miércoles

Un nictonauta entra en un bar...


foto: con Yara (Aquellos días felices en la calle No me acuerdo cómo se llama de Lavapiés)
Respuesta a correo ayer once y media: si tuviera alma lo sacaría en mis escritos. Como no tengo sólo saco lo que no es alma, como en este (y lo que no es alma tiene de maldad que "se parece" al alma).

Acá palpo dos libros, fumo en y el silencio (en bendita hora se me ha ocurrido recurrir a un disco, odio la música), todas las luces están apagadas y, suponemos, en su lugar. El caballo de la ciénaga definitiva ha muerto dejando, a mis tobillos, el vaho de su último suspiro. Releo cuando hay luz los subrayados de los libros que, como la música, tampoco me gustan, me incordian y así ha sido, así desde que escribía las obras de teatro que íbamos a hacer en el colegio (sólo me querían para vanagloriarse de su amor y mi obra era sólo la misma que hago ahora, por desgracia, absolutamente llena de lírica, fantasía y realidad) que también me molestaba en esos días donde la navidad era un olor que estaba a punto de volver y yo, desde la pared del pasillo, en castigo por mi espontaneidad, oía los villancicos de los niños que cantaban por mandato en clase, bajo una luz triste de sala de recreativos. ¡Yo, que siempre creí en dios y aún lo hago! Veía una mariposa revoloteando cerca de las baldosas blanco crema, posándose cerca de mí y sabía que el amor, al menos durante la infancia, es ya algo que hay que esperar, aunque entonces sí viniese, puntual, a mis ojos, que es lo único que yo tenía. Por mis venas notaba cómo fluía el champán de una orilla a otra hasta desembocar en cascadas donde mamá, por nochebuena / nochevieja, me dejaba probar una pizca de sidra. El abuelo me daba sorbos de vino blanco entre mosto y mosto, en los bares de cada ciudad donde él era mundialmente famoso, y ostras y llegaba hasta él para poner la mano. Luego jugaba esos cinco duros al Kung Fú máster rodeado de niños enfermos que me querían quitar los mandos. Yo creo en dios, ostias, dije una vez, como he dicho, también, hace un rato. (¿A que te han enamorado esas dos comas con las que he rodeado “también”?, dice Michon de Balzac en uno de sus enigmas -siempre múltiples-).

En las últimas elecciones vi dos derechuelas y luego le dije a mi madre que había votado a Dios, que no es el voto en blanco, sino el no voto (en el voto en blanco no hay caridad posible). Voté a Dios (la verosimilitud -decía Genet- es la retractación de las razones inconfesables), pasé todo el día durmiendo.
Mis sueños me aburren. Salen niños, cabras, mi pueblo, Nueva York, una ciudad de queso, toboganes, estadios de fútbol y rock, cigarrillos, caramelos... basura, y, luego, para empeorarlo, también sale la gente que se encarga de recoger la basura, con su camión de leones llorando, tampoco falta, si uno se fija bien, la sangre en las ruedas, a saber de a qué mengano corresponde.
(Claro, luego está que, en el Padre y en el Hijo, se juega según lo estipulado, todo salvo en el Espíritu Santo, que es el único en quien en verdad logro, pues se trata de un juego donde siempre gana la inocencia de las cosas, su verdad más extrema -y en la vida también le es atribuido el extremo a lo dificultoso... ¡Ja! Es tan fácil sin nervios-).

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Toda la ciudad está muerta. Qué alegría la mía. Qué sonrisa de 22:10, qué alivio. Mis fantasmas están aquí, me piden comida, techo, hamburguesas con mostaza, nubes azul tuberculosis. Me piden, y yo no les doy nada. Luego lo escribo, pero eso es ya porque me arrepiento, no de no haberles dado, sino de que no me hayan dado ellos. Escribiendo me lo doy yo, aunque sea nada. Además no me interesa el mundo editorial. Sólo mi amigo y valedor, pero desde que me he enterado por las flautas de las cucarachas -las únicas en verdad sabias y alegres por vivir- que ahora también se hace cargo de una editorial donde mi obra existiría -podría-, su amistad, el amor que le debo, ha dejado de tener sentido, ha callado, desaparecido, ni siquiera ha necesitado menguar para ello ese corazón que nunca ha existido y al que habría de dar gracias por la pereza, todo sigue siendo lo mismo salvo lo mismo, y eso es un yo (una vez echada su reflexión al espejo se convierte en un coche carísimo). Lo dice Henry Miller en su oda a Rimbaud en palabras de un tal Jacob Boehme, Quien no muere antes de morir, es aniquilado cuando muere. Y esto otro -causa- que dice el propio Miller en la misma traducción: Ahora que hemos logrado descomponer el átomo, el cosmos está escindido.
(Horrorosa lectura de diarios íntimos los subrayajos)
Y, esto lo digo yo ahora, escribir es una ilusión, la ilusión un aburrimiento y el dinero siempre bienvenido. Que me perdone mi amigo, dijo la cáscara cuando ya habían aprendido a volar los pajaritos).
Qué estoy diciendo. Sigo vivo.

Sólo he de esperar a que también muera el resto de los que quedan entre estas paredes. Hace diez años que puse las cruces en el techo del váter por encima de sus nombres, entre los que está el mío. Ah, dirás, gracioso de ti mismo, pero tú ya has muerto. Sí, y, encima, estoy borracho al lado de una farola sin sombra, toda la noche, comiendo langostinos, y los como sin pelar, porque pelarlos me cansa, lo mismo que esputar esqueletos.

Sin mis fantasmas no soy nada, y ellos, sin mí, consiguen la paz, que es también la nada, así que siguen viniendo, porque la vida es la interrupción de la vida y de la muerte juntas. Me pongo unas palomitas, me siento en la butaca y les miro. En ellos veo el final de la película El circo, entiendo a Charlot sentado en la arena rodeado de unos límites puestos en tiza, con los brazos cruzados o sin cruzar, sin amor, sin esperanza, pero con bigote.
Es verdad que, cuando se van, pienso en abrazos, zumo de melocotón y flores. Las estrellas, mientras, permanecen flotando, inútiles, como los óvulos no fecundados de los corales en los arrecifes o... eso, qué sé yo, la vida, la moneda, el canto de la moneda, el chasquido, la máquina expendedora.
Mientras, a estas horas en las que nunca hay nadie en el chat de facebook, mis niños locos, los que conozco por ahí, escriben poesías que nunca entiendo.
¡Ya no sé hablar!

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El viernes, al fin, salgo para el monasterio. Todos los monjes serán yo. No podré evitar la vida en comunidad (rezos) y mi ejercicio, fatalmente, no será la granja ni la tierra, sino la lectura, Georges Duhamel, Erri de Luca, Giorgio Manganelli, Victor Shklovski, Frédric Jameson, Euclides da Cunha, Marosa di Giorgio, Alfred Döblin, Espido Freire...

¡Mierdra!

Amanece. Y no volveré a Valseca. Jamás, durante la vida. Me he comido mi alma y sabía a un pajar en un día lluvioso.
Si vuelvo a los escritos es porque ellos vuelven y, si vuelvo al blog, es porque voy a estar tanto o más tiempo sin estar que ahora, y no es por dormir, no por soñar.
El Tao dice “Aquel que siga la regla de no consumirse en deseos estériles de un estado quimérico, aquel vivirá de buen grado en la oscuridad y no pretenderá cambiar el mundo”. Ese soy yo también hoy, como cuando niño, feliz en la lágrima de los pasillos donde, recuerdo, tras la mariposa, solía mirar a izquierda o derecha y veía una puerta abierta, daba a una central eléctrica, sonreía -la mariposa-, liberaba el villancico que salía tímidamente del aula, el eterno chirrío de la naturaleza lo miraba exhausto, convulso, brillante como la tartera vacía de un pobre sobre la acera de un despacho multitudinario.
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