domingo

El bosque de las consultas psiquiátricas


Acabo de salir de la ducha. Afuera hace sol. Mi madre ha ido a la iglesia a rezar porque es domingo de ramos. El yo es un bosque lleno de enanitos que no se entienden entre ellos. Hablan, como todos los insignificantes bichos de la tierra, los idiomas del corazón, que es un teléfono comunicando todo el rato. En el centro del bosque hay, por ejemplo, un niño de un año y medio con una cerradura en la frente. Cualquier excusa es una llave que abre el lugar donde las ramas aún no han empezado a expandirse.

Me afeito, miro las noticias por el ordenador, me he puesto los pantalones de siempre y una camiseta azul. Cuando ningún muerto me susurra entonces no sé qué pensar, me quedo quieto y a veces cierro los ojos lo más fuerte que puedo para ver si consigo encender alguna luz.
Los árboles hoy están muy tranquilos. En el cielo no hay nubes. Todo está feliz y mi madre, antes de irse, me dijo que hoy íbamos a comer merluza.
Yo sé que estoy salvado gracias a que tengo esquizofrenia y eso es lo único culpable de los males que me ocurren. Desaparecerá porque todo desaparece y, cuando lo haga, yo seré libre y todas las páginas de los libros estarán llenas de nada.

El otro día le dije a mi psiquiatra que escribía cosas y que las metía en el internet. Le dije que era un diario y que a veces lo miraba para ver qué días del pasado yo estaba muerto y qué días estaba vivo. Ha sido muy amable y se ha mostrado interesado en leerlo. Le dije que se llama La semejante criatura y que no hiciese mucho caso a lo que leería porque cada día es distinto. Tampoco tengo ninguna ciencia maravillosa y firme para averiguar en esos escritos los días que estuve vivo y los días que estuve muerto, pero es bastante y, a veces, según los elijo pienso si en el momento en que los leo es cuando estoy vivo o si son cuando estoy muerto. Cómo de vivo y cómo de muerto estoy, me expliqué. Entonces aprovechó para escribir algo en su cuaderno. A veces estoy mejor callado, pensé. Y: Ahora sí que definitivamente no me va leer este merluzo.

Puede ser que mi diario sean muchos y, cuando alguno es, escribe. Eso no se lo dije. Ya había dicho más de lo que pensaba en ese momento. Aunque tampoco debería ponerme de ninguna manera, creo, porque mi psiquiatra es mi amigo o debería, creo.
También me están mirando lo de la ONCE para que trabaje de nuevo. Groucho decía que sólo se aburren los tontos. La vida es un rollo. La verdad es que hoy tomaría mucho whisky para cambiarme pero se me acabó el otro día. Enciendo un cigarro y observo sin querer (hasta que quiero) que la sombra de la pared de la casa de enfrente ha bajado unos centímetros desde que empecé a escribir esto. Eso es lo que tiene la culpa de que este escrito exista. No sé quién soy en él, como en los otros. Mi psiquiatra, como se ponga a leer desde el principio estos diarios del año que sea, lo va a flipar escaleras arriba o escaleras abajo.

Ahora me he quedado callado, obnubilado, preso de la luz del cigarro que dije antes, la sombra ha bajado unos centímetros más. Yo he creído que cuidaba de ella tecleando, pero se cuida ella sola. Y hay muchísima más gente en el mundo, claro. El otro día se murió mi amigo Perico.

La vida es eso que habla.
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