domingo

Carta del niño enfermo recibida a las seis de esta tarde


Escribí: “Soy una pluma mojada en licor. Ven y bebe. Estoy muy de acuerdito con que entres y me arrees el pito hasta que muera. Luego vete, pero no olvides coger las llaves. Están en el segundo cajón de la puerta. Cierra bien y vuelve cuando quieras aunque yo ya no esté”. Era siempre un homenaje a El que no está pero, antes, a un ella, cualquiera. La reconocí porque guardaba en el fondo del iris una migaja de pan blanco y el recuerdo lo tenía borroso como un cristal que padece una tormenta que, ay, viene también del mío. En el interior del cerebro guardaba una colcha recién estrenada y a su borde un cenicero relleno de cigarrillos hasta arriba y una corona de margarita sin pétalos. El amor es un desconocido que te hace desaparecer la agenda del móvil. Se le reconoce por lo que he dicho antes y porque lleva en la mano la floritura de un ángel con sus dos alas blancas y la mancha negra que, en el interior, a veces te llama a ser buscada, nunca con razón, responde al estómago y al bazo, toca el tambor de la víscera y las membranas del oído donde las campanas de una catedral gótica meten en sí a un esquizofrénico en proceso de vuelo rasante. Stop. El esquizofrénico se ducha y es rodeado por el sabor de su cena. Estaba todo tan rico...
La botella, ese interior relleno de arcoiris, es caída, procesada, llamada mierda andante, mientras gira, vacía, a los nueve años en el juego de los besos. Pero hoy es Villon a los 80 años un héroe de la medicina y los campos huelen a cencerro recién sonado. En las lágrimas de ella sale plata, el niño las lame, la tierra parece hecha para ambos. Y el tractor está cerca, sin embargo, aparcado a la sombra que proyectan ellos cuando se comen el corazón el uno al otro, cuando se queman los dientes el uno al otro, cuando viven muriendo de placer y de no haber sabido gran cosa en este mundo a pesar de haber nacido el uno antes que el otro.
En el bar no sé quién soy. Si tengo dinero pido algo y miro a los ojos de los amantes de las procesiones en las que el silencio manda. Casandra tiene una estrella y el paraíso está dentro de la chaqueta que se pone Juan cuando se fija en si tiene los botones sin abrochar. Las cucarachas salen de mi boca y les dicen el sol, pero el sol es una cosa que no puede decir nadie. El helio se dispersa y La Tierra culmina en un abrazo. Mis ataques de ansiedad son ataúdes inventados de la conciencia de muerte. En ellos hay grabados nombres, pero nunca el mío. Soy tan dichoso de oír. Repica la piel cadáveres metidos en bañeras todas con hielo. Sonríen y la vida, cuando nos agarramos de la mano, es una soga.
Las letras no cambiaron nada. La mayoría de la letra es una niñata amenazando con una pistola de petarditos que no huelen ni sueñan ni nunca van a ser delito. Ella me dice ¿Qué sabrás tú? Y: Quiero ayudarte. Si recordase al hombre le daría la mano de nuevo. Pero es la misma voz que interviene en el asalto de las once de la noche de un grillo moribundo. Es lo no sabido por el voy a saber. La apuesta dada. Vacío por, acaso, una noche en vela. ¿Qué importa?
Su lengua es un marino que roza la llegada a puerto y los besos no son nada salvo pequeñas antorchas a punto de apagarse dentro de una caverna que no existe. Y además es de día. El hombre, le diré, es tan dichoso.
Necesito tabaco, y luego escribí “Al despertar pienso en cosas como cenicero, hormiga, petaca, árbol, ojos, caldo y café caliente. Je sais seulement prendre rendez-vous à moi même". No necesito tabaco, salvo, quizá, cualquier cosa.
Dime Tritri y levantaré el mundo. (Ni mi recuerdo es algo).
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2 comentarios:

Limbo Piedra dijo...

Querido Alberto, debes saber que uno de nuestros creadores te ha incluido en su obra con el pseudónimo de La Semejante Criatura. Desde luego, con su referencia real a Nombre, Apellidos y Blog (el DNI no lo ha estimado necesario, aunque sí pertinente; así que puedes dejarlo en recepción).

Alberto M dijo...

Piedrita, lo que tú y yo hemos de hacer es un show. Piénsalo. Y siempre con la minga fuera!
Abrazote.