sábado

Yugurta

A Iria Mro

El mundo de las famitas distrae, convierte en una efigie varias letras que ya están en un siempre casi a salvo. En la existencia de las letras existe la nada o no existe nada. En su más logrado demérito disuelven el Yo que, por otro lado, está bien emplazado a mera distracción moderna. La llegada a la edad del Yo es una fiesta de termitas cuya razón de ser inaugura fundaciones de planetas. El cosmos reside en una cajetilla de Habanos. Es el camino del Yo el que aboga su disolución. El Otro es una efusión de las siete de la tarde. Hay un tipo en el bar siempre diciendo las mismas cosas. Alejado de la vida es fácil acercarse a la construcción de ese animal llamado, por ejemplo, Alfonso. Mis conversaciones, me dicen, salen en un libro. Un libro es el acabado de una tribu, por ejemplo, o una colmena en los casos abordados en este espacio. La inteligencia es una excusa de no-nacido. El suicidio, que inaugura y culmina toda filosofía, es el solo aplauso a una gacela. El resultado de un alquiler son las moscas que se cuelan en el orificio por donde salen las notas del trombón. Es casi igual a leer blogs. La otredad, una mera excusa, convierte a la imaginación en un policía interesado en la detención de sí mismo llevada a cabo por sí mismo. Pero hay una salvación a esa excusa, que es lo que se llama medio en las conferencias, impliquen el carácter que sea. El fin del negocio es una empatía sin interrupción, lo que, en tiempos anteriores, fue confundido por una finalización de la voluntad. Es la misma cosa en la medida en que representa un mismo medio. En ese mismo sentido la retransmisión de egos achacada a Gutenberg hoy funciona como la idea de panel. He de añadir una nota a pie en un blog que no incluye eso: Mi loro necesita de su salvación en caso de incendio de mi casa, que tiene vistas al cementerio de Brunete, lugar que, como los eventos de tipo literario, sólo me interesa como efeméride. Sabido es que lo efímero es la incalculable (en cuanto a precio) muestra de un error. 2º nota a pie: He convertido mi tristeza en una suerte de elegancia. La bondad es un pleonasmo de la tierra. Bajo la almohada de la cama que compartía en Aluche con mi tío -antes de casarse- había una pistola. Me encantaba rozarla con la cabeza al moverme. La casa es la imagen de una emoción. En el cementerio había mucha gente de mi edad. Me como helados junto a la puerta las veces que visito mi pueblo, llamado Valseca, donde se vive bien. (Estoy convirtiendo en esto mi trabajo sobre Blaise Pascal, no culminado, acaecido en 2000 para la facultad de Bellas Artes, que tampoco culminé). En mi de nuevo trabajo como cablista la realidad es escuchar los delirios de pene de un aficionado a las putas (carretera de Valencia). Sueño con volver a recorrer mataderos en el pueblo. Oigo los ahogados gritos de animales, pequeños cerdos que comen restos de tarta mientras les capan con un cutter. No recuerdo el aula de dibujo del colegio de las afueras. Las teclas son la cáscara de una ostra y, cerca, había un piano. Imaginé que iba junto a un Ella a llevarle a un cine para perros. Fantaseé. El amor es algo que aparece cuando tomas neurolépticos día a día. La hora de no ver-interpretar nada es entonces el amor, una especie de suspiro que funciona a intentos. Un intento es el modelado de una frustración en otra. Un buen ejemplo del medio son las redes sociales. Las redes sociales, en este sentido, funcionan como un proveedor de incienso. El personaje, creado como reciclo de cordura, crea, en su pluralidad, el excremento de una época olvidada en el momento en que existe como tal y donde uno está sentado más o menos tranquilo. Quiere decir también: A mí se me acercan los niños, me da igual eso de la razón. Tirar de la cadena es ya algo. En el demonio, que es el tema de fondo, nunca pasa nada obligatoriamente.
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