martes

La canción del castrado


Ese pobre castrado que viene de la guerra de América, donde no soltó prenda al ejército y sus dolorosas tretas, y que pasea en agosto entre la gente del metro de Madrid sin darse un pijo de importancia, soy yo.

A los doce me hice exfumador, a los 14 roquero, a los 17 comunista, a los 19 esquizofrénico, a los 30 alcohólico, a los 32 viejo verde y medio marica de las flores y, ahora que tengo 34, me ha dado por amar a dios y a Ratzinger.

Paseo una vez y otra por encima de los cadáveres de mis conocidos. Ningún amigo me es ajeno. Ningún enemigo me puede. La cima que fabrican sus cuerpos son los latidos ingenuos de mi inexistente corazón de cuervo.

Las calles y sus vendedores de esquinas me paran de vez en cuando a ver si quiero la participación de un zapato gastado. Yo pongo (me es puesta por los ángeles) media sonrisa y luego mi regalo es el sol de frente, otra vez, como cada día de verano u otoño.

En el metro cada persona es una carreta sujeta por un ciego que a lo mejor soy yo. Cierro los ojos y oigo la voz que indica las estaciones. A la que yo voy he de darle yo nombre, inventarlo. Allí las casas viven en el interior de otras casas y la generosidad de un ama de llaves las abre todas de un plumazo al apretar el botón de la luna llena.
Las almas allí te reciben en una fiesta de ronquidos. Dejas la mochila y, si no quieres andar más, te unes a ellas sin que venga nadie a decirte lo que está mal.
Lo que está mal es andar la Gran Vía sin recibir siquiera la mirada de un policía a quien has preguntado de qué procesión se trata lo que se ve en la carretera.

La última tarde eran futbolistas. Una amiga y yo nos hicimos pasar por mendigos ¿Qué otra cosa podíamos hacer para rendir cuentas con el suelo? Necesitábamos que las cámaras de televisión se mantuvieran alejadas. No queríamos que el FBI viniese con sus misiones a tocar la gaita de los funerales.
Ella no me amaba. Bien, pensé. Amando no se llega a ningún lado.
Este escrito debería haber encontrado ya su fin.

Va de un tipo castrado que ha venido de la guerra de América, está muy cansado por algo, pero sigue y sigue porque le queda un sueño por acabar, que ya no por cumplir.
Tiene un mono agarrado al pescuezo. Los dos cantan esta noche en RTVE.
Se trata de la canción del castrado. Se ha puesto de moda ¿Qué le vamos a hacer? Uno, dos y tres, empieza, empieza por el culo y termina por los pies.
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4 comentarios:

javiernepaliac dijo...

Me quedo pensando en el nombre que elegiría yo para mi propia estación de metro de Madrid... quiero una estación en curva: al salir, tengan cuidado para no introducir el pene entre coche y andén. No quiero más conmutadores castrados en el subsuelo. Bien por seguir publicando en agosto!

Alberto M dijo...

agosto aquí nos mola.
:)

Sheela dijo...

Palabras familiares, reconocibles por mi, por mi escritura. Que se entienden para desentenderse en un contínuo vaivén de significados. Un lirismo a pie de calle de los que te dejan el asfalto y la saliva pegado a medias en los pies.
Un hermoso poema en prosa, criatura.
Sheela

Alberto M dijo...

cari, lo he vuelto a leer. Te agradezco, pero a mí no me gusta, no sé por qué. En realidad nada de lo que he escrito tras salir de la clínica...
beso!