lunes

Testamento segundo del animal que no tiene boca

"And I can tell you / The names of the Kingdom / I can tell you / The things that you know / Listening for a fistful of silence / Climbing valleys into the shade" (J. Morrison)

Se ha desmadejado toda mi euforia dejando al aire libre un palo seco. Al retomarlo, con la astilla principal, me he hecho herida en el índice. Vengo del cementerio. Allí he vuelto a ver los nombres y las fechas, rezado padrenuestros con las frases descolocadas y jamás, nunca, el amén. Sentado, he imaginado también sus palabras. Decían, los tres ataúdes, que he vuelto. Se han cogido unas manijas a otras y, dentro de la madera, los esqueletos danzaban con mis frases. Me he tapado la boca que no tiene el animal del título para que no intuyesen mis pensamientos.

Todo pensamiento es una semierección. Se decía el hombre loco, chicuelo, jugador de trenecillos, adorador de deshechos, multinacionales y tormentas.

Tan guapo me había puesto yo. Tan guapo, niño, gato, orondo gobernador de islotes... camisa azul con rayas verticales blancas. Abrí el cofre que había al lado de la tumba y estaba el reloj de ella. Volví a cerrarlo. A mi derecha unos gitanos hablaban en voz alta.
He mirado las fechas y ha pasado tanto, tanto, tanto y nada. Yo entonces trabajaba para las letras de los subnormales inmundos. Era llamado genio por el atavío de cosas, amable por el pesante de fresa, niño imposible por el autor de Una pesquisa.
Sentado, no recuerdo nada. Solía haber un hombre siempre de nervios también sentado en la tumba de al lado. Hoy, por primera vez, he averiguado cómo se llamaba. Más abajo ponía: No te olvidaremos.

............................

No está rezando, le ha dicho un ataúd al otro ¿Por qué no rezará? Sí estoy rezando, he dicho en alto. Los gitanos seguían de conversación.
No nos habla, le decía una flor artificial a otra. Empezaban a venir en ese entonces las primeras nubes. Ahora llueve toda la fiebre que he tenido durante este lapso. Al venir, en la radio del coche, entrevistaban a Belén Gopegui (y el mundo es azul, como una naranja), lee a Raymond Williams y a Alberto Olmos, de vacío, sirena y pelotones de pistolas de piscina. Yo, las pistolas de agua, siempre las recargaba con meado propio o de Jana, mi niñaperra. El atardecer ha sido espantoso. Había tantos animales llorando. Muchos no cabían en el coche y los he tenido que dejar allí, en el cementerio de Carabanchel.

Fumé, pensaba en escribir y en el whisky y, en una lucidez típica de todos los hombres, vi mi nombre junto a las demás letras de la tumba y respiré mejor. 66. 34. --. Al lado había un porro. Me ha hecho ilusión. Esto es una misiva a los amigos de Nico: Dejad más, coño.

Mi visión ha sido lamentable. Dentro de cada ataúd gobernaba un silencio persiguiendo a otro hasta morderle. Y al morderle caía este, último y primero, sobre la nada. La carrera, mientras, ha continuado.
Al presenciarlo he intentado que mi pañuelo con sangre crease la noción de bandera roja en los circuitos. Stop. Lloro marrón, pero no se lo voy a decir al médico.

Qué bien la muerte, leñe. Es como ese Rufino de la canción que te invita a langostinos. Genial, mayor, supremo bajo un cielo de neón y chatis que caen en los brazos de los marineros que tienen tatuado un ancla en el corazón, y dicen esa palabrería de Artaud que, traducida por Victor Goldstein es: Usted me toma, de pequeñito, barrido, rechazado, y tan desesperado como usted misma, y me alza, me retira de ese lugar, de ese espacio falso donde ya ni siquiera se digna a hacer el gesto de vivir, porque alcanzó la membrana de su descanso. Y ese ojo, esa mirada sobre mí mismo, esa única mirada dolorida que es mi existencia, usted la magnifica y hace que se vuelva sobre sí misma, y he aquí que un brote luminoso provoca delicias sin sombras, y me reanima como un vino misterioso (de Carta a la vidente).


pensamiento de después de escribir: si me matase ahora al menos una langosta escucharía el ruido de la sierra
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4 comentarios:

Sheela na Gig dijo...

Me gusta ir a los cementerios: rezar ante tumbas de desconocidos ( quién dice rezar dice pensar en la pequeñez de uno),ver los mausoleos de los ricos,las inscripciones de las lápidas " In loving memory". Cada verano visito la tumba de mis abuelos, dónde sus huesos descansan regados por el mar que tanto amaron. Hay unos 2 km hasta el cementerio,ni feo ni bonito, pequeño al menos,dónde todavía predomina el mármol blanco y el granito. Por el camino siempre recojo campanillas, margaritas, nomeolvides, árnicas, caléndulas...violetas si encuentro... Y me llevo una manzana aunque no tenga hambre. Me siento frente a sus tumbas y no pienso nada, no siento pena, ni nostalgia, ni nada, sólo la paz de la tierra y su secreto trabajo de resurrección que nunca valoramos lo suficiente. Cuéndo termino la manzana entierro el corazón con las semillas al pie de los nichos y me voy por dónde he venido.
Este año veré si por fin ha crecido el manzano. Qué ingenua soy.
Gracias por el post, Alberto, me ha gustado muchísimo...pero deja ya lo del desprecio. Sabes cómo es la gente de cabrona..

Anónimo dijo...

alberto,ama,ama y ensancha el alma.
vindica te tibi

Alberto M dijo...

No se puede chicas, amar. Y el alma es una experiencia psicológica que, como todas las demás, manifestada unas cuantas veces, pierde interés. Buda decía que no, que hay que vivir así cada día. Me la pincha en un palo.
Besos.

Anónimo dijo...

Mátate, hijueputa. Mátate si tienes (si tuvieras) huevos!

Anónima