lunes

El dueño del desierto


Me despierta el primer rayo de sol que entra por la persiana. Permanezco un rato tumbado, mirándolo, cegado, en el desierto, -que es un juguete-.
Mientras aún estoy quieto oigo las dunas, noto cómo una salamandra cruza a través de mis pies y sigue su camino en busca de oro. Un duende me trae agua fría con un chorro de limón, es para la fiebre. Las gotas de sudor comienzan a fabricar oasis sobre la almohada. La sombra de la palmera, a estas horas, queda al otro lado de mi postura, pues ella también mira el sol que entra por la persiana, mira también el desierto que se levanta adentro y afuera de mi habitación blanca.

Antes era la habitación de abuela. Todas las noches, antes de dedicarme al sueño, procuro que el crucifijo que mora en la pared que acogerá mi cabeza se encuentre recto. Ecce homo me mira, como siempre, a veces en su segunda postura, encogido de hombros. En un primer vistazo sólo mira a la almohada -empapada- en que me sostengo y la sangre de la corona hace gotas que van a parar al charco que dije antes.
Todos los sanatorios tienen un sabor a agua caliente. Por eso la esperanza es un duende que no existe, porque es el que trae lo contrario, el regalo.
Casi todas las mañanas me quito yo solo la vía y enciendo un cigarro -Chester- medio seco. Aquí se está bien. Las tormentas de arena sólo suceden en la radio mientras giras la ruedecilla para ver si das con kiss fm.

El resto de la habitación está decorado por cuadros de loco. Son mis dibujos de los veinte años. En ellos siempre hay una virgen subida en un burro, con las perolas al aire, repartiendo leche entre los viejos. Al lado, en la cima de un dromedario, el diablo sabe que el cielo sin él es nada.

Bajo a la cocina y saludo a Charly, luego preparo café y, mientras se hace, abro una gaceta de 1936 para enterarme de la actualidad. Los duendes se sientan a mi lado y provocan a Charly -mi loro- para que diga algo. Una vez terminado de hacerse el café les pido que se vayan y me sirvo la que creo mi parte. Luego atardece y el sol coge un color de percebe sobre el amarillo, el rojo y el azul de un mechero, una nube con gris se queda en medio gobernando y entiendo que es la hora en que los jubilados salimos a dar un paseo para ejercitar las piernas.

En el camino rara vez me encuentro una flor del desierto, sólo hay enfermeras, monjas, celadores y algún médico que, cuando cruza a mi lado, me pregunta por cómo es mi tos.
Es lo único que conforma ya mi cuerpo, mi tos. Es mi tos mi persona, junto con el sudor de la almohada. El ambiente sigue siendo cálido. A mi vuelta unas cigarras juegan al dominó en el servicio y yo busco un libro en las estanterías. Recuerdo haberlo colocado ahí. Poco después suena la alarma y vuelvo a poner recto al Cristo.
Algún día escalaré la palmera que hay sobre este oasis y, una vez arriba, vigilaré toda la noche. Veré entonces a los alacranes salir de su duna y agitarse el barro, mirar hacia adelante y, luego, escuchar el chasquido, quietos, en la lejanía sorda del panel.
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