lunes

Un ser inane cuatro días después


Ya dudo si soy yo tu bufón o el señor de todos esos latifundios que ves cuando te permito mirar por mi ventana, que tampoco es que sea mía esa ventana. No sé quién la construyó o si estaba ya antes de que fabricásemos todos esos muros que, piedra a piedra, la rodean.
En la entrada referida a ti te llamé Adolfo pero hoy no sé si llamarte ángel del cielo. Quedé en que te conocí en una celebración pero, ay, quizá te conocí en la única celebración de la que tengo recuerdos y, sin embargo, no he estado jamás, ni húmedo ni seco, como distinguía Rubén (poeta húmedo) a los demás poetas, siempre sobre el marco de esa ebriedad llena de ángeles como tú a la que llamamos cielo.

Quizá eres un impostor en ese cielo. Quizá el cielo sea también un impostor. Quizá la ventana que dije al principio no vaya a dar sino adentro de unos muros que también dije y que quizá no existen. No soy señor de ningunos latifundios ni he contratado bufón alguno que no sea una muy ligera idea de la vida que llevo que, por supuesto, también consiste en tropezar ante una piedra que tú, ángel mío, has puesto ahí para ver si es verdad que había aprendido de la última vez que me la pusiste y también tropecé, de la misma manera, en el mismo parque y bajo el mismo sol.

El infierno, según Blake por ejemplo, corrígeme si quieres, también son esas cosas que ni siquiera podemos ver en el infierno. Yo sólo te conozco de un sueño que tuve y allí eras lo que yo no quiero ser y también lo que descubro en el espejo de los párpados cuando cierro los ojos y procuro observar, como si yo pudiera (como si alguien pudiera) de qué está hecha mi oscuridad, (al abrirlos veo siempre, por mucho que no lo creamos, un ángel desvistiéndose del traje azul que le ha sido concedido para asistir a la misma celebración a la que yo he asistido sin recordar cuál es, y sin querer recordarlo.)

Adolfo, ángel del cielo, eres también uno de esos trabajos manuales que recuerdo hacer en el colegio cuando yo no era más que un niño (y a saber, escoria, qué eras tú entonces). Uno de esos trabajos en los que hay que ponerle pegamento a varias capas de cartulina para, primero la mayor, luego la segunda mayor, ir construyendo un relieve sobre un marco que también es el de una cartulina. El resultado es el bosque por el que camino de regreso a casa de mis padres y, no más, tengo los dedos pegajosos de los restos de pegamento que te han ido haciendo a ti, Adolfo, fiera y ángel del mismo bosque, sumado el cielo, que eres en una clase de viernes de 2º de la EGB, hace tantos años como quizá tú aún no tengas.

(Creí que me había olvidado de ti. No creas, también he tenido otros sueños. Sin embargo, veo que persistes cuando tecleo y busco y me digo entre todas estas teclas. Soy tu corazón. Dejémoslo así y démonos la mano como si nada de esto hubiera ocurrido. Te lo pido de rodillas, sin que tú te des cuenta ni jamás vayas a leer estas palabras.)

Quizá seas el whisky de hoy o de cuando te conocí, qué importa me digo si, total, el whisky, ese oro ardiendo cuya aspiración es la bilis, no sabe crear imágenes, sino desmontarlas, quemarlas, aniñarlas en la única bondad que sabría ahora concederle, tras un par de hielos más ¡Mañana no voy a hacer nada! Y tengo miedo de que, en ese mañana, también estés tú, con tu inanidad y traje, sonriéndome estúpidamente desde la silla que hoy empleo para escribirte, inútilmente, puede ser, pero sin sonreírme nada.

Soy tu padre, recontra, mientras tú eres esos versos de Vallejo que dicen:

Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,

con mi muerte querida y mi café
y viendo los castaños frondosos de París
y diciendo:

Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquélla… Y repitiendo:
¡Tanta vida y jamás me falla la tonada!
¡Tantos años y siempre, siempre, siempre!


No puedo añadir nada sobre ti, primor. Como mucho me pregunto si quedará sopa de sobre para después de las doce.
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