martes

Silvia


Empecé el día 31 queriendo convertirme en un asesino. No necesitaría más que una sola víctima. A ser posible una chica joven, con 15 años y, por supuesto, ya desvirgada por, pongamos, un jovencito que pasaba por allí con voz de hombre culto, la camisa desabrochada, el pantalón liso de pana ancha, media barba con numerosas calvas. Primero tomaron un café en el Starbucks de la calle Fuencarral. Él la besó la boca y la niña dijo que nunca había besado a alguien mayor. De nuevo él acercó la lengua. Esta vez mordió el labio. Dijo: Nena, te quiero como reina. Seré tu minga. Ella dijo no esa primera vez.
Acabo de clavarla un cuchillo en el corazón. Ha sido fácil. Pensé que necesitaría meterlo más veces. Mientras puedo saber que su muerte sucederá en apenas cinco segundos me sobreviene una arcada al tiempo en que su expresión se queda en la de una fotografía. Mierda, me digo, me lo he perdido. Es verdad, a veces, cuando matas a alguien algo se te mueve en el estómago, pero no tiene importancia. Es un animal pequeño y de mar que tuvo hambre, una especie de anguila ya saciada que deja un leve movimiento que hace que, por un momento, te encojas. Hay gente que ha matado más y también dice que la primera vez le sucedió algo así.
El chico cultito vive en Lavapiés y escribe poesía. Ha publicado sus principales obras en una editorial que reparten por la zona. Pude leer un poema suyo llamado Un planeta llamado infierno. Se me puso dura y no pude dejar de eyacular una margarita sobre los ojos aún abiertos de la niña. Era mi regalo para que el agente Carusso me echase el guante de una vez. A ese también quería matarlo. Con respecto a los niños, no deberían dejarles solos en casa.
Fui al baño y me senté en el váter, pero antes me aseguré de que había papel higiénico. No quería tener los calzoncillos sucios para cuando me detuviesen. El amor, algunos días, consiste en eso. Por entre mis dos hojas de palmera salió una orquídea. Me limpié y, al hacerlo, me la vi dura de nuevo y decidí quitarme la ropa, la dejé ahí y volví donde yacía... no sé cuál era su jodido nombre. El del chico poeta sí. Pensé que quizá en este momento, si tiempo me diera, también lo mataría a él. La miré, sus ojos exclamaban debajo de mi firma y en su cristal esta se mezclaría, pensé, si finalmente yo me sentaba y miraba a mi asesinada, el gran amor de mi vida. La imaginé saltando a la comba con sus compañeras de colegio. Yo también lo habría hecho. Pero estaba yo pensando demasiado y decidí que debía hacer algo más. Saqué el cuchillo japonés de su corazón, tetilla y carne. Tenía tanto hambre. En ese momento llamaron al telefonillo. Fui a abrir. Era, dijeron, para repartir publicidad en los buzones. La gente tiene que ganarse la vida.
Al volver a la cocina, antes de volver al cuerpo sin vida de mi ángel, abrí el frigorífico y vi un yogurt de fresa. Busqué las cucharillas en los cajones y rápido las encontré. Estaba fresquísimo. Entonces recordé que mis favoritos solían ser los de limón.
Volví al cadáver. Me pregunté qué habría de hacer en ese momento y, por hacer algo, eché un esputo. La belleza de la vida, mientras, seguía ahí por unos instantes.
Me imaginé preso, condenado, ajusticiado. Acaricié su pelo castaño, luego le quité una horquilla y le extendí sus caracolillos por la cara, sobre mi esperma.
Volvió a sonar el telefonillo. Fui a abrir. Una voz preguntó al otro lado si estaba Silvia. Dije que sí. ¿Puede bajar? No, dije. Recuerdo que en ese momento me entró la risa floja. Le dije que es que... estaba indispuesta.
Silvia.
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7 comentarios:

Anónimo dijo...

EXCELENTE, SIN MÁS.PAT

Alberto M dijo...

danke!

Bellaluna dijo...

Oye, Alberto, al final eres... tú no, en realidad, sino tu alma literaria está poseída por umbral, que esta muerte de semen, esputos y niña ninfa, pollas duras y lirismo es casi un poema de nauseas y amor. Pero no te la has follado. Tienes un cierto reparo, a lo mejor, con las muertas aunque están muy buenas.

Lu.

Alberto M dijo...

Las muertas, Lun, están buenísimas!

Alberto M dijo...

¿No crees que perdería lírica si se la metemos en la rosa?

Bellaluna dijo...

Nada tan lírico como una polla (barroca) traspasando el umbral transparente de unas ninfas (me parecen graciosísimos los labios de un coño)... por complicar las cosas. Si le follas la boca a una muerta, ¿morderá?

Lu.

Alberto M dijo...

sin ninguna duda