sábado

diarios neurolépticos 4 (donde recuerdo cosas innecesarias entre las que incluyo el estupendo Hotel Kafka o la putilla de Eva)





La primera foto que aparece la hice pensando en este post. La otra es de ni p, pero hacía falta líricamente.

Ella apareció en la terraza con un sweater verde y un libro de Cioran bajo el brazo, Breviario de podredumbre. Qué horror, pensé. Luego nos dimos dos besos como si nada. Está bastante bien traducido por Fernando Savater, dije señalando el libro (y en verdad hacía tiempo lo había leído y, ay, subrayado incluso). Se llamaba Eva, igual que un antiguo amor mío. Su polvo tenía la misma apariencia de entre jincho y casi políticamente correcto. ¿Sabes francés? Dijo. No, dije. Era una chica de mi facultad que en realidad había conocido por el facebook. A pesar del ¿Sabes francés? A propósito de pasarme de listo con el apunte de la traducción no la veía de soltar golpes bajos y, poco a poco, descubrí que era de una inocencia encantadora. Una putada que me hiciera recordar a la otra Eva o, peor aún, a la otra época.
Yo trabajaba en el entonces carismático Hotel Kafka (hoy Club Kafka de Parla) y me quedaba algunas veces a dormir en aquella casa de mierda. Llegaba bebido y ella solía tener compañía en la cama (algún negro que le vendía hachís). Yo asomaba por la puerta, le daba una palmadita en el culo al negrata y me iba con mi cogorza al salón, donde me servía un whisky que no llegaría a la mitad y escuchaba un Miles suave de esos que grababa para escuchar allí en esas ocasiones en las que no sentía nada más aparte de que el mañana sería un día estupendo. Y en verdad lo sería.
Todo el mundo me la metía hasta por las orejas (gente que me había llamado para darme el pésame por la muerte de mi abuela, con quien viví toda mi vida) y yo parecía necesitar más. En el curro del Hotel Kafka me explotaban mientras recibía a hombres de traje que me daban abrazos con olor entre a colonia y naftalina. Luego les servía sus canapés y bebidas y, entre medias, me hacían promesas literarias que ya había aprendido a solventar con gracejos. Tampoco era cosa de perder la sonrisa. Si le interesaba a la gualtrapa pagayerbas con la que salía por aquel entonces se acercaría y, aparte buscar ella, se aseguraría de que no acabaría enredado con una de esas burguesas, algunas con buen culo, que iban al lugar a aprender a escribir ¿? y echar el vistazo a las joyas de la corona -que siempre es de espinas-, que, en alguna mente enferma, debían ser poetas que recitaban al tiempo que jadeaban de gusto con el poder de las semientrenadas boquitas de ellas, aspirantes también a pagarse una publicación. Por entonces, el jefe del lugar, un ex con la palabra llena de bisuta (don de diploma) al que no le salían las patadas en los huevos (deshonra näif) y que también, al igual que la primera Eva, aparece entre las etiquetas de este blog que contiene elogiosas palabras mías hacia ambos mundos perdidos, ya se había encargado de producirme mi regalo, un blog, éste, que, al parecer, en ciertas mentes de negociantes yupis (mafias verdes) contenía mi promesa de renunciar a publicar ciertas cosas que me eran debidas “moralmente” ¡en editorial atlantis! o como se llamase la puta mierda esa y su jefe pagapinchos de patata recalentada (sobre lo referido como moralmente entrecomillado véase el post “La herencia de abuela” sumada la vida de suertes, excesivamente pija, de mi amigo Eduardo, del que me divertía manejar una actitud por él descrita anterior y trasnochadamente en días sucesivos hasta cansarme la pilila -pues obviamente no trabajaba allí para pagarme el autobús, que era lo que me daban y que demuestra lo listo que era mi amigo don Eduardo, incansable acariciahuevos-). La nueva Eva me enseñó una de esas inocentes poesías de Cioran en forma de sesudo silogismo que tenía subrayada. Dije: Está bien. ¿Cómo que está bien? Dijo, es sublime, tío.
Pobre.

El sexo con la otra Eva era como las palabras de la nueva. Ambas, una en palabra y la otra en coño, tenían los muelles oxidados. Por eso yo esperaba que una callara y que a la otra la rellenasen bien de aceite los negratas. Cuando despertaba entonces de mi borrachera el negro que se había estado zumbando a mi teórica novieta me saludaba por mi nombre y yo le decía que nos preparara un café. Lo tomábamos mientras charlábamos sobre fútbol y luego le decía que se le estaba haciendo tarde para que comprendiera que debía de irse. Y se iba. Años maravillosos.
Yo me encontraba ciertamente apático sobre la mesa de la terraza en la que una nueva Eva que de inicio pensé chochísticamente me preguntaba por lecturas y cosas de esas. Le dije, influido por mi ex jefe, que leyera la Miscelánea de Schott. Es todo lo que un escritor o un no-escritor (léase escritor de blogs) necesita, dije mientras daba un sorbo al zumo de melocotón. Qué bonitos labios llenos de heridas. También le hablé de Francis Ponge, de llamar a las cosas por su nombre. Si una mimosa es una mimosa, Francis Ponge te cuenta la mimosa y ya está. No hay nada más, añadí. Qué tonto había sido de regalarle a la vieja Eva una cama para que follara con sus proveedores de cáñamo. Supongo que algo que no era sexo había entre nosotros y que uno de ambos lo perdió para siempre. Yo no era nada, aún no lo soy, y no lo seré. La nueva Eva pasó a ser la vieja en cuestión de poco tiempo. Sólo tenía veinte años. Le dije que yo era el viejo verde que parecía ser y sonrió. Entonces le pregunté seriamente si había chupado muchas colas. No tenía nada que ver con el ¿Sabes francés? Pero es lo que había. Supongo que perdí una lectora de blog (desde que descubrí la opción “estadísticas” sé que nadie lee blogs). Su chocho me daba lo mismo. Yo entonces me encontraba haciendo el amor con hombretones. Pero volvió para que le dijera que sus labios eran parecidos a una trampa para ratas, y eso que no llevas aparato, añadí. Sonrió. Le dije que el día anterior había estado a putas. ¿Qué haces en esta universidad? Me preguntó y fui franco con ella diciéndole que no tenía ni idea. Era triste porque yo recordaba dos épocas en las que lo que más quería en el mundo se había esfumado, muerto y enterrado. Podía aún ver a los enterradores hacer su trabajo mientras pensaba seriamente en repetir mis peleas acompañadas de alcohol de quemar y heridas en brazos y piernas. Las putas me hacen llorar, añadí. Son terribles. Una vez me vi caminando por los alrededores de Segovia y pensé Qué estoy haciendo y, como sabía que tenía dinero, me emborraché. Le dije que ese era el resumen de mi vida. Al día siguiente tuve suerte de tener para el billete de vuelta, dije. Y añadí que no se pierde la responsabilidad al caerse por la pérdida de equilibrio, o no toda, siempre queda una, un ángel del cielo que te rescata. Y fue en ese momento cuando me soltó que a lo mejor un día dejaba de hacerlo. Qué hija de la gran puta, pensé. Se parecía tanto a mamá. Volví a echarle un vistazo. Luego le dije que era bonita. Y se fue y volvió. Y volvió a irse y, de nuevo, volvió. Yo continué sentado en esa terraza hasta que hace un mes me vi ingresado en un hospicio para mentes enfermas. Una chica a la que conocí allí y que sólo parecía tener boca para crear impresiones acerca suyo dijo que antaño había sido editora (Alfaguara) y yo le dije que había trabajado en cosas de esas. Preguntó y luego yo dije que la escuela de ideas se llamaba Hotel Kafka. Entonces dijo entusiasmada: Yo soy amiga de Rafa Reig. Supongo que se puede ser amigo de Rafael, dije. Y se calló. Rafael Rafa es un tipo que no se ríe de sí mismo, pues lo considera, con razón, usado, pero hace juerga de lo que sabe, que es mucho, como se va sabiendo, y lo hace como quien no, con un acento británico que quiere serlo (así lo escribe -al menos no usa palabras raras-) bajo el chico con casa en Piles. Esta treta le ha convertido en original, (sumando que entre sus obras se encuentran dos indiscutiblemente maestras: Marilyn y Los caníbales), pero actitud, de fines y cabos, con fecha de caducidad, cosa que se tapa con el bigotillo y que a lo mejor le da para vivir toda una vida. ¿Tú eres su amigo? No lo sé, supongo que sí, dije, no evitando el mohín de que yo no tenía conciencia acerca de la amistad, pero menos aún del apego hacia la gente que podría pasar por importante (oxímoron), en este caso, para la cultura española (otro oxímoron). En fin, eso inspiran los hombres: “Pues yo soy amiga de Rafa Reig”. La verdad es que no lo conocía. Y yo a lo mejor tampoco, aunque puede ser que sí.

Hoy la Eva uno y la Eva dos han desaparecido, no veo la luna en la hora de mayor oscuridad -y agradecido frío- del día y editoriales menores donde he sido rechazado buscan talentos (negocios paelleros con vistas al mar). Wilhelm Reich en su primera ciudad, Wilhelm Reich en su segunda ciudad, Wilhelm Reich en su tercera ciudad y Wilhelm Reich en su cuarta y definitiva ciudad, desde donde nos sigue mirando, supongo que de manera un tanto compasiva o, al menos, eso debiera ser lo normal según mi alborotada y neuroléptica cabeza de 5:42. Eso le digo a Eva tres, que es una invención mía, y ella me pregunta que qué les diré cuando vuelva. Pues hija, les diré que llegué de un mundo raro, que no sé del dolor, que triunfé en el amor y que nunca he llorado.
¿O qué dirías?
.

2 comentarios:

Alberto M dijo...

uno, dos
uno, dos...

Jose dijo...

No tengas miedo, Alberto, saldrás de ésta, y aunque el mundo siga siendo lo que es, habrás aprendido algo: es más fácil calzarse bien que alfombrar todo el camino.
Un abrazo,