miércoles

Diarios neurolépticos dos (en el que una especie de bicho mortuorio trata de hacerse pasar por un corazón de niño)


Pongamos que un ente cualquiera procede a meter su mano en tu boca y comienza a alargar el brazo hasta avanzar por el esófago y ponerse a jugar, primero inocentemente, con tu corazón. Primero lo acaricia, le hace mimos, toca suavemente el tambor con él y luego, acompasadamente, pasa a estrujarlo hasta que empieza a echar chorros de sangre que caen en el vacío.
No no, no me gusta este inicio. Mejor pongamos que la rosa musitaba su canción desde la corola, de allá amaneció un corazón que, debido a sus constantes movimientos vitales, cayó al suelo, tu primo de dos años lo recogió y empezó a jugar con él como si se tratara de plastilina.
¿Mejor?
Los niños dejan las cosas por el suelo cuando se cansan, son un coñazo. En esto que la señora de la limpieza una vez que salió a encargarse del jardín en el que estaba contenida la rosa del segundo principio lo recogió y reconoció en él el muñón de un dulce carnero. Se dijo ¿Por qué no llevarlo a casa, limpiarle las moscas y cocinarlo a la vinagreta a ver qué sale?
Estamos en la cena de la familia Robles. El marido dice que es un manjar. Los niños también. Sólo el pequeño repara en que el plato tiene un ligero regusto a huevo oxidado. Sonríen y se acaba la película del corazón que salió de una flor. Fin.
Qué horror. Voy a intentarlo otra vez. La niña adolescente se encontraba enfrente del petardo de las doce treinta, metió sus uñas a la altura del corazón y traspasó la piel para dar con tan asqueroso objeto. El petardo murió enseguida. La niña sacó el corazón del petardo. Le sorprendió que aún se moviese. Se dijo. Qué divertido. Esto es mejor que el circo y cantó una canción pop mientras lo miraba moverse encima de la mesa que le separaba del muerto.
Esta me convence más, pero tampoco. La verdad es que no me gusta hablar de corazones, pero esta mañana he notado que yo no tenía e iba a firmar bajo el pseudónimo rimbaudiano “El sin corazón, ...” una carta de no amor dirigida a una niñata inestable que ha zarandeado mis siempre inocentes ilusiones de muy moral arquitecto de la imaginación.
Hoy, la verdad, que me he permitido regresar a la escritura hasta el culo de litio, digo: Mi corazón es una peluca. Es más, lo pondré en twitter.

PD: Quizá la visión con pelo de un corazón me dé para otro post raro.
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