jueves

Lo que ya no figura en el borde

Tú estabas sentada en el sofá cuando hice aquella fotografía. Se te ve mirando al televisor. Uno de esos programas que te gustaban a ti, quizás, de la farándula. La farándula hoy es un malestar de ángeles caídos rogando que vuelvas. Cierro los ojos y los veo. Les echo migas de pan como si fueran tórtolas del parque y no furcias que comen de mi cerebro cuando duermo. Cuando duermo tú apareces escuchando conmigo Esta tarde vi llover. Hoy ha llovido y mañana las aceras serán una persiana que se abre hacia un lugar en el que ya no estás, por mucho que dé hoy de sí tu fotografía. Hoy es la espera. Y la espera sólo es espera cuando lo que espera es a la muerte. No duermo. Mañana volveré a mi pueblo con cuatro cabras y abriré la casa vacía. Ya no estás para decirme que no me reconoces, que he cambiado desde eso de la droga, que ya no sonrío y esas cosas. Sólo veo lo que no eres tú. Un nubarrón por el que caen personas, como en el cuadro de Magritte, con paraguas en la mano, todas iguales, oscuras, en cuyos sombreros reside la ley de la gravedad en relación con el surrealismo y su explicación, en el propio Magritte (que a diferencia de Breton sólo era un pintor, humilde y genial), con una botella y una zanahoria hora separadas y hora juntas. Tras la botella del cuadro un cartel donde podría leerse quizá que esto no es ni una botella ni una zanahoria. La representación. Foucault. Todos esos ladridos de la nada, que vienen de perros asustados de su propia deformidad. También está el Deleuze de Diferencia y repetición, las ciudades del nacimiento de Borges, las cuales empezaban según el orden del abecedario, el mono muerto cayendo por el río en la primera página de Zama de Antonio di Benedetto, trastabillado entre la corriente, el ramaje y alguna pequeña cascada y, encima del puente, un hombre que espera un barco en el siglo XIX o por ahí. Luego, en aquella novela, aparecía el amor y, después, el engaño, siempre previo al desengaño que suele ser toparse con el enemigo en el propio látigo que sacude a las páginas restantes (hoy lo reedita El Aleph, junto con El silenciero y Los suicidas). Esto no es nada. Otros fabrican carros de gloria con dos plantas de los pies y nada saben del hallazgo de esta fotografía. La luz estaba encendida. Era la luz según Dickens que reconocemos en el blanco y negro de las películas de Charlot. Y la farándula, esos ángeles inversos que follan el pellejo de la vaca de David, rodeaba tu atención. Quizá tiré la foto de casualidad. Tu bata recuerda a los cuadros de Gauguin cuando retrataba a hermosos salvajes, y tienes los pies cruzados donde yo he visto hoy la cruz que, como muchas otras, figura en tu tumba, donde no voy salvo una vez que retraté por aquí y donde dediqué el resto de la tarde a beber el whisky del tontonabo hasta caer redondo, con alucinaciones y dolores de una chepa en la que figura toda la gente que he conocido sin yo querer, como la de la jilipollez de la literatura, entre los que hay enfermos, divos y dueños de una lepra donde tras la carne cae la visera que se han puesto para que el sol tarde una tarde más en derretirlos. Son la representación de Babilonia. Aquel Goya de treinta y pocos años y su voz de paisano baja, con la cabeza gacha y sombrero en mano, entrando en la corte y diciendo a sus iguales: discúlpeme maestro… eran también una tumba cualquiera. Los cuadros sobre niños jugando de Goya expuestos durante una tarde en Segovia, un guía turístico diciendo idioteces y yo tranquilo, observando, mientras comía de un bocadillo de chorizo que me habías hecho tú. Dentro del salón, Goya volvía a su postura habitual donde el tartamudeo del joven aspirante a grande se calmaba y las olas volvían a tener sentido dentro de su cerebro. Tiré el papel de envolver a una papelera municipal y volví donde tú estabas, como hago hoy con el interior / exterior de una fotografía… ay, esa lámpara.

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