miércoles

diarios neurolépticos 3 (retrato de mejora y algunos recuerdos)


Empecé este año de una manera muy divertida, en Lavapiés, desde donde inicié una carrera universitaria que no me interesaba en absoluto. A la semana y media ya estaba chupándome las pollas con los hindúes a cambio de cigarrillos. Era divertido y dejé claro de inicio que no quería que en esos tocamientos con la boca participasen chicas. Después aparecía en un estudio donde una especie de amiga procuraba una versión cantada del Giant Steps de Coltrane, fumaba un par de petardos y, cuando no me quedaba dormido allí mismo, me iba hasta casa, donde desempolvaba el ordenador portátil y me ponía a escribir en el blog historias acerca de las cosas que me pasaban. Fueron buenos tiempos aquellos en que intenté vivir como un yupi, estilo de vida que a veces sigo manejando. A veces me levantaba para ir a la universidad, donde procuraba tocarles el chichi a las chicas orientales. Otras veces no. En una ocasión coincidí con un chaval que me llamó la atención. Bisexual, esquizofrénico, pacifista. Pensé: Coño, como yo. Pero era un jilipollas. Intentaba darme órdenes, comerme el tarro y todo eso porque habíamos echado un puto polvo. Yo, mientras él iba a sus cosas de personalidad alpha, veía en su mollera una especie de tahur que no sabía barajar las cartas con las que quería engañarte, así, como si no tuviera real conciencia de hacerlo o dudando todo el rato de si la tenía, igual que la penúltima chica con la que me he enrollado y que, a diferencia de ese jilipollas, entra aquí a leer lo que digo, mis rollos líricos y eso. You know? Poco a poco voy despertando de mi rollo neuroléptico y, quizá, pueda dedicarme de nuevo a la letra pero, mientras, sólo aspiro a teclear mis inocencias, que cuesta más o menos lo mismo pero sin tener que darle todo el rato el tarro al rollo de las imágenes literarias, eso de lo que casi nadie sabe ni un pelo de jabón, al menos en España, donde por lo menos nos adoran a los dudosos sexuales.
En la facultad también conocí ratoncitas de biblioteca que me miraban solamente como a un jodido depravado, cosa que era y soy, incluso ahora veo amanecer todo ese tinglado de roles en mi mente, y apenas comienzo a ser yo tras mi descanso psíquico (léase el anterior post titulado Centro de reposo, donde cuento que acabo de salir de una clínica de rehabilitación para cosa del alcoholismo). Las ratoncitas estaban encantadas conmigo porque sabían que, al menos, yo las miraba como les gustaría que las mirase todo el mundo, como a pescaditos dulces sin salvación alguna. (Como a Amy Winehouses muertas, y eso que antes Amy Winehouse estaba viva). Como a perras que simulaban ser despiertas y sólo lo eran en mi inocencia de chico bien entonces yupi, como ahora, aunque en el momento en que escribo esto esté drogado con tranquilizantes mayores. Después de las ratoncitas me escondía en un Malcolm Lowry y me fumaba unos cigarrillos. La mierda de whisky que te daban era cara y entonces yo me encontraba dejando el alcohol de veras, así que me disimulaba a mí mismo con algunos tercios de cerveza antes de que llegara Rubén, mi macho, a dar por culo con sus historias de leído pero cateto, quizá demasiado jovencillo. Yo ni siquiera me molestaba en corregirle. Siempre pensé de los alpha que todo se arreglaba metiéndoles una hostia bien dada. El día que se la di primero le advertí, puso cara de ¿Tú a mí? Y entonces se la di y se fue llorando a casa la muy maricona. Quería darle a entender que el hecho de que me hubiera dejado follar por él en mi asqueroso búnker una noche de botella de champán barato no le colocaba la corona que comenzó a ofrecer desde ese instante. Además no era esquizofrénico en el buen sentido de la palabra. Quiero decir: No era esquizofrénico como yo, sino un pobre paria obsesionado con los tripis que jamás entendería lo que una procesión de hormigas puede dar de sí en una mente verdaderamente roída por el caos a base de beber dos litros de agua cristalina al día. Uno de esos putos gachós que creen aún en la expansión de la mente, y eso por si no les bastaba con el universo y sus cosas tétricas y bellas. Por la tarde: escuchando las quejas de mi nuevo amigo No sé qué. No sé qué llevaba un bar al que al principio me gustaba ir a leer. Pero No sé qué lo estropeaba en cuanto abría la boca. Terminé volviendo a los estudios de música. Un tipo procuraba hacer el Almost blue a la Chet en una de las tardes y me pareció patético. Ese día me puse al piano y lo rompí, aunque no tengo ni idea de cómo se tocan esas cosas, o precisamente por eso.
Hoy no sé quién coño teclea. A las drogas que me dan las combato con café y swing o similar, y a veces me parece que funciona. Hoy nada de eso, Lee Morgan, trumpet; Wayne Shorter, tenor sax; Wynton Kelly, piano; Paul Chambers, bass; y Jimmy Cobb, drums; como quien dice: supéralo.
Hoy escribir mola, si dispusiera de una cheira se la clavaría al sueño. Y es que duermo como una perra.
Después de la universidad me comía medio menú en la Redicha, donde me eché de novia a la cocinera. A veces había cocido, ropa vieja, otra veces judías pintas, lentejas. Todos esos eran mis platos preferidos. Volvía a casa, estaba llena de animales rugiendo, incluidas las cucarachas, con quienes me familiaricé rápido.
Rubén, mi macho, me había eliminado a esas alturas como amigo en facebook. Y yo, poco a poco, iría abandonando mis orgías con los hindúes. También se me pasaría mi obsesión por los chichis orientales. Hoy día ya no recuerdo sus jodidos nombres de entrante de restaurante chino, de los que soy asiduo, por los fideos, la pasta de arroz y el pato.
Un día me levanté y no sabía quién era y mirarme al espejo fue peor. Visualicé a mi madre pudriéndose de trabajo y los animales de casa, así como mis compañeras, no hacían más que empeorar mi identidad ya definida de bisexual, pacifista y esquizofrénico. Entendí mi mente clara y vi que tenía para un whisky, tenía para 4 a la grande, así que fui derechito: Glennfidich, por favor, con dos de hielo. Me metí en un par de peleas que no llegaron a ningún fin y después supe que tenía que irme.
Estuvo bien mientras duró.
Últimamente lo que me encuentro es débil. No sé si estos psiquiátricos modernos sirven para mucho más que para salir de ellos algo raro y con secretas intenciones de madurar a la manera de la naturaleza, con el sol de por medio.
O de emborracharte para que se te olvide que, una vez más, has hecho el jilipollas yendo a uno.

PD: joé, hoy no he dormido y ayer tomé drogas, igual que esta mañana. Voy a morir como Amy Winehouse.

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