viernes

Autorretrato con cosquilla


Siempre me preguntaba qué ocurriría cuando me viese clavado en un retrato e incluso llegué a pensar si era mérito suficiente para no vivir ya. Yo, se sabe en estos diarios, no vivo y, sin embargo, el viernes pasado unos aldeanos me dijeron que me parecía, por si poco fuera de horrible, no sólo a un actor, sino que además se trataba de un actor español. Estábamos María y yo en el bar de Toni y le dije que me tirase una foto, para ver cómo era. Hoy me las ha enviado y veo que el brillo de mis pómulos delatan que andan hinchados, que son los de un glotón sin remiendo. Supongo que yo fui un joven con fuerzas alguna vez. Hoy, a lo mejor, no puedo ser más que un bigote, por eso me lo he dejado. Hacía mucho tiempo que no me sacaban parecidos y yo, idiota, me creía que ya bastaba conmigo mismo, que había logrado ser mi cara, mi cuerpo y esas cosas, pero no.
También fui irreconocible, como cualquiera, alegre en ese perfil de abeja que, luego de dar sus paseos zumbando, regresa al calor de su colmena y se ve reflejada en sus iguales, que también andan en zapatillas.

Pero claro, no sólo nada existe sino que, además, todo es mentira. Y, cuando la tiras al suelo, no sale la verdad de ella, salvo unos simples añicos que sirven para, de nuevo, reciclar con ellos otra mentira parecida a la de siempre. Por eso he decidido marchar a un monasterio en mayo. Pretendo culminar no obstante mi tesis sobre Strindberg y los dibujos del año, que ya no son autorretratos ni flores, sino risas de hiena (líneas de agudos azules) adornando jarrones vacíos. A veces les echo un poco de agua. Pobres. El sol, en los dibujos, ahora está en el suelo. Alguien lo pisa y se le quedan los pies embadurnados de un oro que huele a viejo y del que uno se tiene que lavar constantemente.
Echo de menos a María, que me ha enviado las fotografías del viernes y se ha puesto a dormir. La semana entera ha sido como un día. Además tampoco he escrito porque ¿Para qué?

Sólo pienso en escribir cuando vengo de comprar whisky. En el supercor las empleadas siempre son distintas y la misma. Pago con tarjeta. Ha habido, creo exactamente, cinco veces en las que me han dicho que no había saldo.
Cuando escribo hago retratos, autorretratos de moscas a las que sacrifico en la cocina y que, sabemos, es esa muerte la que andaban buscando, remolonas y cansadas, con las alas ya sucias y siempre preñadas de un grano de catorce años.

Aún no he ido al monasterio y ya aparecen los primeros fantasmas. Son demasiado jóvenes y muy peinaditos. Beben todos Red Bull para acojonarme. Y yo hago como si no hubiera visto que tengo que arreglarme con ellos, es decir, ser bien parecido, peinarme, quitarme la morroña de las uñas y esas cosas.
Ya sólo me veo como me ve mi María, la gallega, un oso sociable, demasiado inocente como para andar en estos mundos de los estilos de vida e invenciones de esas a la que sé que la iglesia ha contribuido, o sencillamente ha adaptado, y a quien voy a visitar, ayudado por un amigo, para encontrarme con mi fantasma, que era un mozalbete, un yo, monaguillo extraño, que le cruzó la cara a otro por llamarle pijo en el sitio donde dábamos las campanadas.
Y es que, en mi mundo, me sienta muy bien dar de ostias.

La ostia es el que te retrata y clava. Cosa que han hecho conmigo en todos los medios, incluidas las servilletas. Yo siempre fui más vago que eso. Cuando me pidieron autorretratos en la escuela de artes entregué lefa y lágrimas en un folio. Sólo lo entendían cuando se lo explicaba. Y me ponían buena nota. El socialfelipismo, supongo.
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