miércoles

Queso de oveja marca supercor: 4´69, contado por un niño

Soy un borracho, dijo en medio de la plaza la alegría primera, cuyo aliento huele a sapos vivos en el momento en que les da por cantar una canción a los niños pequeños para que se duerman.
Añadió que nuestra estancia no se cobra más que los cadáveres de nuestras queridas amigas las mariposas rojas que, a veces, no huyen cuando respiramos con la boca al dormir, sino que se quedan entre la tráquea y el estómago viviendo toda su vida, siendo, aunque a veces confundidas por los entendidos con coágulos de sangre, la razón primera para, después de levantarse, abrir la ventana y notar si entra frío o calor.
El corazón a veces es un rancho donde el encargado se pregunta si seguirán muertos esos animales o acaso sólo era que estaban dormidos.

La alegría se debe a que es probable que inicie de nuevo mi trabajo en la granja escuela, que fue el mejor que he tenido y más satisfacciones me ha dado. Me encargaba de limpiar las mesas y preparar los platos entre turno y turno de comida. Los niños me bromeaban, también debía de calmar a los más revoltosos o prestar la atención que necesitaba el que lloraba. Niños y animales, ese era mi camino hasta que lo pudrí todo de vanidad convirtiéndolo en letra, y a mí en un personaje al servicio de lo que ellas creasen.

Hoy hace un día estupendo, hay sol y se oyen los gritos de los pájaros que aún no se han dormido. Escribir, dijo este que dijo el otro, es un verbo intransitivo.
Hay días en los que no anoto nada y me quiero lo mismo, algo así como descuidadamente, reconozco. Aunque normalmente anoto algo, no sé para qué ni para quién, las caras de los escritos se confunden de un día para otro o, a lo mejor, lo que hacen, de un escrito a otro, es tomar sentido, convertirse en cara solamente y, una vez que, a lo mejor, ya se ha hecho cara, tus dedos empiezan a escribir otras y, a lo mejor, hay veces en las que se ponen a hablar entre ellas, primero, a lo mejor, como cuando subes en un ascensor con alguien y luego, a lo mejor, otro día, dices lo que ellas dicen o escribes un bar, por ejemplo, para que un día que quieran, a lo mejor, vayan a tomarse una cerveza.

La soledad no existe. Cuando voy a Valseca, algunas tardes de verano, me salto la reja del cementerio antiguo y me siento al azar en el borde de una tumba. La hierba ha crecido tanto. También hay cardos, que son buenos si tú no les haces nada. A veces cojo uno con cuidado y lo pelo, soy un niño, y luego como lo de dentro mientras, recuerdo, se oyen los ladridos de dos perros discutiendo sobre metafísica o esas cosas de las que discuten ellos. Esta tarde-noche de miércoles escucho los clacs de estas teclas negras con letras blancas, bebo una cerveza y enciendo un cigarro. Las teclas son también un animal que va hacia un sitio, y siempre está hecho a la imagen y semejanza de las cosas sencillas, como un suelo o un techo.

Tú sólo vas paseando, en una de tus manos estás agarrado por una historia y en la otra estás agarrado por una muerte. Empiezan a tirar porque, aunque ellas a lo mejor no se enteran, crecen, pero a tu lado hay árboles, farolas, cubos de basura, ancianos y cosas de esas. Y ya está. Ya he terminado lo que, más o menos, creo que iba a escribir hoy.
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