domingo

Nana para despertar a un niño enfermito


El niño experimenta la velocidad del pensamiento. Esas fuerzas eléctricas empiezan a rodar en una máquina de centrifugado. En la sala hay lápices, trajes de boda, ceniceros... Al principio, en la infancia, ese río estaba apacible. Los osos cazaban con sus zarpas entre las piedras donde la corriente se dispersa. A veces tenían suerte. Luego llegó el hombre.
El río era una manta de terciopelo con lentejuelas plateadas. En el pueblo éramos vaqueros del oeste. Había ciervos en la alfombra de cada casa, junto al fuerte. Los pastores del señor hacían recados a la gente de bien.
Los indios estaban sentados en una lumbre donde se quemaban cerebros de niño.
Al principio la sinapsis esa respira oxígeno normal. Como mucho le puede pasar que confunde a la osa mayor con la osa menor los días en que mira hacia arriba y es de noche y no hay nubes. Todo está bien en general. No es para andar enfadándose.
El movimiento es al principio sólo violento. En el tambor del oído repica un oso desperezándose. No sabe si ya es de día.
Luego el movimiento se convierte en imperceptible. Parece quieto porque las revoluciones han estallado más allá de las primeras montañas. El niño entonces experimenta catatonía. El frío, el calor y esas cosas no tienen ya importancia. Ha sido poseído por un juguete hecho de plástico quemado, cristales rotos y esa luciérnaga que es el punto en blanco que ocupó el centro de los televisores antiguos cuando eran apagados.
Está precioso, el niño y su niña, dentro de una camisa de fuerza. La habitación huele a ceniza. La niña le dice al niño que no está. El niño se calla. Es la hora de cerrar la puerta. En algún momento alguien la abriría y no sería, a lo mejor, ella, sino alguien del centro que le va a traer un asqueroso puré de puerros o patatas.
La vida es maravillosa. Los peces, en cada estanque, le envían saludos de su esclava.
Al salir se corta el pelo, luego se casa con una señora que no tiene cara pero, madre mía, qué pedazo de trasero, Stamper.
A veces se sientan en la hierba de su jardín y da igual que llueva o no.
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2 comentarios:

Sheela na Gig dijo...

De niños nos ocurren un montón de cosas y las que no suceden se invocan con la magia blanca del niño. Se vive en un reino de posibilidades y de batallas, de visiones y de lágrimas de amor y crueldades que son los cristales que nacen de las delicadas y permeables pieles de sus mejillas.
Los niños rompen cosas para compensar su fragilidad. Se dice que los niños son de goma, porque muchos viven milagrosamente tras sufrir accidentes que se consideraban mortales de necesidad.También se dice que son más valientes haciendo frente a graves enfermedades porque su mente no puede procesar un final absoluto.
Se habla de los niños casi cómo no humanos: cómo un estadío del cuerpo y del alma necesario para luego enfrentarnos al mundo:un estado en el que nuestro único trabajo es dejarnos hacer y dejarnos mirar. " Qué alto está ya"
" Siempre pegado a las faldas de su madre", una criatura necesitada, una presa perfecta para el negro corazón de los hombres: Es la excusa que ponen para no dejarlos nunca sólos, para entrometerse en sus sueños y en sus deseos. " Te puede pasar algo".
El niño no tiene intimidad: está detrás de la vitrina de nuestra vanidad y nuestra arrogancia.
El niño tiene derecho a reivindicar una tranquila parcela de orfandad.
Porque todo sucede muy deprisa y uno se encuentraen menos de nada viendo la tele con una señora al lado que no tiene cara.

Muy bueno, mi princi.

Sheela

Alberto M dijo...

gracias por este apasionado comentario, Sheela, y muy generosamente lírico.
Un beso