sábado

All about my sangre


He bajado a la cocina a servirme café. Charly se ha subido a mi hombro. Primero se sube al izquierdo, después, a través de la cuerda que sujeta mi cuello, camina al derecho. He sacado el café del microondas y echado dos cucharadas de azúcar. Me he sentado. Enfrente nuestra estaban ellos: el ingeniero del desierto, el albañil de la vía láctea, el guardia de tráfico de los días de guerra, el curandero que pone vendas a los relámpagos, el ama de llaves de las avalanchas... ellos todos, hombres y mujeres ocupados que, a veces, leen los periódicos con noticias inventadas que les escribo.

Charly se acurruca en mi oreja, me cuenta sus secretos y, luego, abraza su cabeza a la mía. Doy un nuevo sorbo al café, enciendo un pitillo, paso una página. En la siguiente, subrayo los espacios en blanco de las poesías.

Se van, todos ellos. Antes de cruzar el marco de la puerta de la cocina el guardián de los semáforos le da un beso al bedel de las estrellas fugaces. Son días de tormenta. El capellán del pueblo girará su cabeza hacia arriba y abrirá la boca todo lo grande que pueda. El bombero del mar llamará a su esposa. Le preguntará qué habrá de cena. Yo apago el cigarrillo y oigo el portazo de fuera. El jardín está intacto. Charly cuenta cometas en este día donde la primavera se está bañando en un charco de la calle mientras canturrea borracha una canción que, durante la infancia, aprendió en su ciudad natal.

Hace un día maravilloso, y he de acudir a una boda.
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3 comentarios:

Bellaluna dijo...

Las bodas son tristes. Y lo mejor de la poesía -mejorando- el verso blanco entre estrofas

Alberto M dijo...

De vuelta, Luna. Me casaría contigo.

Anónimo dijo...

qué tendra la princesa alberto
muy bueno en sí, pero no ligues...
angel no sabe a qué hora tiene hambre mi tripilla andante
besos