sábado

La herencia de abuela

La herencia de la abuela era lo que yo entendía por hacerme un joven de la nada, es decir, un joven de la letra. Lo digo hoy, en el día en que me llaman chico y señor, al azar, cuando me acerco a las barras a pedir un whisky. El que tengan, añado, dos o tres hielos. Ante esas piedras va cayendo la pequeña cascada de la gran botella, dejando unas lágrimas en la cima del vaso. Son lágrimas de santos. Mi cara había cambiado, y mi voz, también era otra la gente porque había tenido que cambiar de colegio, ya que el otro, nuestro amado Liceo Caspilla, se había acabado como les pasa a las pilas cuando no se las carga. Aún andan cerrados esos dos patios, para que no entren los drogotas a fumárselos en papel de plata. Por las ventanas de la sucursal bancaria que es ahora sólo se adivina sombra, que es lo que decía Faulkner que debía tener la buena prosa.

Yo volvía al barrio de mi nueva cara y nuevo colegio (que estaba en las afueras) y, después de estar un rato con la abuela, rellenaba libretas de segundas partes de Twin Peaks y poesías sobre árboles. Eran así las poesías que yo entendía como poesías: árboles, cielos, pájaros, peces, campanario, explanadas, ratas, ríos, amigos, santos... en definitiva, todas esas cosas que terminaron siendo lo contrario de mi vida, de mis letras.

La semana que viene marcho a un monasterio (franciscanos). Y digo esto mientras bebo una cocacola. Ayer fue el día más triste del año. Yo contemplaba a través de la ventana de mi habitación de los libros y un pájaro lloraba. Han hecho un nido encima y yo les oigo y miro; algunas veces, cuando cagan, cae la boñiga blanca en los cristales. Yo no puedo saber si el pájaro que lloraba era una de las crías o la madre pájaro que, durante toda la vida, ha estado llorando dentro de mi cráneo. Porque yo no tengo mente, lo he dicho mil veces. Si me destartalan la cabeza sólo verán una mamá pájaro que llora todo el tiempo y sólo se calma un rato cuando me siento a respirar hondamente.

En mis hobbies de la escritura me hicieron un blog y por cada nombre que escribo se me cae un amigo. Ya no me preocupa. Me anima en el sentido de que me encabrita que todo sea tan ñoño y, ese encabritarme, me obliga a salir más, a comerme más un mundo que me interesa lo justito para dormir, escribir y, de vez en cuando, darme una ducha y mirar el nido de pájaros que vive sobre mi habitación de los libros (salvo la serie Hospital central, no me interesa la televisión).

¿Qué más cosas se me olvidan? Antes, por lo menos, escribía para que me leyesen los de mi pueblo. Ahora se ha muerto mi amigo Perico. Cada vez soy menos de mi pueblo y no porque sea más de Madrid, que siempre lo he sido también, sino que cada vez soy más de una nada como el nido, el que oye llorar a ese pájaro que he dicho antes, sentado tranquilamente en el ordenador y, a veces, como ahora, tomando una cocacola y tecleando mis últimos pasos antes de mi visita al monasterio.
Anteayer se murió la Mari (también), que siempre me estaba buscando novia. Cada vez existo menos mientras me hago amigo a la par que me despego de los nuevos talentos literarios, la mayoría genios y, a veces, conlleve la vanidad que conlleve, sencillos (es un decir).
Al final siempre terminas siendo no lo que haces o deshaces (por ejemplo, con las letras) sino lo que eres simplemente por casualidad, el sobrino de tu tía y el nieto de tu abuelo. El niño o el viejo de antes, en resumidas cuentas, que riñen y cuyo resultado no es otra cosa que esto que hay ahora encima de la mesa. La cocacola (todavía queda un poco), tres mecheros, el paquete abierto y casi vacío, unos chicles de menta, unos cuadernos que no sé de qué son y, ahora, mi tía Pepa, que acaba de entrar a interr, a saludarme. Me da besos y abrazos y no para. Todo es deprimente. Cuando me sobrevino la locura yo ya había aprendido la verdad que podía traerme hacia esta vida y muerte que es la letra y sólo es eso, pues el estilo ya es lo que va truncando en otra cosa el primer árbol y la primera farola que hay al salir de casa. Acercarse a El otro lo único que trae es irrealidades. La sangre, gracias a la cuál me dieron a la vida -de bebé- mediante transfusiones, no existe salvo como excusa de esto, que es lo que dije al principio.


PD1: Antes de empezar este texto he estado una hora enfrente de una página en blanco. Entre medias he anotado algo que luego he borrado. Eran las huellas en la nieve de un solipsista caminando hacia donde suponía estaba su horca. Si finalmente hubiese logrado llenar la página ¿La hubiera encontrado?



PD2: Agradecimientos a los alumnos de filología inglesa de la universidad de Granada, que os encontráis haciendo un ejercicio sobre este espacio donde casi apenas hay nada más que una ruina absurda donde ni se bebe ni se pica ni casi hay droga ni nada de nada salvo las letras que voy haciendo. Gracias por entrar y, si no os sale nada, decidle a la profe, maestra y amiga mía, doña Cristina, que na, que el chaval de la criatura ese que... para echarle a un arroz.
Besos, ojalá pueda ir algún día por Granada y conocernos y emborracharnos un poquejo.
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