lunes

El día en el que visité a Alberto Masa para que me escribiera un panfleto sobre mi obra gráfica


Probablemente la que me traía entre manos era, de todas las que había hecho, la exposición que más me ilusionaba. Incluso había pensado en pedirle a algún escritor que conociese mi obra que la introdujese en un panfleto con una tirada a cargo de la imprenta de Pablo. Hacía tiempo que no sabía nada de Alberto Masa. No era nadie para el mundo editorial, pero se le daría bien y, seguramente, sería generoso con sus palabras. Siempre se había caracterizado por cierta chispa en lo que escribía y, la verdad, para mí mucho mejor si se decantaba por el estilo, cosas líricas que, recuerdo, solía hacer. Rellenaría una página encantado, pensé, aunque existía la posibilidad de un escritor de verdad como Eloy Tizón, a quien conocí en unos cursos de respiración tántrica en El Escorial y con quien tuve buena relación, aunque no tenía su teléfono. Se me ocurrió llamar a Alberto Masa, de todas maneras, para tantear qué hacía desde que no le veía.

- ¿Sí? – dijo, al otro lado del auricular.
- Hola Albertito ¿Cómo estás?
- ¿Tú eres el Rober, no?
- No, soy Pedro...
- Ah, ¿Pedro de la facultad? Me parecías el Rober, perdona. Me robaron el teléfono hace poco con todos los números.
- ¿Cómo vas?
- No sé. Acabo de salir de un hospital para enfermos mentales y me dan mucha medicación. Yo había ido allí para quitarme del alcohol y he salido escaldado.
- Oye tío, que voy a hacer una exposición en Valverde y me gustaría que escribieses algo ¿Recuerdas mis grabados y eso?
- Sí, sí...
- ¿Me escribirías algo? Nada serio, unas líneas, una presentación, algo tuyo.
- Pero estoy raro... vente mañana a comer, si quieres. Sí, sería estupendo. Hace un mes que no salgo de casa. Me traes un dossier o algo y me pongo. Es que no puedo moverme de aquí, de Brunete. La medicación me atonta y tengo mareos.

Dije que sí con cierta pereza y me presenté allí al día siguiente sobre la una o una y media. El pueblo donde vive Masa está en el culo del mundo para quienes no conducimos. En el transcurso del autobús me llamó como tres veces para asegurarse de que estaba a bordo. Tampoco tenía por qué haber ido. Poner cualquier excusa como que había quedado y ya está, pero en fin. Llegué a la última parada y ahí estaba él, con aproximadamente veinte o treinta kilos más que la última vez que le había visto, quizá exagero, gordo en cualquier caso y con barba y pelo largo. Me abrazó. Olía a jabón de Marsella. Cuánto tiempo, dijo. No sé qué hay de comer, añadió, hoy estoy solo en casa. Me he duchado para ti hoy, dijo, y ha sido una experiencia casi agradable. No veo a nadie y estoy perdiendo estos hábitos, añadió mientras intentaba despegar de su dedo índice un moco que se acababa de sacar. Poco después me vi siguiéndole hasta su casa. Una casa normal, dijo, chalets adosados, aquí parece que una misma mano los hubiera ido colocando a todos uno a uno hasta culminar en el cementerio -lo señaló-. ¿Ves? Hasta en un pueblo medio privado como este se adivina cierto sentido para con las cosas. ¿Qué tal las pibas? Dijo, antes de abrir la puerta de la casa de sus padres. Dije que bueno. Dijo que el amor era importante y luego añadió que, en general, todas las cosas que no existen son importantes, aparte, señaló, el salchichón de la marca Espetec. El chorizo de mi pueblo se me ha acabado, dijo. Luego se puso a hablar de que todas las tías eran putas o algo así. Se apartó el flequillo y me enseñó una marca. Me dijo que se lo había hecho una tía. Deberíamos empezar a pegarlas en la primera cita, dijo.
Poco después echó unos filetes a la sartén. Le tuve que decir que los diera la vuelta porque no paraba de hablar. Menos mal que estaba medicado, pensé.
Después de comer un par de filetes quemados quise abordar el tema de mis grabados, pero Alberto Masa sólo quería hablar de los viejos tiempos que, por lo demás, había deformado terminalmente hacia una imagen de sí mismo aún más denigrante que la que adquirió en la facultad. Suspiré cuando me preguntó qué le había llevado. ¿Para qué necesitaría yo unas líneas de ese hombre de neandertal medio ilustrado? A veces me salen moscas de la barba, dijo. Yo intento cuidarlas, ser bueno con ellas, continuó. ¿Un whisky mientras lo vemos? Preguntó. No lo dejé totalmente, dijo, y mientras te esperaba he comprado un Passport. Venga, le dije mientras sacaba algunas copias de mis cosas. Whisky, café y un amigo al que hace dos años que no veía ¿O son cinco?, dijo. ¿Ves? Añadió de nuevo a continuación, en esto poco se resume lo mejor de la vida.
Una vez servidos los hielos la botella quedaba a mi entera disposición y, lamentablemente, también a la suya, pues estando sobrio podría considerársele un tipo casi soportable. Se dedicó a mirar con atención las copias de mi trabajo. En este te has divertido, dijo. En este otro le has echado mucha jeta, dijo. Este parece pensado para otra serie de lo que voy viendo, dijo. Este otro... ¿Estabas pedo? Encendió un cigarro. Te agradezco sobre todo que hayas venido. Me están saliendo sabañones en la lengua de no usarla. Mira, me dijo. Joder, qué asco, era verdad. Quise rellenarme una tercera copa pero me di cuenta de que la botella estaba terminada. Escribe algo sobre... Yo lo veo claro, dijo, esto yo lo relaciono con... hubo un rato de silencio... la basura, dijo, y luego añadió: en el buen sentido, claro. Es la sensación que yo tengo. Un vecino cualquiera sale a tirar la basura pero, claro, ha de hacerlo en un horario estipulado por el ayuntamiento. No, no continúo, cabrón, me llamó, mañana te envío el texto y ya está. Me gusta Valverde, dijo. Entonces cerró los ojos, yo encendí un cigarro. Al poco pude oír cómo roncaba encima de la silla de esa espantosa cocina. Aproveché para abrir los cajones a ver si había algo de valor cuando me vi asustado, aunque era un simple pedo de Masa que, a continuación, colocó su cabeza sobre la mesa, en una postura, quizás, más cómoda. No encontré nada de valor... cubertería robada a Iberia y cosas así, algunas pulgas de juguete etc... Antes de salir de la casa pensé si arroparle con algo. Ese hijoputa, al fin y al cabo, me despertaba ternura.
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5 comentarios:

Anónima dijo...

No sabía que te llegaba la boca hasta tu propia polla. Mejor, así no te la tengo que chupar yo, me gustan más los coños.

Jose dijo...

Otra vez ano nima. Joé qué plasta pedrito...

Alberto M dijo...

qué grande es el cine, Jose

xrisstinah dijo...

:-))
Un poco Torrente.

Alberto M dijo...

con que Torrente, eh?

y eso?