendido en el lugar que hay entre el sueño y la vigilia, al que los habitantes de esta casa llamamos Efecto de regreso a la habitación. Sobre la habitación hay un techo lleno de goteras, un grisáceo pantano del revés que interactúa con el amueblado a cualquier hora. Las gotas que caen, de vez en cuando, producen un sonido hipnótico capaz de crear este tipo de entendidos que Cristina, quizá, no comprende. ¿Estás ahí? Dijo. Yo era incapaz de recordar si hacía demasiado o poco tiempo en que su presencia lamía la mía desde el otro lado de la cocinal mesa en que yo apenas podía contactar con mi cuerpo ni hacerme una idea del suyo a través de la voz que salía de su catarata. Ni siquiera el recuerdo recompone el cuadro, se sabe, como es menester. Recuerdo ver a Cristina entrar por la puerta. Es sólo una vieja amiga que ha venido a tomar café porque yo, inconsciente de que esta situación iba a producirse, la invité. Recuerdo que habíamos hablado el día anterior a través del messenger. Vente, dije, sin duda, a media tarde, añadí. Dispongo de tardes enteras para leer en los ojos de los demás lo que sucede, así como en libros no necesariamente editados, inventados por mí, que resplandecen segundo a segundo como luces de neón dentro de entre mi quiosquillo y mi quisquilloso arroz cerebral. Seguramente ella no sabía qué hacer. Yo dije que no pasaba nada mientras el ruido de las goteras de nuestra habitación de inexistentes inquilinos golpeaba mi arrozal con fuerza, emitiendo a continuación una visión que iba expandiéndose en ondas hasta nublar mi visión y cambiar mi conciencia del ahora de sitio durante segundos, para abrirse al exterior mediante pequeños trucos que había ido aprendiendo de otras veces en las cuales me había sucedido lo mismo delante de alguien. Entonces noté (he notado / noto) su mano en mi hombro y escuchado de mí la frase: no me violes aún, pequeña puta. Seguramente lo ha tomado (tomó) como un desliz llevado a cabo por la voz sin importancia de un moribundo. No, en serio, dije y aún ahora sostengo, no llames a ningún médico, es un efecto que les ocurre a los habitantes de esta casa en la que suelo estar solo. Añadí que se llamaba el Efecto de regreso a la habitación y me incorporé, casi recuperado. Fue entonces cuando observé que, en efecto, no se había hecho de noche. Le dije que a veces nos sucedía y que preferíamos no avisar a nadie, que era una lástima que me hubiera sucedido precisamente durante su visita. Le pedí perdón por la incoherencia que había salido de mi boca unos minutos antes, le dije que la voz asumía el juego cuando el arrozal, vertedero, cerebro, etc... escarbaba hacia su oscuridad con el motivo de cerrar de una vez la puerta de la habitación. Ella me escuchó entre atenta y consternada. Dije que era algo complicado de contarle a alguien para a continuación hacerle partícipe de mi impresión acerca de lo preciosa que estaba. Cuando uno escapa de estos shocks no sólo tiene la sensación en el oído interno de la cuerda de una grave nota sostenida procedente de un clavicémbalo del siglo XV, sino que además ve las cosas más brillantes, como, divago quizá, por vez primera. Y así era Cristina esta vez, absorbía la luz que entraba por los visillos de la persiana de la cocina en cuyo centro de mesa había un plato de raviolis con manzana troceada y su cuerpo parecía flotar. Le pregunté, antes de aclararlo con la cantidad de café que aún quedaba en su vaso, si había transcurrido mucho tiempo entre mi ida y mi vuelta. Sí, dijo. Hubo un silencio y entonces fue cuando decidimos desnudarnos allí mismo para hacer el amor encima de la lavadora en movimiento una, dos, quizá veinte veces.
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