jueves

Lo que era cierto y los paseos


Hoy he visto lo que era cierto. Me ha mirado lo que era cierto sin decir nada. Yo agachaba la cabeza de vez en cuando, es verdad, pero una y otra vez la he levantado a ver si lo que era cierto se había ido ya a haberlo sido, pero no, ha seguido, mirando con sus ojos de bollo quemado, lo que yo pudiera ser o era, sin añadir nada por su parte. Ah, me he dicho, quizá ha comprendido que mi gesto al balancear la cabeza, al poner los ojos en otro lugar y todo ese rifirrafe, quizá, me he vuelto a decir, lo interpreta adecuadamente como una vanidad mía (ese Lo que era cierto), no dejándome otra que sonreírle con ojos de cínico y esperar su respuesta, que yo sabía de un yogur caducado. Qué risa me ha dado ese Lo que era cierto mientras me aguantaba la mirada de bollo quemado en el horno de las tonterías humanas, esas cosas vivas que se manifiestan de la manera que sea como pueda ser que ello venga hasta disecarse en el fin de ese puro e inane decoro. Era yo mirando a Lo que era cierto tan venido de otro mundo, tan hombre... ha sido penoso cuando se ha dado cuenta de que yo, en mi actitud, no le estaba hablando a nadie, y tampoco era una estrella lo que había enfrente mía, la verdad, más que una moneda de diez o cinco céntimos absurdamente quieta como los muertos y algunas cosas bellísimas.

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Lamento tanto haberme enamorado de una gota de agua sucia brillando sobre el recién cortado césped de mi porche. También lo pensé. Fue varios años después de que Lo que era cierto viniese, y hasta lo supuse andando por algún lugar de una mujer en bicicleta. Hoy la he visto. He hecho caso al médico y he salido a caminar hasta donde me contaron que son seis kilómetros si al ver la señal regreso los pasos otra vez hacia casa. Charly se ha mostrado contento al verme de nuevo. He bebido agua y he comido un bollo y luego he pensado qué hacía esa pobre mujer en bicicleta en el kilómetro cinco de un camino donde sólo hay moscas zumbando y alguien que, por una vez, ha hecho caso ¡de un médico!

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Cuando a Charly (mi loro) le da alegría verme, canta. Son canciones que se inventa, creo, aunque a lo mejor alguien ya las había cantado antes, nunca se sabe.
He llegado a casa y comido un bollo, me he bebido una cerveza mientras Charly cantaba alegre de verme de nuevo. Me he secado el sudor de la frente con la mano derecha y, luego, mientras la ponía en el grifo y empezaba a notar el agua fría, he recordado una de las muchas veces en que había repetido ese gesto en mi infancia. La diferencia es que, ahora, no salía oro detrás del agua del grifo (del manantial) desde el momento que esta rozase mi mano para mezclarse con la pegajosa nada que había en ella hasta el cierre del grifo llevado a cabo por mí y que no me ha costado nada pensar.
Y Charly no sólo no se ha dado cuenta sino que ha seguido cantando a Lo que era cierto como si nada y, a lo mejor, como si yo no me fuera a dar cuenta tampoco o hasta fuera a escribirlo (pensarlo) en mi diario, blog o como se llame.

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