sábado

cagando a mi vera


Pude oír cómo se entreabría la puerta de mi vecinal retrete. A continuación escuché moverse todos los estertores del cuerpo de mi compañero. Él en cambio no me oía a mí. Yo era un ninja del cagar.

Intenté dar con su identidad calculando las pausas de su respiración. Enseguida supe que se trataba de un niño gordito. Otro de los muchos que abarrotan mi piscina en los veraneos.

Ni siquiera mi zurullo hizo ruido al caer pues lo tenía yo ya bien entrenado. Él, en cambio, parecía una puta metralleta k47. Me limpié antes que él y dispuse a salir. No quería que notara que el olor causante también procedía de al lado sino que creyese que era todo suyo. Ni siquiera me lavé las manos. Total, me iba a meter nada más salir a la piscina.

Me senté cerca del socorrista, que estaba leyendo una revista de la farándula. Le dije ¿Qué se cuenta la señora de Paquirri?
Poco después yo ya estaba en el agua, casi a salvo del ruido. La piscina es una especie de ansiolítico.

Después de cuatro largos entendí que era mi hora de salir del agua. Los niños jugaban con pelotas por todas partes. Alguna de esas pobres fieras acababa de evacuar al lado mío en los retretes teniendo, a su vez, una especie de relación de amor de las que me gustan, con su carne y mi oído.

Me acerqué al chiringo y pedí otra cerveza. Una, dos, diez, veinte. A veces uno capaz era de emborracharse a base de cerveza, cierto. A veces venían los aparentes amigos y había chistes que reír, callar o reciclar. La mayoría estaban obsesionados con el fútbol.
Necesito participar de nuevo en esos veranos. Cuando ella se fue la vi cerrar los ojos nada más entrar en la ambulancia. Fui lo último que vio.
Luego, todo pegó un pedo. La música dejó de oírse y no volvió a haber luz en esta habitación. Algunos bichos veraniegos vienen de vez en cuando, se cercioran de que sigo vivo subiéndome por las piernas y luego se van, para siempre, a otra fiesta de cadáveres.

Necesito pueblo, Valseca, como se llame, hoy, mañana, sol, dolor de cabeza, cámara de fotos, tormentas de verano, humedad, paquetes de cebada... y a ese chico sanote, cagando a mi vera.
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