domingo

Cuidar de un oso

¿Qué realidad usar para contar que mi verdad es cuidar la cueva de un oso herido? En mi maleta de ATS hay bisturís que no sé cómo usar y medicinas cuyos nombres se parecen al de cualquier vecino. Enciendo cigarros y bebo cervezas en la puerta. Alguien habrá que, pasando por allí, le apetezca realizar con ello un crucigrama cuyo único autor real es el aire que zarandea los árboles que tengo en frente, cada mañana, al abrir la persiana de mi habitación. Alguien que rompa esta hoja de periódico en la que me observo bobo, inmerso y sin ojos, pues le pertenecen a mi primer amor, que no existe o que se ha muerto, me da igual.
Sus ojos eran cercanos y gustaba de usar la broma, aunque su belleza era de coral y, bajo su camisa de franela, no existía más que lo que he dibujado siempre en tardes donde lo único que existe son dos árboles, los que dije que, al principio, eran zarandeados, me da igual si por un oso herido o por el viento. Ambos siempre, según las noticias, parecen antojarse de oscuras cosas.

La gente no me quiere borracho, por eso bebo. Noto en la superficie de la barriga el no y respiro más cómodo. Antes escribía poemas. Fue una sorpresa que mi madre se los diera a María en uno de los momentos en que nunca los habría querido. Están dedicados a un soldado del ejército alemán de la 1º, gordo e insensato, ubuesco, retratado por Stefan Zweig en sus memorias como alguien que, para animar a las tropas, hizo una canción contra los ingleses que poco después le vetaron, siendo odiado, silenciado y, lo que a lo mejor es peor, igual de gordo. Un soldado patoso llamado Lissauer que nunca fue más que no soldado hecho soldado, como también, en las mismas memorias, lo fue el joven Rilke, ya maestro y, sin embargo, luego autor de los cuadernos de Malte Laurids Brigge.

Uno asume lo que ha ido escribiendo con mejor generosidad que lo que ha ido viviendo, incluyendo lo que ha vivido en la nada de sus escritos.
Había allí un poema llamado Patti Smith, de quien María gusta, y que estaba convertida en trozos a las cuatro del mediodía de un jueves. Siempre quise hacerlo por entonces, le expliqué. Nunca me ha gustado rebautizar las cosas a partir de entonces y eso no quita que no me ponga los discos de tal o pascual. El rock salía, igual que la filosofía que yo leía de los libros que me prestaban, que casi siempre eran de Schopenhauer (así era como me veían ellos). Yo mezclaba unas erecciones con otras y al final sólo vi de resultado la sombra de Plinio el viejo tapando unos versos malos, escritos en una pared de universidad junto con cánticos contra las ideas de administración y gobierno que tiene esa juventud tan lírica y, sin embargo, aparatosa que rima poder con joder.

Yo amaba, amé, quería los galones que hoy tiene un pobre sol construido por las mismas cosas que en el siglo mil a. C. Y, al tiempo, no quería nada más que esa gloria que dio anónima, ese macho medio deforme, al entrar en el blog para decir que yo era feo. No, señor, tan sólo estoy un poco gordito, y es que hace tiempo que no bajo al parque a jugar al fútbol.
Mi inocencia de niño, es decir, siempre falaz, me lleva de la mano cuando salgo a la calle prestando oído a los coches y grajos de una ciudad encantadora y, por debajo de la manta, aprieto muslos que me da igual de quién son mientras relamo los dientes, que siempre gozan, no tanto de morder como por fin de arrancar, cualquier cosa. La negación a la mujer a cambio de la bacanal en que entran la mujer, la gacela, la osa (también herida) y la serpiente. Los tiempos modernos, un correrse rápido pero, al mismo tiempo, muy bien, con grandes montañas bajo los ojos que, a esas horas, quizá estén, qué más da, semi-dormidos.

Enciendo otro arbusto, abro otra cerveza. Dios, digo, aparta de mí este bosque. Bien sabe que sólo he representado lo que lo rodea.
Dibujo hoy, 1 de mayo, el coño con dientes de mi amor. Es igual a un niño vestido de cardenal. Hoy hace sol, aunque llueva.
.

No hay comentarios: